Chotacabras

Isidro, arador de la sarna

Por los campos de Castilla, la Vieja y la Nueva, hay ratones engendrados por ese otro Ratón traído por un fraile de las Cuevas del Vaticano.

Estos ratones llevan siempre las cosas hasta el extremo  e intentan a hora y a deshora salir victoriosos.

Saben de las fábulas antiguas de dioses, semidioses y la turba de la mitología, el santoral y de sus cuentos. Como si hubieran plantado los “Alimentos terrestres” de Gide en sus huertos,  se regocijan, oh hija de Sión,  en la anual feria santoral comiendo bellotas y castañas.

Están cómodos en su fe de embustes y patrañas y la dejan reposar de sábado a domingo porque saben que tienen que enjuagarla en agua tibia preparando  su alma para el Estado, caciques de partido y patronos, mientras el chotacabras ocupa vestido de frac su sitio en el patio de butacas. Si hubiese un teléfono por aquí cerca, llamaríamos a un médico que no podría hacer nada, pues “sarna con gusto no pica”.

Oh Humanidad por qué no íbamos a levantar nuestras faldas a un Nunca Más tras el golpe de amor mortal fosforescente en los cadáveres. Como al hijo de Teseo que le une a su antiguo amor, así Isidro, levanta un altar en su campo arado de la sarna y encaja en sus arados el audio mantra con la mira de embaucar a cuantos majaderos que en la taberna enjuagan su apetito con ceniza. Los hombres como los Asnos rebuznan cuando tienen listo el pienso.

Esto lo sabe Isidro, mientras la aguja de su reloj gira locamente y los ejércitos de la guerra ponen una camisa de fuerza a la razón universal; y, para más INRI,  mientras los ángeles de su locura ocupan el sitio sustraído a las perdices,  la crédula plebe tartamudeando se vuelve a sus casas  una vez dejada ardiendo la antorcha de paja donde quedan soldadas la verdad y la mentira, y blandiendo bellamente el mortero, el más barato,  que machaca la sal y el ajo con esperanzador apetito.

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