Lilith Rojo*. LQSomos. Diciembre 2017

Tengo un twitter voyeur y alucino bastante, si Hitchcock resucitara rodaría “los pájaros 2” saltando de hashtag en hashtag para aterrorizar al personal. Uno de los que me ha dejado perpleja, en un primer momento, después de lo visto y vivido en los últimos meses no me ha extrañado nada, es el de una mujer madrileña en la treintena que explica que por afinidad política y coherencia votaría a las CUP, pero que dadas las actuales circunstancias, de poder hacerlo, votaría a Ciudadanos. Surrealismo, punto y seguido.

Esto me sirve para seguir intentando explicar que el nacionalismo pernicioso, colonizador y corrosivo es el nacionalismo español cuyo pajarraco bebe en las ciénagas franquistas de hoy. Un veneno inoculado en una generación vía represión, que se ha perpetuado emocionalmente vía genética social e imposición nada subliminal a través del bombardeo mediático. Así parece muy simpático ver a criaturas haciendo juras de banderas españolas en los patios de sus colegios besando le drapeau mientras horroriza que los niños catalanes vean la didáctica pura del InfoK. Escalofriante. Esto me recuerda aquella triste fotografía franquista de unas criaturas alienadas por el falangismo brazo en alto en un comedor social. Pero el Reino de España no adoctrina, forma españoles de bien, como antaño, con aquella asignatura de Formación del Espíritu Nacional.

Se trata de crear súbditos normales, esos que según Ciudadanos y PP deben regir los designios de Catalunya, los que acuden a sus cantos de sirenas patrióticos para ser toreados por el capote rojigualda de la derecha extrema y del neoliberalismo folklórico, corrupción de poderes Made in Spain. Son los representantes de la Catalunya normal, no los engendros que votan a independentistas o equidistantes. Espero con esto no estar cometiendo el delito de moda de Zoido, que no es otro que el de odio. Una interpretación libre que le da la vuelta a lo que dice el código penal, porque se ve que ahora se comete contra el que detenta el poder, contra el que tiene garantizado por la Constitución el monopolio de la violencia. Y en este trágala ciego de patriotismo barato, a ver quien lo es más, nadie se da cuenta de que la triste democracia que nos asistía se va por el sumidero. Vivimos en un despropósito franquista envuelto en una legalidad reinterpretada a la carta, que sirve para justificar los atentados contra el estado de derecho y los derechos del pueblo sin que salten todas las alarmas. Una normalidad terrorífica. Así los anormales odian, según ellos, porque piensan que hay presos políticos, por querer votar, por defender pacíficamente derechos fundamentales, por querer crear una república, por no querer tener rey, por no querer que el fascismo contamine sus calles, por ser demócratas.

Los adoradores del chicle 155 aplicado en bucle hasta la victoria final, hasta dejar cautivos y desarmados a los anormales, campan por sus fueros, arrasando todo lo que huela a libertades y derechos, autoproclamándose los campeones de la democracia. Quieren hacernos creer que su imposición de la Constitución monárquica, hija del franquismo, perpetrada a su antojo, es un hecho democrático, acusando de fascistas a quienes deben acatar por imperativo legal el golpe de estado contra las instituciones catalanas. Un Parlament democrático hasta este septiembre a pesar de estar gobernado por anormales, dejó de serlo de la noche a la mañana. Como un virus se expandió un anticalanismo furibundo y como en los procesos de caza de brujas de la Inquisición todo el mundo descubrió de repente que el maligno manejaba los designios de los pobres catalanes y cundió el pánico en una psicosis colectiva auspiciada por los medios. Ese fanatismo viejo, hijo de la inquina de los vencedores, al grito de a por ellos se propaga entre los hijos de los perdedores, secuestrados por una bandera que no era la de sus padres, aquella tenía tres colores. Se inicia un peligroso viaje al epicentro de los vicios de la transición para construir un Estado español más a su imagen y semejanza, sin que nadie se espante. Así crece el voto a Ciudadanos en los barrios populares con mensajes tan simples que asustan. Así se pasean Ciudadanos y PP acompañados de fascistas de reconocido pelaje sin despeinarse, porque esos perros también serán guardianes de sus ovejas.

Y mientras los normales llaman fascistas a los que reciben agresiones por fuerzas del orden público de paisano en estado de embriaguez y gente tatuada con cruces gamadas, otros, que deberían ir cumpliendo sus promesas cizalla en mano, acusan a las víctimas de haber resucitado al fascismo, como si hubiera estado muerto alguna vez. Una acusación de una bajeza moral y una pobreza política que justifica a los fascistas, esos que también les llaman a ellos rojos de mierda. Los que acuden a los cumpleaños de la Constitución de teloneros de los monarcas han llegado a comparar en su desvarío el Procés con ETA. Que no se esfuercen, ellos tampoco son candidatos al certificado de normal y deberían estar en este momento defendiendo derechos inalienables jugando en el campo de las libertades o por lo menos practicando un juego limpio.

Es terrible que se tenga miedo a una posible independencia de Catalunya pero que no se vea el peligro de quedarse en un reino español totalitario, decadente y corrupto. Es alarmante que la gente se crea la mentira de que antes del 155 se iba al desastre total y con el 155 milagrosamente la economía haya resucitado de entre los muertos y mane del cuerno de la abundancia constitucional empleo y alegría. Es triste que haya gente que viva asustada por la libertad y se muestre sumisa ante el expolio justificándolo. Es decepcionante que quieran curar sus temores colgando una bandera española en su balcón como quien ahuyenta a los vampiros. Es una estampa que recuerda a aquel niño de la lengua de las mariposas tirando piedras a su profesor, en este caso aniquilando la escuela catalana en la que se han formado también quienes quieren arrasarla.

Los del 155, constitucionalistas, unionistas o como se les quiera llamar, PP, PSOE, Ciudadanos, juegan a convertir las víctimas en verdugos para juzgarlas miserablemente, algunos bailan por lo que le echen, hasta el Rock de la cárcel. A partir del 22 mientras unos celebrarán con champán, no con cava, que les ha tocado la lotería, muchas personas recibirán una notificación judicial por defender el derecho a voto y la República, una amable invitación a unirse a las presas y presos políticos, esas que no existen y que ya disfrutan de la hospitalidad del Reino de España.

Es momento de votar por la ruptura democrática, por la República, para convertir estas elecciones impuestas, tuteladas por el Estado español, en un referéndum por el derecho a decidir de Catalunya, porque del resultado del 21-D no podrán decir que no tiene garantías y que ha sido manipulado. Más allá de la legitimación de las aspiraciones de millones de personas que se han manifestado gritando “las calles serán siempre nuestras”, quizá estas elecciones se conviertan en el día de la marmota, porque ya han avisado los constitucionalistas que el artículo 155 se aplicará ad eternis para que la república catalana no sea una realidad. Queda mucho viaje y se necesitarán muchas compañeras y compañeros de más allá de las fronteras de Catalunya para que las repúblicas rompan de una vez por todas con este franquismo insoportable que nos asola.

Por dignidad.

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