PAELLA ROCK en Palencia. Solidaridad con presxs sociales

Ana Vargas. LQS. Septiembre 2019

En Palencia algo se mueve… Manifiesto que acompañó el pasado 31 de agosto en Palencia la presentación del grupo local de solidaridad con presos sociales del Estado

El pasado 31 de agosto se celebró en La Cueva una nueva edición del festival solidario Paella Rock. Este año lo recaudado se entregó al grupo de apoyo a presos de Palencia, que dio las gracias a l@s presentes por hacer posible ese acto de solidaridad, explicando los motivos que les ha llevado a organizarse, así como los objetivos que pretenden alcanzar a nivel local, ya que su atención se centrará principalmente en la prisión La Moraleja (Dueñas), pero sin renunciar a un deseo que comparten y persiguen: la desaparición de todas las cárceles.

Esta fue su presentación:

El grupo de apoyo a presos de Palencia agradece esta ayuda pero sobre todo que podamos hablar de la cárcel desde una perspectiva distinta a la que nos tienen acostumbrad@s los medios de comunicación, que solo muestran una pequeña parcela de esta terrible realidad y ni siquiera de forma objetiva. Así, nos bombardean con noticias de agresiones sexuales, violaciones, asesinatos, crímenes horrendos… y ocultan el resto. El resultado de esta política del miedo se traduce en una sensación de permanente inseguridad entre la población que, cada vez más, exige que l@s culpables se pudran en la cárcel, dado que estamos en democracia y no cabe la ejecución.

Se ha creado ese estado de opinión conforme al cual quienes llenan las cárceles son escoria y no merecen ni el aire que respiran.

Pero la realidad es bien distinta. La mayoría de la población penitenciaria está compuesta por hombres y mujeres toxicóman@s, enferm@s mentales, por personas que caminan por el filo de la navaja de la marginalidad y cuyo delito fue robar o trapichear con drogas o ambas cosas a la vez. A pesar de las estadísticas, se niega esta realidad porque hacerlo sería como reconocer las vergonzosas desigualdades económicas, sociales y culturales que imperan y que subyacen en esta clase de delitos. Se niega esta realidad porque la conciencia colectiva se queda mucho más tranquila creyendo que las cárceles están para protegerles de esos monstruos que les muestran los medios en vez de como maquinaria del Estado para ejercer el control social de la mano de obra sobrante y mantener el orden público.

Mientras Instituciones Penitenciarias y medios de comunicación se esfuerzan en trasladar una imagen de la cárcel como hotel de cinco estrellas, donde pasar un tiempo y salir hecho un hombre o mujer (imagen que se asemejaría a la de estos realities televisivos donde por pasta se banaliza hasta lo grotesco las condiciones de vida en prisión), lo cierto es que las cárceles del siglo XXI son polvorines de baja intensidad, una vez ahogadas en sangre las luchas anticarcelarias del pasado que tan lejanas nos parecen. Polvorines que se mantienen con relativa calma gracias a la brutal represión y sobre todo a la administración ingente de pastillas y metadona. En este contexto de alienación, donde la propia vida vale una mierda y la de l@s demás ni eso, se da el caldo de cultivo perfecto para toda arbitrariedad, todo abuso, todo maltrato por parte de la autoridad.

No es pretensión de este grupo transformar este estado de cosas, ojalá pudiéramos. Pero sí tenemos cierto margen de maniobra y con la aportación del Paella Rock y de otr@s compañer@s, comenzar a prestar asesoramiento jurídico y apoyo económico a quien más lo necesite. La cárcel es antes que nada un inmenso negocio montado a costa de l@s más desfavorecid@s, a l@s que se usa como materia prima, mano de obra esclava y consumidor@s forzos@s de sus productos y servicios. No vamos a entrar en lo que genera la construcción, equipamiento y mantenimiento de estos centros de exterminio, tampoco en los pingües beneficios obtenidos de la explotación laboral de las personas presas. Hablamos del día a día en prisión. Salvo el kit de aseo personal y limpieza y la bazofia de rancho que se reparte tres veces al día, todo lo demás se compra en el economato a través de la cuenta de peculio que tiene cada pres@: comida, café, tabaco, folios, sobres, sellos, tarjetas telefónicas… En estas pequeñas cosas sí podemos aportar nuestro granito de arena. En todo caso, el principal objetivo de este grupo es denunciar qué es la cárcel y lo que ocurre entre sus muros, dado que la demolición parece tan lejana.

Nos definimos abolicionistas porque constatamos que tras siglos de funcionamiento la cárcel no cumple ni una sola de las finalidades que dice arrogarse. Ni siquiera sirve como amenaza contra el delito porque cuando la necesidad manda no hay muros que la contengan. La cárcel ni reinserta ni rehabilita ni reeduca ni nada que se lo parezca. De hecho, causa más daño que el que pretende evitar. De las secuelas que deja la cárcel se ha hablado largo y tendido, mayores cuanta más larga es la condena, irreversibles algunas.

Abolicionistas porque la cárcel nos niega toda posibilidad de resolver los conflictos sociales no siendo con la denuncia y la amenaza de su sombra.
Tenemos La Moraleja a quince minutos de aquí. Una macrocárcel que se construye en 1997. Los años 90 fueron muy propicios para levantar esta clase de infraestructuras: Mansilla (1999), Teixeiro (1998), A Lama (1998), Soto (1995), Aranjuez (1998)… entre otras, se ponen en funcionamiento en estas fechas. En el caso de La Moraleja, la excusa principal fue que la vieja prisión provincial no reunía las mínimas condiciones de habitabilidad. Se trataba de una cárcel pequeña, oscura, húmeda y fría. Las nuevas instalaciones, con cabida para 1.100 almas, dispondrían de piscina, polideportivo, biblioteca, talleres… una macrocárcel con todo tipo de servicios y comodidades, de ahí su nombre.

Durante los primeros años de funcionamiento La Moraleja muestra su cara más amable en lacrimógenos programas televisivos como El Coro de la Cárcel, aunque algunos problemas como la superpoblación, que en 2007 alcanza los 1.800 reclusos, genera tensiones difíciles de ocultar: peleas, agresiones, conflictos constantes en enfermería…

Con el cambio de dirección se produce un endurecimiento de las condiciones de vida hasta que en 2017 estalla el escándalo de la celda 61. Francisco Javier Díez Colado es denunciado por sus carceleros por atentar contra la vida y la integridad física y moral de las personas que tiene bajo su custodia, es decir, es acusado de torturador. En esa celda, sellada, sin ventilación, sin agua y con luz permanente y dos cámaras de vigilancia las 24 horas del día, se recluía a los sospechosos de esconder drogas en su cuerpo hasta que las expulsaran. De los cinco presos que declaran haber pasado por allí, solo uno llevaba algo, los demás salieron después de pasar una semana con una botella de agua al día e intentar suicidarse. El caso está aún pendiente de resolución, aunque la Fiscalía ya había pedido su sobreseimiento y todo indica que se archivará, como la inmensa mayoría de denuncias por torturas y malos tratos presentadas por l@s pres@s. En esta cárcel se deniegan sistemáticamente las autorizaciones para visitar a los presos, se prohíben las visitas a l@s abogad@s que le resultan incómod@s al señor Director, se usa el traslado como castigo, se da y se quita medicación de forma arbitraria, se vulneran los más elementales derechos…

Este grupo que hoy presentamos en el Paella Rock ha decidido, ante estas circunstancias, no mirar para otro lado.
Para acabar, animaros a que hagáis lo mismo en vuestra vida cotidiana, a que presentéis batalla cada vez que os exploten, cada vez que os repriman, que os manipulen y os impidan ser libres. Gracias a tod@s.

¡Abajo los muros de las prisiones!

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