Norman y Anselmo

Nònimo Lustre*. LQS. Febrero 2020

No he venido a España a derramar sangre,
sino a darla.

Comentando La Desbandá (1), decíamos ayer (o antesdeayer) que no olvidábamos a Bethune y Anselmo, dos Héroes de distinta entidad -uno conocido, casi anónimo el otro-, pero de parecido valor humano y cívico. Hoy cumplimos con lo que antes-antesdeayer no pudimos contar por razones de espacio.

Norman Bethune

Norman Bethune fue un médico brigadista internacional que vino a España para paliar la sangría que sufría la República; y decimos literalmente ‘sangría’ porque este gran canadiense inventó un método de transfusiones de sangre in situ que, en efecto, demostró ser muy efectivo. Dicho en sus palabras: No he venido a España a derramar sangre, sino a darla. Al ser un Héroe relativamente conocido, nos limitaremos a reproducir algunos párrafos de sus escritos. Por ejemplo, como cuando explica las razones que le trajeron a la Guerra española en su libro El crimen de la carretera Málaga-Almería (1937, The crime on the road Málaga-Almería, narrative with graphic documents revealing fascist cruelties; editado en español por Publicaciones Iberia y reeditado en Benalmádena 2004; con 26 fotos de su colaborador Hazen Sise):

“La democracia se debate entre la vida y la muerte. Comenzaron en Japón, ahora en España, y después en todas partes. Si no los detenemos en España, ahora que aún podemos hacerlo, convertirán el mundo en un matadero.”

Más claro no canta un gallo. Ni más clarividente fue ningún pitoniso. Ni, desde luego, encontraremos hoy a ningún tertuliano que se atreva a denunciar lo que era evidente en 1936… y también en 2020. Pero, además, nos sorprende la alusión a Japón, señal de que el autoritarismo extremo no es exclusivamente europeo sino universal. O, dicho de otro modo, que la globalización uniformizaba las teorías y praxis políticas, desde finales del siglo XIX. En cuanto a su narración de la Desbandá en sí, valgan estos párrafos desoladores:

“Quiero contaros lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos… Imaginaos ciento cincuenta mil hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio, temerosos del ejército nacionalista del general Queipo de Llano. No hay más que un camino. No hay más vía de escape. La ciudad que buscan es Almería, y hay que andar hasta allí cerca de doscientos kilómetros… huyendo entre declives de más de treinta metros. Un camino encajonado entre los altos picos de la Sierra Nevada y el mar… hay que andar cuarenta o cincuenta kilómetros al día, una caminata de cinco días con sus noches… Y no encontrarán alimento en los poblados por donde pasan, ni medios de transporte. Tienen que caminar, caminar, mujeres, ancianos y niños… tambaleándose, tropezando, abriéndose los pies en los pedernales polvorientos, mientras que los fascistas los bombardean sin piedad desde los aviones y los cañonean desde el mar”.

‘Betunecilina‘ contra el mal del siglo

Pero Almería no era un sitio seguro ni mucho menos. Continúa Bethune: “Como si no fuese bastante haber bombardeado y cañoneado a esa procesión de campesinos inermes a lo largo de su caminata interminable, el día 12 de febrero, cuando el pequeño puerto de Almería estaba atestado de gente refugiada, cuando la población se había duplicado, cuando aquellas cincuenta mil personas exangües habían llegado al sitio que creían un abrigo seguro, los aeroplanos fascistas, alemanes e italianos, desataron sobre la población nutrido bombardeo”.

¿Por qué huían de Málaga? Estúpida pregunta: porque estaban aterrorizados ante la llegada de los aliados franquistas. Léase de otra manera: porque, medio año después del golpe de Estado, todo el planeta sabía que se estaba ejecutando a rajatabla la impía doctrina del Terror –única ideología franquista-, pregonada abiertamente por Mola, Franco y sus secuaces.

China

En 1938, Bethune marcha a China para ayudar como médico a las tropas de Mao Tse-Tung en su lucha contra la invasión de los japoneses. Allí sucumbirá a una sepsis contraída durante una de las miles de operaciones quirúrgicas (más de 100 en una semana, nos cuenta en una de sus cartas) que acomete en las peores condiciones imaginables. Antes de cumplir los 50 años, muere en acto de servicio humanitario.

Camino de China, Bethune no olvida su experiencia española: “El hecho de que me dirigiera a España no me concede ni a mí ni a nadie indulgencia alguna para quedarnos ahora tranquilamente al margen. España es una herida en mi corazón. ¿Entiendes? Una herida que nunca cicatrizará. El dolor permanecerá siempre conmigo, recordándome siempre las cosas que he visto… España y China son parte de la misma talla. Me marcho a China porque es allí donde la ayuda es más necesaria; donde yo puedo ser más útil.”

De su trabajo quirúrgico en China, nos deja unas páginas memorables, de las pocas que la literatura médica nos enseña sin florituras estilísticas sobre la guerra… y sobre la muerte. Escribe Bethune:

“Hombres con heridas. Heridas como charcos resecos, endurecidas con barro marrón oscuro. Heridas de bordes cuarteados, coronadas de gangrena negra. Pulcras heridas, disimuladas bajo el absceso profundo, escarbando en los músculos firmes y alrededor de ellos, como un río maldito fluyendo alrededor de los músculos y entre ellos, como una corriente cálida. Heridas manando hacia fuera, orquídeas putrefactas o claveles pisoteados, terribles flores de carne. Heridas desde las que la oscura sangre brota a borbotones de coágulos, mezclada con las ominosas burbujas de gas, flotando en la sangre fresca de la hemorragia secundaria que no cesa.

Los viejos vendajes roñosos se adhieren a la piel con el pegamento de la sangre. Cuidado. Mejor humedecer primero. Por el muslo. Levantar la pierna. Pues se trata de un saco, grande, holgado, una media roja. ¿Qué tipo de media? Un calcetín de esos de Navidad. ¿Dónde está esa formidable y fuerte barra de hueso ahora? En decenas de fragmentos. Tómalos con los dedos; blancos como los dientes de un perro, afilados y puntiagudos. Ahora siente. ¿Falta algo más? Sí, aquí. ¿Es todo? Sí… no, aquí hay un trozo más. ¿Está muerto el músculo? Pellízcalo. Sí, está muerto. Ampútalo.

¿Cómo puede cicatrizar? ¿Cómo pueden estos músculos, que una vez fueron tan fuertes, y ahora tan menoscabados, tan devastados, tan arruinados, asumir su tensión orgullosa? Tira, relaja. Tira, relaja. ¡Qué divertido era! Ahora se acabó. Ahora ya está hecho. Ahora estamos destrozados. Ahora… ¿qué será de nosotros? El siguiente. Vaya niño. Diecisiete años. Con un balazo en el vientre. Cloroformo. ¿Preparado? Los gases salen volando por la cavidad peritoneal abierta. Olor a heces. Volutas rosadas de intestino distendido. Cuatro perforaciones. Ciérralas. Sutúralas. Pasa una esponja. Entuba. Tres tubos. Difícil de cerrar. Mantener el calor. ¿Cómo? Mete esos ladrillos en agua caliente.

La gangrena es una dama astuta, sigilosa. ¿Está viva esta parte? Sí, está viva. Técnicamente hablando, está viva. Ponle suero intravenoso. Tal vez el sinnúmero de minúsculas células de su cuerpo recuerden. Acaso puedan recordar el tibio mar salado, su casa ancestral, su primer alimento. Con el recuerdo de un millón de años, recordarán otras mareas, otros océanos, y la vida que nació del mar y del sol, es probable que les haga levantar sus cabecitas, beber profundamente y luchar de nuevo de vuelta a la vida. Es posible que suceda.

Y este otro. ¿Correrá junto a la carretera, con sus chinelas, a la siega, gritando de placer y felicidad? No, no volverá a correr. ¿Cómo se puede correr con una pierna? ¿Qué va a hacer? Pues sentarse a mirar cómo corren otros chicos. ¿Qué pensará? Pensará lo que tú o yo pensaríamos. ¿Qué bien aporta la piedad? ¡No te compadezcas de él! La piedad degrada su sacrificio. Él quería defender China. Ayúdale. Quítalo de esa mesa. Llévatelo en brazos, así, tan liviano como un niño. Sí, tu niño, mi niño.

Qué hermoso es el cuerpo… Qué perfectas sus partes, con qué precisión se mueve. Qué obediente, orgulloso y fuerte. Qué terrible cuando decae. La diminuta llama de vida va declinando cada vez más, y con un destello se va. Se va como se apaga una vela. Queda y suavemente. Hace de su extinción una protesta, luego claudica. Tiene algo que decir, luego calla.

¿Alguien más? Cuatro prisioneros japoneses. Llévatelos dentro. En esta comunidad de dolor no hay enemigos. Ve cortando ese uniforme teñido de sangre. Detén la hemorragia. Déjalos junto a los otros. Sí, igual que si fueran hermanos. Estos soldados, ¿son acaso asesinos profesionales? No, son amateurs armados. Manos obreras. Son obreros de uniforme.” (2)

Anselmo Vilar

De Anselmo Antonio Vilar García (AV), farero en Torre del Mar/Velez-Málaga y héroe bienhechor, sólo sabemos la fecha de su fusilamiento y que era natural de Lugo. Ni siquiera los esfuerzos de Juan Hurtado, estudioso veleño interesado en este Héroe desconocido han conseguido sacarle del anonimato. Por ello, al revés que con Bethune cuyo denuedo es relativamente conocido en España y Canadá -y no digamos en China-, se hace preciso dibujar a grandes rasgos la peripecia republicana de este gran lucense:

Cuando comenzó la Desbandá, AV decidió apagar dos noches su faro con lo que imposibilitaba la acción de la aviación italiana y, sobre todo, de los cruceros que destrozaban a los escapados –a veces, desde 500 mts. de la costa. La luz del faro alcanzaba más de 10 millas por lo que dejar a oscuras la vega denominada Acequia Bigotona y aledaños permitió que los malagueños se ocultaran unas horas de los mussolinianos y de los marinos franquistas.

El faro alumbraba las áreas costeras de Almayate, Torre del Mar, Caleta y Algarrobo, justamente las secciones de la carretera que menos sufrieron el ametrallamiento de los aviones italianos y de los fusileros del Corpo de Truppe Volontaire del coronel Gusberti.

Pero, cuando llegaron a Torre del Mar los nacionales al mando del teniente coronel Megide y del capitán Ramón Marvá Macía, detuvieron inmediatamente a AV y le fusilaron a media noche del 9-10 de febrero de 1937 en el paredón del cementerio de Vélez-Málaga.

No sabemos dónde están los restos de Anselmo Vilar. Quizá en la fosa común del cementerio de Vélez-Málaga, pudridero que contuvo los huesos de otros 226 fusilados, fruto maligno (como aquella Strange Fruit que Billie Holiday cantaba en 1939) de la primera ola de represión franquista contra ese rincón de la Axarquía (3). En todo caso, AV salvó cientos o miles de vidas. Por ende, fue un Héroe que merece mucho más que alguna placa en su honor.

Notas:
1.- La Desbandá desde el alcázar de popa
2.- Ver Norman Bethune, Las heridas, Traducción y prólogo de Natalia Fernández Díaz, Logroño, Pepitas de Calabaza ed., 2012, 112 páginas
3.- Ver González López, Fco. Miguel; La Historia que nunca se contó. La represión durante la Guerra Civil en el municipio de Vélez-Málaga; V-M, 2008, un libro tímido con listas ‘en bruto’ de parte de los represaliados por el franquismo.
-.- Notas relacionadas:
· Norman Bethune y las Brigadas
· Norman Bethune
· Tina Modotti
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