Guadi Calvo*. LQS. Febrero 2018

Desde hace semanas los cientos de miles de refugiados, de todos los rincones del mundo, que esperan su oportunidad para lanzarse al Mediterráneo, desde algún puerto libio rumbo a Europa e incluso la injuria a la condición humana, que significa el mercadeo abierto y público de la subasta de personas como si fuera ganado, en la ciudad de Sabha, en el centro del país están pasando a un segundo plano.

Aunque el espectro de la guerra nunca abandonó Libia, desde que la entente encabezada por los Estados Unidos y Francia decidieron exterminar la revolución del Coronel Muhammad Gadaffi a principios de 2011, desde hace algunas semanas se ha reinstalado en las primeras planas de los grandes medios de comunicación internacional la violencia en gran escala que sacude a Libia, frente a la mirada cómplice de occidente y muchos de sus hermanos árabes.

Dos hecho recientes dejan bien en claro que nada útil ha podido hacer la alianza de Naciones Unidas y la OTAN, responsables del desangradero en el que sumergieron al pueblo libio y del que demoraran décadas en salir de ello, si alguna vez sucede.
El lunes 15 de enero, en el aeropuerto internacional de Mitiga, cercano a Trípoli, y por lo tanto el más importante del país, controlado por Quwat al-Rada’ al-Khassa (Fuerza Especial de Disuasión o RADA), estalló un enfrentamiento con otra de las tantas bandas armadas que pululan por el país, la Khatiba 33 (Brigada 33), del barrio tripolitano de Bad Tajoura, liderada por Bashir al-Baqara, uno de los tantos señores de la guerra emergidos del saqueo y la matanza, los únicos frutos de la Primavera Árabe.

Ambas organizaciones, de las más poderosas que operan en Trípoli y sus alrededores responden al Gobierno del Acuerdo Nacional (GNA), un engendro político inventado por occidente en 2015, quien depositó a Fayez al-Sarraj, un arquitecto pro norteamericano, en su jefatura y que todavía no ha podido hacer pie en el escaso terreno que el resto de las bandas armadas le conceden.
Según algunas fuentes locales los confusos enfrentamientos, que dejaron 27 muertos y 60 heridos además de varios aviones seriamente dañados, estalló cuando los hombres de al-Baqara, quisieron tomar una prisión próxima al aeropuerto, también controlada por la RADA, en la que se alojan 2500 detenidos, muchos de ellos integrantes del al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y la rama libia del Daesh.

La Rada, una fuerza paramilitar que se arroga la responsabilidad de actuar como una unidad de combate contra la delincuencia común y los resabios que todavía quedan del terrorismo, denunció que el aeropuerto fue atacado por hombres de al-Baqara y otros elementos a los que se les sumaron tras fugarse de la prisión.
El enfrentamiento que puso en peligro no solo la vida de los pasajeros y obligó a suspender los vuelos, sino la integridad de poblaciones aledañas, recordó la larga y sangrienta batalla que allí mismo se libró entre el 13de julio y el 23 de agosto de 2014, entre otras dos poderosas milicias, la de Misrata y la de Zintán, esta última aliada de otro importante señor de la guerra el general Khalifa Hafther, viejo colaboracionista de la CIA, tras traicionar a su líder el Coronel Gadaffi.
Combatientes de Misrata, entonces habían iniciado la “Operación Alba”, con lo que intentaban tomar el control del aeropuerto en manos de la khatiba de Zintán. La batalla que estuvo a punto de hacer estallar varios depósitos de combustible, poniendo en peligro la vida de las personas que vivían a varios kilómetros a la redonda, dejó entre 300 y 500 muertos. La disputa, que era por el control de la aduana fundamentalmente, no tuvo un ganador claro ya que el aeropuerto fue prácticamente destruido en su totalidad y recién fue puesto en funcionamiento en julio de 2017.

La reciente batalla entre la Rada y la Khatiba 33, expone el endeble armado del GNA, que solo es un sello de goma, para complacer a occidente y posibilite la inversión de los países centrales en créditos, para poner de pie a un país que ya no existe.

El retorno del Daesh

Un segundo hecho, que puede ser el preámbulo de una nueva irrupción del Daesh, tras la confirmación de que muchos de los muyahidines desplazados de Siria e Irak, han ingresado a Libia, es el reciente atentado en la ciudad portuaria de Benghazi, la segunda en importancia del país y que históricamente ha disputado el poder de Trípoli, además de contar con el discutible honor de haberse iniciado allí, las protestas contra el Coronel que precipitaron a la nación, que no solo fue ejemplo de toda África, sino del Tercer Mundo a una guerra que no deja de pagar sus consecuencias.
El martes 23, un doble atentado con coches bombas, dejó cerca de 45 muertos y casi un centenar de heridos, la explosión de dos coches bombas, controlados remotamente que detonaron con aproximadamente con 15 minutos de diferencia. El hecho se produjo a la salida de los feligreses de la oración nocturna o Isha, de la mezquita Bait Radwan del barrio de al-Sleimani, en el centro de Benghazi.
Está mezquita frecuentada por elementos fundamentalistas aliados al general Hafther, quien conquistó la ciudad en julio pasado, tras casi tres años de combates entre la banda de Hafther, que responde al gobierno de la ciudad de Tobruk en el extremo oriente del país con un conglomerados de bandas entre las que figura al-Qaeda para el Magreb Islámico.

El segundo de los vehículos en estallar lo hizo cuándo el personal de seguridad y auxilio estaba atendiendo a las víctimas del primer estallido, una táctica frecuente del Daesh, que aplicó reiteradas oportunidades en Irak, fundamentalmente.
Aunque ninguna organización se atribuyó el hecho, el claro objetivo y el modo hace suponer que han sido hombres de al-Bagdadí, que intenta otra vez abrir una cabecera de playa, tras la derrota sufrida en la ciudad de Sirte, declarada capital del Califato, a la vez de cuna y tumba del Coronel Gadafi, en diciembre de 2016 a manos de fuerzas que respondían al GNA tras seis meses de combates, donde se calcula murieron unos 1700 hombres del Daesh.

Entre los muertos, de este último atentado, aparece Ahmad al-Fituri, un alto oficial de las fuerzas del general Haftar, y resultó gravemente herido Mahdi Al-Falah miembro de su inteligencia.

Se cree que el ataque podría responder a una venganza contra el comandante Mahmoud al-Werfalli, de las fuerzas de Haftar, buscado por la Corte Penal Internacional, acusado de asesinar de manera extra judicial, entre 2016 y 2017, a una treintena de miembros del Daesh, que estaban bajo su custodia y que a poco más de 12 horas del atentado ejecutó personalmente a otra 12 de prisioneros en venganza por el ataque contra la mezquita de Bait Radwan.

Los califados de al-Bagdadí se establecieron por primera vez en Libia en 2014 en la ciudad de Derna, al este del país, para rápidamente ir ocupando unos 200 kilómetros de costa en el oeste, hasta asentarse en Sirte, y otras ciudades del área como Abu Grein, al sur de Sirte, además Nawfliyah y Bin Jawad, ubicadas a 40 kilómetros de las dos principales terminales petroleras del país, Ras Lanuf y Es Sider.

Desde Sirte, la que fue declarada su capital, llegaron a controlar en gran parte el flujo de refugiados hacia Europa, lo que les dejaba importantes fondos para financiar su guerra. Cuando finalmente fueron expulsados de Sirte, la desbandado los llevó hacia el sur del país, una vasta región, prácticamente deshabitada y con varias vías de comunicación con los países del Sahel. Por lo que se ve nadie los persiguió y en el aparo de las soledades del desierto, pudieron reagruparse, establecer campamentos, campos de entrenamiento y reclutar nuevos milicianos, a la espera de una nueva oportunidad.

Se calcula que el Daesh cuenta en Libia con una fuerza cercana a los 5 mil hombres, a los que habría que agregar los llegados desde Medio Oriente, que ya han permeado en la frontera con Egipto, lo que daría ínfulas al actual emir en Libia, Abdul Qadr al-Najdi a jugar una última carta.

* Escritor y periodista argentino. Publicado en Línea Internacional
África – LoQueSomos

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