Querida Ana Curra

Me hubiera gustado conocerte en el bar Pentagrama, pero en 1979 ya había comenzado mi idilio con las sombras del Parque del Oeste, feliz de sentir que la ciudad perdía su dureza debajo de un álamo blanco. Ya me había visitado la muerte un 2 de junio y no sospechaba que regresaría otro 2 de junio para  privarme de unos años que sólo han vivido en mi imaginación. Hablo de mi padre y de mi hermano, escindidos por la vida, reconciliados por la muerte. Ya sabes que los muertos nunca nos dejan del todo. A veces, parecen más reales que el rostro que nos espera cada mañana en el espejo. La piel no puede hacer nada contra el tiempo y los ojos a veces chillan, pues no reconocen los despojos de un pasado que se ha escrito sobre nuestras mejillas. A los cincuenta años, somos máscaras pisoteadas al final de una noche de carnaval, pero tú aún conservas el fulgor de la movida, cuando era posible dormirse entre amapolas y despertar en una copa de champán.

Creo que te vi por primera vez en Rock Ola, pero la memoria es una prostituta mentirosa, que se vende por algo de ternura. Tal vez nuestro primer encuentro se produjo en el televisor que ocupaba una esquina de mi salón, cerca del reloj inglés, el bargueño napolitano, el falso Guarnerius y otros los fetiches de una familia que perdió la guerra, pese a pertenecer a la alta burguesía. No sé si descubrí tus dedos cantando Los celos se apoderan de mí, mientras tu voz corría por las teclas, con la ligereza de un joven que sortea patios, riéndose de la muerte. En aquel tiempo, yo me alimentaba de música y de sueños calcinados por una realidad implacable. El franquismo aún ensuciaba los días con sus infamias y sus telarañas. No voy a mentirte. Aún sigue entre nosotros, escondiendo sus muertos y estremeciendo nuestras entrañas. Sin embargo, querida Ana, tu linaje tampoco se ha extinguido y encadena una primavera tras otra. Eres la primera princesa del punk español, la primera que se atrevió a descalzar sus pies para sentir el mármol frío de los sepulcros y el tacto helado de las cruces. Nadaste en una laguna negra e hiciste el amor con el aire de la noche, ofrendado tus párpados a un ángel terrible. No sabías que era el mismo ángel que me visitó un 2 de junio. Ese ángel no avisa. Ese ángel es un vendaval opaco que gira sobre una urna vacía. Nunca escucharás el silencio que le precede. Nunca sentirás sus alas, hundiéndose levemente en tu costado. No tendrás tiempo de recoger los juguetes olvidados en la habitación perdida de tu infancia. Ese ángel es un sol negro que anegará tu alma, revelándote que la dicha sólo es una tregua entre insomnios feroces y borracheras homicidas.

Después de Parálisis Permanente y los Pegamoides, alumbraste Los Seres Vacíos. Perdí tu pista, pues la vida me empujó hacia nuevos precipicios. La locura me enseñó a escribir con vómitos negros. Mis venas crepitaban de ansiedad, pero yo no deseaba continuar volando y adormecerme en andenes vacíos. Me gustaba sentir el paso de los vagones de Metro, arrancando chispas naranjas a los rieles. No quería perderme el otoño en los bulevares, cuando los árboles se quedan a solas con el viento y abren sus ramas para que el sol encienda su corazón aterido. El corazón de los árboles es un susurro en la penumbra del suicidio, apenas un rumor que habla de la vida y de los pequeños pájaros que anhelan nuestras lágrimas para calmar su sed. La muerte no es hermosa. La muerte es un lodazal que no escucha las súplicas de un caballo, mientras patalea para no hundirse en el barro. Yo he pataleado entre espasmos, llamando a la hija que no he engendrado. Dejé atrás las madrugadas en garitos donde nadie conoce a nadie, donde a nadie le importa nadie, donde la ternura se oculta en el fondo de un vaso, dibujando mariposas blancas. Creo que tú construiste un laberinto en El Escorial y te encerraste en su interior con un piano. Imagino que desde entonces tu voz ha continuado deshojando gracias y dones. No puedo mentirte. Dejé de escuchar tus discos. En realidad, dejé de escuchar el sonido del mundo. Me encerré en una casa de llanto y dejé que la locura me cortejara, con sus manos azules y sus ojos hambrientos. Mi cerebro gimoteaba y escribía su epitafio con una caligrafía incomprensible. Imagino que tus dedos nunca se han perdido en las teclas del piano. Pienso que tocar un instrumento debe ser como entrar en la esperanza y escuchar sus latidos. Yo intento escribir poesía, pero la poesía es una pequeña casa con las paredes desnudas. No puedes pisar su umbral sin notar la desolación de los que imploran no haber nacido.

Imagino que tú seguirás en tu laberinto y yo en mi pequeña morada. Somos dos desconocidos, pero nuestras vidas se han rozado un instante. No sería justo terminar esta carta sin mencionar a Eduardo Benavente. No voy a hablar de su ausencia, sino de su romance con una soledad imposible, donde el espejo es una cuchilla de afeitar y el cuerpo celebra su propia descomposición. No sé si Eduardo admiraba a Lord Byron, pero su dandismo evoca la desesperación romántica y el placer por epatar al burgués. Sus veinte años malogrados son una luz que bulle como una sangre rabiosa, incendiando nuestros sueños tardíos. ¿Qué nos queda a estas alturas? Media vida sobre unos hombros cansados. Media vida que se acorta día a día. Media vida que avanza hacia la muerte, con la obstinación del fuego que devora la carne trémula de un bosque. Sólo somos pérdidas. Rock Ola cerró sus puertas hace mucho tiempo. Las princesas anarcopunks tal vez ignoran que son tus hijas, querida Ana Curra, pero yo no he olvidado a esa joven que quiso ser santa y levitar como Edith Piaf sobre el cielo de París.

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