¡Puta España!

Hace unos años, el actor Pepe Rubianes explotó en un plató televisivo, cuando le preguntaron si opinaba que la unidad de España estaba en peligro. Con una sinceridad descacharrante, exclamó: “A mí la unidad de España me suda la polla por delante y por detrás”. El locutor no pudo reprimir una carcajada, mientras Rubianes completaba su reflexión: “Y que se metan a España ya en el puto culo, a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando de un campanario”. El público –catalán- aplaudió y Rubianes, después de una breve pausa, terminó con un contundente: “Y que vayan a cagar a la puta playa con la puta España, que llevo desde que nací con la puta España. Que se vayan a la mierda de una vez y dejen de tocar los cojones”.

Finalmente, hizo una pausa y, con una cortesía impecable, se dirigió al entrevistador: “Siga, por favor”.

Desgraciadamente, nada es perfecto y el actor, linchado en los medios, rectificó y afirmó que se refería a la España negra e inquisitorial del general Franco, responsable del asesinato de García Lorca y la muerte en Colliure de Antonio Machado.

Yo creo que Rubianes no fue sincero y que en su interior siguió pensando: “¡Puta España! ¡Mierda de país!”. Pienso que el tiempo le ha dado la razón. La España de 2013 es una cloaca, donde los niños pasan hambre, las familias son desahuciadas y los policías apalean a los ciudadanos hasta la muerte.

Con permiso de Rubianes, voy a copiar su estilo. Me importan una mierda los argumentos históricos, que se remontan a la Edad Media o a la Edad Moderna para justificar la unidad de España. Después de 40 años de franquismo y casi otros 40 de monarquía franquista disfrazada de democracia parlamentaria, España es una nación fallida, que desprende un insoportable hedor a represión, corruptelas e infamias. Entiendo que Catalunya, Galicia y Euskal Herria quieran convertirse en países soberanos, pues sufrieron un genocidio cultural bajo la bota del fascismo y nunca se les ha permitido elegir libremente su futuro. Entiendo que los independentistas quemen la bandera rojigualda rescatada por el general Franco y sus conmilitones para acabar con el sueño de un país laico y republicano. Aplaudo el valor de los diputados de Herri Batasuna y LAIA que en 1981 abuchearon a Juan Carlos I en la Casa de Juntas de Gernika, manifestando que no todos se habían creído el cuento de una Transición modélica y ejemplar. Sólo unos pocos se atrevieron a resistir a una pantomima cada día más endeble y lo pagaron con torturas, largos años de prisión o desapariciones forzosas. El Estado español no se basa en la Constitución de 1978, sino en 2.000 fosas clandestinas que aún albergan los restos de 114.000 hombres y mujeres asesinados por el Ejército, con la complicidad de la Iglesia Católica y las oligarquías económicas. Es vergonzoso que una vagina continúe siendo la puerta de la Jefatura del Estado y que se garantice la inimputabilidad al déspota de turno. No sé si será Felipe VI o su televisiva esposa, pero no se me ocurre ninguna razón para no desearles el mismo fin que a María Antonieta y Luis XVI.

Algunos dirán que todas las naciones son imperfectas y tal vez no se equivoquen, pero los que soportamos a la puta España, de forma cotidiana e ineludible, nos asfixiamos en un modelo político alumbrado por el vientre putrefacto del franquismo. Franco no creó la Guardia Civil, pero ésta siempre encarnó su ideal de gobierno: chulería, brutalidad, matonismo, arbitrariedad. La Benemérita sigue torturando al amparo del régimen de incomunicación y pedirle que renuncie a la bolsa, las vejaciones sexuales, los golpes o los simulacros de ejecución sería tan inconcebible como exigir a los obispos españoles que renuncien a su cruzada contra el divorcio, el aborto, los anticonceptivos, el matrimonio homosexual y la igualdad de la mujer. Algunos pensamos que sería más coherente sustituir el toro de Osborne de la bandera rojigualda por el lúgubre tricornio o quizás combinarlos en un alarde de ingenio castizo. Tal vez de esa manera nadie nos tomaría en serio o se horripilaría con la pervivencia de instituciones y costumbres que se caracterizan por el desprecio a la vida, escogiendo como víctimas a los más débiles y vulnerables. La tauromaquia sigue ensuciando los pueblos de España, con sus fiestas sangrientas y sus alardes de machismo. No me parece extraño que la taleguilla de los matadores se ciña a la entrepierna. Algunos dirán que es para evitar enganchones, pero yo creo que es para resaltar los genitales masculinos, demostrando que eso de torturar y matar a un herbívoro exige dos cojones y un falo superlativo. Los mercenarios que apalean y multan a los indignados, arrojan a la calle a las familias sin recursos o disparan pelotas de goma contra manifestantes y transeúntes obedecen al mismo impulso. Las Fuerzas de Seguridad del Estado son la mayor reserva de macarras, psicópatas y descerebrados. La puta España siempre ha utilizado a estos miserables para aterrorizar a la clase trabajadora y proteger los privilegios de una minoría.

La puta España de los cojones ha falsificado la historia reciente, minimizando los crímenes de la dictadura y elogiando una Reforma gestada por las elites del franquismo (Fraga, Areilza, Martín Villa). La socialdemocracia de Felipe González, plenipotenciario de las cloacas, añadió nuevos crímenes a su negro historial. Mr. X financió el terrorismo de Estado, ordenó feroces reconversiones industriales, implantó los contratos basura y conservó la corrupción estructural de la España del Caudillo. Galindo, Amedo, Barrionuevo continuaron la tradición del conde de Mayalde, que torturó personalmente a Lluís Companys, y el conde de Rodezno, que firmó 50.000 sentencias de muerte. Ambos siguen en el callejero de la puta España de 2013, pero en 2009 la Audiencia Nacional obligó a retirar la placa dedicada a Argala en la plaza principal de Arrigorriaga. Al parecer, no es democrático homenajear a un valiente luchador antifascista, pero no hay ninguna objeción legal contra los municipios que honran a generales responsables de crímenes contra la humanidad, como Yagüe, Varela o Queipo de Llano. La España de 2013 es la España del Valle de los Caídos y de la Audiencia Nacional, nacida de una costilla del infame Tribunal de Orden Público. Los jueces venales y los jueces estrella seguirán cometiendo agravios al amparo de la Constitución de 1978, un texto que rebosa heces franquistas.

La puta España de 2013 levanta cuchillas en sus fronteras para dejar malheridos a los desdichados que huyen de la guerra, el hambre y la miseria. La puta España de 2013 protege a los torturadores franquistas reclamados por la justicia argentina. La puta España de 2013 es uno de los países más desiguales de la UE y con uno de los porcentajes más altos de policías por habitante. Con cárceles superpobladas y nuevas leyes que criminalizan las protestas sociales, podemos decir que la puta España de 2013 es un puto Estado policial. Los asesinatos de Iñigo Cabacas en Bilbao y del empresario Juan Andrés Benítez en el barrio barcelonés del Raval nos recuerdan que la Leyenda Negra sigue escribiendo la historia de la puta España. Dos nuevas víctimas de la brutalidad policial que serán olvidadas, mientras se nos restriega por las narices a los caídos por Dios y por España. Algunos aún recordamos con nostalgia el vuelo de Carrero Blanco, una verdadera obra de arte que combinó poesía y dinamita para liberarnos de un perverso ogro. La puta España no es una realidad geográfica y, menos aún, “una unidad destino en lo universal”, sino un talante homicida y cerril que contamina el aire que respiramos. El panorama es sombrío y descorazonador, pero hay un motivo de esperanza. En la puta España de 2013, los barrenderos y jardineros de Madrid mantienen una huelga épica. La basura inunda las calles y baja hasta las entrañas de la tierra, desperdigándose por los andenes del Metro. Muchos deseamos que la basura crezca y llegue hasta el cielo. Si un dios compasivo y justiciero arrojara un rayo, Madrid ardería como una gigantesca hoguera. Nada me haría más feliz que oler la carne chamuscada de los políticos, banqueros, espadones, príncipes, obispos y mercenarios, mezclándose como las pavesas de un cadáver descomunal. Desgraciadamente, la puta España seguirá jodiéndonos la vida durante muchos años y no habrá un Pepe Rubianes que se cague en ella, pero siempre nos quedará el consuelo de repetir sus palabras: “Puta España, vete a la mierda de una vez y deja de tocarme los cojones”. A veces, la vulgaridad es el último reducto de la libertad.

* Publicado en “Into The Wild Union”

 

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