España en sus viajeros, desde el siglo XIX hasta hoy

Ángel Escarpa Sanz*. LQS. Mayo 2019

Entre los centenares de libros a recomendar siempre estará “La consagración de la primavera”, del cubano Alejo Carpentier, y “En España, peleando con los milicianos”, de Pablo de la Torriente Brau

Es fácil apasionarse en la lectura de los libros de los hombres que hicieron un día su viaje por estas tierras, desde Borrow y Ford hasta los escritores que en el pasado siglo hicieron de este país su casa, aunque solo fuese por unos meses, unos años. España se beneficia de las crónicas y de los estudios de Gerald Brenan, quien, fruto de sus largos años de estancia aquí -aquí falleció-, escribió sus excelentes ensayos: “El laberinto español”, “Al sur de Granada”, “La faz actual de España”, “Memoria personal 1920-1975”, a más de otros libros. A George Borrow, quien viajó por estas tierras en los días lejanos del siglo XIX -vendiendo biblias y a lomos de un borriquillo- le debemos su delicioso “La Biblia en España”, traducido a nuestra lengua por don Manuel Azaña. “Cuentos de la Alhambra”, de W. Irving, nos acercaron a la Granada árabe. El siglo XX atrajo hasta nuestras tierras toreros, inversores, las bases militares americanas, la CocaCola y el turismo de masas. Pero también trajo a apasionados hombres y mujeres que escribieron sobre este peculiar país de países.
Y, sin haber leído en exceso sobre el tema, recuerdo con verdadero deleite “Díptico español”, de Laurie Lee -la experiencia de este irlandés que viajó hasta estas tierras para unirse a las Brigadas Internacionales. Con Hemingway, arrastrados hasta aquí por las corridas de toros y por el carácter de estas tierras y sus gentes, por los aconteceres de la República y de la Guerra Civil, aún vinieron John Dos Passos, G. Orwell, A. Koestler. Son incontables los hispanistas, simples novelistas y periodistas que viajaron hasta aquí para narrar sus experiencias personales: Lillian Hellman, Dorothy Parker, R. Frasser, Ilya Eherenburg. Cómo olvidar a los apasionados Robert Capa y Gerda Taro; cómo no mencionar aquí a los que, viniendo a participar en la Olimpiada Popular de 1936 en Barcelona, cayeron en las batallas del Jarama y de la Casa de Campo, aunque no siempre dejasen testimonio escrito de su paso por Andalucía o por Aragón. Ian Gibson, Upton Sinclair, el autor de “No pasarán”. Uno de los primeros libros que leí sobre aquella guerra apasionada fue “Misión en España”, del entonces embajador estadounidense Claude E. Borrow. Uno de los libros que despertaron mi pasión por aquel delirante periodo fue “España, república de trabajadores”. Y desde entonces: “Diario de la Guerra de España”, de M. Koltsov, Trotsky, que intentó también su viaje a España, pero le fue denegado el desembarco cuando llegó. Uno de los libros más ecuánimes sobre el conflicto de 1936-1939 es “La República Española y la Guerra Civil”, de G. Jackson. También a los cineastas que pusieron entonces sus conocimientos al servicio de la República, desde los documentalistas Jori Ivens hasta el escritor A. Malraux.

Cuesta trabajo no mencionar aquí a los poetas británicos que se adhirieron a la causa de la República, a César Vallejo, que se desplazó hasta Valencia en 1937 para participar en el Congreso de Intelectuales Antifascistas, a Pablo Neruda. Entre los centenares de libros a recomendar siempre estará “La consagración de la primavera”, del cubano Alejo Carpentier, y “En España, peleando con los milicianos”, de Pablo de la Torriente Brau, aquel otro cubano, que cayó en el frente de Majadahonda. Creo necesario citar aquí a H. Thomas, a G. Soria, a M. Alpert, a Pierre Vilar, a todos los que su talante más o menos democrático o revolucionario les llevó un día a dar su testimonio sobre aquel lejano conflicto.

Hoy me quedo con la imagen de los viajeros que cruzaron los Pirineos, andando o en un destartalado coche, para beber nuestros vinos, dar al mundo su particular visión de España y, algunas veces, para morir bajo el sol de este país.

A todos ellos les debemos su personal mirada sobre nuestras tierras, sobre estas gentes que “laboran, sienten, y en un día como tantos descansan bajo la tierra”.
Pero hoy me quedo con la imagen de ese turista atónito que viaja a España por vez primera. Qué diferencia entre este viajero y aquel otro que venía aquí con apenas un diccionario de español y unos cuantos billetes en la cartera, atraído por los cuadros del Greco, por las poesías de S. Juan de la Cruz o por las leyendas de G. A. Bécquer.

España sigue actuando como un fuerte imán sobre los viajeros del mundo, aunque no sean ya estas tierras las de Galdós, las de Cervantes, las de Riego, ni las que cantara Antonio Machado, con carros tirados por mulas en los caminos, con hombres y mujeres, niños en edad escolar trabajando la tierra, como en tiempos de los fenicios; con aquellas miserables cuevas donde los más desfavorecidos se multiplicaban, entre las mismas bestias que les daban calor en las noches. Desde mochileros sin fortuna hasta estrellas de la pantalla, siguen llegando, atraídos por la cocina, por los encierros de Pamplona, por los lugares donde cayeron un día el general Lukacs, Buenaventura Durruti, los liberales de Torrijos. Algunos quieren fotografiar el Parque de la Ciudadela, donde los milicianos se organizaban en aquel cálido verano de 1936 para combatir el fascismo, otros quieren gozar de la hermosa vista de la Alhambra desde el mirador del Albaicín; otros quieren pisar los escalones de piedra por dónde pisaron Isabel II y los cortesanos de Fernando VII; aquellos que quieren saber de don Juan Manuel, del Doncel de Sigüenza, de Jorge Manrique y de las hazañas del Cid. Todos quieren apagar su sed de viajeros con la sidra de Villaviciosa, degustar una fabada no lejos de donde en el pasado se alzaron los hombres y las mujeres en un intento revolucionario. Qué diferencia entre aquel viajero de hace doscientos años con éste que llega en velocísimos trenes, en vuelos de “low cost” de Ryanair, en formidables automóviles, y los que llegaban a las viejas posadas en aquellas diligencias, tras sufrir el polvo de los caminos, a veces sembrados de bandoleros de José María “El Tempranillo”. Aún no se habían restaurado los alcázares, los antiguos castillos; aún permanecían diseminadas por el suelo las piedras de las antiquísimas murallas que rodaron por el polvo en las batallas entre moros y cristianos.

Quizás la diferencia entre muchos de ellos y aquellos de entonces radique en que a estos últimos les atraen las playas, la caza -no me detendré en aquellos que se paran aquí solo para ver jugar al Real Madrid.

El turismo de masas ha permitido que lleguen a estas tierras miles de turistas que, ante la imposibilidad de tener en sus casas, en sus despachos, ese cuadro de “La rendición de Breda”, tienen que conformarse con acudir al Prado para contemplarlo. Pero también ha permitido que los estudiantes con menos recursos, aún llegados aquí desde el lejano Japón, puedan pasarse horas contemplando el Gernika, “El jardín de las delicias” o el Parque Güell.

La diferencia entre aquellos viajeros de entonces y estos de hoy es que a ellos les atraía la España de Lope de Vega, las ruinas de Numancia, El Escorial y todo lo que tuvo que ver con Felipe II y la Inquisición. La Guerra Civil nos trajo a los estudiosos de ésta, a los que quisieron pisar las calles de Belchite, años después de las cruentas batallas entre fascistas y republicanos. También llegaron Samuel Bronston, Orson Welles, Ava Gardner, Frank Sinatra, Perón, hasta el Papa Juan Pablo II viajó a estas tierras, y algún que otro nazi huyendo de la justicia.

No podemos olvidar al poeta Robert Graves, autor de “Yo, Claudio”, fallecido no hace tanto en un apartado y hermoso pueblo mallorquín que se asoma al Mediterráneo.
Algunos de estos viajeros también nos ayudarían a muchos españoles a descubrir España.

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