España: crímenes de guerra en Iraq

Las imágenes de cinco soldados españoles torturando a dos prisioneros iraquíes en Diwaniya han escandalizado a la opinión pública. Una breve secuencia grabada en 2004 muestra la brutal agresión y se escucha un comentario: “¡Jo! A este se lo han cargado ya”. Supuestamente, las víctimas fueron enviadas con posterioridad a la prisión de Abu Ghraib, tristemente famosa por las torturas y probables asesinatos cometidos por las fuerzas de ocupación norteamericanas. El gobierno de Rajoy y las Fuerzas Armadas han pedido que no se generalice, pero en una guerra ilegal e inmoral la violencia y la tortura no son lo excepcional, sino lo habitual. No es una exageración afirmar que el Ejército español ha cometido un crimen de guerra, pues el Derecho Internacional Humanitario establece que los malos tratos a prisioneros de guerra y civiles constituye una grave violación de los Convenios de Ginebra.
En la segunda guerra de Irak han muerto al menos 100.000 civiles. Estados Unidos justificó la intervención, alegando la existencia de armas de destrucción masiva. Colin Powell, secretario de Estado, mintió en Naciones Unidas, presentando pruebas falsas. No logró el apoyo de la Asamblea, pero eso no detuvo una invasión donde se emplearon de forma sistemática la tortura, las prisiones secretas y los asesinatos extrajudiciales. Barack Obama, inverosímil Nobel de la Paz, no se apartó de esa estrategia y, de hecho, nunca ha ocultado su entusiasmo por los drones, aviones sin tripulación que matan selectivamente a presuntos yihadistas. Se trata de ejecuciones preventivas, donde los condenados a muerte no pueden defender su inocencia ni beneficiarse de las leyes internacionales. Obama supervisa personalmente estos ataques en Yemen, Somalia, Irak, Afganistán y Pakistán. Hasta el momento ha autorizado 268 ataques, cinco veces más que en los ocho años de George Bush. Se ha llegado a decir que los drones han reemplazado a Guantánamo. Por supuesto, en estos ataques hay víctimas colaterales. Cuando en diciembre de 2009 se abatió a Saleh Mohammed al-Anbouri, un número indeterminado de civiles yemeníes perdieron la vida. Fueron enterrados en fosas comunes ante la imposibilidad de identificar los restos, completamente calcinados y mutilados. El 21 de mayo de 2010 una oleada de misiles Hellfire arrasó una aldea montañosa del Waziristán septentrional, una región situada en la frontera entre Afganistán y Pakistán. The Guardian estima que sólo en Pakistán han muerto 3.000 personas, un tercio de las cuales eran civiles. El Pentágono dispone de 19.000 drones y la CIA posee su propia flota. Cada “pájaro metálico” cuesta 13 millones de dólares y son tripulados desde una base por un piloto con un joystick y una pantalla de ordenador. Se afirmó que la intervención en Irak se basaba en el derecho de injerencia, según el cual se puede invadir cualquier país para defender los derechos humanos. Evidentemente, es un argumento falso. En Oriente Medio, se lucha por el control y la explotación de los recursos naturales. En Irak, la verdadera motivación era el petróleo. En Siria, la disputa está provocada por las grandes reservas de gas. Ambos regímenes violaban los derechos humanos, pero eso no preocupaba a Estados Unidos. Si fuera así, tendría que invadir Arabia Saudita, donde siguen en vigencia la lapidación, la flagelación y la crucifixión.
La tortura no es una mancha que sólo afecte a Estados Unidos. El 23 de mayo de 2012 el Comité contra la Tortura de Naciones Unidas acusó al Estado español de violar el artículo 12 de la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes al no haber realizado las investigaciones pertinentes para dilucidar la veracidad de la denuncia de torturas presentada por Orkatz Gallastegi en 2011. Amnistía Internacional ha denunciado en infinidad de ocasiones que el régimen de aislamiento contemplado por la legislación antiterrorista española está concebido para propiciar y encubrir el uso sistemático de la tortura. El pasado 24 de julio el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó al Estado español por no investigar la denuncia de malos tratos con componentes racistas cometidos por la Policía Nacional en Palma de Mallorca contra el inmigrante nigeriano Beauty Solomon. Estados Unidos aprendió en Vietnam la importancia de ocultar sus crímenes. La matanza de la aldea vietnamita de My Lai, con algo más de 500 civiles, incluidos ancianos, mujeres y niños asesinados a sangre fría por el ejército norteamericano, y la imagen de la niña Kim Phuc corriendo por una carretera con el cuerpo quemado por el napalm, desataron una protesta masiva contra la guerra, que influyó decisivamente en la derrota. En la actualidad, se nos escatiman las imágenes de los civiles inocentes muertos en Irak, Afganistán, Yemen, Sudán o Pakistán, pero la censura militar norteamericana no pone ninguna objeción a la circulación de las imágenes del linchamiento de Muamar el Gadafi, pues constituyen una eficaz forma de intimidación para los políticos opuestos a sus intereses. Las imágenes de soldados españoles torturando a civiles iraquíes no me sorprenden en absoluto. Estoy convencido de que sólo representan la punta del iceberg. No vivimos en un mundo libre y democrático, sino en una época donde las oligarquías financieras y el complejo-militar industrial actúan con vergonzosa impunidad. Desmovilizada, la sociedad se limita a encogerse de hombros, con impotencia o indiferencia. Creo que las palabras del pastor protestante Martin Niemöller, falsamente atribuidas a Bertolt Brecht, ya no son una reflexión crítica sobre el pasado, sino una desoladora descripción del presente: 
“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a por los judíos,
no pronuncié palabra,
porque yo no era judío,
Cuando finalmente vinieron a por mí
no había nadie más que pudiera protestar”.
Si no protestamos, algún día descubriremos que la tortura, la pobreza, el desamparo, la esclavitud laboral o los genocidios no son un problema ajeno, sino un horizonte que se puede convertir en una dolorosa experiencia personal. Nadie escuchará nuestros gritos cuando el poder político y financiero nos convierta en otra víctima anónima, cuyo único delito consistió en pedir justicia, libertad y dignidad.

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