La prisión judía

jerusalen+foto+de+portadaJosé Carlos García Fajardo. LQSomos. Junio 2016

Hay muchísimos judíos, no sólo en el Estado de Israel sino en toda la diáspora, que no comparten esa locura del Gran Israel y hay no pocos rabinos que consideran blasfema la conquista de Jerusalén y el establecimiento de un Estado sionista antes de la llegada del Mesías. Muchos judíos que no practican la religión hebrea se sienten coaccionados por este concepto de la “prisión judía” que JeanDaniel aborda con valentía. Por el bien del auténtico Israel, como en su día lo fue por el bien del auténtico pueblo alemán, debemos hacer frente a la ideología de un sionismo excluyente, como lo fue el nazismo como llaga del gran pueblo alemán.

No podemos permanecer impasibles ante la oposición al reconocimiento de un Estado de Palestina al igual que existe el Estado de Israel, aunque con las fronteras de 1967, como exigen las resoluciones del Consejo de Seguridad y el Derecho Internacional. Hamás venció en las últimas elecciones democráticas en Palestina, supervisadas por instituciones internacionales. Los políticos de la extrema derecha de Israel y de Estados Unidos dicen que ese gobierno no vale porque “no reconoce a Israel”. Nunca podrán reconocer al Estado de Israel si antes éste no regresa a las fronteras de 1967, devuelve los Altos del Golán, abandona Cisjordania y deja libre del todo a Gaza, destruye el muro construido sobre terrenos palestinos, reconoce el derecho al regreso a su tierra de los palestinos que padecen en el exilio desde hace medio siglo, devuelven mutuamente sus prisioneros y se retira de Jerusalén Este. También tienen que desalojar todos los asentamientos de colonos judíos edificados sobre territorio palestino. El Derecho Internacional lo exige.

Jean Daniel, denuncia la identidad comunitaria y opta por la ciudadanía en su obra. El gobierno de Israel califica de “antisemita” a cualquier gentil que discrepe de su política belicista. Si el que opina es judío, éste “se odia a sí mismo”. Razonamiento tan falso como lo fue el concepto de superioridad de la raza aria que llevó al criminal Holocausto. Daniel no es partidario de nacionalismos e integrismos excluyentes y ha tenido que afrontar no sólo la cuestión judía en general, sino la de su propio judaísmo. Hay unos quince millones de judíos en el mundo -de ellos cinco millones en Israel- y muchos han optado, según Jean Daniel, por encerrarse en “la prisión judía”. Así la describe: “Se puede salir de la religión, pero nunca se sale del pueblo judío y de su destino único, incluso si uno se declara no creyente. Se está condenado a la pertenencia”.

Esa prisión se encuentra “en las mentes”; sus muros invisibles son “la esencia, la eternidad, el absoluto”, y su carcelero, el mismísimo Dios, según Jean Daniel. De modo que, al final, resulta que “el judeocentrismo es un encarcelamiento común al pensamiento judío y al pensamiento antisemita”. Jean Daniel opta por situarse en una línea de disidencia en la que incluye a Baruch Spinoza, Heinrich Heine, Simone Veil, Henri Bergson, Hannah Arendt, Edith Stein y Edmund Husserl. Como Spinoza, escribe, “no consigo creer realmente que el pueblo judío, a pesar del milagro de su perennidad, sea el único testigo de la humanidad, así como el único instrumento de la divinidad. Y rechazo sobre todo que se comporte como si, con el pretexto de que se le persigue haga lo que haga, pueda abandonarse a hacer lo que le parezca, tanto bueno como malo. Como si en nombre de su elección o de su maldición, pudiera arrogarse una moral diferente a la de los demás”.

El Estado de Israel se desarrolla hoy “alimentando un nuevo antisemitismo árabe”, señala el autor. Y es que, en contra de lo que dicen muchos judíos, y no pocos gentiles, el fundador del semanario Le Nouvel Observateur no cree que nos encontremos ante el resurgimiento del mismo fenómeno antisemita en una tierra diferente. Los que sostienen lo contrario –“infieles, a mi modo de ver, al mensaje de Auschwitz”- no distinguen entre “las barbaries de las que fueron víctimas simplemente por haber nacido y existir” y las vicisitudes que ahora afrontan “a causa de lo que hacen, libre y soberanamente”.

Jean Daniel aporta con un importante instrumento intelectual y también una propuesta de conducta ejemplar y sencilla: “He llegado a la conclusión de que los judíos sólo deberían retener de su Elección la exhortación a ser los mejores, y de la Alianza, la obligación de hacer de Israel un faro de las naciones. Si esto se considera imposible, entonces todo el mundo es judío y nadie lo es. En este caso, la prisión es cruel, gloriosa, absurda, eterna. Como la condición humana. Pero el oficio del ser humano no consiste en elegir la servidumbre voluntaria”.

* Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
@GarciaFajardoJC

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4 comentarios sobre “La prisión judía

  • el 20 junio, 2016 a las 15:26
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    en buena hora una nota con tanta apertura que sólo algún necio podría negar.
    en buena hora este sitio con su proverbial defensa de la libertad de expresión y comunicación que no se arredra ante ningún ataque persistente de trolls que se ensañan aquí y en el sitio de facebook contra sus publicaciones.
    Salud, República, y fuera los fanatismos que nublan la razón.

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  • el 20 junio, 2016 a las 08:54
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    Creo que el comentario anterior esta fuera de sitio.
    Yo no he leído el libro de Jean Daniel. Pero lo que si conozco es la realidad Palestina, y lo que considero la salvajada constante del estado de Israel. Y la realidad manda.
    En el comentario se habla del atraso de Palestina!!! Pero si se les niega hasta el agua…

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  • el 20 junio, 2016 a las 00:51
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    Parecería fascinante si no fuera que el libro lleva a sandeces absurdos, falta de entendimiento de lo que es judaísmo, con una noción a priori de clasificarlo como «prisión», a pesar del hecho de que eso sólo existe como una «polémica» de poco valor.

    Aparte de la falta de estudios historiográficos de calidad, el libro y sus admiradores fracasan en comprender que el judaísmo es imposible de clasificar. Y mucho menos en los caracteres limitados de una asociación estrecha con el Estado de Israel, e incluso menos con la imbécil noción de que la mayoría del pueblo judío está de acuerdo con la «Gran Israel» (no lo están), o que están cómodos con los abusos del Estado de Israel (incluyendo a sus políticos árabes y drusos) que cometen sobre los ocupados palestinos.

    Lamentablemente el libro fracasa más que nada en el detalle, fundamental, de comparar la historia del pueblo judío exiliado de su propia tierra, en la diaspora constante y perseguidos por todos los pueblos y religiones mayoritarias del mundo occidental (incluyendo el Islam y el cristianismo), y el pueblo palestino que, a diferencia del judío, no encontró el nivel de persecución y odio que los judíos tuvieron que enfrentarse durante siglos.

    El resultado es poco sorprendente: demuestra la diferencia fundamental entre los valores del pueblo judío, y los del pueblo palestino. El primero pone prioridad a la sacralidad de la vida, inscrita fundamentalmente en la mismísima Torá, como legislación revolucionaria. Los palestinos, tristemente, tienen mayor valor a la noción de sacrificio y «martirio», de una marcha hacía la muerte que, en su cultura, es a día de hoy admirada.

    Por un lado los judíos construyeron un país civilizado, avanzado, próspero, en paz y con economía sostenible. Los palestinos no han logrado hacerlo, para nada, principalmente por sus propias miserias y carencias.

    El judaísmo es una exhortación histórica, no una elección. Es precisamente ese detalle lo que provoca la ira de los historicistas, de los nacionalistas, de los no-judíos, en comprender que aquí yace una identidad que jamás van a ser, ni podrán ser. Que no tienen una herencia histórica que es patrimonio exclusivo de un pueblo que sacrificó lo imposible para mantener vivo. Esa incomprensión es la gasolina del fuego del antisemitismo. La incomprensión que surgió en Rusia, en Alemania y en Arabia, que a través de ese fuego busca consumir los remanentes de su propia civilización a favor del odio ideológico. Los judíos rechazan la ideología, y son la excepción para los poderosos y demagogos que buscan justificar su inaceptable estatus en las sociedades que dominan.

    Para los judíos, sin embargo, la exhortación histórica de su propia identidad, esa inexorable herencia histórica, es una liberación. Los otros pueblos deben mirar a sí mismos, y los judíos deben ser fieles a la herencia, resumida en lo siguiente: todos somos iguales como humanos, pero diferentes de todas formas.

    Y es precisamente el sionismo la máxima expresión de esta idea liberadora. Pues el sionismo, en el siglo XX, resultó ser la única ideología emancipadora que tuvo éxito, mientras que el fascismo y el comunismo terminaron en pesadillas totalitarias que cobraron su precio en millones de personas. El sionismo es una ideología utópica que se hizo realidad y superó a los experimentos ideológicos del siglo XX, y los ideólogos, sobre todo de izquierda, jamás perdonarán esa afrenta.

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