Entre unos y otros han barrido

Por Ángel Escarpa. LQSomos.

Crónica de un viaje a la ciudad de Valencia

Hace unas semanas visité de nuevo esa hermosa ciudad de Valencia, por tantos motivos querida de todos. Era la quinta vez que la visitaba, desde aquellos años sesenta del siglo pasado. En el camino del aeropuerto al hotel le pregunté al taxista si la plaza aquella se seguía llamando de Emilio Castelar, a lo que este me respondió que actualmente se llamaba Plaza del Ayuntamiento. Algo habíamos ganado: no recuperó el nombre de aquel presidente de la I República, pero había desaparecido el infame Plaza del Caudillo del pasado.

85 años después de todo aquello, de que Antonio Machado se dirigiera a los hombres y mujeres de la España leal en aquella misma plaza, tantos años después de que Max Aub, León Felipe, Gil Albert, Miguel Hernández… deambulasen por sus calles, regresaba a la ciudad de Blasco Ibáñez y Jusep Renau.

En 1996 tuve ocasión de acompañar a los hombres de las Brigadas Internacionales hasta aquí, en un periplo que los llevó por los campos donde ellos habían combatido en su juventud: en Madrid, en Cataluña, en esta misma Valencia donde una España moderna les homenajeara en las nuevas Cortes Valencianas. Más tarde regrese para acompañar a los valencianos en una manifestación en 2006, conmemorando el 70º aniversario de recibir al gobierno y ser sede de la capital de la República.

La primera salida del día siguiente fue para visitar aquella hermosa plaza, llena de aconteceres, entre tantos aquellas imágenes del nodo de entonces, con los valencianos trabajando en las calles la cosecha de 1957, tras la devastadora riada del Turia.
Subí a la primera planta del Ayuntamiento, donde se encuentra el recinto donde se reunieran en su día las Cortes republicanas, mientras media España sufría los devastadores bombardeos franquistas. Tras conversar brevemente con un policía local, que se declaró republicano, me asomé a aquel balcón que se abre a la espaciosa y en esas horas luminosa plaza, con la intención de que mi esposa me hiciese desde abajo una foto exhibiendo una bandera republicana. Todo fue desplegarla y aparecer otro policía, que me persuadió de hacerlo así, debido a la estricta prohibición de exhibir “banderas de cualquier tipo”. Tras lo cual bajé a la plaza y me tuve que conformar con hacerme la dichosa foto al pie de dicha institución.

Una semana no da para mucho, pero aún nos dio tiempo para recorrer calles y plazas de una ciudad tan bella como moderna, tomar horchata en esos históricos mercados, fotografiar la Lonja de la Seda, la plaza de toros. la Catedral, el Barrio del Carmen; las Torres de Serranos, con la memoria de los lienzos de El Prado alojados allí en las horas de mayor destrucción para la patria, la Estación del Norte, la Torre de Cuart, el Puerto, asomarme a la taquilla del cine Lys –a punto estuve de pedirle un programa, como la niña de la película EL SUR-. Y fotografiarme con un par de jóvenes que, al verme con una camiseta republicana, me pidieron hacerse una foto conmigo. También visitamos el Museo de los Ninots, donde no puede uno por menos de fotografiar, entre tanta cosa bella, aquellos carteles de las Fallas de 1932, 1932, hasta la “gran falla de 1936”, aquella en la que el fascismo pegó fuego a todo el territorio nacional, en nombre de unos intereses espurios.

En vano busqué una bandera tricolor en un balcón, una camiseta, una reivindicación libertaria, en ese barrio de El Carmen. Tuve que conformarme con visitar el refugio antiaéreo de la calle de Serranos, e imaginarme a la gente de entonces hacinada en estas excavaciones, construidos en toda la ciudad.
A pesar del calor aún alcanzamos a visitar los pueblos de Xativa, Sagunto, y comernos una deliciosa paella en la Albufera, tras recorrer tan hermoso lugar en barca.

La última noche, en la plaza del Ayuntamiento, aún tuve la satisfacción de escuchar a mi paso por allí el “¡Salud, compañero!”, de unos hombres con los que conversé, que, al verme la camiseta, no dejaron de recordarme que aún hay gente que se resiste al olvido. Hablamos de lo que era obligado y me dijeron que en Buñol -el pueblo de la Tomatina- se ponen banderas republicanas en los balcones en día tan señalado. Hablamos de los padres, combatiendo en el Ebro; de los refugios, conversaciones de personas mayores.

Para otro viaje la visita al IVAM, al campo de Albatera, a todos esos pueblos de Levante de que nos hablan Rafael Chirbes, Manuel Vicent, el mismísimo Blasco Ibáñez de nuestras primeras lecturas. Atrás quedan las tiendas de numismática, la Ciudad de las Artes y de las Ciencias; las tiendas de camisetas con bellos estampados, los balcones con las banderas del Arco Iris, los tentadores comercios y los coloridos murales. Atrás las barracas de “Cañas y barro”. Para otro viaje visitar por unas horas Rocafort –residencia de Antonio Machado durante sus días valencianos en tiempos de guerra.

Quede aquí mi abrazo para toda esa gente republicana que se resiste al olvido, entre tanta construcción moderna y tanta luz como inunda la tierra de Joaquín Sorolla y Luis García Berlanga. Salud y República.

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