Guadi Calvo*. LQSomos. Enero 2018

De lo que pareció, en un primer momento, que iba a ser casi un operativo policial para detener al jefe de la organización terrorista Abu Sayyaff, Isnilon Hapilon, hasta entonces la fuerza más importante del Daesh en el sudeste asiático, que juró lealtad a su líder Abu Bakr al-Bagdadí en 2014, se convirtió en una batalla que se extendió desde el 23 de mayo al 16 de noviembre , aunque a más de un mes del anuncio oficial del presidente Rodrigo Duterte, fuentes filipinas insisten en señalar que en Marawi, aún perduran bolsas de resistencia que todavía no han podido ser desactivados por el ejército.

En el transcurso de la dura y larga batalla que al parecer ya lleva mucho más de los 150 días que se anunciaron, la ciudad fue destruida hasta los cimientos. La batalla por Marawi, centro del islamismo de Mindanao, de 250.000 habitantes ha dejado, según las cifras oficiales, quizás demasiado oficiales, 1.132 muertos: 920 muyahidines, 165 soldados y 47 civiles, aunque para Amnistía Internacional, el número podría ser ostensiblemente mayor. Además se calcula en unos 360.000 desplazados, no solo de Marawi, sino también de poblaciones cercanas. Un rápido cálculo ha dado que por lo menos se deberán invertir cerca de 2.000 millones de dólares para su reconstrucción.

Lo prolongado de la batalla, no solo se debió al entorno selvático y pantanoso de la ciudad, que operó como una trinchera natural contra el ejército filipino, que no pudo utilizar unidades blindadas para ingresar por diferentes flancos, sino a que tanto las viviendas y los locales comerciales están construidos con hormigón armado y reforzados con un material al que se le conoce como búho, para la defensa de los frecuentes enfrentamientos entre los diferentes ridos (clanes), que existen en todo Mindanao. Fue de estos enfrentamientos de donde surgió el grupo Maute, como tantas otras milicias armadas por los jefes de los ridos, que son utilizados como mano de obra para las “guerras” inter-clánicas.

Lo que ahora se conoce como la batalla de Marawi, capital de la provincia de Lanao del Sur, en la región autónoma de Mindanao, donde se asienta la minoría musulmana un 5% de casi 104 millones de habitantes, sin duda tiene ecos de la histórica batalla de Stalingrado y será para muchos aspirantes a muyahidines un ejemplo inspirador para imitar en cualquier lugar del mundo.
En la batalla se registró no solo la presencia de numerosos combatientes extranjeros de Indonesia y Malasia y países más distantes como Arabia Saudita, sino una estrategia similar a la que los fundamentalistas aplicaron en Siria, Irak y Libia, como la utilización de “artefactos explosivos improvisados” (IED) con elementos obtenidos en los edificios saqueados como garrafas de gas domésticas, que fueron recicladas como bombas incendiarias, incluso se usaron los cilindros de las monedas que encontraron en los bancos, como metralla.

Los combatientes del frente Abu Sayyaff y el grupo de los hermanos Omar y Abdullah Maute (GM), ambas organizaciones adheridas al Daesh, demostraron un alto nivel de entrenamiento, disciplina y preparación. Sus líderes, los hermanos Maute y el emir Hapilon, que han alcanzado la gloria al morir combatiendo bajo la liw´ al-uhad (bandera de los mártires), lo que les asegura la entrada a la yanna (el paraíso), serán ejemplo para las próximas camadas de combatientes.

Más allá de aquellos sueños, la muerte de las tres máximas figuras de la toma de Marawi, abre algunas incógnitas: ¿Cómo seguirá el accionar de estos militantes? ¿Los que los financian seguirán dispuestos a seguir invirtiendo en ellos? ¿Cuánta más injerencia tendrá el Daesh, tras las derrotas en Siria e Irak? y ¿Quién será el nuevo emir del Daesh en el sudeste asiático?

Esta última pregunta ya podría tener una respuesta o en verdad varias. Los nombres que suenan para remplazar al emir Isnilon Hapilon son los de su yerno Amin Baco y uno de los capitanes de Hapilon, Furuji Indama, un profundo conocedor del complejo entramado de relaciones entre los numerosos ridos de Mindanao. Ambos candidatos, de origen malayo, han estado en la primera línea de combate en Marawi, lo que los reviste de un aura imprescindible para ocupar ese cargo, que según se cree tendría que designarlo la estructura del Daesh, que haya sobrevivido a las derrotas de Siria e Irak. Del máximo líder, el único con atribuciones para designarlos, el Califa Ibrahim (Abu Bakr al-Bagdadí) nada se sabe desde que Rusia anunció haberlo eliminado en un bombardeo a la ciudad siria de al-Raqqa en julio pasado. Algunas fuentes, incluido el propio presidente Duterte, también han mencionado como posible sucesor de Hapilon a un histórico señor de la guerra Esmail Abdulmalik Abu Turaifi, ex miembro del Frente Moro de Liberación Islámica (MILF), la organización separatista, con cerca de 10.000 hombres que luchó durante años contra el poder central, del que Turaifi, se escindió al comenzar las discusiones de paz con las autoridades de Manila en 2008, tratado que todavía se encuentra a espera de aprobación del Congreso. El veterano guerrillero fundaría Los combatientes de la libertad Islámica Bangsamoro, de aproximadamente unos 100 hombres, que también fueron detectados combatiendo en Marawi.

Respecto a Amin Baco, experto en explosivos, que las fuerzas de seguridad lo han dado por muerto en varias oportunidades, se sabe que ha combatido junto a su hijo de apenas trece años y que ambos habrían podido huir del cerco a la ciudad de Marawi y ahora estarían en la provincia de Basilan.

El antecedente más importante de la lucha de los musulmanes contra Manila, se registró en la ciudad de Zamboanga a unos 430 kilómetros de Marawi, en 2013, cuando durante 20 días, por cercada de unos 500 ex rebeldes del Frente Moro de Liberación Nacional, dirigidos por Nur Misuari, uno de los fundadores de MNLF, en protesta por las conversaciones de paz que llevaban el gobierno con la organización separatista. El Grupo de Misuari, que llegó a ocupar un barrio residencial, resistió varias embestidas del ejército, que dejó 107 muertos, 71rebeldes, 29 militares y siete civiles.

Derecho de saqueo

No es casual que Mindanao, hogar de 22 millones de personas, más allá de ser el núcleo de la comunidad musulmana, sea tan permeable a la lucha armada a lo largo de su historia de diferentes grupos no solo musulmanes, sino también, separatistas, nacionalistas y marxistas. Ello es debido a que el sur del país, la gran isla de Mindanao, ha sido olvidada sistemáticamente para la distribución y planes de saneamiento de los sucesivos gobiernos centrales, por lo que persistiría como escenario, para la violencia. En Mindanao existe un poderoso y rico mercado negro de armas, alentado por diferentes organizaciones desde delincuentes y mafias a integristas musulmanes y de los diferentes ridos.

El presidente Rodrigo Duterte ha logrado que el Congreso apruebe una prórroga de la ley marcial en toda la isla de Mindanao, que el mismo decretó a horas de conocerse la toma de la ciudad, hasta el 31 de diciembre de 2018. Dicha resolución se consiguió tras conocerse un informe de la inteligencia filipina, donde dice haber detectado que los terroristas continúan su campaña de reclutamiento no solo por las redes sociales, sino que hacen foco en los familiares de los muertos en combates y las víctimas del saqueo producido en las propiedades que han sido sistemáticamente desvalijadas por los efectivos del ejército.

Los vecinos que han podido retornar a las viviendas, han denunciado que en camiones del ejército se han llevado muebles, electrodomésticos, incluso que han violado cajas fuertes, llevándose dinero, alhajas, oro y costosas antigüedades. El resentimiento y la indignación por el latrocinio, sin duda incentivará a muchos a continuar la guerra contra Manila, por cualquier medio.

Tras los largos bombardeos aéreos y de artillería, que han dejado el centro de la ciudad demolido, tardara años en volver a la normalidad. Muchos edificios que aún se mantienen en pie, particularmente las mezquitas, que han sufrido el fuego de mortero, y cuyas cúpulas aparecen acribilladas, deberán ser demolidas. Mientras una gran cantidad de vehículos tanto civiles como militares, se encuentran calcinados en las calles, de lo que se desprende que debajo de tanta ruina es muy posible seguir encontrando más muertos.

No se conoce cuándo o dónde se han radicalizaron los hermanos Maute y sus hombres y cómo fue su paso de delincuentes comunes al servicio de algún clan a combatientes wahabitas, pero sin duda ahí radica el secreto para las autoridades filipina, para conocer cuánto fuego todavía anida debajo de las ruinas.

* Escritor y periodista argentino. Publicado en Línea Internacional
Asia global – LoQueSomos

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