Franki, por Sinatra

La odontóloga Lucía bien le explicó la nueva situación a su inquilina Beatriz. ‘Es sencillo Bety, yo me instalaré con mi socio en la costa y vos sin trabajo podrías mudarte con mi vieja; se harían compañía, la cuidarías un poco y por la guita no tendrás problema’. Y Beatriz aceptó ahí mismo diciendo ‘con tu mamá nos apreciamos y con buena voluntad todo es posible’, y a otra cosa.

En las primeras semanas de vivir en la misma casa Ofelia y Beatriz buscaron ser amigas. Desde preguntarse qué comida o televisión preferían, al ‘me veo gorda’ de Ofelia; cuarenta y cinco, adoradora de Frank Sinatra’ y madre de Lucía a los veinte, y Beatriz siete años menor, dos veces separada que le respondiera ‘estás regia pero yo me ocuparé’. Además convinieron desde minucias al hábito de besarse en la mejilla porque sí.

Pasados unos meses  Ofelia debía ir al cumpleaños de una amiga, Beatriz entonces le recortó el  cabello y esperando que tomara el color le dijo ‘te daré unos masajes milagrosos’. Y sin más le bajó algo el toallón y aplicó sus manos sobre la espalda hombros y brazos; ‘esta crema es muy buena’ repitió y a Ofelia cada caricia en su cuello y sus orejas no le desagradaron. Algo más que placentero pensó y en el rebote del espejo las dos mujeres se descubrieron mirándose a los ojos; y aunque Ofelia forzara cierto silencio por esa distracción Beatriz insistió en mimarle tanto la piel que la otra musitó ‘Bety, por favor’.

Esa noche poco hablaron hasta después de cenar y ya en el sillón donde tomarse el habitual vaso de vino blanco, novedoso ritual, apagaron la tele para retomar la charla. ‘Yo también fui pupila en un colegio religioso, un año, menos que vos’ dijo una y la otra suscribió que ese encierro seguramente las habría avivado de algunas cosas. También  Ofelia repitió haber conocido a su marido de jovencita y ‘que al morir él en un accidente me envejeció mucho’ Beatriz la conformó ‘estás muy bien y me ocuparé de cuidarte más’. Una promesa que contenía sin decir un largo discurso que ella conociera y mejor aprendiera al ejercitarlo con otras amigas; ‘lo más natural en nuestra especie es recibir y devolver seducción y ternura con quien uno elija, un mandato de la naturaleza que persiste por más enojos culturales que prediquen lo contrario’. Un discurrir ya propio que incluía su atracción por Ofelia quien por ahí le anunció ‘qué raro Bety, ya nos hemos tomado el vino y seguimos agarradas de la mano’. Y entonces ella no dudó en atenuar la luz y  besarle con lentitud las manos y los ojos a Ofelia que atinó a un ‘no seas loca, Bety’ mirándola de nuevo igual que en el espejo y no balbucearía más ante aquel inevitable beso tan suave y cariñoso que le diera Beatriz. Claro, sin la profundidad de lenguas entrelazadas y buscadoras pero pleno de una ternura que ella suponía olvidada, y las dos siguieron entre respiraciones más agitadas besándose  sin adentrarse en ningún otro territorio. Pero cuando Beatriz quiso llevarla a su cama Ofelia musitó ‘por favor Bety, estoy confundida’,  y luego cada una en su cuarto se desvelaron hasta la madrugada. Menos en aquel momento cuando Ofelia se moviera silenciosa por la casa como si buscara algo y Beatriz disfrutó una buena sonrisa al escucharla.

Entre ellas hubo una tregua sin comentarios y la noche en que Ofelia volvería a salir con sus amigas Beatriz se encargó de su peinado y el maquillaje. Al despedirse Ofelia le mostró los labios recién pintados y lo mismo ella le  saludó ‘cuidate Ofe, estás hermosa’ y la otra le sonrió ‘me traerán de vuelta’. Entonces Beatriz comió algo, entró a exiliarse en el baño sin apuro y al sentarse a escuchar música la inquietaba el impreciso ‘me traerán de vuelta’ que dijera Ofelia cuando la escuchó regresar. Volvió antes de medianoche y más la alegró escuchar ‘el marido de Alicia la vino a buscar y me trajeron. En la cena cada uno comiendo y hablando de lo suyo, un aburrimiento’. Fue todo el comentario. Beatriz envuelta en una bata le besó una mejilla al decirle ‘pensé mucho en vos’ y Ofelia casi en el baño la animó ‘esperame, yo también te extrañé mucho’ y se escuchó el abrir de la ducha.

Ofelia salió del baño sonriente y con una audacia inusual  entreabrió su toalln casi encima de Beatriz que sin más la abrazó hasta su cuarto. La luz escasa se apropiaba al recorrer cada una el cuerpo de la otra, mezcla de timidez y delicadeza y tensión que decaerían al tiempo que las dos alcanzaran esos íntimos lugares del deseo y el sin retorno en el mandato de su cuerpo. Esa altura que desbarranca hasta los ocultos pudores y remilgos sólo por encontrarse juntas por primera vez; bocas desbocadas que saborean recorren y conmueven y al fin también como al descuido, una muy sabedora mano de Beatriz sobre el preciso sitio del temblor en la entrepierna de Ofelia. Ese inicial acierto que bien pronto fue una gloria mutua en esa fiesta de estar juntas y jugadas a prolongar la noche al infinito.

Hubo sí un descanso esa primera vez,  y ya con el vino blanco de cada noche Beatriz preguntó ‘¿Ofe, al fin encontraste algo la otra noche?’ y  escuchó  ¿vos me escondiste el vibrador, guacha? Lo sospeché’. Ahí las dos se rieron si volverían a necesitar su ayuda y Ofelia redondeó ‘lo llamo Franki, por Sinatra’.

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*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina

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