Los crímenes de la democracia ‘suarista’

Durante el mandato de Adolfo Suárez se produjeron los ataques más escalofriantes y criminales por parte de quienes habían servido diligentemente al régimen de Franco: las fuerzas de seguridad (policía y guardia civil) así como por sus mamporreros asesinos de extrema derecha (Fuerza Nueva y afines, quienes gozaron de una tolerancia casi exquisita por el gobierno Suárez y los aparatos policiales)

Después de escuchar al coro de aduladores oficiales y mantenedores de la corrupción borbónica glosar las bondades del “forjador” (ELPAIS) de la democraCIA española, Adolfo Suárez, convendría hacer un repaso por esos puntos, o más exactamente esos agujeros negros, que conformaron el mandato del fallecido ex presidente del gobierno, el “timonel” de la “transacción” española. Estas cosas poco “amigables”, ya se sabe, suelen empañar y aguar la fiesta de los discursitos plañideros, realizados bajo lacitos negros televisivos, por parte de los neofascistas de ayer y de hoy.

Hace ya muchos años, en los setenta, en la amañada “transición” franquista, siendo yo un alevín con cierto interés por la agitada vida política de entonces me fijé en una leyenda escrita en una pared cualquiera:“Democracia + Suárez = homicidio”. La verdad es que no entendía mucho el significado de una pintada tan radicalmente “agresiva”. Pero con el análisis frío de los hechos, conocidos a posteriori, pensé que se trataba de una ecuación cargada de razones puesto que en las calles del Estado español se había estado ventilando la verdadera democracia, no en los salones golpistas del CESID (hoy CNI), en el Congreso de los diputados o en las cúpulas dirigentes de los partidos llamados mayoritarios, que fueron los perpetradores que evitaron a toda costa la ruptura con la dictadura franquista. Y lo hicieron a precio de sangre y fuego.

Durante el mandato de Adolfo Suárez se produjeron los ataques más escalofriantes y criminales por parte de quienes habían servido diligentemente al régimen de Franco: las fuerzas de seguridad (policía y guardia civil) así como por sus mamporreros asesinos de extrema derecha (Fuerza Nueva y afines, quienes gozaron de una tolerancia casi exquisita por el gobierno Suárez y los aparatos policiales). La violencia  estatal y paraestatal se desató contra manifestantes pacíficos, resistentes, huelguistas o simples viandantes que se estaban dando cuenta del fraude que se estaba maquinando con la “transición”. El saldo represivo del terrorismo de Estado “suarista”, como señala Alfredo Grimaldos en su libro La Sombra de Franco en la Transición, fue de más de cien muertos, en el período que va de 1976 a 1980 (una amplia relación de víctimas puede encontrarse en su libro). Fue un ataque frontal contra la línea de flotación de las luchas populares para desactivar el verdadero cambio de la dictadura a una democracia no servil con los poderosos. Grimaldos deja bien claro el talante democrático del gobierno Suárez y de sus esbirros de Interior Rodolfo Martín Villa o Ibáñez Freire : Muchos de los muertos y heridos en la calle durante la segunda mitad de los 70 tienen alrededor de 20 años. La violencia estatal, parapolicial y ultraderechista de la Transición se ceba, de modo especial, en los jóvenes que pelean por la ruptura democrática, golpea  con saña a quienes intentan provocar un profundo corte histórico con el franquismo. Arturo Ruiz, Mari Luz Nájera, José Luis Montañés, Emilio Martínez, Jesús María Zabala, José Luis Cano, Juan Carlos García, Javier Verdejo, Yolanda González…son algunos de los nombres que lucharon y dejaron su vida en las calles de la democracia homicida de Suárez. Lo peor es que ni siquiera hubo responsabilidad criminal de policía alguno en estas muertes, dejando un tenebroso vacío de impunidad judicial en una “democraCIA” que estaba modelándose al gusto de EEUU y los neofranquistas.

Mientras Suárez y sus travestidos fascistas celebraban la consecución de la ley de la Reforma Política, moría asesinado un joven llamado Angel Almazán Luna a manos de la policía, solamente por manifestarse en pro de la abstención contra dicha reforma. Así transitaba la “verdad democrática” en el naciente régimen borbónico-neofranquista. Como señala Grimaldos en su libro, nada se hizo para esclarecer aquélla muerte, como en prácticamente en el resto de asesinatos policiales e incluso en los de las bandas fascistas que operaban al cobijo policial, salvo algunas condenas de fachada que quedaron luego en la nada. La orgía represiva del gobierno Suárez alcanzó cotas de una criminalidad inusitada en todos aquellos años: desde la muerte de Germán Rodríguez en los sanfermines de 1978 a manos de la policía hasta la brutal tortura y posterior muerte del preso anarquista Agustín Rueda a manos de sus carceleros, en la prisión exterminio de Carabanchel, pasando por las muertes de los estudiantesJosé Luis Montañés y Emilio Martínez asesinados a balazo limpio por las FOP (Fuerzas de Orden Público) durante una manifestación en contra la Ley de Autonomía Universitaria, celebrada en diciembre de 1979. Y así decenas y decenas de luchadores anónimos (de nuevo ver el libro de Grimaldos) que fueron objeto de la crueldad de una mistificada “transición” realizada a golpe de sable militar, asesoramiento de la CIA y control férreo de los antiguos franquistas. Una “transacción” que fue diseñada para aplastar a la izquierda (no estamos hablando del entregado y siniestro PCE carrillista y la socialdemocraCIA felipista, obviamente). Y vaya como se ejecutó: a golpe de balazos, pelotazos de goma mortales, torturas, asesinatos de Estado, pistoleros fascistas al grito de “viva Cristo Rey” e impunidad judicial.

El hoy reverenciado Adolfo Suárez y su escudero represor Martín Villa (premiado años más tarde por PRISA como presidente de Sogecable y luego alto directivo de Endesa) se encargaron de liquidar todo vestigio de rupturismo dejando en las calles un reguero de sangre, la de los verdaderos demócratas que no admitían el obsceno pasteleo que estaban urdiendo (o “consensuando”, según el eufemismo pactado por las élites reformistas) desde las pocilgas franquistas. “Lo nuestro son errores, lo de los otros son crímenes”, recitó el criminal, sin reparar en que esos errores homicidas estaban a cargo de antiguos fascistas (como él) reconvertidos mágica e inmaculadamente a demócratas.

Adolfo Suárez y el gran fraude de la ‘transición’ española

La sombra de Franco en la Transición

* Urania en Berlín

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