Chernobyl, el fin del mundo y la escuela

Josebe Iturrioz López. LQS. Mayo 2021

Nuestras instituciones crean víctimas, aíslan a las personas que tienen problemas y, así, nos vemos condenados/as a sufrir en soledad todas las violencias de esta sociedad. No podemos gestionar los problemas de forma colectiva…

Las primeras escenas de la serie televisiva Chernobyl muestran perfectamente lo que es la negación de la evidencia. Tras la explosión del reactor en la central, un ingeniero (un hombre con poder) exige a los hombres jóvenes que vayan al núcleo de la explosión para examinar la zona y resolver qué es lo que ha pasado; no sé cuántas veces llega a enviar a jóvenes trabajadores al núcleo de la radiación, a constatar una verdad que se niega a aceptar. Finalmente, esa verdad «la radiación» acaba con los trabajadores. En lugar de admitir el fracaso, en lugar de admitir que el reactor de la central ha explotado, envía a los trabajadores, uno a uno, a una muerte inevitable, al suicidio radiactivo. Por eso, he decidido llamar «efecto Chernobyl» a este problema que se encuentra también en el mismísimo centro de nuestra sociedad: la negación de la evidencia.

Los primeros días del confinamiento seguí con atención los discursos de los y las responsables políticos, y analicé, en general, toda la información que teníamos disponible; no encontré muchas verdades en todo eso. No digo que todas las personas expertas que hemos visto en la televisión hayan mentido, sino que no se han dado las condiciones necesarias para poder aclarar todo lo que nos vino encima. Necesitábamos una profunda reflexión para poder entender las características de esta pandemia, para poder entender su naturaleza y la nuestra propia. En concreto,necesitamos una profunda reflexión para poder avanzar.

Estamos sumidas en una crisis de conocimiento, pues ya nadie respeta las evidencias. Aristóteles definía así la verdad: la verdad es la adecuación que se hace entre aquello que se dice y la realidad en sí. Es decir, lo que decimos debe acercarse a la realidad, tiene que coincidir con la realidad. Por tanto, lo más importante de todo es que la verdad recae, fundamentalmente, en el valor que se da a una frase o conjunto de frases. El valor. He aquí, pues, nuestro otro conflicto: una crisis de valores; una crisis de los valores judeocristianos, culo-limpios y neoliberales; una crisis que evita el acercamiento y la adecuación con la realidad. Hoy en día no se persigue la verdad; es más fácil mentir, pues las mentiras se difunden más rápidamente y generan más éxito. Para acercarse a la verdad, se necesita, al menos, un debate entre diferentes puntos de vista y entre diferentes ámbitos de conocimiento; no un debate puntual, sino un debate largo y profundo que se centre en el núcleo de la crisis. Así nos daremos cuenta de que el optar por querer saber la verdad es una decisión moral y ética. Es decir, la verdad no es algo que se encuentra en un momento concreto; al contrario, es algo que precisa de una búsqueda continua. Pero, ¿cuál es la verdad? Como mínimo, la verdad es que el ser humano no quiere comprender la realidad; no busca un acercamiento, ni una adecuación. Queremos la normalidad; preferimos vivir en un mercado de bienes, en lugar de en el cuidado de la vida.

Desde el confinamiento, nuestra sociedad se ha militarizado visiblemente, se han generalizado las metáforas de guerra: nos movemos con salvoconductos, tenemos toque de queda, los pueblos se sitúan en zonas rojas, nos reprimen para nuestro bien. Se ha establecido la vigilancia entre las personas: pocos vecinos y vecinas, y demasiados/as espías. Mientras tanto, seguimos negando la evidencia que tenemos ante nuestros ojos: puede que nos encontremos ante el último conflicto entre la vida y el capitalismo. El mundo en sí se está agotando, pues no hay ecosistema capaz de soportar al ser humano. De hecho, eso mismo es lo que significa el capitalismo: expropiación, robo y explotación de la tierra y, de paso, de la vida en sí.

Vivimos cegadas en ese afán por seguir adelante, y nos decimos que todo volverá a ser como antes, en un intento desesperado por poner fin a este confinamiento selectivo e interminable. Entre tanto, seguimos alimentando la lógica del capitalismo: vamos a trabajar, si es que tenemos trabajo; volvemos a casa; hacemos compras; tomamos ansiolíticos y antidepresivos; y seguimos adelante. Debemos mantener la economía, debemos seguir adelante. Nos hemos tragado, de forma totalmente acrítica, el discurso hegemónico de la pandemia. Mientras rezamos para que esta pesadilla acabe cuanto antes, hemos dejado la salvación en manos de la industria farmacéutica, cada cual a la espera de su vacuna. Pero no, ni dios, ni las farmacéuticas nos van a salvar. Porque el capital y su lógica patriarcal son totalmente contrarias a la salvación. Con la pandemia hemos empleado las mismas herramientas de debate que se han usado en otras muchas situaciones, de nuevo en el punto central de la polarización. Si muestras una actitud crítica para con la proclamación hegemónica, enseguida te tachan de negacionista, de terraplanista de la pandemia. Puede que tengamos una actitud crítica, al menos en teoría; pero, en la práctica, en cuanto nos fijamos en los comportamientos ajenos, no tardamos en condenar a la juventud por juntarse en exceso, no tardamos en aceptar los protocolos implantados en el ámbito educativo, ni en considerar necesaria la severidad del sistema disciplinario, así como su consiguiente persecución. Prevalecen el acecho y la vigilancia. El feminismo lleva años reivindicando la necesidad de poner el cuidado en el centro y, finalmente, vemos cómo el castigo y la vigilancia han vencido en esta crisis sanitaria, la más cruda de las últimas décadas.

Mientras controlamos y delatamos a las personas que no se colocan la mascarilla correctamente, nos olvidamos de atender a la mano capitalista y patriarcal que acaba con la vida y sus recursos

¿Cuántas veces hemos oído que la educación es fundamental en la transformación social? Por desgracia, la educación actual se limita a programar a autómatas, para satisfacer las necesidades de esta sociedad. En marzo, cuando se estableció el confinamiento, poco a poco vimos que la educación es un pilar económico, puesto que los niños y niñas debían ir a la escuela, para que sus padres, madres y tutores/as pudieran seguir haciendo frente al trabajo diario. Ahora vuelven a estar en los centros educativos, en escuelas llenas de normas y restricciones. Los contenidos no han cambiado, tampoco los objetivos; debemos programarlos, haciendo que el alumnado engulla los conocimientos que corresponden a su curso. Juegan bajo una estricta vigilancia en los patios, sin poder juntarse con niños y niñas de otros cursos, con restricciones de todo tipo, y con un tiempo limitado para disfrutar del exterior. Están condenados a repetir el mismo círculo vicioso que las personas adultas: de casa a la escuela, de la escuela a casa, hacer los deberes, estar confinados/as, seguir trabajando en casa, aprobar los exámenes, dejar la vida de lado.

Raramente se detiene el programa para explicar lo que significa la violencia estructural. No les hablamos de las relaciones de poder. El alumnado tiene pocas oportunidades de entender sus propias condiciones materiales. No pretendo responsabilizar de todo al personal docente, puesto que solo somos una pieza más del engranaje y, por tanto, no tenemos muchas opciones.

La violencia directa entre los chicos ha aumentado notablemente, mientras que entre las chicas se han multiplicado los casos de anorexia y bulimia. Para muchas personas, sus casas y escuelas se convierten en cárceles insoportables. Nos gusta imaginar a las familias como entornos libres de conflicto; pero así no hacemos más que huir de la realidad, alejarnos de la misma. No todas las casas son seguras para los niños y niñas, pues pueden ser fuente de diversos tipos de violencia: malos tratos, violaciones, abusos… La escuela no está preparada para identificar todos esos tipos de violencia y, aun identificándolos, si se da con algún caso grave, quedan pocas posibilidades de gestionar el conflicto: la vía psiquiátrica, o los servicios sociales. Nuestras instituciones crean víctimas, aíslan a las personas que tienen problemas y, así, nos vemos condenados/as a sufrir en soledad todas las violencias de esta sociedad. No podemos gestionar los problemas de forma colectiva. No podemos llamar a esos problemas por su nombre: capitalismo, heteropatriarcado, moral judeocristiana, militarización. Por ejemplo, en tiempos de pandemia, ha habido quien, en lugar de fortalecer la educación pública, ha optado por defender las ikastolas privadas, en nombre de nuestro pueblo y nuestra identidad. No quieren que sus hijos e hijas tengan relación con toda esa violencia estructural. El dinero y la segregación protege a sus hijos e hijas blancos/as y euskaldunes; así no tienen por qué mezclarse con la mierda ajena.

Mientras controlamos y delatamos a las personas que no se colocan la mascarilla correctamente, nos olvidamos de atender a la mano capitalista y patriarcal que acaba con la vida y sus recursos. Desde diferentes movimientos, incluido el feminismo, llevamos años anunciando la llegada de una crisis civilizatoria. Mientras tanto, las sociedades siguen representando el teatro de la normalidad, pero no podemos alargar por mucho más tiempo esta performance de falsa normalidad. Hacen falta cambios radicales. No hay tiempo para relajarse y quedarse a la espera de tiempos mejores, pues no van a llegar. Este escenario distópico no nos traerá ningún futuro satisfactorio. En este contexto, me viene a la memoria Valerie Solanas y el inicio de su manifiesto SCUM. Permitidme la adaptación: en esta sociedad, a las feministas dotadas de sentido de la responsabilidad y a otros organismos insumisos les queda una –solo una única– posibilidad: destruir el sistema patriarcal, luchar fervientemente contra el capitalismo y poner los cuidados realmente en el centro.

* Licenciada en Filosofía, actualmente trabaja de profesora de Enseñanza Secundaria. Nota publicada en STEILAS sindikatua

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