Ara Malikian, violinista del pueblo

Ara-Malikian-loquesomosCarlos Olalla*. LQSomos. Julio 2016

Si un instrumento puede expresar los sonidos del alma, sin duda, es el violín. Es una prolongación de lo más hondo, de lo más profundo. Todo está en el sonido de un violín. Y pocos como Ara Malikian pueden transmitir la grandeza del “quejío” del alma. Técnica, toda, pero de nada sirve sin no es el corazón quien toca. Ese es el secreto del violinista: fundirse con el violín, dejarle entrar hasta su yo más íntimo para permitirle salir después con todo eso que llevamos dentro. Escuchar a Malikian es adentrarse en un viaje que, atravesando los sentidos, nos transporta a ese no lugar donde, desde siempre, sabemos que habitamos, ese mundo sin espacio ni tiempo donde todo es posible porque es ese universo en el que cabemos todos, en el que todos nos sentimos unidos, en el que lo diferente enriquece, en el que nadie es mejor o peor, en el que todos nos sentimos identificados: el universo de la emoción.
No hay raza, cultura, lengua o tradición que la música no pueda abrazar.
El violín de Malikian es ese abrazo, el abrazo universal que nos da cobijo a todos.

De origen armenio y educado en el Líbano en guerra, empezó a tocar con apenas cuatro años. Fue su padre, también músico, quien puso un violín en sus manos: “Mi padre era violinista y me transmitió el amor por el violín desde que nací. A los cinco o seis años me puse un violín en la barbilla y desde entonces se quedó allí. Desde siempre el violín fue parte de mi vida, nunca tuve que tomar una decisión sobre si quería ser violinista o no. La decisión ya estaba tomada antes casi de nacer” Los constantes bombardeos le enseñaron que tocar el violín en el refugio antiaéreo podía ser divertido. Allí unos cantaban, otros recitaban poemas y Malikian tocaba su violín. Era una forma de sobreponerse al horror de la guerra, a la permanente injusticia a la que su gente estaba sometida. Fue allí donde intuyó el bien que podía hacer un simple violín. Con quince años abandonó su tierra y su familia para irse solo a Alemania a aprender con los mejores. Aprendió todo lo que le podían enseñar sobre la técnica, pero aquello, él lo sabía, no era suficiente. Le faltaba la pasión, la irrefrenable fuerza de tocar con el alma. Se presentó a todos los concursos y ganó todos los concursos, pero aquello nunca fue para él más que un medio de subsistencia. Ajeno por completo a la imagen del violinista clásico que vive alejado del mundo y refugiado tras un muro de seriedad, Malikian rompió todos los moldes para no dejar jamás de ser él mismo. Con su sempiterna melena rizada y su barba jamás encajó en los cánones de los puristas que, sin embargo, no han tenido más remedio que rendirse a su arte. Como bien dice cuando alguien le pregunta por su aspecto tan atípico, “¿Por qué tendría que disfrazarme de violinista para tocar el violín?

Pero si algo caracteriza aún más que sus inseparables violín y melena la figura de Malikian es su sonrisa. Siempre ríe, comparte su risa contagiosa con quien se cruza en su camino. Es tanta la alegría y la felicidad que transmite desde el escenario esa sonrisa. ¿Por qué la música, incluso la clásica, tiene que ser seria? Esa ha sido otra de sus grandes aportaciones musicales: acercar la música clásica a todos los públicos derribando, precisamente, ese muro de altanería que tanto distancia a la mayoría de los intérpretes de su público: “Al público le gusta la música clásica una vez que empieza a escucharla. Hay un miedo que se ha extendido en los últimos años, una creencia de que la música clásica está solo hecha para un círculo muy limitado de la sociedad, para los entendidos. Pero la gente que pretende ser entendida no comprende nada. La música no hay que entenderla, hay que sentirla, como decía Manuel de Falla” Unir conceptos aparentemente tan dispares como la música clásica y el humor ha sido una herramienta eficacísima para derribar los muros que separan a la gente de la música. Esa unión surgió de forma espontánea, dejándose llevar por su propio instinto: “A mí me encanta reír. Y combinar la música y la risa me hace aún más feliz. Y creo que eso también le ocurre a la gente. No conozco a nadie a quien no le guste la música. Igual que no conozco a nadie en el mundo a quien no le guste reír. Y si se unen las dos cosas se consigue una fusión muy buena”

Hace poco consiguió la nacionalidad española, tras más de quince años de vivir entre nosotros, una nacionalidad que le fue denegada más de una vez. Se siente de aquí sin renunciar a sus orígenes porque se sabe ciudadano del mundo. Es una persona con una gran sabiduría de la vida, esa sabiduría que le ha enseñado a dejar fluir las cosas, a seguir los impulsos, a vivir el aquí y el ahora: “Venir a vivir a España surgió de forma muy natural, en una época de cambios. Acababa de romper con mi pareja y se me había quemado mi casa en Alemania. Perdí todo menos mi violín. Veía que había tantas rupturas y tantos cambios en mi vida que pensé que tenía que modificar algo. Yo ya había venido algunas veces a hacer varios conciertos a España y me había gustado mucho. Me dije ‘voy a probar unos meses cómo es vivir allí’. Y después de una gira, en el verano del 98, decidí quedarme aquí un tiempo. De eso han transcurrido ya 15 años…He aprendido a sentirme de ningún lado o, más bien, de muchos lugares: me siento algo español, algo libanés, algo armenio… Pero me identifico mucho más por cultura que por tierra. En España y especialmente en Madrid, me identifiqué desde el primer momento con la manera de vivir, con la luz, con la alegría, con el tiempo, con la gente en las calles… Con cosas tan sencillas como esa”

Malikian vive para la música, es música. No le preguntes qué hubiera sido de no ser violinista. No lo sabe porque jamás se lo ha planteado. Necesita el contacto con el público, su proximidad, jugar con él, compartir sus emociones. Poco o nada le importa actuar en un escenario grande o pequeño, famoso o desconocido. Él coge su violín y regala su música, todo lo que lleva dentro, a quien le quiera escuchar. Por eso no es extraño oírle tocar en los escenarios más insospechados sacando la música a la calle: “Cuando toco me entrego a tope y quiero que la gente sea partícipe del espectáculo. Quiero que esa barrera que a veces existe entre el público y el escenario, especialmente en música clásica, se rompa. La actitud que por lo general tenemos los clásicos es muy arrogante y eso aleja al público”

Su sangre ardiente le ha llevado a emprender una búsqueda incansable hacia nuevos encuentros de la música. Por eso lleva años fusionando todos los géneros posibles. Es mestizaje en estado puro: “Fusionar por fusionar es muy fácil con la tecnología que tenemos hoy en día. Pero a mí me gusta digerir, asimilar lo que estoy haciendo. Llevo colaborando con el compositor José Luis Monzón desde que estoy en España. Últimamente nos hemos atrevido a fusionar la música de Bach con el flamenco. Nos costó 10 años aprender cómo hacerlo hasta que nos convenció. La fusión perfecta es la que salga natural, la que sientas, la que sueñes…”

Actualmente Malikian suele tocar acompañado de una orquesta de músicos muy jóvenes, “La orquesta en el tejado”, y es un hombre feliz. Consciente de los Ara-Malikian-loquesomos1problemas que asolan el mundo, ofrece su música en favor de todas las causas que considera justas, es uno de los artistas más solidarios del panorama internacional. Pero, o quizá por eso, se siente feliz porque hace lo que le gusta, como le gusta, donde le gusta y cuando le gusta: “Mi proyecto más reciente es ‘La orquesta en el tejado’, uno de mis grandes sueños. Tuve la suerte de encontrar a unos jóvenes músicos maravillosos, con muchas ganas, y me lo estoy pasando muy bien con ellos. Hemos tenido muy buena acogida del público, con entradas agotadas en nuestra gira. Es un proyecto en el que tengo mucha ilusión y que para mí marca un antes y un después. Luego seguimos con ‘Paganini’, con Yllana y con las colaboraciones con orquestas. Lo mío es sudar en el escenario, es tocar en vivo, sentir al público y el escenario. Estoy viviendo mi sueño. No tengo sueño más allá que éste. Estoy haciendo lo que me gusta, que es tocar el violín”

Su percepción de la situación actual y del genocidio que vive la cultura en España es muy clara, como lo es también el papel que deben representar los artistas en un mundo como este: “El momento es difícil, pero sin soñar no podemos llegar a ninguna parte. Es verdad que es un momento difícil porque con la crisis lo primero que se sacrifica es la cultura. Soy músico pero a pesar de las dificultades no puedo dejar de tocar y de hacer música. Nuestro papel como artistas es continuar, aunque no haya dinero. Es un momento difícil, pero los artistas tenemos que luchar más que nunca para hacer cultura”

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* LQSomos en Red

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