Adolfo Suárez: el mago y gran maestro de ceremonias de la Transición

Cuando me dispongo a escribir estas líneas, supongo que, como en el caso de aquel lejano 20N de 1975, ya serán millares -por no decir millones- los españolitos que se disponen a planchar su pañuelo, para ir a despedir en el Congreso al primer presidente de la Democracia. Así nos lo muestra TVE, que, a fin de cuentas, lo tuvo de jefe y cocinero antes de que supiéramos para qué servía esto de votar.

Lástima que este santo varón no naciese en otro país donde el pueblo es más agradecido, pues, por muchos que sean en ese desfile de dolientes ante la capilla ardiente de Adolfo Suárez agradeciéndole los servicios prestados, aún quedan en este país unos pocos recalcitrantes que no se reconciliaron jamás con la España de los vencedores, que, a fin de cuentas, fueron los que impusieron a la España vencida esta Constitución que permite que, en tanto el Rey y los que se protegen bajo su paraguas se forran literalmente, este pueblo llano invade las calles para exigir pan trabajo y techo, eso sí estrechamente vigilados por los máximos beneficiarios de esto de la democracia y apaleados por la misma policía que ayer nos corría con Franco y con Suárez por calles y plazas.

Como no podía ser menos, ya vemos en la tele las placas de agradecimiento en su tierra natal. Aún alcanzarán las perras para levantarle un monumento a quién tanto tuvo que lidiar con los ultras del franquismo y con el otro mago de la Transición -el señor Carrillo- para sacar adelante un proyecto de democracia sin que mediara una nueva guerra civil.

Como muchos de los que no acudiremos a las exequias somos más fieles a nuestros principios que adoradores de la pantalla de plasma, nos quedaremos en casa leyendo un buen libro, como cuando enterraron a Manuel Fraga, como cuando ellos despidieron al padre del Monarca y rey de las camas, cuandose casaron las muchachas y el chico del mismo, cuando nos anuncian a bombo y platillo que hace años que se aprobó la Constitución. Tal vez nos aproveche más escuchar una vez más a Leonard Cohen, o releer La forja de un rebelde, o echarnos otra vez a la calle para parar ese inminente desahucio, para exigir la libertad de ese joven antisistema que ayer, harto de esta situación que le niega un futuro, fue detenido mientras arrojaba piedras contra el escaparate de una tienda del señor Amancio Ortega, o contra el Mercadona de su barrio, mientras el señor Roig anuncia que el año pasado incrementó considerablemente sus beneficios, en una España que se hunde literalmente en la depresión; o mientras nos pasean a la roja por la Gran Vía madrileña, la misma por donde desfiló en su día el presidente Eisenhower, tras bendecir nuestra dictadura e incorporarnos al bloque atlántico (posiblemente para librarnos definitivamente de la tentación de unirnos a la URSS).

Hoy no me apetece hacer cola para ir a llorar ante el féretro de uno de los que mandaban en el País mientras la Guardia Civil acribillaba por la espalda a un joven Javier Verdejo, mientras éste pintaba en un muro un sencillo: PAN, TRABAJO Y LIBERTAD, un 14 de agosto de 1976. No me apetece nada salir a la calle para saludar con la manita a las cámaras de la tele, como hicieran aquellos españolitos cuando llevaban a dar tierra al general Franco, o como cuando, en mansa multitud, enterraron a Manolete, a El Fary, a Lola Flores, a Paquirri. Mientras otros llorarán la muerte de uno de los héroes de su juventud, el entierro de aquella etapa en que aún soñaban y mostraban el puño en las calles, airados; yo, con otros que no padecemos del mal del alzheimer colectivo, me quedaré en casa rumiando algunos hechos, algunos de los nombres de los que cayeron en la lucha por una auténtica democracia en estas calles de la Patria, mientras el fallecido se hacía un nombre aquí y allá. No me pide el cuerpo presentar mis respetos ante los restos mortales de quién vestía camisa azul y chaqueta blanca hasta poco antes de que cayeran asesinados los obreros concentrados en la iglesia San Francisco, de Vitoria; no me apetece nada inclinarme ante el hombre que regía los destinos de España mientras la extrema derecha asesinaba a los abogados del despacho de la calle Atocha, mientras los saharauis eran arrojados a la terrible hamada, mientras rodaban por el suelo, asesinados, la joven Yolanda González, Arturo Ruiz, Carlos González, Andrés, tantos de aquellos que yacen olvidados en las cunetas de la Historia pero que sacrificaron sus vidas en un soleado día, mientras estos señores de traje se cambiaban los cromos unos con otros. No dejaré mi sillón para despedir a uno de esos señores que liquidaron las empresas públicas –entre otras cosas para pagar sus formidables salarios-, los que nunca pidieron perdón por los muertos del pasado –tampoco por los tres jóvenes asesinados por la Guardia Civil en Almería, los obreros en huelga de Granada- los que liquidan a diario libertades y servicios sociales, conquistados muerto a muerto en el pasado.

Qué buena idea la de la señora Botella de rebautizar al aeropuerto de Barajas con el nombre de Adolfo Suárez. Lástima que todos esos que ahí menciono, que dejaron sus sueños personales aparcados para salir a las calles para reivindicar el sueño colectivo de un pueblo que salía de las grises brumas de la dictadura -la inmensa mayoría-, no tenga ningún rótulo que reconozca su sacrificio.

Mientras una España hace cola para presentar sus respetos ante el féretro de tan insigne señor, la otra, la de los despojados de todo menos de la dignidad -que nadie podrá arrebatarles, ni con la misma muerte-, planifica sucesivas marchas sobre Madrid, y esta vez no para llorar ninguna pérdida, sino para exigir la apertura de un nuevo proceso constituyente que expulse del País a los últimos restos del franquismo, para exigir el fin de esta mala comedia que dura ya casi 40 años, para exigir que se nos trate como lo que somos: ciudadanos, que no vasallos de un monarca impuesto por Franco.

Descanse en paz, no obstante, aquel que no tuvo nuestro aprecio.

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