Algo nos pasa

Por Javier Sáenz Munilla*. LQSomos

«Las grandes mentes discuten ideas;
las mentes promedio discuten acontecimientos;
las mentes pequeñas discuten con la gente»
Eleanor Roosevelt

En una reciente visita a mi pueblo, que en realidad es ciudad y que no menciono para no señalar, andaba con un amigo por una zona de chiquiteo (Quizá los muy jóvenes no saben qué es eso. Pues que pregunten a un mayor y ampliarán así su vocabulario). En ese trasiego, vi a un conocido al que acompañaban otras personas y me acerqué a saludarle. Los otros se dirigieron a mí, los reconocí y uno de ellos me preguntó amistoso que cómo iba Madrid con la Presidenta Ayuso. Como no esperaba tal pregunta, así de sopetón, debí poner cara extraña y respondí con un: Muy mal, fatal. No me dejaron explicarme. Debe de ser que a ellos mi respuesta les resultó también inesperada y cambiaron radicalmente el tono y la ira apareció en sus rostros. Comenzaron a hacerme de forma un tanto violenta preguntas capciosas y, como si yo fuera un representante de Pedro Sánchez, uno me dijo que este Gobierno estaba destrozando la nación. Salí como pude del acoso.

No es la primera vez que me ocurre algo así, o parecido. Y en estos casos recuerdo lo que me decía mi compañero Fernando de Giles, maestro pionero del viejo reporterismo y reconocido pintor. Decía que él aplicaba el consejo de su padre, quien le advirtió que no se había gastado los cuartos en darle una preparación universitaria, para que se pusiera a discutir con el primer ignorante que se le pusiera delante.

Claro, me quedé en la ocasión que relato, como en otras anteriores, con las ganas de largar esta respuesta cortante. Pero, en el fondo, siempre me pareció un desplante algo chulesco, elitista y clasista. El problema es que, generalmente, el ignorante no tiene conciencia de ello y como se sabe, la ignorancia es muy atrevida. Ya escribió Antonio Machado aquello de quien «desprecia cuanto ignora».

Todo esto viene a cuento de un estudio que he conocido hace poco, presentado en un textito que anda por las redes bajo el título de «La masa irreflexiva» y en el que se asegura que el coeficiente intelectual medio de la población mundial ha ido disminuyendo en las dos últimas décadas, cuando lo habitual, según el denominado efecto Flynn es que en determinadas condiciones de desarrollo ocurra lo contrario. Parece que el nivel medio de inteligencia está disminuyendo extrañamente en los países más desarrollados. Es decir, en los mejor alimentados, con la población más saludable y con mayor acceso a la educación.

Entre las causas de este fenómeno, estaría el empobrecimiento del lenguaje. Los estudios señalan la disminución del conocimiento léxico, del número de palabras y el empobrecimiento del idioma. No es sólo la reducción del vocabulario utilizado, sino también de la riqueza lingüística que permite elaborar pensamientos complejos. Así, está desapareciendo el uso del subjuntivo, del imperfecto, del participio pasado, etc. Además, la desaparición de las mayúsculas, de la puntuación. Del uso, considerado obsoleto o sexista de la palabra «señorita», lo que impide conocer que hay etapas intermedias entre chica y mujer. Y así, quienes pretenden simplificar la ortografía, eliminando del lenguaje lo que consideran defectos, aboliendo géneros, tiempos, matices, eliminando su complejidad, están contribuyendo al empobrecimiento de las mentes.

Los estudios indican también que parte de la violencia en el ámbito público proviene de la incapacidad de describir con palabras las propias emociones. Cuanto más pobre es el lenguaje, más desaparece el pensamiento. Y si no hay pensamientos, desaparece el pensamiento crítico. De ahí que los regímenes totalitarios siempre hayan puesto impedimentos al pensamiento y fomentado la reducción del número y el significado de las palabras, como asegura Christophe Clavé, autor de esta interesante explicación. Y cómo afirma también, en este empobrecimiento del lenguaje y con él de la capacidad intelectual, nos va la libertad porque «no hay libertad sin necesidad. No hay belleza sin el pensamiento de la belleza».

La demencia parece gobernar nuestros días. No se puede pensar otra cosa al ver a esos multimillonarios competir y gastar a manos llenas un dinero que podría paliar mucho sufrimiento, para demostrar quien llega más alto y pasa más minutos, incluso segundos, en el espacio. Es una pista más de la deriva hacia la idiocia de la mente humana.

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Periodista y analista internacional. Miembro del Colectivo LoQueSomos. En Twitter: @pepitorias

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