Galdós republicano y hereje

Arturo del Villar*. LQS. Enero 2020

El estreno de Electra el 30 de enero de 1901 constituyó una denuncia contra la injerencia de los catolicorromanos en las conciencias ajenas, llevados por su desvergonzado afán proselitista

Parece que el centenario de la muerte de don Benito Pérez Galdós quedará dentro las vulgaridades necrológicas al uso. Por lo menos es de suponer que no se incurrirá en el esperpento de celebrar responsos y goris—goris por la salvación de su alma, como hace un siglo. La Iglesia catolicorromana que lo había acusado de anticlerical y anticristiano durante su vida, que organizó una campaña internacional para impedir que se le concediera el premio Nobel de Literatura, y lo consiguió gracias a su habitual poderío, se aprovechó de su fallecimiento para montar un indignante aquelarre sobre su cadáver, e inventar que había recibido sus absurdos sacramentos antes de morir con plena lucidez.

Murió a las 3.30 de la madrugada del domingo 4 de enero de 1920, en la casa de su sobrino José Hurtado de Mendoza, a los 76 años. Los últimos de su vida resultaron muy duros para él, porque se quedó ciego y padecía arteriosclerosis. No veía para leer y escribir, y decía que no era capaz de dictar sus ideas, como se le propuso. Le atendía Gregorio Marañón, que sabía más de historia que de medicina y de política, por lo que no acertó a mejorar su estado físico. Desde el 22 de agosto de 1919 no volvió a salir de casa, solitario y aburrido, sin poder leer ni hacer nada, y desde el 14 de octubre no se levantó de la cama. El 29 de diciembre sufrió una hemorragia intestinal que el médico académico no supo cortar y le causó la muerte. Los últimos días los pasó sedado sin enterarse de nada, para evitarle un sufrimiento inútil.

La clerigalla al acecho

Al conocerse la noticia de su muerte centenares de personas se acercaron al domicilio de Hurtado de Mendoza, en el número 7 de la calle de Hilarión Eslava. El Ayuntamiento de Madrid propuso a la familia instalar la capilla ardiente en el Patio de Cristales de la casa consistorial, lo que fue aceptado, para que sus lectores se despidieran de él, y en la madrugada del lunes 5 se realizó el traslado. El féretro de caoba, con un cristal interior que permitía ver su cara, fue colocado sobre un túmulo de paños negros, entre dos hachones y bajo la presidencia de un gran crucifijo. Detrás se amontonaban numerosas coronas de flores enviadas por diversas instituciones culturales. Montaban guardia de honor parejas de Infantería, de Caballería, pero ahí estaban a pie, de bomberos y de maceros municipales. Un innumerable gentío desfiló por allí.
A las 15 horas partió el cortejo fúnebre, seguido, según cálculos periodísticos, por unas veinte mil personas a pie, con parte del Gobierno en la presidencia de honor. Se despidió el duelo oficial en la Puerta de Alcalá, desde donde salieron los coches fúnebres hasta el cementerio de la Almudena. Al llegar el capellán aprovechó la oportunidad para rezar un responso por su alma, porque es costumbre hacerlo con todos los cadáveres que pasan por allí, aunque en vida hubieran sido notorios refractarios a la secta catolicorromana, como en este caso. Se supone que los familiares no van a pelearse con el capellán si no están de acuerdo con sus oraciones. Después se trasladó el cortejo hasta el panteón familiar de los Hurtado de Mendoza, en donde otro cura rezó otro responso, dado que el muerto no podía impedirlo, como sin duda hubiera sido su voluntad en el caso de poder expresarla.
Era sabida sobradamente la ideología de Galdós: estaba bien definida desde la aparición de su primera novela, La Fontana de Oro, donde se ve a un fraile mercedario fanático imponer su voluntad a una familia. El estreno de Electra el 30 de enero de 1901 constituyó una denuncia contra la injerencia de los catolicorromanos en las conciencias ajenas, llevados por su desvergonzado afán proselitista. Esta tesis representada sobre las tablas provocó numerosos escándalos dentro y fuera del teatro, organizados por los ultraconservadores, que esa noche histórica fueron los verdaderos protagonistas de la acción dramática.

Galdós republicano

Se afilió en 1906 al Partido Republicano, pero reconocía que “aun cuando retraído y concretado a mi labor literaria, venía siendo casi republicano desde 1880” (citado por Luis del Olmet y Arturo García Garrafa, Galdós, Madrid, Imprenta de Alrededor del Mundo, 1912, p. 101). El 6 de abril de 1907 el diario madrileño El Liberal insertó una carta de Galdós bajo el título “Galdós republicano”, en la que explicaba claramente su pensamiento político, por si no se deducía de sus escritos, aunque resultaban muy evidentes sus preferencias:

A los que me preguntan la razón de haberme acogido al ideal republicano, les doy esta sincera contestación: tiempo hacía que mis sentimientos monárquicos estaban amortiguados; se extinguieron absolutamente cuando la Ley de Asociaciones planteó en pobres términos el capital problema español; cuando vimos claramente que el régimen se obstinaba en fundamentar su existencia en la petrificación teocrática. Después de esto, que implicaba la cesión parcial de la soberanía, no quedaba ya ninguna esperanza. ¡Adiós ensueños de regeneración, adiós anhelos de laicismo y cultura! El término de aquella controversia sobre la ley Dávila fue condenarnos a vivir adormecidos en el regazo frailuno, fue añadir a las innumerables tiranías que padecemos el aterrador caciquismo eclesiástico.

Ese aterrador caciquismo, del que hay tantísimas pruebas en la historia de España, denunciado claramente por Galdós en sus obras de ficción, es el mismo que aprovechó su muerte para intentar convencer al pueblo que lo admiraba como su portavoz de una reconciliación final con sus rituales.
Al consolidarse la conjunción republicano—socialista aceptó presentarse candidato a Cortes en sus filas. En un mitin celebrado en Madrid el 7 de noviembre de 1909, donde se proclamó la conjunción republicano-socialista, Joaquín Dicenta leyó un saludo de Galdós en el que justificaba su ausencia en el acto. Afirmaba estar dispuesto a emprender en las Cortes la lucha por la regeneración de España, hasta entonces sostenida en sus escritos, para liberarla de la dictadura monárquica y del fanatismo eclesiástico. Y los electores le dieron su voto, convencidos de que el Partido Republicano y Galdós eran sus representantes naturales.

Campaña internacional contra Galdós

Si hasta entonces la Iglesia catolicorromana se limitó a censurar las obras de Galdós al calificarlas de perjudiciales, vio una oportunidad de vengarse fieramente de él cuando en 1906 se postuló su nombre como candidato para el premio Nobel de Literatura de ese año. La clerigalla reaccionó airadamente, a pesar del mandato evangélico de perdonar las ofensas hasta setenta veces siete. Las recomendaciones evangélicas son de obligado cumplimiento para los crédulos fieles, no para los clérigos, que bastante tienen con abusar sexualmente de los monaguillos en cualquier lugar en el que tengan templos.
Así que emprendieron una campaña pública de injurias contra Galdós, destinada a impedir que se le concediera el máximo galardón literario mundial, sin considerar que el otorgamiento a un español redundaba en beneficio de España: para los clérigos su única patria es el supuesto Estado Vaticano, al que entregan sus ofrendas mediante el llamado “óbolo de san Pedro”, otro de sus inventos para mantener un inicuo tráfico de divisas tolerado por los verdaderos estados, temerosos de enfrentarse a una organización tan poderosa como la Iglesia catolicorromana. Tanto que logró impedir lo que parecía un acuerdo tomado ya, y Galdós se quedó sin premio.
Pero sus obras se hallaban traducidas a todos los idiomas cultos, y su nombre era admirado internacionalmente. Por ello resultaba lógico que en 1912 se filtrase como noticia segura que la Academia Sueca había decidido otorgarle al fin su galardón ese año, lo que parecía lógico. Entonces se desató la más feroz campaña clerical contra el escritor, en la que intervino el diario vaticano L´Osservatore Romano, para denunciar “aquel espíritu sectario que se transparenta en muchas de sus obras”, palabras que resultan sarcásticas al estar impresas en el más sectario de los panfletos existentes nunca a lo largo de toda la historia de la humanidad.
Lograron su inquisitorial propósito, pese a no ser Suecia un país mayoritariamente catolicorromano. La reacción contra Galdós fue tan violenta a escala internacional, azuzada por los obispos españoles, que la Academia Sueca reconsideró su actitud, y no le concedió el premio. Fue la venganza de la Iglesia de Roma contra quien se atrevía a denunciar sus abusos en novelas y dramas de gran aceptación popular. Y tuvo suerte, porque al estar abolido el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, se libró de ser asado a fuego lento en la Plaza Mayor de Madrid, como tantos otros escritores en tiempos pretéritos.

Persecución póstuma

Sin embargo, el celo inquisitorial le persiguió hasta después de su muerte, y durante muchos años después. Había fallecido, pero sin duda sus obras continuarían editándose, probablemente con gran éxito popular, de modo que la noticia de su muerte fue acogida con afán revanchista, nada cristiano, y por eso mismo predilecto de la secta catolicorromana. Los periódicos fundamentalistas publicaron artículos denigratorios, en los que se devaluaba su escritura y se denunciaba su republicanismo: en opinión de El Siglo Futuro, El Pensamiento Español, El Universo o El Debate, los más violentos entre los fanáticos, todo el mal venía de ser republicano el escritor, lo que impregnaba sus obras de toda clase de maldades peligrosísimas para la tradicional alianza entre el altar y el trono, debido a la tendenciosidad de que hacía gala e sus escritos.
Para insultar su memoria, los panfletos integristas publicaron que había muerto reconciliado con la Iglesia catolicorromana, después de recibir todos sus sacramentos con plenitud de sus facultades intelectivas. Sin embargo, su sobrino José Hurtado de Mendoza, que vivía con él y no se apartó de su lado en sus últimos días, remitió una carta abierta que fue impresa en El Liberal, el 12 de enero de 1920, ocho días después de su muerte, desmintiendo rotundamente ese bulo absurdo.
Así actúa la Iglesia catolicorromana. Denuncia y acosa a sus enemigos hasta aniquilarlos, cuando puede hacerlo por medio del fuego en la hoguera, y cuando no mediante la destrucción intelectual. Y además los clérigos tienen la desvergüenza de apoderarse de los cadáveres para hacer sobre ellos sus rituales inmundos, como en el caso de Galdós: lo persiguieron en vida, condenaron sus obras, impidieron que se le premiase, le acusaron de hereje, y a pesar de ese hostigamiento sectario utilizaron su cadáver para realizar sus rituales heréticos sobre él, y hasta inventaron que le habían aplicado sus sacramentos satánicos con su aprobación, al haberse arrepentido de su pasado republicano en los últimos momentos de su vida. Son capaces de todas las iniquidades.

– Imagen: Retrato de Benito Pérez Galdós pintado por Joaquín Sorolla en 1894.
– Otro texto relacionado: Recuerdo de Galdós con Electra

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* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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