Alan García, la cara oculta del sanguinario presidente peruano

Tomás F. Ruiz. LQS. Abril 2019

El suicidio de Alan García ha sido, posiblemente, el único acto digno que puede atribuírsele a un despojo humano como era este asesino

En su primer mandato como presidente, Alan García fue el promotor desde la sombra de las amenazas a Alfonso Barrantes (Izquierda Unida peruana) para que se retirara como candidato a presidencia y dejara el campo libre a su contrincante. Alan García inició su mandato endureciendo la represión contra todos aquellos políticos que se cruzaran en su camino. Con una política pseudo populista, intentó dar una imagen internacional de izquierdas a su gobierno. Sin embargo, pronto se vio que Perú bajo el mandato de Alan García, no sólo continuaría su política de sometimiento ante EE.UU., sino que la acrecentaría, vendiendo su patria a precios de saldo y promoviendo políticas en defensa de los intereses estadounidenses.
La represión que aplicó, sin embargo, posibilitó que entre la población peruana se forjara un sentimiento de lucha que significó un aumento de popularidad para el partido Comunista Peruano (conocido también por Sendero Luminoso). Los miles de presos políticos con que Alan García saturó sus cárceles, acabaron sublevándose en el año 1986, articulando un motín que se extendió a los tres principales centros penitenciarios del país e hizo temblar al régimen corrupto de Alan García.

Soldados de la Marina de Guerra peruana asesinaron con un tiro en la nuca a los supervivientes de los bombardeos

Todas las matanzas promovidas por Alan García entre poblaciones campesinas indefensas, acusándolas de apoyo a los guerrilleros, fueron el desencadenante de una galvanización generalizada de la conciencia de lucha en todo el país. Detenciones, torturas, asesinatos… La policía política de Alan García, amparada y dirigida por especialistas en el terror de la CIA, no reparó en ningún tipo de escrúpulos a la hora de borrar del mapa a sus adversarios. Las cárceles se llenaron de presos políticos hasta el punto de que no cabían más y el partido Comunista Peruano (Sendero Luminoso), organizó una organización de resistencia dentro de los penales que le proporcionó el prestigio necesario para fomentar la lucha popular contra la dictadura que Alan García había impuesto.

Las matanzas de los penales

A Alan García la situación se le fue de las manos en junio de 1986, cuando los principales penales del país se sublevaron en un motín coordinado que sacó a la luz las criminales condiciones en que se encontraban los presos de las cárceles peruanas. Entre otras maniobras de exterminio, a los presos políticos se les envenenaba con la comida. Gracias a la intervención de la Cruz Roja, que verificó este envenenamiento selectivo, los presos políticos consiguieron el derecho de que sus familiares les llevaran a la cárcel comida cada día.
En el 18 de junio de 1986, los presos de los penales de San Juan de Lurigancho, El Frontón y la cárcel de mujeres de Santa Bárbara, se sublevaron en una maniobra coordinada por el partido comunista que les permitió el control de las penitenciarías. Su objetivo era atraer la atención del mundo entero ante el genocidio que se estaba cometiendo en Perú.
Por su parte, Alan García, temeroso de que este motín hiciera evidente la dictadura que había impuesto en Perú ante todo el mundo, decidió acabar draconianamente con esta protesta. A las tres de la madrugada del 19 de junio, ordenó bombardear el penal desde un navío de guerra. La orden que personalmente dio Alan García fue que los soldados entraran al penal por los orificios abiertos por la artillería pesada y que no dejaran supervivientes. En el penal de Lurigancho las órdenes que los oficiales dieron a los soldados fueron las de una operación de exterminio: «¡Que nadie salga vivo!”

Tiro en la nuca

Una vez tomado el penal de El Frontón y tras haberse rendido, 124 reclusos fueron asesinados por soldados de la Marina de Guerra peruana con un tiro en la nuca. Este asesinato en masa nunca ha podido probarse porque los soldados se ocuparon de hacer desparecer los cuerpos. La escalofriante matanza se llevó a cabo mientras los familiares de los internos estaban fuera del penal, situado en un islote frente a la ciudad de El Callao, escuchando las descargas de los cañones contra hombres desarmados y los tiros de los marines que estaban asesinando a sangre fría a sus esposos, padres e hijos.
El director del penal, el juez y el fiscal dejaron sentada su protesta por la ofensiva que protagonizó el ejército peruano, a quienes, sin ningún efecto, negaron autorización para actuar dentro del penal. Curiosamente fue la propia iglesia católica peruana (la misma que ha organizado ahora las exequias de Alan García), la que con más exactitud denunció esta matanza. El informe oficial que hizo público corrobora la versión de los presos fusilados después de rendirse.

Los cuerpos de los presos asesinados en los penales nunca fueron entregados a sus parientes

“En el Frontón, la operación se encomendó a la Marina, que bombardeó el Pabellón Azul durante todo el día. Eran alrededor de doscientos detenidos de los que solo sobrevivieron treinta, que se rindieron. En todo el proceso se impidió el acceso a la prensa, incluso a las autoridades civiles: jueces, fiscales, directores de penales».
En el procedimiento judicial que se abrió por estos hechos la justicia peruana, cómplice de la masacre, aceptó la imposición del ejército de que ninguno de los directores de los penales pudiera declarar en el juicio y dieron por válida la falsa justificación de que los internos poseían armas de fuego. Los cuerpos de los presos asesinados nunca fueron entregados a sus parientes. A los escasos supervivientes de la masacre, aún en presidio, se les amenazó con asesinar a toda su familia si aceptaban declarar en el juicio.
Pocos medios de comunicación internacionales, recogieron la auténtica realidad de esta masacre. La mayoría, auspiciados por el terrorismo USA, se limitaron a repetir la justificación de dicha masacre argumentada por el gobierno peruano de Alan García, que no fue otra que decir que los presos disponían de armas de fuego de fabricación artesana. Esta circunstancia nunca pudo probarse porque -como las armas químicas de Irak-, nunca fueron encontradas ningún tipo de armas entre los presos. En total, entre 350 y 450 internos fueron asesinados por orden directa del presidente. Dicen que cuando el fiscal general y el director del penal se opusieron a arrasar el penal de El Frontón a cañonazos, el sanguinario presidente Alán García dijo “O se van ellos o me voy yo”.
Nunca en la historia de Perú se había dado una matanza tan atroz como la que provocó Alan García aquel funesto mes de junio de 1986. Dejó a cientos de familias de luto, niños huérfanos y padres arrasados por el dolor que habían visto como un psicópata asesino, protegido y amparado por el ejército peruano, asesinó a sus seres queridos. Alan García fue el principal promotor y responsable de esta masacre. Sin embargo, ningún tribunal internacional de Derechos Humanos ha abierto aun ningún proceso por las responsabilidades de estos brutales crímenes.
El suicidio de Alan García ha sido, posiblemente, el único acto digno que puede atribuírsele a un despojo humano como era este despreciable y sanguinario asesino.

Perú, proveedor de cocaina a  EE.UU.

La situación de Perú ha cambiado poco en los treinta años pasados desde aquella funesta masacre. La dictadura militar se disfraza de democracia, pero la represión que sufre su población sigue siendo la misma, Junto a Colombia, Perú sigue siendo uno de los principales proveedores de cocaína a EE.UU. De hecho, sin el aporte de estupefacientes que llega a los Estados Unidos desde Perú y Colombia (a las que se está sumando ahora México), ni la Administración, ni la Bolsa, ni nada de su implacable American way of life podría funcionar normalmente.
La cocaína es la principal moneda con que Perú paga a EE.UU. sus servicios de mantener el país en estado de sitio. La CIA, como el gran hermano que es, supervisa desde el Pentágono el funcionamiento de esta fábrica de cocaína y vigila para que no se interrumpa nunca el abastecimiento de fuel para su podrido sistema económico. El hecho de que, colocando a psicópatas asesinos en el poder, quieran controlar ese imprescindible abastecimiento de cocaína, posibilita que, de vez en cuando, a estos degenerados presidentes se les crucen los cables y asesinen a miles de personas. Alan García ha muerto por voluntad propia, acosado por el remordimiento de conciencia que esos millares de muertos que dejó atrás le provocaban. Si realmente hubiera un infierno donde van a parar los asesinos de su calibre, no cabe duda de que Belcebú estará esperando a Alan García con las puertas del Averno de par en par abiertas.

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