Amuletos nigerianos: de la guerra al museo

Por Nònimo Lustre*. LQSomos.

Grigrí expuesto en Nápoles 2021

Hace pocas semanas, se clausuró en la Capilla Palatina de Castel Nuovo (vulgo Maschio Angioino) de Nápoles, una exposición de título escalofriante (Nel Nome di Dio Onnipotente) una de cuyas secciones, Talismanic Writing of Northern Nigeria, estuvo compuesta por 80 obras, en su mayoría amuletos de los Hausa. Estas bolsitas de cuero, dijes metálicos y pergaminos doblados son comunes en la Nigeria septentrional, territorio de los pueblos Hausa y Fulani pero también teatro de operaciones de las dispares milicias terroristas agrupadas en Boko Haram. En general, estos fetiches, conjuros, encantos o talismanes (aprox. chirq en el Islam que los aborrece) suelen denominarse gris-gris o grigrí y son harto populares en África.
[ver catálogo, Gigi Pezzoli y Andrea Brigaglia. 2021.Talismanic Arts – Practice of Sacred and Protective Writing Practices from Northern Nigeria, Blacktarantella]

Un grigrí o talismán puede ser desde una bolsa henchida de huesos o pelos hasta un papel doblado y sellado donde se ha escrito en árabe una aleya del Corán escogida por un imán o marabut a petición de un feligrés que pide favores, suerte y protección contra el mal de ojo, los odios, las maldiciones y las enfermedades. En toda esa sección de África, hay abundancia de grigrí. Su nombre varía según las lenguas (launin toka mai launin toka, en Hausa internético;
tcherot, carta, mensaje, en tuareg) pero es importante recordar que están prohibidos por los yihadistas e incluso por sacerdotes de otras religiones, universales, ortodoxas o locales. Sin embargo, un ejemplo de su amplia implantación popular podría ser que, en 1982, las mujeres en Senegal conocían tres principales métodos anticonceptivos: abstinencia, raíces e hierbas… y grigrí. Más del 60% dellas informaron conocer estos tres métodos tradicionales. En los últimos 40 años, aparentemente todo se ha modernizado lo cual sólo significa que el grigrí se esconde en la clandestinidad.

Los grigrí y Boko Haram

No todos los grigrí estaban escritos

Nigeria: más de 200 millones de personas pertenecientes a unos 300 pueblos indígenas. En el Norte, las etnias dominantes son los Hausa y los Fulani (40% en todo el país), ambos islámicos y herederos de los antiguos reinos e imperios Hausa, Fulani y Songai -sumamente saqueados por Occidente de su patrimonio histórico. Como es bien sabido, Boko Haram (en adelante, BH), domina por el terror la esquina nororiental y amenaza extenderse hacia el Sur.

La situación de aquellas comarcas dista mucho de ser lo que nos cuentan los medios. No es una guerra entre dos bandos, el Estado y unas milicias terroristas. En realidad, estamos ante un panorama enrevesado en el que, por motivos ‘teológicos’, unos islamistas matan a otros islamistas mientras que unos cristianos se convierten al Islam y se unen a BH para atacar a otras congregaciones cristianas. Y todos ellos, en especial los muslimes, confían en la taumaturgia de los grigrí -aunque hemos ramoneado a conciencia en busca de fotos de grigrí abandonadas en los campamentos de BH, sólo hemos encontrado miles de fotos de sus armas y pertrechos convencionales.

Las cursivas del párrafo anterior, islamistas contra islamistas, indican que este ensayito es continuación de otros ejemplos analizados en los días anteriores –los de assassins y los de juramentados.

Pero, precisemos un poco más el tema: aunque los grigrí abundan en los campamentos BH –ningún guerrero sale a batallar o secuestrar sin la protección de su amuleto-, pese al discurso salafista de BH, buena parte de su carne de cañón usa y abusa de drogas prohibidas por el Corán y de amuletos paganos, grigrí u otros. Son tropas con escasa educación religiosa. Muchos son al-majirai, adolescentes analfabetos que mendigan en las calles para pagarse una enseñanza islámica que, básicamente, consiste en la memorización del Corán en árabe –una lengua que desconocen.

Para un comentarista español, “Boko Haram empezó siendo un fenómeno apadrinado por el fanatismo religioso de un imán visionario, Mohammned Yusuf, pero ahora es una corriente que entronca con la esencia de los problemas endémicos de esta región africana. Hambre, falta de trabajo, aislamiento del resto del país, miles de chicos adolescentes sobreviviendo en la calle, analfabetismo, tejido tribal desconectado del más mínimo engranaje estatal.” Dejando al lado algunos adjetivos –fanático, visionario-, aceptaríamos esta descripción si dejara claro que el Estado no redistribuye la riqueza nacional, como sería de esperar, sino que expolia al Norte, región aislada y desterrada donde algunos de sus mariscales compadrea a oscuras con BH.

Un factor más enmaraña, si aún cabe, el panorama: los indígenas y/o colonos comarcales. Sus cazadores, empleados como exploradores, conocen el manejo de las fuerzas sobrenaturales del monte y conocen el contrabando intrínseco a las fronteras. Los combaten no sólo con los versos coránicos –en cuyos arcanos radica su fuerza por ser indescifrables- sino también con un cúmulo de otros conjuros de acusada raíz sincrética. Sus enemigos, los coupeurs de route o carabineros de ocasión, tuvieron kalashnikovs antes que ellos pero nada podían contra los grigrí –además, ahora sus respectivos armamentos están equilibrados. Se repite el caso de Sierra Leona, donde los rebeldes Kamajor gastaban grigrí mientras que las milicias cristianas preferían los escapularios anti-balaka y las musulmanas, los seleka.

En suma, los grigrí no son islámicos en estado puro –ya vimos que están prohibidos por los imanes- sino que ejemplifican un sincretismo en el que se amalgaman las invasiones culturales de varios siglos y de muy diferentes procedencias. Sólo son musulmanas puras las líneas en árabe coránico, justamente las que no entienden sus poseedores –una vez más, nos topamos con la fascinación que a los analfabetos, indígenas o cosmopolitas, les causan esos dibujitos ‘que hablan’.

Una factoría negrera construida en Ghana por los daneses

BH dispone de Kalashnikovs, RPGs y teléfonos satelitales. Pero su arsenal no es sólo ultramoderno puesto que también incorpora Dane guns (en esa parte de África conocidos como armas danesas, mosquetes de chispa importados en el siglo XIX por negreros escandinavos y ahora fabricados por los herreros locales), arcos y… grigrí, asociados a las tradicionales formas de guerra y de caza.

La guerra está transada entre un Estado extractivista –sinónimo de moderno- y un BH globalizado –sinónimo de moderno- compuesto por varias escuelas musulmanas y por una militancia que incluye desde yihadistas ortodoxos hasta pueblos indígenas más o menos voluntarios –más bien, menos. No es una guerra asimétrica sino algo más: un torneo poco caballeroso en el que los paladines BH son sacerdotes y sicarios. Este tipo de guerra oficialmente religiosa se estudia en los vaticanos y en los centros de contra-insurgencia. Pero no en las academias militares. Es paradójico que, para los neofascistas occidentales y para sus discípulos africanos, la solución deba ser exclusivamente militar.

¿La modernidad?

Expansión transatlántica del grigrí

Hace medio siglo, la modernidad (occidental) llegó a las bellas artes de Nigeria para refugiarse, no sólo en las galerías de ese arte que suele denominarse primitivo, tribal, étnico, folklórico incluso, etc., sino también en las tiendas de arte contemporáneo y en los museos convencionales. Unas pocas de aquellas obras de arte centraban su atractivo comercial en que eran calificadas como ‘autóctonas’ aunque, a menudo, de indígena sólo tenían que su autor se había criado en una aldea originaria y había ascendido hasta emigrante internacional exitoso -¿con grigrí oculto? Pero todo ello era un affaire urbano sin mayor contacto con lo rural.

Desde el punto de vista museográfico, hoy Occidente eterniza el saqueo holístico del África pero ahora no arrasa de raíz los palacios para empaquetar sus joyas sino que reserva un rincón para las artes menores –desde la orfebrería hasta el patrimonio inmaterial. La exposición de Nápoles que abría este trabajo, meritoria en otros sentidos –léase, bella y etnográfica-, es un episodio más en la comercialización de artes despreciadas hasta ahora. Dicho poco finamente: después de haber esquilmado el ‘continente negro’ mediante la trata negrera y de materias primas, Occidente está raspando la olla estética.

Arte nigeriano ‘moderno’. Jimo Akolo, Fulani Horsemen, óleo. 1962. Commonwealth Museum. Bristol, R.U. A nuestro juicio, es arte vicario, pobre y nada original.

Como occidentales que somos –no podríamos tener otros caracteres-, nos contenta ver que los aherrojados desde hace siglos conserven grigrí entre sus harapos. Pero no por ello olvidamos que, en las susodichas obras menores, son escandalosas las diferencias entre el precio local y el del mercado occidental. Con todo, aún nos preocupa más que ello conlleve una erradicación compulsiva de la memoria popular. Quizá haya marchantes que se escuden tras la infame doctrina del “conservar para proteger” –versión culta de la militaroide R2P, Responsibility to Protect- aduciendo que esas obras compradas a precio de saldo desaparecerían en los contextos bélicos que asuelan África. Lo cual podría ser (poco) cierto si habláramos de obras voluminosas o mayores, pero no es el caso de los grigrí.

Nos parecerá que los amuletos son simples supersticiones que perpetúan el poder de los santones –sacerdotes si son occidentales. Cierto en lo que atañe a la dependencia pero no en lo de ‘supersticiones’ puesto que Occidente se enorgullece de muchas más. Sea como fuere, es literalmente incalculable el perjuicio que sufre el cazador nigeriano que se aventura en el monte sin protección taumatúrgica. O el de la senegalesa que pierde su tercer brazo anticonceptivo. Lamentamos que este dato es factible de ser utilizado por la contra-insurgencia. Por ejemplo, en la Guatemala de los años guerrilleros, el general Gramajo regaló a los mayas cargamentos de ovillos de hilo industrial dizque para ‘facilitar el trabajo de las hilanderas proclives al encubrimiento de los indígenas rebeldes’. En realidad para que, una vez introducidos, esas señoras confundieran los diseños de una comunidad con las de todas las demás perdiendo así su identidad local maya. Por fortuna, los grigrí son tan comunes que sería imposible eliminar sólo los de BH.

Devocionario de los Batak (Sumatra, Indonesia) Es lo más aproximado a un grigrí que conserva el archivo A.P.

Hemos incluido el arte à la occidental de los exmodernos artistas de Nigeria porque nos empuja a compararlo con los grigrí. Aquel arte serio era inestable crematísticamente hablando pero era cuantificable, rehén como estaba de los guarismos del mercado -además, rozaría el bizantinismo englobarlo en el campo semántico del expolio colonial. Pero esa inestabilidad se dispara hasta el limbo en el caso de los grigrí. Por ende, la comparación política entre ambas artes, mayores y menores, es compleja y puede que innecesaria. Las primeras son pasto aritmético y las segundas van camino dello. Una es ilustre patrimonio a secas y la otra debería estudiarse desde el patrimonio inmaterial como ya lo está en el corpus de la contra-insurgencia. Y no porque los grigrí no existan físicamente –bien que los exhiben u ocultan- sino porque son mucho más: son el eje del modo de vida de unas sociedades todavía tan distintas como semi-desconocidas o prejuiciosamente interpretadas que viene a ser lo mismo.

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