1871-2021: Con la Comuna de Paris

Acacio Puig. LQS. Marzo 2021

Siglo y medio después de aquella gesta de poder obrero y popular, La Comuna de París sigue viva. Acontecimiento que cimentó la posibilidad de construir una sociedad socialista y avance de revolución social de iguales en libertad, la Comuna –y su derrota- orientan desde entonces los mejores combates emancipatorios con base en la autogestión y la autoorganización de la mayoría. 150 años después: La Commune n’est pas morte.

1.-Contextos

El poder. Napoleón III, autoritario, depredador y ambicioso, ilustre exiliado que más tarde había sido elegido diputado republicano tras la Revolución de 1848, ascendió a Presidente de la República en 1850 y mediante golpe de estado en 1852 proclamó el Imperio a través de un más que dudoso plebiscito.

Se iniciaba con él un régimen presidencialista, inicialmente respaldado por amplios sectores sociales, pero que estuvo esencialmente apoyado por el poder financiero y el ejército. Ese modelo político con base “democrática-limitada” no pasó de revestirse de formas que no constituyeron nunca correctivos auténticos a las decisiones del emperador y los poderes fácticos.

Sueños imperiales y expansionistas -como la entronización del emperador Maximiliano en México con el decisivo concurso del capitalismo francés- formaban parte del proyecto imperial de conquistar la hegemonía en la Europa del siglo XIX. Con el desarrollo de la guerra franco-prusiana, que finiquitó el Imperio y facilitó la restauración de una “República de Orden” en crisis, entreguista, represiva y sin contenidos sociales, el sueño napoleónico se convirtió en pesadilla cuyas consecuencias sufrió el pueblo francés.

El inicio de la Revolución Industrial en Francia. La primera revolución industrial, desarrollada en Gran Bretaña desde 1760, se extendió a Francia lentamente. Los elevados aranceles franceses ralentizaron la entrada en el país de las nuevas máquinas en que se basaba la industrialización, el carbón -clave imprescindible de aquel modelo de desarrollo- escaseaba y su calidad era pobre y la reforma agraria, impulsada por la Gran Revolución de 1789, limitó la transformación de un campesinado asentado en la tierra, en proletariado.

De modo que la estructura laboral del pueblo francés combinaba junto al campesinado, un proletariado en formación, un artesanado muy diverso y amplia pequeña burguesía ocupada en el comercio y otras actividades. Esas clases, progresivamente decepcionadas y empobrecidas ante la realidad encubierta por los anhelos de grandeza napoleónicos, constituyeron la base social de la Comuna en un Paris-Resistencia que era el centro de la vida francesa.

El contra poder de la gente de abajo. La tensión social se mantuvo viva durante el Imperio y la contestación latente y frecuentemente organizada, persistía en tod@s aquellos sectores que se reclamaban del ideal republicano propio de la Revolución de 1789-1793. Aun desplazadas y perseguidas por los napoleónicos, las múltiples corrientes jacobinas y socialistas con referentes en Babeuf, Blanqui, Proudhon, Marx… mantenían posiciones, crecían y demostraron capacidad de acción: contaban con la anterior experiencia organizativa de los clubs que sustentaron la Gran Revolución y frecuentemente hicieron acto de presencia en la arena política manifestándose, exigiendo, conspirando, denunciando la deriva despótica del Imperio; además, la constitución de la Internacional (AIT) impulsó la organización independiente del movimiento obrero. Tampoco estaba ausente en aquel mapa, el malestar creciente de corrientes específicamente democrático-republicanas.

2.-La guerra franco-prusiana

Como en otras ocasiones, la guerra operó como la chispa que encendió la pradera social. El imperio napoleónico chocó con el naciente imperio prusiano-alemán, primero en el curso de enfrentamientos parciales -como la pugna por anexionar Luxemburgo- y permanentemente en el marco de los juegos de ajedrez político en torno a Austria, Prusia, Italia y Rusia. Más tarde, el rechazo francés a la entronización de Leopoldo Hohenzollern como rey en la España del general Prim, sirvió de pretexto para desenvainar las espadas en una guerra entre imperios por conquistar la hegemonía en Europa.

La guerra franco-prusiana iniciada en julio de 1870 – “catástrofe anunciada” desde años antes- supondría finalmente la derrota y rendición de Napoleón III en Sedán (1 de septiembre de 1870), la restauración de la débil República y la firma en febrero de 1871 del armisticio de París. Dos meses más tarde, en mayo, se consolidaría la derrota sentenciada por la firma de la Paz de Frankfurt.

Alain Fillion, en su prólogo al Journal du siège de Paris, sintetizó la catastrófica situación de la ciudadanía sitiada y abandonada a su suerte por un gobierno escapista, republicano-burgués presidido por Thiers, gobierno en huida por “motivos de seguridad” que se desplazó primero a Tous, después al más seguro Burdeos y finalmente a Versalles en connivencia con los prusianos.

París se llenaba de refugiados y de soldados derrotados, procedentes de los campos de batalla que circundaban la ciudad y durante el otoño de 1870 se generalizó la hambruna: a falta de casi todo, los animales de los zoológicos urbanos –desde canguros a elefantes- además de gatos y perros,… nutrieron las exhaustas carnicerías.

Sin suministro de gas “la ciudad de la luz”… se apagó. El ejército se concentraba en los frentes de provincias y en Paris quedaría como fuerza armada la Guardia Nacional –de base social obrera e ideales republicano progresistas- y los Guardias Móviles llegados del exterior.

La epidemia de viruela se extendía y la creciente mortandad con ella, mientras con la llegada del invierno, el frío obligaba a usar como combustible todo lo que pudiera arder. El dolor crecía como consecuencia de enfermedades, carencias y asedio militar.

Durante el último cuatrimestre de 1870 proliferaron las derrotas francesas y creció la conciencia de que aquella guerra era también una guerra del Imperio contra la ciudadanía; por eso se sucedieron protestas y manifestaciones. Entre otras muchas, tras la rendición en Metz el 31 de octubre, se desencadenó un motín ante el Ayuntamiento de Paris al grito de “Viva la Comuna”, “Viva la República” y la bandera roja se izó en sus ventanas antes de que esa primera tentativa de Comuna fuera vencida por la represión gubernamental.

Tras la derrota de Sedán y proclamada la Tercera República francesa el 4 de septiembre, el pueblo pidió armas al tiempo que la Internacional llamaba al levantamiento popular.

Después, en enero de 1871, se sucederían protestas armadas contra el asesinato del joven periodista Víctor Noir. Las manifestaciones jalonaron en París y otras ciudades francesas, vertebradas por la exigencia de poner fin a las consecuencias del Imperio, a sus políticas antisociales y su entreguismo durante la guerra.

La ofensiva prusiana atenazó París. Su artillería bombardeó intensamente la ciudad (el 10 de enero de 1871, más de 2000 obuses la aplastaron y la población se desplazó a los barrios menos vulnerables, ocupando viviendas vacías). Poco después el pueblo parisino rechazó el armisticio de febrero de 1871 y a finales de ese mes, tropas prusianas ocuparon ya distritos de ciudad.

La Guardia Nacional flanqueó con barricadas los distritos no ocupados y se mantuvo decidida a no deponer las armas y salvar mediante cordones de barricadas las barriadas libres. Los barrios populares se dotaron también de armas y piezas de artillería, prestos a una resistencia heroica aunque muy desigual. Señalemos que algunos diputados críticos, ante la deriva conservadora de Asamblea Republicana (Garibaldi, Víctor Hugo, Delescluze…) presentaron su dimisión al Gobierno presidido por Thiers.

Mediado el mes de marzo de 1871 el pueblo sublevado proclamaría en París La Comuna. El levantamiento estableció un gobierno revolucionario con la doble voluntad de resistir la ofensiva prusiana y hacerlo mediante la defensa de una ciudad en Revolución Social.

Pero París quedó aislado del resto de Francia y la generalización de la solidaridad comunera fue limitada en sus conatos (Lyon, Marsella Toulouse…) y finalmente derrotada. La Comuna de Paris resistió durante un largo mes y medio hasta ser vencida por la alianza reaccionaria del ejército prusiano y el francés, el ejército de Versalles, encabezado por el mariscal Mc Mahon.

El desastre de la guerra franco-prusiana concluiría finalmente con las anexiones de Alsacia y parte de Lorena, el logro de la unidad alemana y la coronación de Guillermo I como emperador de Alemania, el fin del Imperio de Napoleón III, el pago de altísimas compensaciones de guerra… y el sangriento aplastamiento de la Comuna.

3.- La Comuna de Paris

“En su terrible grandeza, por su coraje en el momento decisivo, -a la Comuna- le serán perdonados sus escrúpulos, sus vacilaciones derivadas de su profunda honradez” (Louise Michel).

Durante los primeros días de marzo se sucedieron las amenazas del gobierno reaccionario (la “Republica de Orden” presidida por Thiers) al hervidero social parisino, así se aprobarían sentencias de condenas a muerte y cárcel, el cierre de periódicos críticos y amenazas de suprimir los salarios a la Guardia Nacional y requisar su armamento, que precedieron a la ofensiva militar y la irrupción del ejército en barriadas revolucionarias: ¡pero fracasaron!

El ejército pasó a confraternizar con la población y la Guardia Nacional y los subalternos militares se hicieron con el mando. La neutralización de la represión llevó la victoria: la Revolución estaba en marcha.

Frente a un poder reaccionario concentrado apresuradamente en Versalles, se levantó el poder popular bajo la dirección inicial del Comité Central de la Guardia Nacional que el 25 de marzo convocaría elecciones en París por sufragio universal. Su conciso manifiesto llamaba a lograr una auténtica representación popular mediante la más amplia participación. En él se advertía frente a los candidatos ambiciosos, los parlanchines y los favorecidos por la fortuna y se animaba a considerar las candidaturas de “quienes consideraban al trabajador un hermano y al elegido uno más”. El mismo día 25 de marzo la dirección de la Guardia Nacional daba por concluida su tarea y expresaba su decisión de entregar la sede del Ayuntamiento de Paris a los nuevos representantes.

Realizadas las elecciones y estructurado el nuevo poder revolucionario en base a 10 comisiones a modo de colectivos responsables de tareas (diríamos, “ministerios”), se implementaría el llamado mandato imperativo, es decir la revocabilidad de los electos por sus electores. Además, la nueva Asamblea compuesta por representantes elegidos en los distritos de la ciudad, iba a aunar los poderes legislativo y ejecutivo (un referente para futuras propuestas consejistas y sovietistas). El salario de los cargos electos se fijó como equivalente al salario obrero.

En La Guerra civil en Francia, Marx escribiría: “La antítesis directa del Imperio era la Comuna (…) La Comuna significaba la destrucción de la vieja maquinaria gubernamental (…) y su reemplazo por un auténtico gobierno de la clase obrera”. Y, reproduciendo en el mismo libro el manifiesto del Comité Central de la Guardia Nacional de fecha 20 de marzo, subrayaba: “los proletarios de la capital se han dado cuenta de que ha llegado la hora de salvar la situación tomando en sus manos la dirección de los asuntos públicos… Han comprendido que es su deber y derecho hacerse dueños de sus destinos tomando el Poder Político”.

Medidas como la supresión del ejército y su sustitución por “el pueblo en armas”, la separación de iglesia y estado, la eliminación de poderes especiales de la policía y su puesta bajo control de la Comuna se aunaron con la radical transformación de todas las instancias judiciales mediante la instauración de criterios de elección y revocación de sus componentes. Con la eliminación del ejército permanente y la burocracia del Estado se implementó por fin lo enunciado pero nunca realizado anteriormente, la puesta en pie de “un gobierno barato”.

Además de los decretos de educación obligatoria y gratuita y la supresión del trabajo infantil, interesa detenerse en algunas otras de las medidas sociales tomadas por la Comuna, que ilustran la declaración de Leo Fränkel (internacional de origen alemán), que presidió la Comisión de Trabajo: “No podemos olvidar que la Revolución del 18 de marzo ha sido hecha por la clase obrera. Si no hacemos nada por la clase obrera, la Comuna no tiene razón de ser”

Entre esas medidas sociales son destacables:

-El aplazamiento del pago de alquileres y realización de censo de viviendas vacías que pasaron a requisarse.
-La intervención del Monte de Piedad, prohibiendo la venta de enseres depositados y no desempeñados, decretándose la devolución inmediata de muebles, ropa y herramientas de trabajo.
-La solicitud a la cámara de sindicatos obreros, de la relación de talleres abandonados y el inventario de instrumentos de trabajo para la puesta en funcionamiento en régimen de explotación cooperativa.
-La cesión de local propio a las cámaras sindicales para su reorganización, elección de delegados y diseño del proyecto de constitución de sociedades cooperativas obreras.
-La prohibición del trabajo nocturno en las panaderías (que esos trabajadores rechazaron) y además buscar el aprovisionamiento público de materias primas necesarias para elaborar alimentos, mediante las compras al mayor para lograr ventas a precio de coste.
-La creación de sociedades de alimentación y ayuda de base cooperativa, impulsadas por la AIT (la Internacional).
-La eliminación de multas por sanciones laborales y de retenciones salariales y el pago íntegro de salarios atrasados.
-El impulso de la organización sindical entre las mujeres desde el Comité Central de Unión de Mujeres, que veló por su incorporación a tareas de sanidad y defensa, además del impulso de delegadas (por ejemplo en la Bolsa) y la constitución de las cámaras sindicales necesarias en espacios de población laboral mayoritariamente femenina. También se aprobó la obligatoriedad de pensión alimentaria a mujeres separadas de sus parejas.

En cuanto a los gremios de Artes, cultura y ciencia, La Comuna se dotó de una comisión federal de artistas desde mediados de abril que contó con nombres hoy bien conocidos como Corot, Courbet, Daumier… Eugène Poitier y su Tiempo de las cerezas y con otros, que hoy no lo son tanto.

Y la Academia de Ciencias desplegó –en plena libertad, ¡por fin!- una amplísima actividad desde el estudio de tratamientos del cólera a investigaciones astronómicas y desarrollos de la telegrafía sin hilos.

4.-La guerra contra la Comuna

Iniciada con el bloqueo prusiano de suministros y la ocupación militar de distritos, la ofensiva contra la Comuna se aceleró a partir del 2 de abril con el ataque de las tropas de Versalles y su penetración por el puente de Neuilly y otros entornos periféricos de la capital. El general Gallifet declaraba “una guerra sin tregua ni piedad contra los asesinos” que daría el tono de una represión feroz. Y el resultado de aquellas primeras ofensivas, difícilmente contenidas por los efectivos de La Comuna, se tradujo en masacres: fusilamiento de prisioneros y primera oleada de deportaciones en condiciones terroríficas.

Las crónicas precisas de los combates desde esa fecha, fueron apasionadamente documentadas por Louise Michel en su Historia de la Comuna. Louise, combatiente armado y también sanitario, subrayó la talla de gigantes de los comuneros -hombres y mujeres- anónimos y la integridad de sus responsables militares como Delescluze, el comunero que ejerció como Delegado Civil de la Guerra hasta su muerte el 25 de mayo (Semana Sangrienta) en una barricada parisina. Fundamental también, la documentación aportada por Louise sobre las expresiones de solidaridad internacional promovidas por la AIT y la de otras incipientes Comunas (francesas y argelina) que expresaron su apoyo hasta ser derrotadas y el arrojo de las secciones de la franc-masonería, que se sumaron a la resistencia comunera.

El combate era evidentemente muy desigual. Versalles contaba con una artillería moderna y ejércitos, la Comuna con “el pueblo en armas”. Tras durísimos combates –distrito a distrito y calle a calle- el 27 de mayo fue derrotada la resistencia en el cementerio de Père-Lachaise y el 28 caía la última barricada en el distrito obrero de Bellville.

La “República de Orden” heredera del Imperio claudicante ante Prusia, se ensañó contra la resistencia popular durante la toma de París, asesinado civiles y prisioneros; las ejecuciones extrajudiciales fueron masivas y también las deportaciones a campos de concentración, los juicios y condenas a muerte y la deportación a cárceles y colonias francesas de ultramar dan fe de ello.

El número de muertos sigue siendo indeterminado. Los informes oscilan entre 20.000 fusilados en el llamado más tarde Muro de los Confederados y los 50.000 que señaló el historiador contemporáneo de la Comuna H. Lissagaray, durante “las dos semanas sangrientas”. Los fusilamientos no respetaron ni a la infancia ni a las mujeres, incorporadas a la defensa armada en la Guardia Nacional o las pétroleuses, que defendieron París usando como armas bidones de petróleo incendiados. Cientos de ellas fueron fusiladas en el Muro de los Confederados.

A partir de junio de 1871, Paris vencido, fue condenado a permanecer cinco años bajo Ley Marcial.

Una posdata

Las tradiciones revolucionarias –marxistas y anarquistas- vienen señalando desde 1871 hasta hoy, con plena justificación, el valor ejemplar de la Comuna para revoluciones sociales posteriores y también los que consideran dos fundamentales errores de la Comuna consistentes en no avanzar hacia Versalles a partir de las jornadas de marzo y el no haber nacionalizado la Banca de Francia.

Desde mi punto de vista ninguna de las dos acciones era factible. La primera porque no bastaba contar con el “factor sorpresa” para neutralizar o vencer al ejército versallés, ni tampoco se podía contar con la extensión espontánea de la solidaridad en provincias mediante una acción audaz de ofensiva.

La segunda, porque además de nacionalizar los depósitos –y aunque “el dinero mueve montañas”- no parece muy factible que esos recursos pudieran ponerse en circulación para romper el cerco de abastecimientos a París (de alimentos, de armas…). Esos recursos hubieran estado enclaustrados en una ciudad, la capital de una Francia hostil o indiferente.

La clave era, entiendo, la más amplia extensión de una solidaridad combatiente, extensión que las circunstancias no hicieron posible. En cualquier caso, como escribió Louise Michel, comunera, deportada, anarquista, en su libro La Commune, Histoire et souvenirs (1898): “las vacilaciones y escrúpulos de la Comuna le serán perdonados dados su coraje y profunda honradez”.

#ComunaDeParis #150Aniversario

* Artista plástico. Militante de la izquierda revolucionaria, represaliado por el franquismo, activista memorialista de la asociación «En Medio de Abril». Miembro del Colectivo LoQueSomos

Loquesomos – Comuna de París: 150 años

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2 comentarios en “1871-2021: Con la Comuna de Paris

  • el 8 marzo, 2021 a las 14:22
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    Añado aquí un comentario a mi posdata.

    -La riqueza política de la Comuna de Paris estuvo en sus propuestas,organización y lucha tanto como en su diversidad ideológica que no fue obstáculo para la más amplia unidad de acción combatiente…algo que debiera proyectarse al presente.

    -la hipotética nacionalización de la Banca de Francia hubiera contado con el obstáculo señalado (el aislamiento) y no habría constituido el elemento de «presión» de la burguesía francesa para lograr una salida pactada con la Comuna.Ese argumento de Engels -explicitado en su prólogo a LA GUERRA CIVIL EN FRANCIA- es…ingenuo. 150 años después no puede mantenerse.

    -Avanzar hacia Versalles durante las jornadas de Marzo era un brindis a la espontaneidad numantina. Tras Versalles estaba el Imperio Prusiano-Alemán que no hubiera tolerado el asalto comunero-socialista a la «República de Orden».

    En definitiva, solo la extensión de la Comuna al resto del país habría abierto posibilidades de éxito (o de una derrota menos sangrienta). Pero ¡VIVA LA COMUNA!

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