Reflexiones apresuradas sobre vacaciones, turismos y viajes

Hoy es verano y en diciembre también sale el sol y hay tiempo para ir a la playa en bicicleta.

Las vacaciones son (o deben ser) actos que rompan la rutina habitual de nuestras existencias. La ruptura total y real con las normas y con los hábitos habituales debería ser la dinámica interior que guíe nuestro periplo estival, para así gozar y disfrutar de unas verdaderas y liberadoras vacaciones.

Pero gracias a la intensa y ya crónica obsesión por consumir, todos nos vemos “obligados” a seguir las pautas que nos “marcan” los gurus, los dioses del mercado neoliberal.

Actualmente no se emprenden viajes a otras tierras para “conocer” o para impregnarse de las ancestrales costumbres, envolvernos con los desconcertantes paisajes y aproximarnos a las transgresoras tradiciones de otras culturas y civilizaciones.

Simplemente se viaja ahora por “viajar” o para presumir en ciertos momentos ante nuestros vecinos y compañeros de trabajo, que nos hemos atrevido y tenemos potencial económico para recorrer ciertas trilladas rutas comerciales y turísticas, tan iguales a las que ya conforman nuestro entorno habitual que ya no podemos “vivir” o “sentir” otras formas diferentes y diversas a las nuestras.

La ausencia de una visión crítica ante la necesidad de romper con la rutina y la obsesión por seguir los dictados de la publicidad, nos han convertido en meros y pasivos espectadores en cualquier situación, momento… aceptando con una triste resignación aquellas normas y “sugerencias” que nos ofrecen los dioses de la publicidad.

Hasta las tragedias que surgen a diario en los telediarios son ya observadas como meros pasatiempos necesarios que nos permiten sentirnos unos privilegiados, unos excelentes elegidos por la buena suerte, pues no somos nosotros aquellos que son asesinados por guerras “lejanas” o percances naturales. Y no me olvido de los habituales incendios “provocados” en ciertas islas y parajes privilegiados, de gran renombre… No hay periodo estival sin una gran tragedia “natural”.

El verano ya no es un tiempo para desconectar de nuestros compromisos laborales, universitarios, familiares… Es el periodo estival una deslumbrante prolongación del consumo y de la “necesidad” de seguir realizando, ritual y obsesivamente, las mismas actividades que realizamos tan mecánica y vulgarmente en nuestro quehacer cotidiano.

Las ciudades ya carecen de esos puntos de encuentro benéfico y plural. Cada vez hay menos plazas y ágoras destinadas a celebrar la sombra protectora de los árboles centenarios, mientras los vecinos conversan sobre los asuntos que nos permiten coexistir y convivir dentro de un ámbito pacífico, plural…

Ahora todos nos sentimos turistas y extraños en nuestras propias ciudades, plagadas de enormes edificios construidos en aras a ensalzar la Ciencia, la Cultura y el Arte. Pero debemos reconocer que ahora se lee, se piensa y se vive con una superficialidad tan abrumadora que uno debe sentirse apesadumbrado, pues la incomunicación, el aislamiento y la soledad son las grandes enfermedades que van adquiriendo notoriedad. Incluso debo confesar que uno tiene la sensación y la certeza de que hay menos capacidad para comunicar y expresar aquello que nos duele y nos molesta de forma permanente y vital.

Hay demasiados edificios excelsos y paradigmáticos en unas ciudades saturadas de tráfico y de eventos internacionales. Hay demasiadas muchedumbres y masas que ocultan avergonzados sus problemas y sus miedos… Y eso es un claro indicio de que hay emergentes y graves conflictos que van a evidenciarse de forma violenta y clara dentro de poco.

Lo siento pero debo denunciar que hay demasiados museos muertos y absurdos, igual que hay muchas calles y avenidas que son creados para convertir en alocados e insoportables nuestro paso, nuestro caminar, nuestra existencia cotidiana…

El futuro de las vacaciones y del descanso gozoso, pleno y realmente creativo pasa por dejar de concebir el tiempo libre como un objeto de consumo. Igual que debemos empezar a concebir y a crear entornos a la medida de nuestras necesidades básicas y esenciales.

También las relaciones personales son ahora un objeto de consumo veloz, donde las emociones y sentimientos profundos, intensos y duraderos se han sustituido por la aventura, por el disparate, por la trasgresión gratuita, por la irrealidad virtual y el encuentro efímero en un lugar perdido en el mapa. A la larga lo único que se obtiene en estos “encuentros”, es una enorme dosis de insatisfacción y una sensación de amarga tristeza, cuando no una profunda frustración que puede derivar en una depresión interminable. Lo que se lleva ahora son, la moda imperante en todas las edades y clases sociales, son las  relaciones de usar y tirar, tan breves y de mala calidad como los productos chinos que invaden nuestras vidas. No nos extrañemos, por tanto, de la enorme soledad y desconsuelo que se perciben en los rostros que jalonan las aceras de nuestras calles, plazas, avenidas…

Para un servidor, las mejores vacaciones son aquellas que nos permiten cambiar nuestros comportamientos y nos liberan de las ataduras horarias, permitiéndonos expresar nuestras dudas, temores, miedos, zozobras, carencias…

No tener tiempo para conversar sobre nuestras inquietudes y anhelos… No tener tiempo para pasear cuando cae el sol… No tener tiempo para poder compartirlo con nuestros seres queridos mientras recorremos las calles, avenidas y plazas arboladas de nuestras ciudades es el mayor peligro que tenemos los humanos actualmente.

La mayor parte de los valencianos desconocen la historia y los monumentos que conforman el paisaje de la dispar y hermosa ciudad de Valencia. Y no se logra cautivar y cultivar a unos ciudadanos construyendo mausoleos y cementerios grandiosos destinados a deslumbrar a un puñado de cansados turistas que únicamente vienen a emborracharse de sol y sangría barata…

Y lo que es peor: la obsesión por crear espacios “modernos” ha llenado Valencia de zonas aburridas y muertas. La obsesión enfermiza e innecesaria por sembrar de eventos absurdos y de edificios huecos y aberrantes el paisaje de las ciudades mediterráneas, impide que exista una verdadera, divertida, alegre y plural convivencia.

Se crean insalvables y terribles diferencias entre los barrios que conforman una ciudad como Valencia, permitiendo y consolidando la creación de guetos, así como se potencian barrios privilegiados y zonas oscuras, condenadas al olvido, a la miseria  y a una terrible y brutal precariedad. Valencia cada día se parece más a los desigual, violenta y sucia ciudad de Río de Janeiro, donde existe una pequeña isla de prosperidad entre una enorme masa de mierda, muerte y dolor.

Todos queremos huir de la rutina y de la visible miseria que padecemos en nuestro quehacer laboral; por eso necesitamos “sumergirnos” en el espejismo de viajes exóticos. Pero esos viajes no nos ayudan a entender, comprender a otras culturas o civilizaciones. Tampoco esos periplos turísticos nos permiten actuar en aras a mejorar o denunciar las carencias que padecemos en nuestros degradados y expoliados entornos habituales, esos que nos acompañan durante casi todos los días de nuestras vidas.

Un viaje, unas vacaciones que no nos enseñan que vivimos en un mundo lleno de terribles y perturbadores contrastes e incoherencias no son realmente un acto de liberación, de conocimiento creativo, un divertimento gozoso y reparador. Son un simple objeto de consumo que ayuda a incrementar y consolidar nuestra frustración, nuestra certeza de que no queremos ni sabemos resolver nuestras contradicciones y nuestras problemáticas vitales interiores…

Hasta que no volvamos a pensar y a sentir que debemos conocer, comprender, entender y cambiar positiva y participativamente nuestro entorno vital diario, no podremos realmente disfrutar de esa necesidad que es viajar.

Las bicicletas no son únicamente para ser usadas en verano. Y viajar no es una experiencia colectiva y privada que debamos realizar de forma obligatoria en determinados momentos…

Las vacaciones y los viajes no son obligaciones ni necesidades, pero sí son momentos que nos deben ayudar a ser conscientes de que en nuestra mano tenemos la posibilidad de hacer agradable y divertida nuestra existencia cotidiana.

Cerca de nosotros se encuentra la playa, el monte, la plaza repleta de robustos árboles, el grupo de niños que juega con una pelota en un sucio solar mientras el especulador espera chantajear al político local de turno….

Es bueno atreverse a denunciar la falta de sensibilidad y el comportamiento irresponsable de nuestros representantes, aunque el eco de nuestras iniciativas tenga poca audiencia y resonancia en la “masa” que nos envuelve.

Es bueno atreverse a vivir festiva y alegremente todos y cada uno de nuestros días, a pesar de las zozobras, traiciones y enorme ruido que existe en toda relación, en toda sociedad.

Hoy es verano y en diciembre también sale el sol y hay tiempo para ir a la playa en bicicleta, aunque a un servidor se le ha terminado ya pasear en ese transporte tan saludable.

De todas maneras, mis pensamientos y reflexiones son tan inútiles e innecesarias como las palabras y las consignas que lanzan las ONGs, los medios de intoxicación masiva y los políticos cada ciertos tiempo para engatusarnos y crearnos un poco de mala conciencia. No haga mucho caso de lo que aquí se dice. Total, todo va a seguir igual siempre, pues somos seres encantados de cometer errores y nos agrada mentirnos y justificar todos nuestras equivocaciones con absurdos “argumentos”.  Vivir cansa, pero pensar cansa mucho, muchísimo. Y encima no produce ninguna satisfacción orgiástica.

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