Auto sacramental 2020: Angélica Liddell

Iñaki Alrui. LQS. Noviembre 2020

“El comportamiento humano deriva de tres fuentes principales:
el deseo, la emoción y el conocimiento”.
Platon

Una costilla sobre la mesa: Madre

De Angélica Liddell, peculiar, intenso, corporal, racional-irracional, dramaturgia.

Homenaje, desahogo, perdón, recuerdo, agradecimiento… cuántas cosas se pueden representar en torno a la figura de una madre. Pretéritos imperfectos para conjugar un presente siempre necesario.

Y a qué madre de las que nos parieron en los sesenta no la conmueve oír «La hija de Juan Simón” en la voz de Antonio Molina o Juanito Valderrama, punto donde se sube el telón, viaje al interior más oscuro y profundo de los sentimientos. Homenaje. Apertura.

Nuestra protagonista, la hija, se incendia, se golpea, grita, reprocha, pregunta, gime, llora, el espectáculo acaba de comenzar, y en un monólogo delirante vamos de la tierra al cielo, y de los excrementos a las estrellas, las líneas divisorias son finas y tan irreales como querer pensar que una vida es solo el ocaso de lo que vemos los últimos días, el pellejo, las escaras, el Alzheimer. Autoinculpación. Desahogo.

“Quiero que entierren la tierra y cortar tus manos y con ellas hacer un rastrillo para enterrar la tierra»

Transgresión constante en escena, drama litúrgico por la muerte, réquiem público de la indulgencia, penitencia, empalarse, Valverde de la Vera, Extremadura en el origen. La presencia del no existir, la putrefacción plena en el surco de la vida y la muerte. Purgatorio, confesión. Perdón. Recuerdo.

Niño de Elche, lírico, crudo, una tonada y un salto sin límite en el quejío, onomatopeya de desgarro, paseo de dolor, dicción de las tripas, eterna performance invariable. Existir, ser, estar. Rituales de sacrificio, la matanza del cerdo, rutina anual, amor después del odio, y sigue el Niño de Elche, no tiene fin, todo tiembla, todo se purga, todo expira. La cabeza de cerdo es personaje en si misma, y se paraliza igual que se la aporrea o arrulla, bendito sea el cerdo, bendita sea la matanza, bendita la muerte. A partir de ahora la orfandad imperecedera. Éxtasis.

“Pero Jesús le dijo: Vuelve a tu casa y cuéntales a tu familia y a tus amigos todo lo que Dios ha hecho por ti…” Marcos 5:19

Mensajeros del Olimpo, trío de ciegos en escena, que ven más allá de lo visible, y hacen las preguntas, las de la existencia, las que no tienen respuesta. Interpelaciones a Dios. Residuos de odio. Todo se acopla, todo estalla. Alegoría en escena.

Gorras de Monte Hermoso, esquizofrenia de la palabra, pañoletas de la tierra, cincuenta años de odio, trajes de la raíz materna, origen que es pasado. ¿Madre, donde estás? Duelo terrenal, personal, intransferible. También fuimos niñas, recordadlo. Agradecimientos.

“Ojalá tu vientre hubiera sido mi sepultura”

La gestación no podida, el sufrimiento íntimo, embarazo como lenguaje de la vida, la madre es niña, la niña juega, la madre llama y ahora quedan atrás los excrementos, la orina, la corrupción del cuerpo, amasijo de huesos y carne que expele, silencios, enterramiento, incineración, viento para el pasado, aire en la escena ritualizada, simbólica. Diálogo de heredera de la nada. La consumación del final es volver a la infancia. Hija. La piedad desbordada. Amor.

Una madre muerta, una madre del mundo, una madre de todos, una madre de nadies, una madre olvidada, encontrada, resucitada, insultada, odiada, amada, helada, fría, resucitada en auto sacramental. Misericordia.

Vámonos. Fin.

Pasó por Madrid, búscala, siempre se agotan las entradas. Teatro, lógico-ilógico, somático, penetrante, distintivo, Angélica Liddell.

“Ficha”
Texto, escenografía, vestuario y dirección: Angélica Liddell
Reparto: Niño de Elche (cantaor), Ilchiro Sugae (bailarín), Angélica Liddell y Gumersindo Puche
Iluminación: Jean Huleu
Sonido, Audiovisuales: Antonio Navarro
Producción: Théâtre Vidy-Lausanne (Suïssa), Teatros del Canal, Temporada Alta.

Más artículos del autor. Miembro del Colectivo LoQueSomos. En Twitter: @IkaiAlo

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Un comentario en “Auto sacramental 2020: Angélica Liddell

  • el 26 noviembre, 2020 a las 17:41
    Permalink

    He visto obras que me han aburrido, pero esta obra la puedo calificar como auténtica TORTURA SENSORIAL, de pasarlo realmente mal y encima sin ningún fin: hay obras de teatro o películas que te hacen sufrir pero extraes un aprendizaje. Con esta obra, lo pasas mal físicamente pero no te llevas nada. Jamás había sentido con tal intensidad esa sensación de «¡Déjenme salir de aquí, por favor!». Insoportable. Somete al público a 20 largos minutos de tenebrosos coros aullando al máximo volumen mientras asistes a un ritual ultracatólico de autolesión corporal (lo que llaman penitencia, que constituye sin duda una de las «tradiciones» que sería sano extirpar), y cuando ese horror por fin termina, el Niño de Elche (muy respetable en otros asuntos, pero el crimen que comete aquí no es culpa suya sino del guion) se dedica durante otros 20 larguísimos minutos a chillar, berrear, gritar de espanto, desgañitarse. ¿Sabes lo insufrible que es tener a alguien al lado bramando con todas sus fuerzas de dolor? Pues imagina 20 minutos!!! Interminable.
    Una obra espantosa. De hacerte sufrir sentada en la butaca. Solo apta para fanáticos del OPUS. Si pese a todo vas a verla, asegúrate de coger una butaca junto al pasillo, para poder huir si te arrepientes (lo puedo asegurar: no mejora con el lento paso de los minutos!)

    Respuesta

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