Cacotopías de casa grande: de El Salvador a Puerto Rico (y vice versa)

Francisco Cabanillas. LQSomos. Septiembre 2013

“… pero te has olvidado de la colonia, nos hemos olvidado de la colonia y de los crímenes de la colonia.”
Yván Silén, Edipo Rey o: La Caperucita Roja (1974)

Introducción

A partir de Insensatez (2004), la novela de Horacio Castellanos Moya se acopla de una manera dramática al ensayo del poeta-filósofo Yván Silén, La Rebelión (1995). La propuesta del novelista salvadoreño —sobre la insensatez de la novela política que se deja llevar por la pulsión gozosa de lo literario en el contexto del genocidio —se engancha perfectamente al ensayo del poeta-filósofo puertorriqueño, sobre lo siniestro: “lo siniestro encanta… El hombre, entonces, vive encantado por su parte metafísica. Por esa parte que no sólo lo aterra, ese deseo de huir de ella, sino que lo obliga a volver a ella oscuramente para embellecerla” (La rebelión 70).

En Insensatez, de hecho, lo siniestro encanta. Por eso, la novela vuelve muchas veces sobre el terror del genocidio, el cual busca “embellecer” mediante infusiones literarias de estilo, lenguaje, estructura, especularidad, ya que la novela vive encantada por esa metafísica siniestra, que la lleva a literaturizar autorreflexiva y metanovelísticamente el terror del genocidio. Y ello porque de eso precisamente se encarga la literatura (según el ensayo de Silén): es decir, de alumbrar las zonas oscuras del ser (y su tragicomedia).

A partir de esta incidencia alucinante —el ensayo puertorriqueño como llave que abre uno de los cuartos oscuros de la novela salvadoreña—, este ensayo plantea otra intersección dramática entre Castellanos Moya y Silén. No ya la del ensayo como llave que abre siniestramente la novela, sino la intersección de la novela y el ensayo en la imaginación distópica. Cierta incidencia en el mundo al revés de Eduardo Galeano, que la novela-espiral salvadoreña de Castellanos Moya, El asco. Thomas Benhard en El Salvador (1997), plantea como vómito o diarrea; y que el libro de ensayo-acordeón (que se abre y se cierra) puertorriqueño de Silén, Los ciudadanos de la morgue (1997), plantea como la muerte o las cucarachas.

Propuesta

En lo que sigue, abordamos la incidencia de la imaginación distópica de la novela y el ensayo como una cacotopía estructurada a tres niveles, “humano, demasiado humano,” como diría Nietzsche: el familiar, el nacional y el biográfico-personal. Al nivel familiar, la distopía está marcada por la verosimilitud de la crítica, la cual, en el caso de la novela, ataca la cultura oficial salvadoreña, y, en el caso del ensayo, ataca el establishment literario puertorriqueño.

Al nivel nacional, la distopía está marcada por la hipérbole, la cual, en la novela, extrema el vómito de clase y en el del ensayo, la retórica de la mortandad cultural de la colonia. Al nivel biográfico-personal, la distopía está marcada por el vértigo, el cual, en la novela, al transformar al personaje-narrador en Thomas Benhard, produce un asco dentro del asco en términos de la colonialidad del ser; y que, en el ensayo, al transformar al poeta-filósofo en “El Antinihilista,” produce un punto ciego en términos de la colonialidad del poder.

Distopía familiar

Tanto en la novela como en el ensayo, la cacotopía familiar origina la escritura (se escribe por una atrocidad de la familia). Además, en ambos, lo distópico se manifiesta como un achatamiento de la realidad. En la novela, que está más inscrita en la escritura del realismo feo, la familia remite a la madre muerta y al hermano marioneta de la clase media salvadoreña; mientras que en el ensayo, más inscrito en la escritura del realismo poético, la familia remite a la literatura puertorriqueña contemporánea.

Para la novela, el asco familiar deviene a partir de esta verosimilitud. Por un lado, una madre muerta, cuya capacidad de convocar al hijo exiliado al sepelio depende de la herencia, en vez del amor; junto a un hermano clasemediero, dueño de una fábrica de llaves (que no abren nada sustancioso), cuya cotidianidad resulta asquerosa para el hermano, personaje-narrador (que es profesor de arte). Por otro lado, el ensayo enfoca la cacotopía familiar desde esta verosimilitud: una familia literaria que inaugura funerariamente la década de los 90, enajenada de la problemática colonial de la isla, la cual los “apalabristas” del establishment literario han decidido “superar” “postcolonialmente” (aún cuando la isla siga siendo una colonia).

Distopía nacional

Desde la verosimilitud, la imaginación cacotópica articula una retórica más dramática: la de la hipérbole que, en el caso de la novela, extrema el vómito de clase frente a la identidad cultural oficial salvadoreña, y que en el caso del ensayo, extrema la retórica de la mortandad de la colonia como política oficial del Estado Libre Asociado de Puerto Rico.

Como profesor pequeño-burgués de arte, el personaje-narrador de la novela padece la cacotopía nacional desde la colonialidad del ser. El asco que le produce la identidad cultural oficial salvadoreña lo marca (en su delirio de grandeza) como heredero de un saber-sabor que considera superior al de la cultura oficial-popular, desde el cual, por ejemplo, ataca exageradamente el paladar nacional, cuya cerveza y plato nacional (la pupusa) considera inmundos y diarreicos.

Como poeta-filósofo, sujeto diaspórico, muchas veces desempleado y silenciado por el establishment literario, el ensayo padece la cacotopía nacional del colonialismo yanqui como una ciudadanía de la muerte, que mata el devenir de la puertorriqueñidad en su sustancialidad latinoamericana y que por lo mismo, el ensayo “poético” ataca hiperbólicamente, extremando la retórica “ficcionalizada” de crítica a la ciudadanía de la muerte, ciudadanía de las “cucarachas del yanquismo,” del plato de “lentejas de mierda” que convierte al boricua en el “insecto de la ciudadanía norteamericana” y en “escarabajo de sí mismo.”

Hiperbólica, la novela exagera gratuita (no verosímilmente) la distopía nacional desde el asco culinario (el cual se convierte en un punto ciego); exceso que exacerba —como se verá en breve— la colonialidad del ser del personaje-narrador, asqueado ante una realidad cultural que considera inferior a la de la modernidad canadiense, donde se ha naturalizado desde una ciudadanía metropolitana que lo salva del asco nacional. Hiperbólico, el ensayo extrema verosímilmente la distopía mortuoria de la ciudadanía impuesta; exceso que revela —como se verá en breve— la colonialidad del poder que acecha al poeta-filósofo (su punto ciego), asqueado por la realidad colonial de Puerto Rico, su ciudadanía de “mierda” y su plato de “lentejas podridas.”

Distopía biográfico-personal

Marcado por el juego entre la distopía verosímil y la hiperbólica, el punto ciego de las cacotopías acontece. Vértigo de oscuridad por un lado y de luz por el otro: la novela y el ensayo testimonian una transformación. En la novela, el personaje-narrador-pequeño-burgués-salvadoreño-exiliado se metamorfosea en Thomas Benhard. Al nivel de la oscuridad, la distopía pequeño burguesa del profesor de arte triunfa: el sujeto salvadoreño desaparece, transformado en canadiense-austriaco. Al nivel de la luz, en el ensayo, el poeta-filósofo deviene “El Antinihilista”: guerrero que confronta la distopía colonial.

De la verosimilitud a la hipérbole viciosa, la novela lleva la distopía pequeño-burguesa al paroxismo de la metamorfosis. De tanto menospreciar la cultura nacional-oficial, el profesor de arte salvadoreño, horrorizado ante la pesadilla de perder su pasaporte canadiense, se transforma en el escritor austriaco, cuya novela, El asco, hemos leído. Metamorfosis del espanto; segunda transformación. Paroxismo de la colonialidad del ser, que produce un nuevo asco, producido ahora por el personaje-narrador que se protege de la distopía salvadoreña con la utopía de la modernidad eurocentrada (canadiense y austriaca), la cual obliga a la desaparición del salvadoreño. Transformación irónica; última de las distopías biográfico-personales: el narrador-personaje se convierte en “escarabajo” de la ciudadanía tardomoderna, la cual la metanovela revela como un “asco dentro del asco.”

A nivel metanovelístico, por supuesto, la metamorfosis del personaje-narrador en Thomas Benhard, en vez de cancelar la función autorial, la parodia, y por eso mismo, la salvaguarda en una tradición de la literatura latinoamericana. Sabemos que Castellanos Moya no es el Thomas Benhard de El Salvador, sobre todo porque los contextos de la crítica son diferentes.

De la verosimilitud a la hipérbole política, el ensayo lleva la distopía colonial al vértigo de la metamorfosis. De tanto criticar la ciudadanía de las cucarachas, el poeta-filósofo se transforma en el “Antinihilista,” dueño del “destino” y la “voluntad” propios, quien fumiga con el “veneno de la libertá,” desde el ensayo-insecticida, las ciudadanías que se arrastran ante el poder de la “democracia,” convertida en “kakocracia” (según Francisco José Ramos en el prólogo de Los ciudadanos de la morgue). Por eso, en el ensayo de Silén, el “Antinihilista” se ríe de los gusanos con su “risa barroca” de la ironía, risa de la “independencia que somos.”

Desde su rebelión ensayístico-poético-filosófica, el “Antinihilista” se ríe de los “ciudadanos de lo indigno,” ¿ajeno, sin embargo, lo cual constituye su punto ciego, a la colonialidad del poder que lo acecha desde las propuestas decoloniales, donde la independencia no es garantía de la descolonización de la república?

¡Catacresis!

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