¿Qué tan realista es la confianza de China?

Immanuel Wallerstein*. LQSomos. Enero 2017

Cada país tiene sentimientos encontrados acerca de su futuro, pero algunos confían más en sí mismos que otros. Al momento presente hay pocos países donde las dudas no sean mayores que la confianza propia. Esto parece ser cierto de Estados Unidos, Europa occidental y oriental, Australia, Medio Oriente y la mayor parte de África y América Latina. La mayor excepción a esta preocupación y pesimismo globales es China.

China se dice a sí misma que lo está haciendo mejor en la economía-mundo que casi todos los demás. Lo cierto es que parece estar desempeñándose menos bien que hace algunos años, pero también le ocurre esto al resto del mundo, así que sigue haciéndolo mejor que los otros.

China también se dice a sí misma que todo el tiempo se vuelve más fuerte en su posición geopolítica, antes que nada en Asia oriental y sudoriental y ahora en segundo lugar en el resto del mundo. Parece ser desdeñosa de que Estados Unidos alardee de tener una nueva posición en Asia, a la que dice que le está dando prioridad. Es cierto que se preocupa acerca del autocontrol del gigante estadunidense, en especial ahora, cuando el impredecible Donald Trump asumirá el poder. Pero, de nuevo, China parece pensar que puede manejar, aun domar, lo que considera una arrogancia estadunidense.

La cuestión es: ¿qué tan realista es esta autoevaluación de China? Existen dos premisas incrustadas en la confianza de China en sí misma, cuya validez debe ser investigada. La primera es que los países, o más bien los gobiernos o los Estados, pueden de hecho controlar lo que les está ocurriendo en la economía-mundo. La segunda es que los países pueden efectivamente contener el descontento popular, sea mediante la supresión u otorgando concesiones limitadas a las demandas. Si esto ha sido parcialmente cierto en el moderno sistema-mundo, estas aseveraciones se han tornado muy dudosas en la crisis estructural del sistema capitalista mundial en que nos encontramos ahora.

Cuando miramos la primera premisa, la capacidad de los países para controlar lo que les ocurre en la vida en curso del moderno sistema-mundo, la mayor evidencia de que esta proposición es dudosa es lo que ha estado ocurriendo en los últimos cuatro años en China misma. Seguramente ningún Estado ha trabajado tan duro como China para garantizar un desempeño continuadamente alto. China no ha dejado que sus actividades se sometan a los mecanismos del mercado. Su gobierno ha intervenido constantemente en la actividad económica dentro del país. De hecho, virtualmente ha dictado lo que debe hacerse y cómo debe hacerse. No obstante, pese a todo lo que el gobierno ha hecho, China se ha estado encontrando preocupantes reveses recientes. El gobierno se ha preocupado por estos reveses, pero lo mejor que ha podido hacer es moderarlos; no ha podido evitarlos. No denigro las acciones del gobierno chino. Meramente insisto en notar los límites de su eficacia.

Si miramos la arena geopolítica, China ha contado con ser capaz de insistir en que los otros Estados reconozcan e implementen su política de una China. Considerando lo que era la situación global hace 50 años, China lo ha hecho excepcionalmente bien al respecto. Sin embargo, recientemente Taiwán parece estar recobrando terreno en su lucha por la autonomía. Tal vez sea una ilusión momentánea, pero tal vez no.

La segunda premisa parece todavía más dudosa estos días. No son nuevos los levantamientos populares contra los regímenes debido a su dureza o a la corrupción que han fomentado. Pero parecen ser más frecuentes, más repentinos y más exitosos que en el pasado. Un buen ejemplo está junto a China, en Corea del Sur. Ahí la presidenta Park Geun-hye se ha desplomado en el favor popular, prácticamente de un día para otro. Se le ha acusado pese a su impresionante victoria electoral y su control de la maquinaria administrativa del Estado.

Una mirada a estos levantamientos populares muestra que, aunque con frecuencia logran derribar al régimen en el poder, no parecen crear un nuevo régimen duradero. Esta observación sería de muy limitada tranquilidad para cualquier régimen, pero ciertamente no lo es para el actual régimen chino.

No es que el gobierno chino y su socio entrelazado, el Partido Comunista Chino, sean insensibles a estos argumentos. Lejos están de ello. Pero consideran que pueden remontar estos obstáculos (y que lo harán) emergiendo a los próximos 10 a 20 años como la estructura económica dominante del mundo. Y, dado esto, esperan que prevalecerán geopolíticamente sobre los otros, en particular sobre Estados Unidos.

Nadie puede estar seguro de cómo resultará esta rivalidad geopolítica. Yo sí aconsejo escepticismo ante estas dos premisas de la confianza en sí misma que tiene China. Regreso, como siempre lo hago, a mirar la actual situación del mundo como una rivalidad entre dos grupos que contienden no en torno de cómo manejar el actual sistema-mundo o como prevalecer en éste, sino en qué debería remplazar al sistema capitalista, que ya no es viable, sea para sus súper élites o para la enormidad de las clases y los pueblos oprimidos.

* Publicado en “La Jornada”
Traducción de Ramón Vera Herrera

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