Afganistán: Y ahora, ¿qué?

Por David Romero Feito. LQSomos.

Cada vez que Estados Unidos “salva” a un pueblo,
lo deja convertido en un manicomio o un cementerio.
Eduardo Galeano

Las fuerzas otanistas abandonan Afganistán -con el rabo entre las piernas-, tras veinte años de infructuosa agresión bélica.

Después de pagar elevadísimos costes en términos humanos -alrededor de 47.245 víctimas civiles- [1] y económicos -unos 2,26 billones de dólares- [2], el decadente Imperio estadounidense y sus aliados se retiran del escenario afgano.

Además de por sus reservas y recursos materiales (rica en agua, agricultura, gas, petróleo…), Afganistán es una pieza en el tablero geopolítico que no se puede pasar por alto en términos de balance geoestratégico.

Se sitúa en la región de Asia Central, constituyendo, junto con Europa Oriental, aquello que el geógrafo británico Halford John Mackinder (1861-1947) denominó el Heartland o Área Pivote, el corazón de Eurasia -donde se concentra la mayor parte de recursos y población del planeta.

Esta Teoría del Heartland, de comienzos del siglo XX y con vigencia en nuestros días, fue determinante para el desarrollo de la estrategia militar occidental. Por ejemplo, “la administración Truman (1945-1953) sentó las bases de su política hacia el Continente euroasiático sobre conceptos estratégicos gestados en el Imperio británico” [3], cuyo principal exponente fue el propio Mackinder.

Si durante la Guerra Fría (1947-1991) la apuesta estratégica pasaba por la contención con respecto a la potencia continental (URSS), tras la disolución del espacio soviético la intención era ya constituir un Nuevo Orden Mundial, pasando a la fase netamente expansionista.

En efecto, los intereses geoestratégicos de la potencia estadounidense –sin olvidar el papel de sus respectivos aliados- y su unilateralidad, hicieron del desequilibrio y la inseguridad las principales señas de identidad de la política internacional.

Afganistán, al igual que otros países como Irak, Libia, Siria, Yemen, Somalia… no se ha librado del zarpazo “libertador” de Estados Unidos. Pues, como recoge Noam Chomsky en su obra Estados fallidos. El abuso de poder y el ataque a la democracia (2006), la práctica democrática “es buena siempre y cuando sea coherente con los intereses económicos y estratégicos americanos”.

Durante estos días, en los que todos los medios de comunicación se están haciendo eco de determinadas informaciones como la toma de Kabul por parte del movimiento armado talibán, las grandes aglomeraciones de civiles intentando huir del país, o la difícil situación que tendrán que afrontar de ahora en adelante las mujeres y minorías étnico-religiosas afganas –como si en nuestros aliados Arabia Saudí, Qatar o Emiratos Árabes Unidos (EAU) estuviesen en mejores condiciones-, uno se pregunta cómo se ha llegado a este punto.

Hay quien dice que no se puede ignorar la historia y particularidades de los pueblos, y la historia de la nación afgana nos demuestra que es una de esas zonas, junto con Rusia, indomables, pues ni Alejandro Magno, ni los británicos, ni ningún otro poder extranjero han logrado imponerse allí con éxito.

Hablar de Afganistán y los talibanes, también implica reconocer y denunciar el papel injerencista que los propios estadounidenses llevaron a cabo durante la Guerra de Afganistán (1979-1989) al financiar y entrenar fuerzas de choque como fueron las guerrillas de los denominados muyahidines –de algunas de cuyas facciones emergieron los talibanes-, con el propósito de acabar con el régimen pro-soviético de Kabul y “crearle a la Unión Soviética un Vietnam” [4], tal y como reconoció Zbigniew Brzezinski (1928-2017) –el que fuera consejero de seguridad nacional del presidente demócrata Jimmy Carter.

Así, haciendo uso de una vieja estrategia geopolítica basada en identificar y fomentar las rivalidades históricas, políticas o religiosas en determinadas sociedades, los estadounidenses optaron –tanto en Afganistán como en otros países- por emplear de una forma falsaria y torticera al islamismo en su vertiente más rigorista (patentado en el Pacto de Bagdad de 1955) [5] para acabar con la influencia soviética en las regiones centroasiática y Oriente Medio.

Afganistán volvió a la escena internacional cuando el presidente George W. Bush, tras los atentados del 11 de septiembre, optó por poner en marcha su particular “guerra contra el terror”, convirtiéndose en el primer blanco de los ataques norteamericanos en octubre de 2001. Irrumpía la Doctrina Rumsfeld-Cebrowski [6].

Más allá de la narrativa acerca de la seguridad, la llamada lucha antiterrorista, las fuerzas del bien contra las del mal, etc., el propósito que se escondía detrás de estas incursiones seguía siendo, como nos expone el profesor Francisco Veiga, el mismo que en 1991: “erigirse en guardián de las reservas estratégicas a escala mundial como fondo de inversión en el gran proyecto global de democratización y liberalismo” [7] neutralizando para ello aquellos regímenes que, o bien habían estado bajo influencia soviética, o bien eran sencillamente contrarios a esas pretensiones geopolíticas hegemónicas.

En estos últimos veinte años, las guerras desatadas por la potencia norteamericana para “salvar” y llevar su modelo de democracia y libertad a los pueblos, han ocasionado más de ochocientos mil muertos, así como unos veintiún millones de desplazados como consecuencia de la violencia y desestabilización desatadas [8]. Y todo esto, ¿para qué?

EE.UU. ha ido perdiendo progresivamente áreas y capacidad de influencia; pues no sólo son las imágenes que nos llegan desde Afganistán, también son las capacidades militares adquiridas por las Fuerzas de Movilización Popular iraquíes, los avances que están teniendo los hutíes en Yemen, el papel cada vez más determinante de la República Islámica de Irán, el potencial desarrollo de la diplomacia ruso-china, la incapacidad para acabar con el Estado sirio y su legítimo gobierno, la fortaleza de un actor como Hezbollah en Líbano… Todos ellos, ejemplos prácticos que no hacen sino poner de manifiesto una realidad indiscutible a estas alturas del partido: Los Estados Unidos de América, han fracasado en el intento por imponer y mantener su particular Orden Global.

Hay que subrayar que las tropas estadounidenses –y aliadas- no se van por voluntad propia de Afganistán, sino que se han visto obligadas a dar este paso por una serie de circunstancias adversas. Washington está teniendo que redefinir sus prioridades geoestratégicas, y por ello apunta al Pacífico como su nuevo escenario de confrontación, pues la apuesta -sin perder de vista los desafíos que sigue representando Rusia para sus intereses- pasa por cercar y contener en estos momentos a la República Popular China, su principal competidor en la escala global.

La retirada de Occidente del escenario afgano, además de una derrota militar indiscutible –es lo que tiene ir a una guerra con el propósito de destruir e imponer un gobierno títere sin más planes de futuro-, pone sobre la mesa otro elemento que se ha ido abriendo paso en el campo internacional: el de la multipolaridad. Pues actores globales como China y Rusia, así como regionales –caso de Irán-, tendrán mucho que decir de ahora en adelante ante el vacío dejado por las “ejemplares” democracias liberales.

La idea mesiánica de pueblo elegido, la lógica cortoplacista, la fuerza y el juego de suma cero, no son buenos consejeros ante un mundo que hace tiempo dejó de ser unipolar. Desgraciadamente, el Tío Sam, sigue sin asumirlo.

Notas:

1.- Los Ángeles Times, 14/8/2021 “EEUU: los costos humanos y económicos de la guerra de Afganistán; 6 claves”
2.- Tercera Información, 19/4/2021, “Guerra de Afganistán le ha costado a EEUU 2,26 billones de dólares”
3.- Joan E. Garcés, Soberanos e Intervenidos. Estrategias globales, americanos y españoles, Ed. Siglo XXI, 2012, pág. 227
4.- Francisco Veiga, El desequilibrio como orden, Ed. Alianza Editorial, 2015, pág. 329
5.- El 24 de febrero de 1955 se formalizó la Organización del Tratado Central (CENTO), conocida como Pacto de Bagdad, en donde participaron Irak y Turquía, a los que se sumaron Irán y Reino Unido, así como Pakistán en 1956. Washington y Londres impulsaron esta organización con el propósito de contar con una alianza militar en la región para contener la expansión soviética. Los atlantistas no tuvieron reparo en hacer uso del rigorismo religioso de los países musulmanes enmarcados en este Pacto para contener a sus enemigos soviéticos.
6.- La Doctrina Rumsfeld-Cebrowski se remonta a los atentados del 11 de septiembre de 2001. El entonces secretario de Defensa estadounidense Donald Rumsfeld reactivó la Oficina de Transformación de la Fuerza (creada por Bill Clinton), designando al vicealmirante Arthur Cebrowski para dirigirla. Acorde al analista Thierry Meyssan, esta Doctrina se dividió en dos partes: la primera fue sembrar el caos en el Medio Oriente para redefinirlo y materializar el Medio Oriente ampliado (guerras de Afganistán, Irak, Líbano, Siria, Libia o Yemen); la segunda parte, estaría enfocada en plantear el mismo esquema de desestabilización y caos en la cuenca del Caribe.
7.- Francisco Veiga, op. Cit. Págs. 387-388
8.- TeleSur, 27/11/2019, “Guerras de EE.UU. provocan más de 800.000 muertos en 20 años”

Vídeo: En 1981, Thatcher daba un mitín ante miles de fundamentalistas afganos que combatían al Afganistán socialista: «Los corazones del mundo libre están con ustedes». Ese año, hay documentados 245 atentados con bomba, 198 ejecuciones por degollamiento y 2.500 muertos en atentados, todo con la bendición del occidente “democrático”

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