Carlos Olalla*. LQS. Agosto 2018

Escuchar cantar a Aretha es adentrarte en un mundo de sensibilidad y fuerza capaces de llevarte allí donde viven tus sueños. Pocas como ella han cantado al amor y al desamor, a la vida, a la pasión por vivir…

Fue negra en un país racista, mujer en un mundo patriarcal y madre adolescente soltera en una sociedad que nunca supo convivir con eso. Y, sin embargo, triunfó. Hizo que todos la amaran, nos enseñó a amar a todos con su forma de cantar y de vivir. Nadie, absolutamente nadie, le discute ser la reina del soul. Parca en las entrevistas, volcán en los escenarios, Aretha Franklin ha sido, sin duda, una de las mejores cantantes de la historia.

Era hija de un predicador muy próximo a Martin Luther King con quien compartía la lucha contra la segregación racial. Fue criada entre el gospel y el soul y desde muy pequeña mostró que cambiaría para siempre el mundo de la música. Se había consagrado antes de que se formaran los Beatles y no ha dejado de cantar hasta pocos meses antes de su muerte, una muerte que, como gran parte de su vida, ella prefirió vivir en la intimidad, alejada de entrevistas, focos y platós. Hasta muy pocos días antes solo sus más cercanos sabían que padecía cáncer.

En 1967, antes incluso del mayo francés, ella tomó prestada una canción terriblemente machista de su amigo Otis Reding (Respect, en la que un hombre pedía respeto a su mujer al llegar a casa porque venía cansado de trabajar para traer el dinero) y la transformó en un verdadero himno feminista en el que era ella la que le exigía respeto al marido que llegaba a casa. La canción se encaramó inmediatamente a lo más alto de las listas del mundo entero.

Eran los años de las protestas contra la guerra de Vietnam, de la lucha por los derechos civiles, del movimiento hippie, años de rebelión y sueños, y Aretha los abanderó, nos abanderó a todos con su inimitable forma de cantar, con la pasión que desprendía en cada gesto y en cada nota. Abrió nuevos caminos, transformó los viejos, y nunca, nunca, se dejó encasillar en lo que los demás esperaban de ella. Fue pionera en casi todo. En estos tiempos en los que todavía sufrimos la lacra de la desigualdad salarial entre hombres y mujeres, hay que recordar que ella fue la primera en exigir cobrar lo mismo que sus compañeros de profesión.

Escuchar cantar a Aretha es adentrarte en un mundo de sensibilidad y fuerza capaces de llevarte allí donde viven tus sueños. Pocas como ella han cantado al amor y al desamor, a la vida, a la pasión por vivir… El swing corría por sus venas como si hubiera nacido allí. Podía encarar cualquier género y cualquier tema. En seguida lo hacía suyo, nuestro para siempre. Su pavor al avión, una fobia que nunca la abandonó desde que, en los 70, unas turbulencias en vuelo le hicieran pasar el peor rato de su vida, nos privó de ver sus portentosas actuaciones en directo por estos lares. Sus giras siempre fueron por carretera, mezclándose con la arena y con la gente, giras como las de antes, como las de siempre…

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