Oscar Wilde: De profundis

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez. LQSomos.

La importancia de llamarse Oscar Wilde se sumerge en ese libro póstumo y torturado que escribiera el autor irlandés en esos tres años finales de su vida titulado De profundis

La importancia de llamarse Oscar Wilde es una película dirigida por Rupert Everett con Rupert Everett, Colin Firth, Emily Watson, Tom Wilkinson. Un nuevo biopic sobre la figura del escritor Oscar Wilde, que dirige y protagoniza Rupert Everett cubriendo solo los últimos años de su vida donde fue acusado de homosexualidad. En el juicio fue declarado culpable de «indecencia grave» y encarcelado por dos años de trabajos forzados. Tras su liberación, partió a Francia donde escribió su última obra «La Balada de la cárcel de Reading» un poema recordando la vida carcelaria. Murió indigente en París, a la edad de cuarenta y seis años no se sabe bien si de sífilis o meningitis.

El título original de la película «El príncipe feliz» proviene de uno de los cuentos de hadas de Wilde, una historia que cuenta a lo largo de la película, aquí en España se ha cambiado haciendo referencia a su libro «La importancia de llamarse Ernesto».
Pero la película transcurre pidiendo dinero a los viejos amantes y conocidos, pasándose la vida de bar en bar, contando historias y recuerdos algo que llega a aburrir severamente por la mitad, perdiendo el interés hasta un final que ya conoces de antemano.

Everett es un gran apasionado de Wilde y se le nota en la pantalla, no olvidemos que ya interpretó a este, y diez años ha empleado el actor Rupert Everett en hacer realidad su acercamiento, tan fantasmagórico como nada complaciente, a la figura del escritor Oscar Wilde. Un tesón e implicación (interpreta, produce y dirige) que se hace notar en la fuerza de lo que finalmente le interesa explicar, algo que seguramente tiene más que ver con el propio Everett que con la del autor de Salomé. Así, ese acercamiento al lecho de muerte, remordimiento, culpas y miserias de Wilde, podría interpretarse como los problemas del intérprete para gestionar su carrera artística y profesional (que fue de la popularidad y los halagos al ostracismo) con su militante y reivindicativa condición homosexual.

Lógico que se identifique más con el Oscar Wilde derrotado, vencido y moribundo que con el deslumbrante e ingenioso de sus piezas teatrales o réplicas de salón de té. El Wilde de la importancia de llamarse Oscar Wilde no es el Dorian Gray seductor, sino el Dorian Gray del escondido retrato en un desván. No es la visión que de él dio Stephen Fry en Wilde, o la de Peter Finch en Los juicios de Oscar Wilde. Es la de la (poco conocida, casi oculta en los anaqueles del cine olvidado) de Robert Morley, viscoso, mezquino y tembloroso en Oscar Wilde (Gregory Ratoff, 1960).

El de Rupert Everett es un cadáver que, cual los mitológicos héroes griegos en el Infierno de la Divina Comedia, inquiere a quienes amaron, odiaron o utilizaron, la razón de la existencia, la razón de la muerte misma. Feísta y oscura (no se sabe si por iniciativa dramática premeditada o por la fala de medios), La importancia de llamarse Oscar Wilde se sumerge en ese libro póstumo y torturado que escribiera el autor irlandés en esos tres años finales de su vida titulado De profundis. Lo hace con amargura, con la conciencia de quien sabe que la caída del telón es lo mejor, la mejor eutanasia, la que hará que los tristes cuentos de El gigante egoísta y El príncipe feliz (que da título al film en el original) tengan un final feliz: el del manto negro de la parca.


La importancia de llamarse Oscar Wilde

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