Guadi Calvo*. LQSomos. Noviembre 2017

Más allá de las declaraciones del presidente de Nigeria, Muhammadu Buhari, a fines del año pasado, sobre que el grupo integrista Boko Haram, (la educación no islámica es pecado) en hausa, una de las 400 lenguas locales, había sido “aplastado”, Boko Haram, vive y vive matando, tras el lanzamiento en mayo de 2016 de la operación Lafiya Dole, en hausa bien hecho.

El martes 21 de noviembre se volvía a registrar un ataque suicida en la ciudad de Mubi, en la región de Adamawa, en una mezquita repleta de fieles, quienes se preparaban para el primero de los cinco rezos o salat a los que obliga el Corán, el salat del alba o fayr. El ataque que dejó por lo menos cincuenta muertos y un número indeterminado de heridos se produjo en el sector masculino, donde se encontraban muchos menores. La particularidad del atentado, responde al modus operandi, que la organización viene practicando, tras las sucesivas derrotas que el ejército nigeriano le está propinando desde el cambio presidencial en mayo de 2015, en que utiliza menores y mujeres como suicidas, en muchos de esos casos detonados a control remoto. En este caso se cree que habrían sido dos los menores suicidas.

La agencia de la ONU para la Infancia (UNICEF) denunció en 2016 el aumento de la utilización de menores de ambos sexos, incluidos bebés, para acciones suicidas de Boko Haram, no solo en Nigeria, sino también en Níger, Camerún y Chad. En 2014 habían sido solo cuatro los ataques de estas características, mientras que en 2015 fueron 56, en 2016 “bajó” a 30 y hasta donde hay registro de este año el número ya habría trepado a 35, según la misma fuente las tres cuartas partes de los menores serían niñas.

Las nuevas políticas antiterroristas han podido desalojar al grupo de los grandes bosques de los Estado de Borno y Adamawa con un territorio similar al tamaño de Bélgica. Durante más de diez años, la organización fundada por el emir Mohammed Yusuf, en 2002, utilizó como cuartel general, donde tenía sus campos de entrenamiento y mantenía cientos de rehenes, por los que cobraba importantes rescates o los obligaban a incorporase a sus filas. Se cree que fue justamente en ese sector donde han mantenido por muchos meses a las 220 alumnas secuestras de una escuela católica en la localidad de Chibok en abril de 2014.

La organización integrista, si bien nació como un grupo religioso, se radicalizó mucho más tras la confusa muerte de Yussuf en 2009 según la comunicación oficial murió en combate, mientras otras fuentes insisten en que fue asesinado en cautiverio, víctima de “la ley de fuga”. Tras la asunción como emir del segundo de Yussuf, Abubakar Shekau, la banda integrista se radicalizó en extremo hasta que en marzo de 2015, juró bayat (lealtad) al califa Ibrahim, (Abu Bakr al-Bagdadí) líder y fundador de Daesh. Pocos meses más tarde, en agosto de ese mismo año, Shekau declaró la creación del califato islámico en el municipio de Gwoza, en el Estado de Borno, donde se cree fue fundado el grupo.

Se estima que las víctimas mortales de Boko Haram rondarían entre las 20 y 25.000 almas y produjo casi tres millones de desplazados, que se encuentran en una situación humanitaria crítica, viviendo en campamentos, que suelen ser blanco de ataques. El grupo ha llegado a operar en países vecinos a Nigeria, como Camerún, Níger, Chad y Beni, cuyos ejércitos han debido conformar una fuerza conjunta para repeler sus acciones.

Este último ataque revela que los wahabita, si bien han sido reducidas sus acciones en muchos sectores de noroeste del país, donde se asienta la mayoría musulmana, se encuentra todavía en condiciones de producir daños de magnitud.

El ataque del pasado martes 21 de noviembre que se produjo a las 5,30 de la madrugada, es el primero que desde que Boko Haram fue expulsado de la ciudad de Mubi a finales del 2014. Y fue llevado a cabo no por acciones de militares, sino por milicias conformadas por un grupo civiles constituidos en muchos sectores del país, para contrarrestar las acciones no solo de los terroristas, sino también del propio ejército que en muchas oportunidades han cometido abusos contra los pobladores civiles y sus propiedades, dejándolos así entre dos fuegos.

Mubi, a 200 kilómetros de Yola, capital de la provincia del Estado de Adamawa, con una población de 130.000 personas se ubica al este del país, próxima a la frontera con Camerún, había sido tomada por los muyahidínes en octubre de 2014, estableciendo la rigurosa ley islámica, conocida como sharia (senda o camino del Islam) y cambiándole en nombre por Madinatul Islam, en lengua árabe Ciudad del Islam.

En los últimos meses, Boko Haram, concentra sus actividades en el extremo norte del Estado de Adamawa, donde se cree tiene su cuartel general en las montañas de Mandara, al este del Estado. Desde allí practica acciones de baja y media intensidad, como el atentado de fines de octubre a las afueras de la ciudad de Maiduguri, capital del estado de Borno, que se saldó con 13 muertos y 18 heridos, que le sirven para mantener la tensión y dar una continuidad a la leyenda de ser la organización fundamentalista más mortífera de África Occidental.

Una guerra inadecuada

A pesar de los ocho años de guerra que el ejército nigeriano contra Boko Haram, todavía no termina de concretarse en una victoria definitiva y por lo visto faltan años para alcanzarla.
Los hombres del ejército nigeriano, que ya han arrebatado 27 áreas que estaban en manos de los terroristas, no solo deben luchar contra una de las organizaciones más letales del mundo, equipadas con armamento de última generación y con un gran entrenamiento, sino que también tienen que enfrentarse a la corrupción imperante de los mandos medios y altos, no solo de las fuerzas armadas sino también del gobierno.

Se sabe que Boko Haram financia su guerra y sus hombres con otros “negocios” como el de dar apoyo armado a los carteles sudamericanos de la droga, que desembarcan su mercadería en el Golfo de Guinea para enviarlas a Europa, tras alcanzar la costa sur del Mediterráneo en Argelia, Túnez y Libia. Y eso mientras que a los hombres del ejército en el frente de combate, se les escamotean los sueldos, el armamento e incluso los víveres y la asistencia sanitaria, algo que obliga a los soldados a endeudarse o ser sostenidos por sus familias. El presidente Baharí, que ha tenido una larga carrera y movida carrera militar llegando a general, llegando a la presidencia tras un golpe de Estado en 1983, lugar del que fue desalojado del mismo modo dos años más tarde, es un perfecto conocedor del estado de semi esclavitud al que son sometidos los soldados, quienes se cobran sus padecimientos a la población civil cada vez que tienen oportunidad.

En una carta anónima que le han hecho llegar, se le informa al presidente que ni siquiera los soldados muertos en combate reciben un entierro adecuado y sus cuerpos son abandonados en los lugares que cayeron.

Desde que asumió a través de unas elecciones el cargo de presidente Buhari, sabía que el primer y más grande problemas del era Boko Haram. Por esa razón había tomado la responsabilidad de atender a la tropa involucrada de manera directa con esa guerra, incrementando el presupuesto militar de 2016 y 2017, mejoras que evidentemente han sido desviadas hacía los bolsones de la corrupción.

El gobierno anterior presidido por Goodluck Jonathan había gastado en 2015 la cantidad de 2100 millones de dólares en la compra de armamento, que nunca llegó a destino, razón por lo que en este momento se están juzgando varios alto funcionarios de Jonathan.

Mientras en 2016, un grupo de viudas de militares muertos en combate contra Boko Haram, denunciaron que sus pensiones no eran pagadas, lo que ha obligado a muchas de ellas a retirar a sus hijos del colegio.

Por otra parte, se ha conocido que cerca de 2.300 hombres, sospechosos de haber pertenecido a la organización terrorista, están siendo enjuiciados desde el mes pasado, a puerta cerrada, sin acceso de familiares y la prensa, por lo que será muy difícil creer en un debido proceso cuando lleguen las condenas. Los primeros 1.670 de los detenidos que fueron a juicio se encuentran en la base militar en Kainji, en el Estado central de Níger. Terminado este primer juicio, le seguirán 651 detenidos en el cuartel Giwa en Maiduguri, capital del Estado de Borno.

Organizaciones humanitarias han denunciado las terribles condiciones de los centros de detención militares y reveló que cerca de 1.200 prisioneros fueron ejecutados extrajudicialmente y otros 7.000 murieron desde 2011, estando bajo custodia de las fuerzas de seguridad. Por eso se cree que el número de miembros de Boko Haram, según agencias occidentales, es de 6.000 hombres, alcanzaría un número mucho mayor en una guerra donde todos viven… matando.

* Escritor y periodista argentino. Publicado en Línea Internacional
África – LoQueSomos

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