Mujer y laicidad

Mujer y laicidad

Si por laicidad entendemos la no injerencia de la religión en lo que debe ser la autonomía del estado, de las instituciones civiles y de los individuos, adelanto mi tesis de que, si la laicidad es necesaria en general, para las mujeres es absolutamente urgente, por ser el sector social más gravemente perjudicado a lo largo de la historia y en el mundo actual, el occidental y el que no lo es.

Las religiones son fruto y resultado de de la sociedad en la que nacen y se desarrollan. Y a su vez las sociedades se configuran dependiendo de variables muy diversas y muy complejas que sería largo de exponer.

Lo sorprendente es que yo no conozco ninguna sociedad histórica no machista y patriarcal y, por tanto, yo no conozco ninguna religión en la que las protagonistas de su génesis, de su desarrollo, de la interpretación de las revelaciones divinas así como de su aplicación práctica, hayan sido las mujeres.
Cierto que el fundador del cristianismo, Jesús de Nazaret, tuvo gestos muy significativos hacia las mujeres, pero lo que vino después de él, quedó nuevamente en manos de los hombres.

Viviendo en un país católico, España, en un mundo occidental cristiano, invadido por los estereotipos religiosos sobre las mujeres de la Biblia, voy comenzar con un somero análisis de la historia religiosa en nuestro ámbito, desde sus intérpretes hasta sus destinatarios y destinatarias.

Comenzamos con el mito de Eva, origen de todos los males en la tierra por su incitación al hombre, Adán, a desobedecer a Dios. La difusión de esta leyenda cogió lo peor de la misma y en vez de resaltar la sabiduría de la mujer al tomar su propia decisión, los guardianes de la ortodoxia la convirtieron muy pronto el la causa de todas las tentaciones que el hombre podría padecer a lo largo de su vida, sería la puta universal en el tiempo y en el espacio, de todos los hombres. Por eso había que tenerla amarrada la fidelidad, a la dulzura, a la maternidad, a ser la columna del hogar, la mujer fuerte que sabe hacer de todo y siempre bien, y siempre bajo la mirada inquisidora del esposo, de lo contrario ya sabemos lo que les pasa, los malos tatos se dan a las “malas” esposas y compañeras y, si no, “la maté porque era mía”.

Seguimos con el gran mito de María, virgen para poder ser madre de Dios, modelo donde las haya de una mujer cuyo máximo valor, se nos ha dicho, ha sido su pureza: inmaculada, virgen antes del parto, en el parto y después del parto, esclava del Señor, pasiva ante la fecundación física por un espíritu (hágase en mi según tu palabra), la sombra del gran hombre que fue su hijo, y, especialmente la dolorosa y resignada a los planes divinos cuando su hijo fue sacrificado por el deseo del Padre para salvarnos a los humanos. En el canto del Magníficat, ella se pone a disposición de Dios y le canta porque ha sido Dios el que ha hecho maravillas en ella, ella no ha hecho ningún mérito, no es nada. Después de muerta desaparece de esta vida en cuerpo, por ser puro, y en alma por ser sumisa a Dios (al dios de los varones).

Si bien en las religiones hay cosas comunes para hombres y mujeres como es el caso del sometimiento a la voluntad divina (no perdamos de vista que son los hombres los que dicen cuál es esa voluntad divina), a los hombres esta teología les ha dado poder, fuerza, valentía, protagonismo, mientras que en el caso de la mujer esta teología ha tenido consecuencias nefatas, puesto que el haber quedado en manos de los hombres la interpretación y la aplicación de estos principios religiosos, el sometimiento a la voluntad del Señor, se convirtió en sometimiento a la voluntad de su señor.

Unido esto a la culpabilidad universal proveniente de Eva, la mujer cristiana (en otras religiones aún es peor, ojo, como veremos) no sólo queda abducida por el sentimiento de culpabilidad sino por el de la sumisión. La conclusión es evidente: a la mujer se la anulará en nombre de la Palabra de Dios, es decir en nombre de Dios. Si es culpable y no puede ser autónoma ¿qué más necesita un ser humano para su destrucción sicológica?

La doctrina cristiana tiene unos guardianes y portadores de la fe, todos varones desde los apóstoles, que muy tempranamente, relegaron al ostracismo a esas primeras discípulas de Jesús que tuvieron su protagonismo en las primeras comunidades, hasta la Jerarquía actual.

Esta doctrina, considerada como Santa Tradición, tiene unos destinatarios masculinos, a los que les han dio muy bien las doctrinas de la sumisión, el velo, el que las mujeres no deben hablar en el templo, o que la mujer sea sumisa al esposo lo mismo que la Iglesia se somete al esposo divino.

Y, sobre todo ha tenido unas destinatarias femeninas a las que la Palabra de Dios, la autoridad de los autores-redactores de la Palabra de Dios (todos varones) y la misma Palabra de Dios, las ha aplastado, las ha dejado inmóviles, las ha paralizado desde lo más profundo del ser humano como es la propia conciencia, y si no, ya se encargaría el confesor, el director espiritual, el padre, el hermano o el marido de hacerle entender su altanería de desobediencia a Dios, cuando no la policía en el caso de infidelidades conyugales.

Los intentos de emancipación de algunas mujeres en la historia que han llegado hasta nuestro tiempo se quedaron en un eco difuso, en el quejío y en el lamento. Nadie se preocupó por esas reivindicaciones valientes, nítidas y razonables. Pongamos como ejemplos a algunas mujeres humanistas italianas y otras posteriores a las que se las tachó de locas y peligrosas.

Podríamos considerar capítulo aparte por el concepto cuantitativo y cualitativo, si nos acercamos algunos países musulmanes, en los que las leyes civiles parten de las leyes divinas, donde los hombres lo son todo y las mujeres no son nada ni en la vida privada ni en la vida civil. Las situaciones son tan sangrantes que duelen sólo el conocerlas, y que van desde el caso reciente de la niña somalí de 14 años, Asha, violada por varios individuos y posteriormente lapidada en un campo de futbol con el regocijo de unos mil varones asistentes y participantes [¡no perderse este reportaje impresionante de El País del sábado, clickenado en lo azul!], hasta la mujeres en Arabia Saudí, país amigo de Occidente por intereses petrolíferos y al que no le debe molestar denunciando la inexistencia de los derechos humanos de las mujeres, siguiendo por otras culturas con las mismas líneas directrices: los dioses “han dicho” a unos varones iluminados lo que los varones iluminados quieren que digan esos dioses.

Las mujeres llegarán a asimilar tanto su papel que hasta las mujeres jefes de Estado asumen el mismo papel adjudicado a cualquiera de las mujeres de su país. Dice Taslima Nasreen, nacida en Bangladesh, médica y escritora: “Soy víctima de un Estado cuyo Primer Ministro es una mujer. Y porque fui demasiado lejos en la denuncia de la religión y de la opresión de las mujeres tuve que dejar mi país”.

Ha tenido que llegar el pensamiento laico, para que las mujeres pudiésemos quitarnos las amarras de la sujeción a la voluntad divina. Para los seres humanos en general y para las mujeres en particular, es urgente que la ley suprema sea la ley suprema.

Artículo publicado en “Atrio”

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