Carlos Olalla*. LQS. Noviembre 2018

“La cárcel es como Hollywood, pero la gente tiene más clase”

La suya fue una vida de leyenda. Nunca lo tuvo fácil. Nunca se arredró. Solo tenía dos años cuando su padre, ferroviario, murió aplastado por el vagón de un tren. Quizá para llenar el vacío que dejó o, simplemente, porque le divertía, no desaprovechaba fiesta o reunión familiar para entretener a todos con sus bromas y sus chanzas. La fuerte personalidad de aquel niño le llevó a que le expulsaran del colegio con apenas doce años porque pegó a uno de sus profesores. No había cumplido los catorce cuando se escapó de casa para recorrer el país en trenes llenos de vagabundos como él que buscaban el destino que la vida les negaba. Eran los tiempos de la gran depresión y él, como tantos otros, acabó con sus huesos en la cárcel acusado de vagancia. Allí, para sobrevivir a la condena de trabajos forzados que cumplía sin tener aún quince años, empezó a escribir poemas y no tardó ni tres meses en escaparse aprovechando una distracción de los guardias. De adolescente conoció a Dorothy Spence, la que seria su mujer durante toda su vida a pesar de sus legendarias conquistas de las actrices más conocidas de Hollywood. No eran tiempos fáciles para una joven pareja y él decidió ir a buscar suerte a Los Ángeles buscando trabajo en varias fábricas. Pronto descubrió que el mundo del cine podía ser más divertido y que, además, podría conseguir allí más dinero. A sus primeros trabajos como figurante le siguieron pequeños papeles en películas de serie B. Aprovechando la buena racha, su mujer se trasladó a vivir con él. Las cosas empezaban a irle bien cuando, en una de las interminables fiestas hollywoodienses, es detenido por posesión de marihuana, su inseparable compañera a la que había descubierto en plantaciones silvestres junto a las vías del tren en su época de vagabundaje. A la salida de la cárcel los periodistas le preguntaron por su experiencia y él la resumió como solo él podía hacerlo: “La cárcel es como Hollywood, pero la gente tiene más clase”

Para entonces había forjado ya ese espíritu de antihéroe que marcaría para siempre su vida, una vida en la que el whisky y las mujeres eran las prioridades que marcaron su rumbo. Llegó a rodar 133 películas y, aunque fue uno de los más grandes, solo obtuvo una nominación a los Oscar como actor de reparto. Tras algunos westerns, su carrera se dirigió hacia el cine negro en la que, sin duda, fue la época dorada del cine negro. Su aparente pasotismo, esa imagen de que todo le daba igual, fueron el sello distintivo de gran parte de sus interpretaciones. Nunca consideró que ser actor fuera un trabajo de verdad y, acrecentando esa imagen del que está de vuelta de todo, llegó a decir que para él solo había dos formas de actuar en el cine: con caballo y sin caballo, y que nunca veía las películas en las que había trabajado porque a él le pagaban por rodarlas, no por verlas.

La realidad, sin embargo, estaba muy lejos de esa imagen. Quienes trabajaron con él fueron testigos de su meticuloso trabajo y su total entrega a lo que hacía. John Huston, recordando el rodaje de “Solo el cielo lo sabe” en la que Mitchum interpretaba a un soldado que vive solo en una isla a la que también llega una monja (Deborah Kerr) en plena segunda guerra mundial, dijo de él: “Me habían dicho que Bob Mitchum era una persona difícil. Nada más lejos de la verdad. Era una delicia trabajar con él, y realizó una interpretación excelente. Es uno de los mejores actores con los que me he relacionado Su aire despreocupado o, más bien, su falta de pomposidad se atribuyen a una falta de seriedad, pero cuando digo que es buen actor, quiero decir que es un actor de la talla de Olivier, Burton y Brando. En la mayoría de sus películas se limita a atravesar la pantalla con los ojos semicerrados porque eso es todo lo que hace falta, pero en realidad es capaz de interpretar a El rey Lear. En cuanto a que sea difícil…, bueno, valga este ejemplo: En una escena Bob tenía que arrastrarse por la maleza con los codos, serpenteado como se hace en el ejército. Rodé la escena, pero no salió del todo bien, así que le pedí que lo hiciera de nuevo. Lo repetimos tres o cuatro veces. Finalmente dije “¡Vale!” Bob se levantó y se dio la vuelta; estaba ensangrentado desde el cuello hasta los pies. Había estado arrastrándose sobre ortigas punzantes. –“Dios mío, Bob!”- exclamé, y le pregunté por qué lo había hecho -“Era lo que tú querías”. Contestó. Eso era lo que contaba. Tampoco lo hizo para impresionarme. Bob nunca actuaba para la galería”

Era capaz de transmitir lo que se propusiera con una fuerza impresionante sin siquiera pestañear, mostrándonos lo que significa ese mantra de los grandes intérpretes que dice que menos es más. Solía jugar sus papeles a la contra, esbozando una sutil sonrisa cuando su personaje amenazaba de muerte a otro y sin necesitar levantar la voz ni un solo instante para remarcar su autoridad. Además de ser un excelente actor, Mitchum cantaba como pocos. Sin duda, habría podido hacer carrera como cantante. Si no lo hizo fue porque, como la vida, para él no era más que un juego, un apasionante juego en el que nunca perdió porque jamás le importó ganar.

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