Israel es uno de los Estados más militarizados del mundo

Israel es uno de los Estados más militarizados del mundo

Por Leandro Albani*

Para los gobiernos represivos que tienen un interés específico en relación con el control de poblaciones, la percepción de los productos y servicios israelíes es positiva por su especificidad, por estar precisamente diseñadas para ese control.

Israel es uno de los Estados más militarizados del mundo

El genocidio que comete Israel contra el pueblo palestino en la Franja de Gaza no molesta a la mayoría de los gobiernos del mundo. Si bien los crímenes perpetrados por Tel Aviv desde el 7 de octubre del año pasado ahora están aglutinados en una denuncia presentada por Sudáfrica en la Corte Internacional de Justicia (CIJ), las posibilidades de que el Estado israelí reciba una condena efectiva son inciertas.

Con casi 26 mil personas asesinadas en Gaza —entre ellas, 11 mil menores de edad y 8 mil mujeres—, el gobierno del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se perfila como el gran precursor de la limpieza étnica más desgarradora en lo que va del siglo XXI.

En medio de este panorama, Israel continúa con su producción masiva de armamento de guerra, que exporta principalmente a países de Occidente. En este caso, la particularidad es que Israel vende “su marca” como testeada en el terreno, lo que se traduce como su utilización contra los y las palestinas de Gaza y Cisjordania.

Dialogamos con Alejandro Pozo, analista e investigador del Centre Delàs d’Estudis per la Pau (CDEP) sobre conflictos armados y acción humanitaria, con sede en Barcelona, España. En 2022, Pozo, junto a Ainhoa Ruíz Benedicto, elaboraron el informe Negocios probados en combate, publicado por el CDEP, donde detallan la política militarista de Israel y sus amplios negocios armamentísticos.

—¿Qué relación hay entre la industria militar y la política colonial israelí?

Tanque israelí Merkava IV

—Por lo general, la industria militar se localiza fuera de los asentamientos, aunque sus productos se utilizan extensamente en las colonias o en el muro de separación. A modo de indicador, el Fondo Gubernamental de Pensiones Global, de Noruega, el mayor del mundo, cuyo ánimo declarado es manejar el largo plazo de los ingresos provenientes de los recursos petrolíferos y gasísticos del país para beneficiar tanto a las generaciones presentes como futuras, excluye a un nutrido número de empresas militares por rechazar lo que estas hacen o producen en base a criterios éticos. Algunas empresas israelíes, entre las que destaca Elbit Systems, están expresamente excluidas por su contribución, en contravención al derecho internacional, al muro de separación en Cisjordania y por su “régimen de control asociado”.

Por otro lado, la ocupación militar israelí en Palestina no puede entenderse sin la estrecha relación entre esta industria, el ejército y el gobierno israelíes. Una de las preocupaciones clásicas en países productores de armas se conoce como “puertas giratorias”, en las que algunos cargos relevantes del sector público de la Defensa se integran con posterioridad en la industria privada, de manera que aprovechan su conocimiento privilegiado y sus redes de contactos para aumentar el poder y los beneficios de esa industria. En Israel, esas puertas giratorias pueden no ser necesarias, porque el político, el alto mando del ejército y el alto directivo de la industria, sea esta pública o privada, pueden ser una misma persona.

—Con la exportación de armamento, ¿Israel obtiene más beneficios económicos o políticos?

—Exportar armas no conlleva la misma lógica que exportar tomates o casi cualquier otro producto. En estos últimos casos, esa lógica es obviamente comercial. Sin embargo, la exportación de armas, además de un negocio suculento, es un importante instrumento político y geopolítico. Por eso, en ocasiones, esas armas se donan o se exportan a pérdidas o en condiciones privilegiadas, porque el beneficio puede ser también estratégico para establecer o consolidar alianzas, o para evitar influencias de países rivales.

En el caso de Israel, y para completar también la pregunta anterior, se establece una relación de dependencia. Por un lado, el Ministerio de Defensa necesita adquirir productos y servicios de la industria militar a un bajo coste para hacer viable una ocupación que es carísima. Para abaratarla, cabe aumentar la producción para disminuir el coste por unidad. El sobrante que no demanda el ejército israelí —tres cuartas partes de todo lo que se produce— se exporta. Es precisamente el gobierno, que necesita abaratar la demanda interna, quien autoriza esas exportaciones y las utiliza como instrumento de relaciones internacionales. Este razonamiento también beneficia a la industria, que aumenta su volumen de negocio, por lo que se estrecha la colaboración estratégica y de dependencia entre gobierno e industria.

—El modelo de control social, fronterizo y tecnológico de Israel, ¿funciona en otros países?

—La respuesta depende del criterio que se utilice para estimar que ese modelo “funciona”. En cualquier caso, se requiere de unas condiciones parecidas. Me refiero a que la legislación, la tolerancia política y la opinión pública en esos otros países permita el uso de ese modelo como sucede en Israel. Desgraciadamente, la falta de respeto que demuestra Israel en relación con personas que no considera parte de su nación es compartida en otros lugares.

Por otro lado, y también relacionado con la pregunta anterior, para comprender las exportaciones de armas israelíes como instrumento de relaciones internacionales cabe señalar, además del bajo coste que permite la sobreproducción, otro factor especialmente atractivo para los clientes: el caché de esas armas, por la tecnología avanzada que contienen y su publicidad como “probado en combate”, en ese laboratorio de pruebas en el que se convirtió Gaza hace muchos años.

Para los gobiernos represivos que tienen un interés específico en relación con el control de poblaciones, la percepción de los productos y servicios israelíes es positiva por su especificidad, por estar precisamente diseñadas para ese control. Por tanto, quizá funciona para el sector militar, pero ese modelo ha demostrado ser contraproducente en otros sentidos. En la situación actual, por ejemplo, ese modelo ha sabido matar y destruir muchísimo, pero ha hecho que una amplia mayoría de personas en el mundo sintamos vergüenza ajena por lo que está haciendo Israel en la Franja de Gaza.

—La producción de armamento en Israel, ¿es parte central dentro de la sociedad?

—Israel es uno de los Estados más militarizados del mundo. Así lo reconoce, por ejemplo, el Índice de militarización del BICC, en el que Israel ha ocupado la primera posición de manera ininterrumpida desde 2007 (en 2022, lo superó Ucrania). Por militarización, entendemos la influencia de lo militar en la política y en la economía, pero también en la sociedad y la cultura. En Israel, buena parte de la población, hombres y mujeres, deben servir obligatoriamente en el ejército, con frecuencia en los Territorios Ocupados (palestinos). El servicio militar obligatorio dura oficialmente 32 meses para los hombres y 24 para las mujeres, aunque en ambos casos son habituales permanencias de tres años. Con posterioridad, buena parte de quienes terminan su servicio regular se profesionaliza o pasa a la reserva hasta que cumple 40 años y 45 en el caso de oficiales. Por eso, la población israelí tiene una relación muchísimo más estrecha con las armas y el sector militar que la que tenemos en España o Argentina. En Israel, proliferan las startups relacionadas con productos y servicios militares y de seguridad. Existe una enorme demanda por el dinamismo del sector. Y también una oferta enorme de personas con conocimiento y experiencia.

—Para su economía y su ideología, ¿es conveniente para Israel estar siempre en guerra?

—Tanto la oferta como la demanda que mencionaba anteriormente tienen que ver con esta pregunta. Ambas son enormes y crecen con nuevas guerras. Para una parte de la economía y para un tipo de ideología determinada, esas guerras convienen, y también para ciertas estructuras de poder. Sin guerras, habría mucha gente en Israel que no podría tener el poder que tiene, incluyendo incluso a miembros del actual gobierno. Decir que a Israel le conviene la guerra no es acertado. Israel es, en primer lugar, su población. A esas personas se las obliga a servir en el ejército, les guste o no, sin posibilidad de decidir. Aprender a matar y llegar a hacerlo debe ser una experiencia horrorosa, más aún cuando no estás de acuerdo con esas órdenes o las consideras injustas, y por eso algunas personas se niegan.

Por otro lado, el estado de guerra permanente no ha llevado a Israel a buen puerto. Muchas personas viven con miedo e intranquilidad, muchas otras con vergüenza por buscar una seguridad negando o quitando a la población palestina sus derechos más elementales, empezando por el derecho a vivir. Esas guerras solo convienen a unas pocas personas que, eso sí, en Israel acaparan mucho poder.

—¿Existen países que hayan tomado medidas concretas contra el militarismo israelí?

—La respuesta optimista es que sí, porque ha habido muchas iniciativas. La respuesta pesimista es que ninguna de esas medidas ha sido oficial, efectiva o duradera. En mi opinión, las mejores medidas las toman los países que se niegan a comerciar armas con Israel. Entre los aliados occidentales, Noruega se señala con frecuencia como referente de buenas prácticas. Razones no faltan: hace veinte años que ese país no exporta armas a Israel y además excluye a empresas israelíes de su Fondo Gubernamental de Pensiones Global. Se trata de medidas que me gustaría que impusiera España. Sin embargo, existen muchos otros tipos de relaciones militares y armamentísticas entre Noruega e Israel, como las importaciones de armas israelíes, la cooperación estratégica bilateral y, en el marco de la OTAN, la exportación de material militar noruego a Israel desde fuera de Noruega (con participación del Estado noruego en empresas en el exterior), las reexportaciones que acaban en Israel por no pedir cláusula de reexportación, las relaciones sobre drones o la coparticipación de entidades de los dos países en los proyectos de I+D tecnológicos de los Programas Marco de la Unión Europea (UE).

Se puede ver el vaso medio lleno o medio vacío. Tratándose de armas y de un país que las utiliza de manera masiva e indiscriminada contra las personas, yo no encuentro agua en ese vaso. Con todo, debe quedar claro que tomar medidas efectivas está al alcance de cualquier gobierno, que fuerza argumental para hacerlo no escasea y que, en mi opinión, imponerlas es una obligación moral.

—Pese a las denuncias probadas contra Israel, referidas a los diferentes tipos de represiones que ejerce contra el pueblo palestino, ¿por qué los países continúan sosteniendo relaciones militares y comerciales con Tel Aviv?

—Creo que es una pregunta que admite muchas respuestas distintas y con la que solo es posible especular. En general, da la impresión de que sus aliados occidentales han otorgado a Israel licencia para hacer lo que quiera, con independencia de lo que diga el derecho internacional o la gravedad de su comportamiento. Lo que hace Israel, lo que dice que hace y hará no se lo permitiríamos a ningún otro Estado del mundo. Ni siquiera Estados Unidos o Rusia anunciaron expresa y públicamente que iban a cometer crímenes de guerra en Irak o Ucrania. Las intenciones que anuncia Israel sin tapujos no las reconoce nadie más. ¿Por qué esa impunidad? Existen demasiadas teorías para poder concretar. Una tiene que ver con el apoyo incondicional de Estados Unidos. Otras incorporan a la ecuación a Alemania, Francia o Reino Unido; otras, además, señalan que Israel no tiene enemigos entre las grandes potencias, más bien alianzas de todo tipo. No faltan referencias a la activa, poderosa y bien posicionada diáspora judía; a la potente red de propaganda internacional capaz de cancelar cualquier crítica con acusaciones por antisemitismo; al miedo a que Israel utilice la información sensible de inteligencia obtenida por sus empresas; al sentimiento genuino de empatía con la población judía por los horrores del Holocausto; a la instrumentalización de la islamofobia o la asociación interesada que hace Israel de Hamas y otras organizaciones con Al Qaeda o el Estado Islámico, aunque no tengan nada que ver. Con la excepción del apoyo incondicional estadounidense, encuentro contraargumentación y contraejemplos para debatir todo lo demás, e incluso el apoyo de Estados Unidos no es tan fácil de entender por la pluralidad interna en ese país.

Con el genocidio en curso en la Franja de Gaza, ¿Israel podría ser sancionado de alguna forma, ya sea a nivel diplomático, comercial o a través de la justicia internacional?

—Una parte de los Estados del mundo lleva tiempo haciendo eso y también una parte de la población mundial ha decidido no callar y no cooperar con lo que percibe como una serie de injusticias. En cuanto a los Estados occidentales, depende de ellos imponer esas sanciones. La posibilidad de que España o cualquier otro país productor decrete un embargo de armas es, aun improbable, un imperativo moral y una medida viable. En cuanto a la justicia internacional, en la teoría sí es posible sancionar a Israel, aunque en la práctica no sea nada fácil. Los procesos en curso en la Corte Internacional de Justicia y en la Corte Penal Internacional son dos buenos ejemplos. Se esperan resoluciones críticas con Israel, pero otra cosa es que resulten en un mejor comportamiento. En todo caso, se trata de iniciativas muy importantes. Por ejemplo, la solicitud de Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia no solamente describe por escrito y con precisión los horrores cometidos en Gaza, sino que también aborda la intención de Israel y, además, sitúa lo que está pasando en un contexto histórico más amplio. En su pronunciamiento, la Corte ha respaldado buena parte de esa argumentación. Con todo, el veredicto tardará años y, lamentablemente, las medidas cautelares decididas no han incluido la interrupción de los bombardeos.

* Vía “La tinta”. Este ensayo fue realizado en el marco del Diploma Superior “Mapa de guerras: el catálogo editorial como producción de conocimiento político-militante (2023)”, organizado por la editorial Tinta Limón y CLACSO.
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