El Rouresgate

Por Daniel Seixo*. LQSomos.

El anuncio de Pablo Iglesias señalando la creación de Canal Red, un nuevo medio independiente y de izquierdas, inmediatamente me ha hecho recordar la fundación de El País y la inmensa tragedia que aquella engañifa supuso

El 4 de mayo de 1976, con el franquista Arias Navarro «al mando» de una transición en plena gestación y con el ruido de sables todavía muy presente en la política española, se publicaba por primera vez el diario El País. Desde principios de los setenta, José Ortega Spottorno, hijo del filósofo y ensayista José Ortega y Gasset, había mostrado un creciente interés en lograr sacar adelante la tarea de publicar un diario de corte liberal, supuestamente independiente del poder franquista y capaz de marcar tendencia durante aquellos tiempos confusos y convulsos que siguieron a la muerte del dictador. Cierto es que finalmente desde sus primeros pasos, nombres como Ricardo de la Cierva marcarían el claro signo conservador del naciente medio. Hemos de suponer que las cosas no estaban totalmente definidas políticamente y teniendo en cuenta que figuras como la del franquista Manuel Fraga habían aportado su empuje para que la empresa pudiese salir adelante, la cabecera debía mostrarse apta de cara a liderar un espacio de cambio en la sociedad española, pero ante todo útil para cumplir con las expectativas de los antaño hombres fuertes del régimen, llamados ahora a reciclarse en una nueva derecha más moderna y plural, capaz de detentar el poder hasta que las aguas se calmasen y los antaño gerifaltes del régimen franquista lograsen al menos resguardar su patrimonio en un puerto seguro.

No olvido que en la fundación de ese supuesto medio con vocación progresista, también invirtieron su tiempo y su dinero comunistas poco convencidos como Ramón Tamames, personaje este que daría diversos vaivenes en su trayectoria y que terminaría en posiciones claramente conservadoras. Pero esto no debe hacernos desviar el foco de la trama principal de todo este asunto, compuesta por Juan Luis Cebrián, Manuel Fraga, Jesús de Polanco y José Ortega Spottorno. Entre aires claramente falangistas y la siempre discreta, pero notoria y contundente, presencia del Opus, saldría adelante una de las más efectivas herramientas de manipulación y alienación colectiva del tardofranquismo. Un periódico que dotado a lo largo de los años de una inexplicable aura progresista, fomentaría en todo momento las vías políticas y culturales más beneficiosas para la burguesía española, sin pagar por ello el precio de la animadversión obrera que acostumbraban a sufrir las cabeceras más claramente situadas a la derecha. Sin duda, cuando Fraga y su entorno decidieron embarcarse en este gran engaño colectivo capitaneado, tras numerosos rechazos previos, por Juan Luis Cebrián, conocían a la perfección que la aparente disolución del Movimiento Nacional, sería narrada como un gran cambio, para que en realidad todo permaneciera prácticamente igual, instaurado en un círculo de poder efectivo inalterable. La aparición del PSOE o el idilio entre Felipe González y Juan Luis Cebrián, supondrían simplemente cambios de decorado en el desarrollo lineal de un trágico sainete.

Tal y como Karl Marx señala al inicio de El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, «La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa». Es por ello que el anuncio de Pablo Iglesias señalando la creación de Canal Red, un nuevo medio independiente y de izquierdas, creando de este modo una plataforma mediática propia para el que fuera Vicepresidente del gobierno más progresista de la historia, inmediatamente me ha hecho recordar la fundación de El País y la inmensa tragedia que aquella engañifa supuso, no solo para el panorama mediático naciente tras la dictadura, sino para la izquierda y la clase trabajadora en general que durante muchos años considero como voz independiente y progresista lo que no era otra cosa que un espejismo diseñado para que la gran farsa de la transición pudiese evolucionar sin sobresaltos.

Si aquella gran tragedia comenzó de la mano de un declarado franquista, supongo que no debería sorprendernos de manera alguna que esta miserable farsa se inicie de la mano de un declarado trostkista. Efectivamente, pese a la mascarada del crowfunding, totalmente ridícula para quienes conozcan mínimamente las necesidades económicas de estructurar un medio de comunicación mínimamente decente, la verdadera mano que mece la cuna del enésimo intento por disputar el oligopolio mediático a los grandes conglomerados privados que actualmente controlan el 58% de la audiencia española, no es otra que la del polémico multimillonario Jaume Roures. Más allá del absurdo de confiar en la capacidad de establecer una auténtica alternativa mediática popular de la mano de un sector de la burguesía o de las claras implicaciones éticas de aceptar capitanear una televisión de la mano del dirigente de un grupo audiovisual rescatado por el gobierno del que tu formación política forma parte, ¿Puertas giratorias?, lo que claramente ejemplifica está desesperada e inconsciente apuesta por parte de quienes pretendían ser azote de la casta y hoy se alían cínicamente con ella, es el desprecio y la falta absoluta falta de confianza en la clase trabajadora y las alternativas populares por parte de la inofensiva y domesticada pequeña burguesía podemita.

Si bien Pablo Iglesias y sus discípulos excusaron durante años su total falta de atención a los medios independientes y su camaradería con medios burgueses tan dispares como Intereconomía, Antena 3, Telecinco o La Sexta por la necesidad de ocupar espacios mediáticos generalistas de cara a lograr alcanzar al gran público y obtener de este modo réditos meramente electorales. En la actualidad, vemos como reniegan de aquellos mismos postulados y pregonan la necesidad de crear una bochornosa palanca con el entorno de Mediapro, sin apenas inmutarse o ruborizarse por tan nefasta decisión para la conciencia política colectiva. Todo esto obviando y pisoteando de nuevo alternativas mediáticas ya existentes, lanzando huecas e impúdicas diatribas contra el periodismo, sin llegar nunca a encarar seriamente la decisiva e ineludible disputa de clase en el seno de la profesión y ocultando sus verdaderas intenciones con la única y obsesiva motivación de llegar a estructurar un espacio periodístico no independiente, sino propio. Matiz este de vital importancia para situarnos realmente en este debate. Solo tiene uno que atender a la parcialidad y bochornosa labor propagandística de proyectos como LHU o La Base, para conocer de primera mano la escasa importancia que la calidad o independencia informativa detentan para Pablo Iglesias.

La apuesta es clara, apoyados por un magnate empresarial envuelto en compañías tan dispares como Artur Mas, Jordi Pujol, Javier Tebas o Miguel Cardena, conocido por apropiarse del Diario Público tras despedir a 130 empleados y enviarlos al Fondo de Garantía Salarial a cobrar lo que les adeudaba o por implicarse en oscuras prácticas empresariales para conseguir los derechos del Mundial de Qatar de la mano de la FIFA, Pablo Iglesias pretende crear una plataforma mediática que lo lleve de vuelta a los focos que él mismo abandonó tras ver como su temporal alianza con Ferreras caducaba una vez que otras alternativas, meramente reformistas, han demostrado sumar más elementos funcionales para el sistema a la hora de lograr mantener una paz social ficticia mediante un correlato puramente electoralista destinado a vaciar las calles. Tal y como Fraga y Cebrián aunaron en su momento sus caminos con la única intención de situarse como eje central de un sistema de manipulación pública, destinado a convencer a la clase trabajadora de que el discurso mediático puede revertir la depauperación de la izquierda y marcar el camino para la reflexión y organización obrera, hoy Iglesias y Roures aúnan sus propios intereses para prolongar y apuntalar ese mismo dislate, ese gran falacia.

Especialmente insultante resulta que quienes instaurados en el caudillismo y mesianismo más absoluto, nunca han centrado su atención en la organización de una militancia real o un sentido crítico de sus simpatizantes, en esta ocasión sí reparen en los mismos para intentar dotar de un aura de falsa independencia a un proyecto que no es ni popular, ni imparcial, ni realmente periodístico. Llegados a este punto de demencia y abdución colectiva en la mal llamada izquierda española, uno tan solo puede dar por perdida esa plaza y esperar que esto al menos sirva para destapar al otro lado del charco el oportunismo y arribismo de personajes como Inna Afinogenova, Juan Carlos Monedero o Julián Macías. Aquellos camaradas que en Latinoamérica insisten en abrirle la puerta al reformismo pequeño burgués español, deberían analizar detenidamente el profundo daño que en su momento el ejemplo de la transición española tuvo sobre los procesos revolucionarios de sus pueblos y por tanto llamar a cortar inequívocamente cualquier nexo de unión o colaboración con quienes hoy quieren repetir aquella misma tragedia en esta ocasión en forma de farsa. En la disyuntiva actual, se trata de escoger entre sostener a quienes traicionaron a Chávez y hoy bancan interesadamente y cobardemente a Boric o esforzarse en conocer y intentar estructurar una red comunicativa militante con la izquierda no institucional del estado español, esa que precisamente Iglesias y los suyos tratan de soterrar mediáticamente con este proyecto para evitar de este modo cualquier posibilidad de cambio real, cualquier vía netamente rupturista con el régimen del 78 y la sumisión histórica ante el imperialismo estadounidense y los designios de la OTAN.

Personalmente, no espero nada de una supuesta izquierda española que llama a boicotear el Mundial de Qatar mientras financia alegremente un proyecto comunicacional de la mano de quién se lucra con los derechos televisivos de ese mismo espectáculo. Esos que critican las relaciones de Ferreras con el comisario Villarejo, pero obvian o directamente aceptan los vínculos de Roures con ese mismo personaje fascista vendiendo su alma al diablo por un altavoz que nace coaptado. Uno obviamente no espera respaldo alguno en la batalla de las ideas por parte del reformismo español, pero sí se siente con la obligación de alertar a los compañeros de América Latina acerca de la realidad del Caballo de Troya que Juan Carlos Monedero y Pablo Iglesias hoy les intentan vender como medio popular y de izquierdas. Curiosamente, únicamente se acuerdan estos personajes de América Latina cuando la financiación resulta necesaria. Parece no evolucionar nunca el colonialismo español, ni aún cuando se dice de izquierdas. Así que si Iglesias y los suyos pasan por Venezuela para pedir apoyo para su alianza mediática con un sector de la burguesía española, hagan el favor de recordarle la verdadera vía de la democracia mediática en manos de los medios comunales promovidos por la Revolución Bolivariana. Eso y que América Latina no se olvida de quienes le dieron la espalda a Chávez por agradar al Imperio, por ocupar una silla en las tertulias de lo que hoy tildan de casta mediática.

* Subdirector de Nueva Revolución
@SeixoDani

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Un comentario en «El Rouresgate»

  • el 24 noviembre, 2022 a las 10:56
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    Muy bueno. El progre multimillonario Roures, ya se lucró en la invasión de Iraq con sus unidades móviles que usaron, entre otros, TVE. Y fue el factótum junto a varios sinvergüenzas más del ERE de RTVE en el que salimos de la pública 4150 trabajadores en un paquete que incluía el fin de la publicidad en TVE y el lanzamiento de dos nuevos canales, uno de ellos de Roures. Y es quien sin una lágrima puso en la calle tras cerrar Público en papel, a decenas de trabajadores, entre ellos quienes montaron para intentar seguir comiendo La Marea, Mongolia, Jot Down o el Diario.es. Y ahora hay que montarle una mesa petitoria para que la gente financie su nuevo proyecto? Vamos, hombre!!

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