Maryssa Ruiz*. LQSomos. Septiembre 2017

Una vez finalizada la Guerra Civil española, fruto de un golpe de estado contra un gobierno elegido de forma democrática, España se convirtió en una “caza de brujas´´, en un verdadero infierno en el que todo aquel que defendiese unos principios democráticos, estaría condenado a la tortura y al suplicio a manos de la guardia civil y demás súbditos franquistas con complejo de superioridad.

Tras acabar la contienda y proclamarse vencedor el bando liderado por un criminal demente, el país quedó custodiado por los vasallos del régimen, por todos los que, de una forma u otra, ejercieron un poder carente de lógica asesinando a todo el que no apoyase la dictadura. A partir de los años cuarenta la guardia civil se podía definir como los “perritos falderos´´ de Franco, a los que dieron un poder que utilizaron para arruinar la vida de muchos seres humanos, queriendo demostrar la valentía que poseían, cuando en realidad eran unos cobardes infelices a los que le dieron un arma solo por acatar las órdenes de un psicópata esquizofrénico.

El país quedó plagado de campos de concentración, habitados por valientes a los que utilizaron como esclavos creando construcciones a capricho del dictador, por las que éste recibiría cantidades indecentes de dinero que utilizaría en todo menos en levantar una España destrozada a causa de una guerra absurda. Estas cárceles, que no eran más que nidos de enfermedades, infecciones y plagas, eran controladas por guardias franquistas que se encargaban de martirizar a los prisioneros, haciéndoles sufrir verdaderas torturas, hasta dispararles sin piedad y a sangre fría, disfrutando de cómo las víctimas se retorcían encontrando la muerte.

A los que no habían encarcelado, por falta de pruebas o porque quizás los guardias eran tan inútiles que no sabían ni hacer el trabajo que les habían delegado, los llamaban para declarar con el fin de que delatasen a compañeros de su ideología. Pero lo que estos monstruos deleznables no sabían es que los principios y la lealtad no tienen precio y era preferible morir que traicionar a la justicia y la dignidad. La guardia civil torturaba de una forma atroz a los detenidos, los ataba de las manos al techo durante días, provocando el desgarre de las muñecas de los reos; los encerraban sin comunicación alguna en zulos a oscuras, sin comida ni agua durante largo tiempo, para darles palizas durísimas cuando los sacaban, los ataban desnudos a una silla y eran golpeados con toallas mojadas previamente para que fueran más duros los golpes; les practicaban descargas eléctricas por todo el cuerpo; les partían los dedos de las manos y los pies uno a uno, hasta que los detenidos sólo pensaban que la muerte sería el mejor destino que podían recibir, con el fin de que acabase el dolor que los guardias ocasionaban.

Algunos valientes guerrilleros, que no se doblegaron a una dictadura estúpida, se escondieron en los montes, los conocidos como “maquis”, y se convirtieron en una verdadera pesadilla para la guardia civil, ya que eran muchos y muy inteligentes, con una sabiduría y perspicacia que nunca podría tener un guardia, ya que su ansia de poder y su arrogancia nublaría cualquier ápice de sapiencia, eso en el caso de que por alguna remota casualidad apareciera. Los guardias civiles patrullaban los montes en busca de maquis, acechaban cual chismosas de barrio las entradas de las cuevas, esperando que apareciera alguno de ellos para coserlo a tiros por la espalda, como hacen los cobardes, y después arrastrarlo hasta la plaza del pueblo para que todos vieran el destino que le esperaba a quienes estuviesen en contra de la dictadura. En ocasiones, estos asesinos con don de mando y poco cerebro, obligaban a muchos pueblerinos a bailar encima de los cadáveres de los maquis como acto de victoria. Cuando la guardia civil capturaba a alguno de estos guerrilleros, era porque habían sido ayudados por el chivato de turno, al que le habían pagado una buena recompensa, ya que por sí mismos eran incapaces de hacerlo, pues estaban demasiado ocupados bebiendo gratis en cualquier taberna o disfrutando de todo lo que no merecían, sólo por el mero hecho de llevar un tricornio. Muchas jóvenes eran violadas por este “cuerpo de seguridad del Estado´´, muchas familias cedían sus alimentos a estos “salvapatrias´´ y todo el mundo tenía miedo de que llegasen, porque sabían que con su llegada también traerían la muerte y la desdicha. Evidentemente habría alguno que no actuase de esta forma, ya que siempre existe la excepción que confirma la regla, pero por lo general, España estuvo condenada, en vez de salvada, por la guardia civil.

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