Los derechos de los animales (Coetzee y algo de filosofía)

La polémica sobre los derechos de los animales ocupa un lugar menor en la historia de la filosofía. Hasta el siglo XIX, el hombre era la imagen de Dios, mientras que las bestias, desprovistas del alma, sólo eran máquinas, vivientes con terminaciones nerviosas, pero carentes de razón y emociones. La teoría evolutiva modificó esta perspectiva, evidenciando que la distancia que separaba a los hombres de los animales era mucho menor de lo que había establecido hasta entonces la teología cristiana. Tras la tormenta inicial, se impuso la hipótesis de Darwin, pero, en el ámbito de la ética, surgió de inmediato un argumento concebido para preservar la singularidad de lo humano: aunque el origen sea común, no hay más que un animal racional. El pensamiento abstracto y la capacidad simbólica sólo pertenecen al hombre. Esto determina una diferencia esencial que excluye a las otras especies del discurso moral, pues sólo puede haber obligaciones entre iguales. Gobernados por el instinto, los animales actúan de acuerdo con pautas biológicas, ajenas a cualquier especulación racional. Exigirles responsabilidades es ridículo, pero atribuirles derechos no es menos insensato.