Whitman y Machado: una coincidencia

Arturo del Villar*. LQS. Junio 2019

Una coincidencia expresiva entre un poema de Whitman y otro de Machado, que exponen cómo debe ser la actitud del poeta durante una guerra

Nada mejor para festejar el bicentenario de Walt Whitman que releer su Leaves of Grass, título traducido en castellano por Hojas de hierba. Yo lo hago con frecuencia, y de mi devoción por el cantor de la democracia puede dar noticia el hecho de que mi segundo libro de poemas se titulase Inmensa playa consagrada a Whitman. Se publicó en Caracas (Venezuela) en 1970 por la colección Árbol de Fuego, debido a que en España no encontraba editor. Incluso quedó finalista del premio concedido en Jerez de la Frontera por el Grupo Atalaya de Poesía, aunque se rechazó la publicación. Según me contó su presidente, Manuel Ríos Ruiz, que llegó después a ser amigo mío, al jurado le gustaba la forma poética de la escritura, pero no su contenido. Algo comprensible en “La España de charanga y pandereta”, como la definió acertadamente Antonio Machado.
Precisamente en esta relectura he encontrado una coincidencia expresiva entre un poema de Whitman y otro de Machado, que exponen cómo debe ser la actitud del poeta durante una guerra. Los dos maldijeron la rebelión militar producida en su patria respectiva: en los Estados Unidos en 1861, cuando los Estados del Sur crearon una Confederación para oponerse a los del Norte, y en España en 1936, cuando los monárquicos ultraconservadores se alzaron contra la legalidad constitucional republicana.
Los dos poetas eran partidarios de la libertad de todos los seres. En el caso de los Estados Unidos, los del Norte combatieron para dar libertad a los numerosos esclavos negros comprados y tratados como una mercancía por los sudistas, y lo consiguieron con su victoria en la guerra sobre los rebeldes esclavistas. En el de España los milicianos lucharon para mantener los avances sociales aprobados por los gobiernos republicanos de izquierdas, pero fueron vencidos por la intervención de las naciones nazifascistas en ayuda de los rebeldes monárquicos, y la pasividad de las consideradas democráticas, que pactaron no intervenir ellas en un conflicto ajeno.

Los poetas y las guerras

Ninguno de los dos participó en las batallas como soldados, no dispararon ni un tiro, aunque estaba justificada la defensa armada frente a quienes se rebelaron contra la legalidad aceptada por el pueblo democráticamente. Por mucho que repugne matar a un ser humano, y aunque esté condenado hacerlo por el derecho natural y por el penal en todos los países civilizados, también queda justificada la defensa del bien común contra los rebeldes que lo conculcan. Tanto los militares sudistas como los monárquicos pretendían sostener regímenes contrarios a los derechos humanos elementales: son los resumidos en los tres lemas de la Revolución Francesa, libertad, igualdad y fraternidad, plasmados después en la Declaración de los Derechos del Hombre, proclamados en 1789 y reconocidos por todos los países democráticos como base de la convivencia.
Whitman se alistó en Sanidad y trabajó como camillero, prestando ayuda material, espiritual y económica a los soldados heridos, con una entrega tan plena que enfermó de agotamiento y debió retirarse a casa de su madre a mediados de 1864. Durante la guerra conoció personalmente al presidente Lincoln, por el que sentía gran respeto, y al que dedicó algunos de sus más bellos poemas con motivo de su asesinato por un rebelde. Por su parte Machado se ofreció al Gobierno leal como escritor, ya que sus enfermedades no le permitían participar de otro modo en la contienda, y le sirvió eficazmente, porque sus versos y prosas difundieron la verdad sobre la agresión a España por todos los países interesados en conocerla.
Ambos superaron las disputas ideológicas de los partidos políticos, y sirvieron a los conceptos ideales de la libertad y la democracia, aplicados a la situación bélica de aquellos momentos. Los rebeldes querían destruirlos en cada país, para someter a los pueblos a sus leyes inicuas. Eso indignó a los dos poetas, les parecía una traición a los valores humanos que siempre alabaron en sus versos, pero entonces se imponía en cada caso una intervención activa, a cada uno según sus posibilidades.

Una nueva escritura

Whitman tuvo la fortuna de asistir al triunfo del Norte antiesclavista en 1865, y ese mismo año editó el poemario Drum—Taps, traducido en castellano como Redobles de tambor, incorporado a las sucesivas ediciones de Hojas de hierba, con los poemas de la guerra. Por el contrario, Machado contempló la derrota del Ejército republicano y el terrible exilo de los vencidos, en el que participó él con su familia más íntima, para morir en Francia a los pocos días, enfermo física y psíquicamente.
En Drum—Taps se encuentran algunos de los más sentidos poemas de Whitman. Hasta entonces había cantado a la naturaleza, al trabajo, a las ciudades, a la camaradería, y a sí mismo como ser humano representante de la sociedad, con palabras corrientes, las que emplean los amigos en una charla informal. Su vida cambió a causa de la guerra, y también se alteró su escritura en la misma proporción. Abandonó la tranquilidad de Brooklyn, en donde llevaba una existencia bohemia despreocupada, por el contacto con la muerte ajena, y el espectáculo de cuerpos terriblemente mutilados.
Pese a mantener el característico versículo como expresión lírica, su lenguaje se renovó, para explicar el panorama atroz de las consecuencias de las batallas. Se dirigía a las multitudes anónimas, como había hecho siempre, incluso las que no habían nacido entonces, con su tono habitual, pero con otras palabras, inspiradas por la experiencia bélica. En tiempos de paz es posible tratar sobre temas intrascendentes en los poemas, pero en tiempos de guerra resultaría un crimen hacerlo. El resonar de los cañones dominaba sobre cualquier otro tema de conversación, y el poeta lo escuchaba y lo contaba. Lo comprobamos al repasar ese libro tan especial en su obra lírica, y tan destacado en la historia de la poesía universal.

Un canto nuevo

Quiso hacer de su canto renovado un estandarte que agrupase a los combatientes en la defensa de su ideario. Todos los soldados luchaban por la misma buena causa de liberar a los esclavos negros de su inhumana situación, pero cada uno de ellos estaba animado por un espíritu propio. El deseo de Whitman consistía en que cuantos compartieran sus mismos afanes siguieran sus versos como una bandera identificativa de aquel regimiento, según lo plasmó en el poema titulado Song of the banner at daybreak:

Oh, un nuevo canto, un libre canto,
aleteando, aleteando, aleteando, aleteando, por sonidos, por voces claras,
por la voz del viento y ésa del tambor,
por la voz de la bandera y la voz del niño y la voz del mar y la voz del padre,
abajo en el suelo y arriba en el aire, […]

¡Palabras! ¡Palabras librescas! ¿Qué sois?
Ya no más palabras, para escuchar y ver,
mi canto está allí, al aire libre, y tengo que cantar,
con la bandera y el gallardete que aletean.

Entonaba un canto nuevo como nueva era la terrible experiencia en que se hallaba, un canto que deseaba valiera como el estandarte del batallón. Tenía que ser un canto libre, conforme al ideal por el que combatían las tropas, el deseo de terminar con la esclavitud de los negros en el Sur, y liberarlos para que fuesen ciudadanos de un mismo y único país sin diferencias raciales ni sociales. Así era al menos la intención en el ánimo del poeta, y de muchos ciudadanos de su estirpe.

Por un ideal

Sabemos que estaban en juego otras consideraciones económicas nada altruistas, inevitables en las guerras, pero eso no le afectaba a Whitman, ilusionado por extender la democracia al mundo. Para los fabricantes y empresarios de los dos bandos la guerra podía constituir un negocio en principio, aunque al final uno de ellos se arruinaría; no obstante, el poeta sólo se movía por unos ideales espirituales ajenos a la economía.
Pretendía lograr el imposible de eliminar las palabras, necesarias para componer un poema tradicional, de modo que su canto fuese igual a la bandera y al gallardete del regimiento. Por eso intentaba que su canto se expresara con las voces del tambor y del estandarte, lo que constituye una licencia lírica: puede admitirse metafóricamente que el tambor habla con sus redobles como palabras, y el estandarte lo hace con sus movimientos en el aire empujado por el viento.
Son las voces que pretendía imitar, de manera que su nuevo canto prescindiera de las palabras usuales en los libros, para acompañar a los combatientes por una causa justa. Su canto se extendía por el aire libre, con la misma ansia de liberación impulsora de los soldados para abolir la esclavitud de los negros y equipararlos a los blancos, todos ciudadanos iguales de unos Estados Unidos democráticos. Aquel canto era nuevo en su escritura, distinto de cuanto había compuesto hasta entonces, y pretendía valer tanto como el estandarte distintivo del batallón que seguían los soldados.

Machado en guerra

Por su parte, Antonio Machado secundaba atentamente la marcha de la guerra, desde el mirador, como él decía, en donde le había alojado el Gobierno leal, primero en Valencia y después en Barcelona, para evitarle los bombardeos cotidianos en el Madrid sitiado por los rebeldes. Su escritura en verso era escasa después de la publicación de las Nuevas canciones en 1924, al tiempo que crecía la prosa adjudicada a su apócrifo Juan de Mairena, pero la guerra le inspiró otros cantos, si no de tono arengario, como era frecuente en ese momento, sí meditativos acerca del desastre generalizado en que se vivía y se moría, en el frente y en la retaguardia.
Destaca entre ellos el soneto “A Líster, jefe en los ejércitos del Ebro”. Fue respuesta a una carta del general del pueblo, en el que Machado expuso cuál debe ser el papel del intelectual comprometido con una causa justa, cuando por sus condiciones físicas no está en condiciones de acudir a defenderla con las armas.
Tal hubiera sido su deseo, enfrentarse a los militares sublevados contra la República legítimamente instaurada, integrándose en un batallón de combate. Pero estaba enfermo, sus pies se movían con ayuda de un bastón, y veía poco, de manera que su participación en un combate resultaría desastrosa. Debía resignarse a seguir la evolución del conflicto armado desde el mirador, y encargar al apócrifo Juan de Mairena que alentase a los milicianos con sus comentarios. Ni siquiera pudo llegar a ver el final de la guerra, con la derrota del Ejército leal, porque el dolor del exilio lo mató al iniciarlo, sin dinero, sin equipaje y sin esperanza.

La pluma por la pistola

Lo mismo que Whitman en su propia guerra, Machado desdeñaba las palabras librescas, tan utilizadas hasta entonces, porque deseaba intervenir en la guerra, y eso solamente podía intentarlo con el poder de su escritura. Reconocido como uno de los más grandes poetas de la literatura castellana, su palabra debía sonar tan fuerte como el cañón, y contar al mundo la agresión que estaba padeciendo España por parte las naciones nazifascistas llegadas en auxilio de los militares rebeldes. Su Sevilla infantil, “¡tan sevillana!”, como escribió en esos días de angustia, estaba ocupada por los militares sublevados, y servía para dirigir por radio consignas y mentiras sobre las acciones bélicas. Las palabras sirven para todo, para cantar a la libertad y para exaltar a la guerra. Por eso Whitman renegaba de las palabras librescas, y Machado las ponía en aquellos momentos conflictivos al servicio de las armas con las que defenderse de los rebeldes:

Tu carta –oh noble corazón en vela,
español indomable, puño fuerte–,
tu carta, heroico Líster, me consuela
de esta que pesa en mí carne de muerte.

Fragores en tu carta me han llegado
de lucha santa sobre el campo ibero;
también mi corazón ha despertado
entre olores de pólvora y romero.

Donde anuncia marina caracola
que llega el Ebro, y en la peña fría
donde brota esa rúbrica española,

de monte a mar, esta palabra mía:
“Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría.”

Califica de santa la lucha de los milicianos contra los militares sublevados y sus patrocinadores totalitarios alemanes, italianos y portugueses, porque se vieron obligados a tomar las armas para defenderse de la agresión sufrida. Ellos vivían en paz, cuando les sorprendió la noticia de la rebelión militar del Ejército destinado en África. La Iglesia catolicorromana calificó de cruzada contra los infieles esa sublevación, a la manera de las cruzadas medievales organizadas contra los islamistas, pero Machado pensaba que la lucha santa era la que animaba al pueblo a defender sus libertades.

Un canto nuevo

El fragor de las batallas cubría todo ese campo ibero tantas veces cantado en paz por Machado, en los versos inolvidables de Campos de Castilla. Ese ruido infinito despertó el corazón del poeta, adormilado en los últimos años para la lírica, porque la pólvora de las batallas se mezclaba con el olor del romero y el tomillo abundantes en los campos castellanos. Y al despertarle también le conminó a contar, ya que no cantar como antes, cómo se encontraba aquella España desgarrada en dos partes muy desiguales. No es posible decir en medio de la guerra lo que se comenta durante la paz. Las palabras librescas, según la definición de Whitman, son inservibles para describir el panorama arruinado después de un bombardeo.
Whitman quiso entonar un canto nuevo, lanzado a los aires, a semejanza de la bandera y el estandarte del regimiento en el que ayudaba como sanitario. Por su parte, Machado buscaba el modo de ponerse al lado del “heroico Líster”, para ser útil a la causa por ambos defendida. Anhelaba encontrar el modo de colaborar en el combate, de la única forma asequible para él: cantando un cántico nuevo en honor de los militares leales.
No iba a empuñar una pistola, sino la pluma, que puede ser un arma en determinadas circunstancias, como aquellas de la “lucha santa”. Su aspiración en ese trance era que la pluma valiera tanto como la pistola, de manera que contribuyese a ganar la guerra. De conseguirlo hubiera cumplido su papel en el gran teatro del mundo, y podría morir contento, con la satisfacción de haber realizado bien una misión que la historia le encomendaba.

Las palabras

Todo eso se lo decía a Líster con palabras, porque las necesitamos para comunicarnos, pero le expresaba el afán de sustituirlas por balas, que son más útiles en un combate. Pese a ello, es imposible imaginarse a Machado empuñando una pistola para matar a algún rebelde, cosa que hubiera sido lógica en una guerra de defensa contra los agresores. Constituía un propósito lírico, como el de Whitman de renegar de las palabras para identificar su canto con la bandera y el gallardete del regimiento.
Lo que importa es la apetencia de los dos poetas por intervenir de algún modo en la guerra que dividía a sus respectivos países en cada momento histórico. Amaban la democracia y la libertad, dos palabras sagradas para ellos, como para todas las personas de bien. Esas palabras responden a conceptos amenazados por los rebeldes en ambas situaciones, lo que les incitaba a tomar parte en la lucha para defenderlos, a su manera posible.
En el caso de Whitman tuvo la suerte de ver al triunfo de su causa, aunque después ensombrecido por el asesinato del presidente Lincoln. Su canto se alzó entonces por encima de las banderas victoriosas, y ahí continúa. En el de Machado la resistencia fue inútil, se perdió la guerra y debió exiliarse para morir en libertad, pero el soneto a Líster queda como un ejemplo de la actitud que debe segur un intelectual para defender su país y sus ideales: luchar hasta el final con las palabras, que siempre quedan victoriosas.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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