El cine de mamá

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez. LQSomos.

El que escribe comenzó siendo espectador en compañía de mamá. Ella necesitaba aquel desahogo porque en el cine el pañuelo era indispensable, como apunta una escena de Cinema Paradiso. La sala oscura y el rincón más discreto eran suficiente para que sacara el pañuelo y no se lo guardaba hasta el final, como hacía con el abanico en las sesiones de verano.

Llegó un momento en el que como una criatura también entré en aquel sentimiento por desgracias que no eran las nuestras pero que se parecían mucho a otras que conocíamos de cerca sino era que la teníamos al lado, y el pañuelo nos servía a los dos inmersos en la oscuridad de lo que, al menos a mí, me parecía una sala de proporciones tan impresionantes como la Iglesia con la particularidad de que aquí además la oscuridad lo llenaba todo, y apenas sí alcanzábamos a ver al vecino de las sillas de enea de al lado, un detalle que, por lo demás, tampoco importaba porque mientras la película estaba desfilando permanecíamos como hipnotizados. Cuando se encendían las luces, se podía respirar hondamente, después de todo, después del capital de lágrimas había llegado la reconciliación a través de la verdad, y el «pater familia» que era el que dictaminaba, perdonaba a la presunta pecadora como sí él no tuviese que pedir ninguna disculpa ya que, al fin de cuentas, actuó de manera tan intransigente en defensa de un honor que creía mancillado.

Normalmente eran películas muy vetustas, como la ignota La portera de la fábrica, seguramente una producción italiana, en un blanco y negro pobretón y oscuro, en la que un pretendiente despechado consigue que la pobre portera, viuda y con un hijo, sea despachada de la fábrica, y conozca desde entonces un calvario interminable durante el cual tiene creo que vive debajo de un puente, ha de pedir limosna, así hasta que se prueba su inocencia. Las había con Libertad Lamarque que siempre cantaba y cuya manera de hablar yo no acababa de entender. Uno de los folletines célebres, de los que se hablaba profusamente en las plazas y calles, fue El derecho a nacer (México, 1951), un aberrante alegato antiabortista filmado por un tal Zacarías Gómez Urquiza, con Gloria Marín, que era de las actrices mexicanas más reconocidas de entonces, y el galán español Jorge Mistral, que después de ser un éxito en México lo siguió siendo aquí. Su tema resultaba ya impresentable 15 años después, cuando se efectuó una segunda versión en color que estuvo protagonizada por Aurora Bautista, y al que nadie prestó la más mínima atención.

La última vez, última sesión, fue por una invitación mía para ver Ama Rosa dirigida por León Klimovsky (1960) con Imperio Argentina, Germán Cobos, Elena Barrios, Paloma Valdés, Isabel de Pomés. A los pocos días emigrábamos a Barcelona dejando atrás un sinfín de recuerdos. Incluyendo los del llanto oyendo el folletón por la
Radio con un grupo de vecinas llorando.

Demasiadas penas.

La “ficha”
Año: 1960. Duración: 97 min. País: España
Reparto: Imperio Argentina, Germán Cobos, Elena Barrios, Paloma Valdés, Isabel de Pomés, Antonio Casas, José María Seoane, José Luis Albar, Luana Alcañiz, Barta Barri, Macda River
Dirección: León Klimovsky. Guion: Fernando Vizcaíno Casas, Jesús Franco, León Klimovsky, Doroteo Martí. Libro: Guillermo Sautier Casaseca. Música: Isidro B. Maiztegui. Fotografía: Ricardo Torres

Rosa da a luz a un niño que, por circunstancias de la vida, lo entrega en adopción a una familia adinerada que ha perdido el suyo durante el parto. Al poco tiempo, Rosa acaba trabajando de ama para la familia postiza de su hijo y, de esta manera, sin que nadie lo sepa, le entregará todo su amor y bla, bla, bla… Pura moralina hipócrita de la época.

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