Nieve

Jesús Gómez Gutiérrez*. LQS. Enero 2021

Habrá nevado mucho (ha nevado mucho), pero no lo suficiente para que este domingo de enero hable con palabras nuevas y muestre la proverbial luz al final del túnel…

El hilo debe sobrevivir, me digo siempre

El sendero tiene forma de arco. Lo abrí de madrugada, pegando patadones con mis botas de «si vis pacem, para bellum» sobre un boceto que los vecinos dibujaron con los pies, creo. Quedó razonable, y es el que tomo el domingo por la noche para salir al carril despejado del asfalto, porque lo de las aceras es un mapa de la especulación inmobiliaria: en los edificios donde vive gente, alguien se ha tomado la molestia de despejar la entrada, ramitas incluidas (no ramones); en los edificios donde no vive nadie o casi nadie, nadie ha despejado nada o casi nada, así que todo es un conato de camino sin conexión con el siguiente conato de camino, y con el agravante de que la práctica totalidad de los cruces tienen tanta nieve como ayer. Por donde paso, la única excepción (relativa) es la zona de tiendas de Fuencarral. Se nota que, a falta de ventas, han tirado de pala y que, si hubieran tenido sierras, cuerdas y carretillas, también habrían limpiado los restos de todos esos árboles tan maravillosamente elegidos, cuidados y plantados que se han jodido en masa mientras sus hermanos de otros tiempos (Luchana, Tribunal, etc.) no han perdido una hoja.

Mi largo y clavatacones periplo hacia el centro roza aquí y allá las vidas de esos seres moralmente despreciables que, en lugar de seguir el «quedaos en casa» de los seres sensibles con casa (y a veces, jardín), se empeñan en ser pobres y dormir al raso. Como de costumbre, hay quien intenta sacar para un sándwich (sin esperar a que la dirigencia del Reino arregle las cosas) y, en el colmo de la subversión, me cruzo con una mujer que extrae las bombillas de uno de los adornos navideños derrumbados con afán de hacer negocio en algún paki. No se cortan ni en la comunión colectiva de SOMOS UNA SOCIEDAD y ESTO ES UNA GUERRA QUE GANAREMOS JUNTOS. Pero, descontada la enojosa existencia de los sin techo, no hay duda de que el ambiente es de júbilo y esperanza, como resumían el sábado los desempleados que se habían montado un bar con tres cervezas en mitad de la calle: «Lo que nos faltaba». Pues sí, asentí yo, y me lo voy repitiendo entre miembros forestales amputados hasta que llego a la Red de San Luis, donde alguien grita CABRONES, CABRONES, agradeciendo quizá el proceso general de precarización, tercerización y privatización sin el cual no se podría dar la circunstancia de que cualquier tropiezo se convierta en una catástrofe y, por tanto, en una oportunidad para que los responsables políticos salgan de sus residencias-de-hacia-la-Sierra, miren hacia la urbe y ejerzan de héroes en los medios, que para algo están.

A las once, cuando la nieve que iba para hielo hace icebergs, doy media vuelta. El frío empieza a zaherir; las botas, a no clavarse. Habrá nevado mucho (ha nevado mucho), pero no lo suficiente para que este domingo de enero hable con palabras nuevas y muestre la proverbial luz al final del túnel. Al pasar junto al Humilladero de Nuestra Señora de la Soledad, me detengo donde unos pistoleros asesinaron el 12 de julio de 1936 al militar republicano José del Castillo y miro el solitario y destrozado olivo de la plazoleta, metáfora del país. ¿Vendrán tiempos mejores? Por si acaso (no, sí, mi decisión sería la misma), busco la puerta barroca del Hospicio y reitero una tradición, saludar a Fernando III por poeta, por padre de un escritor llamado Alfonso X y por responsable del Libro de los doce sabios, una de las grandes obras didácticas de la literatura medieval castellana. El hilo debe sobrevivir, me digo siempre. Luego, aparece la china que me vende cartones de leche y me regala una naranja. El viernes compré dos kilos.

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Un comentario en “Nieve

  • el 14 enero, 2021 a las 10:35
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    Nieva sobre Madrid, nieva sobre la tumba del padre, sobre las fachadas de todos esos cines de mi lejana juventud, sobre la tumba de Benito Pérez Galdós y sobre las de todos aquellos desdichados que fueron fusilados en Paracuellos -que la nieve es generosa y no entiende de ideologías. Nieva sobre los rojos y más humildes tejados obreros y sobre los monumentos de los generales; sobre las aguas del Manzanares, sobre la Biblioteca Nacional, sobre el Museo del Prado, sobre la Real Academia de la Lengua, sobre la Catedral de la Almudena y sobre la triste desolación de las chabolas de la Cañada Real. Nieva sobre el lecho de los ríos Manzanares y Jarama, sobre la memoria de los fusilados al pie de las tapias del cementerio del Este, sobre esas calles que tantas veces en el pasado fueron testigo de luchas obreras, de combates contra invasores franceses, de efímeros encuentros, de apasionados besos de enamorados al pie del edificio de la Telefónica, de tristes contratos entre prostitutas y soldados de reemplazo llegados aquí desde la lejana Andalucía. Nieva, nieva, nieva sobre los bancos del Retiro, sobre las grises fachadas de los sindicatos, sobre los árboles de los bulevares, sobre los derrotados y sobre los triunfadores. Nieva sobre las heridas del pasado, sobre las tiendas de lujo de Serrano, sobre las casetas de libros de la cuesta de Claudio Moyano y sobre los vivos colores de los humildes geranios de los balcones. Nieva sobre los vehículos de alta gama y sobre los esforzados repartidores de Glovo; sobre los quioscos de la ONCE y sobre los perros vagabundos; sobre San Ginés y sobre las sedes de los partidos, sobre la prostituta de Montera y sobre los delicados hombros de la diosa Cibeles. Nieva por Canillejas, por el Parque del Oeste, por Usera, por Somosaguas y sobre las piedras del monumento a Miguel Hernández; sobre el Callejón del Gato y sobre la escultura de García Lorca, en la plaza de Santa Ana. Nieva sobre las fachadas del Banco de España y sobre la beata que se encamina a Jesús de Medinaceli, sobre el chalé de Pablo Iglesias y sobre la placa de las Trece Rosas, en la Almudena. Nieva, nieva sobre sobre las redacciones de los grandes diarios, sobre la Puerta del Sol, sobre El Corte Inglés y sobre todas esas tiendas que cerraron tras la última debacle. Nieva sobre los hospitales donde la gente muere sin un último adiós de sus seres amados; sobre los mendigos, sobre el Mercado de la Cebada y sobre los centros de detención de chorizos y gente insumisa. Nieva sobre el Palacio de la Zarzuela, sobre Moncloa y sobre el bote del mendigo de Callao. Nieva sobre la Sierra, sobre el Alto del León y sobre la M30. Nieva sobre los acuartelamientos de El Goloso, sobre la tumba de Julián Grimau y sobre la de José Martínez -el apasionado fundador de la editorial Ruedo ibérico. Nieva sobre los más utópicos sueños, sobre las oficinas del paro, sobre el Ministerio de Hacienda y sobre esas masas informes que se mueven hacia el Metro. Generosamente nieva sobre Madrid. 10-1-21

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