Navidad de 2018: Isla Verde

Francisco Cabanillas. LQS. Febrero 2019

Poco antes de abordar el avión, se desconectó de su universo inmediato.
Edgardo Nieves-Mieles

Vivo la angustia del no aterrizar.
Alfredo Villanueva-Collado

Hay libros que se escriben caminando.
Ana Teresa Toro

Pude pensar que nunca regresaría a San Juan.
Eduardo Lalo

Yo había andado tanto que conocía
palmo a palmo la ciudad de Lima.
Eugenio María de Hostos

I 17 de diciembre: para llegar a Puerto Rico

De Detroit a Ft. Lauderdale repaso los subrayados en rojo trazados en la primera lectura —como este: “’Nuestras islas, manifiesta Aponte Alsina en el prólogo, ‘tienen piernas largas: piernas más que raíces, porque más que anclajes, forman constelaciones’”— del libro de Carmen Centeneo Añeses sobre el ensayo puertorriqueño, Intelectuales y ensayo (2017).

De Ft. Lauderdale a San Juan releo el último capítulo, “El ensayo puertorriqueño contemporáneo: nuevos paradigmas y debates,” subrayado en azul: “El diálogo con escritores del entorno caribeño no resulta tan significativo o relevante, tal vez debido al poco acceso a sus obras en Puerto Rico.”

Segundos antes de aterrizar en el Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín de Isla Verde —desde hace varios años, privatizado a una empresa mexicana— el azul del litoral playero que se ve desde la ventanilla del avión, las playas de El Alambique y El Balneario, remite por un lado a la crónica de Edgardo Rodríguez Juliá, “Para llegar a Isla Verde” (1985), y por el otro, al desparrame pictórico de Arnaldo Roche Rabell en “Azul” (2009).

Aterrizo; desde 2016, el territorio no incorporado de Puerto Rico, una colonia moderna, está bajo la autoridad de una Junta de Supervisión Fiscal (neoliberal) constituida por Obama, cuyo objetivo no es para nada sorpresivo: proteger los intereses de los acreedores buitres de Wall Street.

II Isla Verde

Condominio Marbella, frente a una de las dos playas —la de El Alambique— sobre las que versa la crónica de Rodríguez Juliá:

“El litoral de Isla Verde se compone de dos grandes playas [una a cada lado del círculo en blanco]. Resalta la semejanza, salvo en la longitud, entre las dos playas principales de Río de Janeiro —Ipanema y Copacabana, separadas por la Ponta do Arpoador— y las de San Juan —El Alambique y El Balneario—, separadas por la Punta El Medio y el islote antiguamente conocido como Isla Verde [dentro del círculo blanco]”

Literatura. Azul pintado de azul (¡Maelo!). ¡De colores!

Playa. Frente al Atlántico de la modernidad-colonialidad, estoy en una parte donde estuvo, en 1985, la crónica de Rodríguez Juliá:

“Frente a los condóminos que empiezan en Marbella y terminan en el cementerio…”

Literatura y realidad. Playa muchas veces literaria. Sigámosle los pasos a la crónica de Rodríguez Juliá:

“De regreso la playa está desierta. Es noviembre y hay barrunto, el aguacero viene por todo el litoral, desde Cangrejos, y se acerca con la ventolera que cala la lluvia hasta los huesos… las sirenas se lavan su cabello enredado en algas. Allá recostadas en el islote de Isla Verde. Sólo ellas están ahora por allá. Han regresado a buscar la soledad del invierno. Han vuelto a tejer sus cánticos, esos lamentos casi inaudibles.”

Arena. ¿La “soledad del invierno”?

III Diferencias

Entre la crónica de Rodríguez Juliá, escrita en 1985, y el brazo de mar de la playa de El Alambique hoy (2018), hay muchas diferencias.

Por ejemplo, lo que antes definió como la playa “frente al condominio [son dos] Marbella” donde “se congrega la juventud sanjuanera funky, chicas wow clase media y clase media alta,” ese pedazo de playa no responde más a esa identidad de los ochenta.

Sobre todo, hay una diferencia dramática, ¡feroz!, en esta referencia arquitectónica que hace la crónica de Rodríguez Juliá sobre el hotel localizado al final de la Calle Amapola, donde empieza el brazo de mar de la playa de El Alambique (Punta El Medio):

“A mi izquierda va quedando atrás ese hotel con el entablado de frente al mar (boardwalk). La inaugurarán hacia noviembre [escribe a finales de agosto de 1985], en plena temporada turística. David y yo esperamos ansiosamente la inauguración de lo que será una de las mejores barras de todo Puerto Rico. Bajo techumbre de pencas, y abierta al entablado de la terraza y la brisa marina de la Punta El Medio, sitio donde justamente está trepada sobre pilotes… ”

Hoy, de ese hotel con entablado frente al mar inaugurado en 1985 —¡todavía se ven los pilotes!— desde el que se podían ver de noche, con iluminación del local, los peces; de ese hotel hoy queda, como en otros casos después de la crisis de 1996-2006, la carcasa de un edificio hace años abandonado.

En general, la crónica de Rodríguez Juliá provee una perspectiva inusual: la del cronista que cuenta, como nadador que es, desde el agua hacia la orilla.

IV Frío

Pero más inusual todavía resulta el clima, sobre todo durante el día, sin el kalor típico que se siente en la isla durante el invierno, cuando suele refrescar por las noches, no durante el día, como en estos días de diciembre, de sol con agua fría, en los que se puede estar dentro del apartamento sin aire acondicionado y no morirse de kalor.

Por eso, no cabe duda de que el fresco que se siente hoy en Isla Verde no es para nada del que hablaba Rodríguez Juliá en los ochenta, seguramente menos frío:

“El aguacero está tendido; pero no corro. El frío de la playa, su desolación, me evocan aquella tarde oscura en que caminé con Bill toda la playa, mojándonos en el aguacero triste hasta llegar a La Playita.”

V Toda la playa

De La Playita hacia el oeste, hasta las arenas del condominio The Galaxy, recorro casi todo el brazo de mar que llega de Punta El Medio hasta Punta Las Marías; tramo que es de rigor transitar a trote o caminando rápido, entre la arena dura y la blanda, bajo el sol o entre la sombra de los árboles que bordean el límite de los edificios que están frente al mar, donde, hacia Punta Las Marías, hay caminitos de tierra cubiertos de árboles por los que los vecinos caminan con sus perros.

Caminitos playeros, demasiado playeros, entre palmeras, almendros, pinos, yerbajos… por los que uno pasa con la alegría de la sombra y la influencia de la literatura, tipo realismo tropical al estilo de María Madiba (2014), novela de Hiram Lozada Pérez:

“Era un día claro y fresco, despejado de nubes y abierto de azules… Desde el océano… se alzaba una brisa mezclada de salitre y perfumes de mar. Entonces la mañana se llenó de pájaros. Un ejército de golondrinas, miles, pasó raudo a ras… Eran las golondrinas de diciembre.”

La playa de El Alambique, ese brazo de mar que es un paraíso para los bañistas, la más civilizada de la urbe, acoplada como está a la llamada zona metropolitana (en el mapa, San Juan y Carolina); ¿es la playa que no tienen —un mar domesticado a los pies de la ciudadanía que se quiere mojar— ni La Habana ni Santo Domingo?

Al otro lado de la playa de El Alambique hay un cuerpo de agua (en azul más claro) que contiene dos lagunas: la de Los Corozos y la de San José.

VI Correteo

Rutina mañanera: del condominio Marbella hacia el este hasta La Playita (Punta El Medio) y de esta, de vuelta hacia el oeste, pasando el condominio Marbella, hasta la playa del condominio The Galaxy, mucho antes de Punta Las Marías, para, desde The Galaxy, frente a la sirena pintada en la pared (que se verá más adelante), volver hasta La Playita y parar al final de la orilla, en la esquina de la Calle Amapola, frente al Condominio Playamar, para charlar con Iván Santiago Zayas, “el lector de la esquina.”

De Marbella hacia La Playita, con el sol de frente, la rutina exige, primero, una caminata rápida (no trotar); segundo, ir por la zona de la sombra, de arena blanda, pegado a la frontera que trazan los edificios. Zona alta de la playa que, hacia el lado contrario, sobre todo del condominio Villas del Mar hasta The Galaxy, evoca, por las palmeras, los caminitos de arena, las iguanas, la brisa, el silencio, el sol, el ambiente de la novela María Madiba:

“El ruiseñor silbó una dulce copla que parecía de paz y de perdón. Al terminar, abrió sus alas amplias de plumas blancas y voló, con rápidas batidas, hacia el mar, seguido por todas las golondrinas del invierno tropical.”

De La Playita a The Galaxy, con el sol de espaldas y a favor del viento, la caminata rápida se transforma en trote a una cadencia moderada por la arena dura, esquivando que las olas mojen los tenis.

De Villas del Mar al comienzo del cementerio, la cadencia sube algunos niveles, manteniéndose todavía en la línea de trote moderado. Una vez se llega al cementerio, se intensifica. El trote se hace mucho más rápido y fluido, como si fuera un movimiento ingrávido a buena velocidad. En cincuenta respiraciones hondas, cada vez más hondas —¡concentración, mucha concentración!—, y a toda velocidad, el tramo del cementerio llega a su fin.

¿Se corre sobre la orilla o se flota en el aire?

Al cruzar el límite del cementerio, la intensidad del trote disminuye dramáticamente. Paso lento, respiración honda pero pausada, hasta la subidita arenosa marcada por la palma que, además de estar a un nivel más alto, separa los condominios Waldorf Tower e Isla Verde Tower.

Tramo breve; útil para bajar revoluciones y cambiar de imaginario, ya que a partir de esta nueva orilla, al pie de los condominios más pequeños, a veces con pedazos de acera carcomida por la arena, el salitre, la erosión, la intensidad tropicalista literaria aumenta.

Dramatismo que culmina frente a la playa del condominio The Gallaxy, límite del correteo hacia el oeste; en cuyo muro rosado —encima está la piscina del condominio— hay pintada una sirena verde cautiva con manos atadas y conchas de mar en los pezones.

La vieja crónica de 1985 de Rodríguez Juliá, “Para llegar a Isla Verde,” se sale del libro donde está inscrita, El cruce de la bahía de Guánica (1989):

“las sirenas se lavan su cabello enredado en algas.”

Desde la sirena pintada en el muro de The Galaxy, regreso a la otra punta de la playa por la parte de arriba de la arena, bajo la sombra del realismo tropical (realidad y literatura).

Entro y salgo por los pasadizos públicos que, como el que está entre los condominios Las Gaviotas y Costa Linda, conectan la playa de El Alambique con la Avenida Isla Verde (paralela a la costa), por cuya acera correteo a mayor cadencia, a toda velocidad si no hay gente, bajo la sombra de los árboles que marcan la acera.

VII Librería Mágica

De Isla Verde a Río Piedras, como si fuera el salto de la crónica de Rodríguez Juliá a una novela de Wilfredo Mattos Cintrón o a este cuento de Francisco Font Acevedo, “La belleza bruta” (2008):

“De día Río Piedras es una ciudad abandonada al sol, de edificaciones con pintura cuarteada y quincalleros desesperados por ganarse un peso; de noche, es territorio de putas, tiradores de droga, vagabundos y estudiantes desorbitados por el alcohol o la yerba.”

20 de diciembre. En la Librería Mágica se presenta Lo terciario (2018), poemario decolonial, anticolonialista, queer y bilingüe de Raquel Salas Rivera. Al presentarlo, Mayra Santos Febres, que testimonia haber leído el texto varias veces, hace una referencia a Ochún.

Entre los que han reseñado Lo terciario, un comentario sobre todo se me tira encima como si fuera una fiera literaria.

En inglés, Angel Dominguez sienta las bases para trazar un puente literario entre Isla Verde (el mar) y Río Piedras (la poesía) que es difícil, demasiado difícil, no cruzar: “Reading this book felt akin to swimming, the way I had to hold my breath so often» / Leer este libro se me hizo parecido a nadar, la manera en que tantas veces tuve que aguantar la respiración.”

22 de diciembre. En el día de “escritores y lectores” se congregan desde temprano en la Librería Mágica muchos, entre los que cabe mencionar al autor de la novela María Madiba (2015), Hiram Lozada; a Daniel Nina, autor de la novela salsera que se presentará aquí en seis días, el 28 de diciembre, Hojas blancas (2018); y a la autora de Somos islas. Ensayos de camino (2015), Marta Aponte Alsina, cuyo libro Carmen Centeno Añeses, también presente, articuló en su estudio del ensayo puertorriqueño, Intelectuales y ensayo (2017): “Al amparo del genial palestino Edward Said, Aponte Alsina alude a las tareas del intelectual como descubridor de relaciones, establecedor de nexos, intérprete de lo que no se ve.”

Además, la presencia del historiador Néstor Duprey, acompañado de la autora de Prohibido cantar. Canciones carpeteadas y artistas subversivos en Puerto Rico (2018), Mayi Marrero, le dio un interesante toque biblio-radial —escucho a diario su programa de análisis político, FUEGO CRUZADO— a la celebración de escritores y lectores.

Con un libro de Eugenio María de Hostos en las manos, cruza de una estantería a otra el abogado-entrevistador de escritores boricuas Wilkins Román Samot.

28 de diciembre. En la Librería Mágica, a punto de terminar el primer año posMaría, Daniel Nina presenta su tercera de cuatro novelas sobre salseros puertorriqueños: Rompe Saragüey (2016) sobre Héctor Lavoe, El Nazareno (2017) sobre Ismael Rivera y Hojas blancas (2018) sobre Andy Montañez.

Más que una presentación, fue una celebración entre muchos, incluidos la esposa y los hijos del salsero, quien no pudo asistir a la Mágica por compromisos previos.

Como en las dos primeras novelas salseras, en esta tercera el autor insiste en novelar, ficción, sobre todo ficción, alrededor de la biografía del cantante: “una de las carreras musicales, en el género de la salsa, más longeva como cantante/intérprete, y sobre todas las cosas una de las más exitosas que ha dado Puerto Rico para el continente americano.”

Pues se trata, desde la literatura, de subrayar una particular situación histórica de la isla, como fue, entre otros ejemplos, la tensión que se creó entre Puerto Rico y Miami, vía Celia Cruz, debido a la visita que hizo Andy Montañez a Cuba en 1979: “La razón de ser del problema [dice el narrador] es el apoyo que Montañez le ha dado al régimen de los Castro en Cuba, mientras ella [Celia Cruz] es una devota enemiga de estos.”

Como novela, Hojas blancas apuesta a una ecuación interesante: una novela más corta que Rompe Saragüey y El Nazareno que además, empieza y termina en el espacio novelístico creado por las dos primeras.

VIII Fine Arts Cinema: Santurce

Antes de que termine el año, la película de Alfonso Cuarón, Roma (2018), tantas veces aclamada por su dimensión poética en blanco y negro, estalla como un sol que alumbra de noche los recovecos de una historia personal, narrada en el marco de la familia, donde, de varias maneras, crujen los engranajes de la colonialidad del poder; esa relación entre la raza y el trabajo que marca la explotación moderna, inaugurada en 1492.

La mierda, sobre todo la mierda de los perros que la colonialidad, ni nada, puede detener o incluso limpiar para que la gente y el carro no le pasen por encima cuando entran a la casa; la mierda, a lo largo de la película, marca la diferencia, mediante una crítica católica —¡todos somos mierda!— a partir de la cual la película se abre a la lectura decolonial. Crítica de raza/etnia/clase que Cuarón le hace a su familia desde una afectividad recuperadora.

Entre el furor que causó La forma del agua (2017), película de Guillermo del Toro, y la turbulencia que ha causado la de Cuarón, Roma (2018), el cine mexicano actual plantea esta ecuación ecológica, demasiado humanista: la forma del agua es el amor.

IX Dos novelas

1) De los pocos libros que, además de Intelectuales y ensayo (2017), hicieron el viaje de Detroit a San Juan, está la noveleta de Edgardo Nieves-Mieles Los mejores placeres suelen ser verdes (2013), cuyo subtítulo reza: Texto para ser leído frente a una pieza de Egon Schiele):

“Yo no soy Dios. Lo sé. Pero la impunidad de mis crímenes me hace sentir como si lo fuera.”

Frente al Atlántico, desde el condominio Marbella-este, leo una segunda vez la noveleta de 198 fragmentos escritos en setenta y cinco páginas. ¿Peso liviano?

La primera lectura, al final del verano pasado (2018), desde el norte de Ohio, se dio en el contexto de un goce literario narcisista, demasiado narcisista, según el cual, a cada página que pasaba, me decía que me habría gustado escribir Los mejores placeres suelen ser verdes:

“Al entrar vio que en medio de la sala del apartamento había un piano negro de cola cubierto por un mantón de Manila. Un piano para un cuento de Felisberto Hernández.”

Noveleta; maquinita de narrar que llena de referencias textuales el minimalismo de una narración vidriada, fragmentada, que lo apuesta todo, sobre todo la identidad metonímica de las voces que arman el relato, a la lectura del lector que encuentre la unidad y pueda seguir sus vueltas, idas y venidas:

“Es como si ese personaje literario estuviera acostado cómodamente en la alfombra de una acogedora sala de espera, aguardando por él.”

Minimalismo metanovelístico:

“Acariciando el lomo y las tapas del libro, descartó un manojo de posibilidades.”

Esclarecedora como fue la segunda lectura —

“Allí, en la amplia sala de su apartamento, junto al piano negro, entre fotos en su mayoría de escritores, cuadros, plantas, ceniceros y cojines desperdigados por el sofá, lee el libro recién comprado”—

no fue suficiente para salir del embrujo polifónico de la primera lectura, persistente, demasiado persistente, en la que cada uno de los ciento noventa y ocho fragmentos —

“La temperatura es ideal para sembrar orquídeas. (Las orquídeas son mis flores favoritas)” —

reclamaba una voz fantasmática que poco a poco, ¡siempre con dudas!, el lector empieza a reconocer:

“Se sumerge en las cálidas aguas del relato sin siquiera sospechar de la despiadada casualidad que le acecha tras el muro de tinta y papel.”

Al final de la cuarta lectura, el autor de la noveleta envía un email; me entero de todo lo que no había podido descifrar en las cuatro primeras lecturas; eso que, en la contratapa, Wilfredo Mattos Cintrón llama “una audaz propuesta de la construcción de un relato,” me deja con la boca abierta:

“Un guante conserva la forma de la mano que estuvo en él.”

La quinta lectura, me digo, será la vencedora:

“Por último, recoge el libro con el trébol de hojas pares, acaricia las letras en relieve y lo guarda en su bolso:
–LOS MEJORES PLACERES SUELEN SER VERDES. Mmm, con tan sugestivo título (y mejor recuerdo) no podría ser otra cosa que un texto para ser leído frente a un cuadro erótico de Egon Schiele. El que preside mi altar personal.”

Antes de cerrar el libro, vuelvo a otra cita querida, demasiado querida, de la noveleta:

“Recordó que en su viaje anterior, junto a ella viajaba un hombrecito de humilde aspecto que en el regazo cargaba… su único equipaje: uno por el cual parecía asomar sus lustrosas hojas una pequeña mata de plátano.”

La poesía diaspórica de Victor Hernández Cruz —su tráfico de semillas de Puerto Rico a Nueva York— florece.

2) Entre el 22 y el 28 de diciembre, desde la Librería Mágica, la novela de Hiram Lozada Pérez, María Madiba (2014), se sale de los estantes, llamando la atención desde su mirada histórica.

Vuelta al siglo XIX puertorriqueño:

“Encadenado al palo de los castigos, el joven esclavo pensó en Martín Martirio y en sus enseñanzas mágicas. Fueron tantas. Martín era algo así como un brujero. Sabía de plantas, de dioses, de magia y, sobre todo, de cómo aguantar los castigos de don Ventura, el mayoral.”

Retorno al pasado para narrar una historia de amor en un molde caribeño: esclavo e hija del amo.

Mundo playero, demasiado playero, litoral norte; novela que transcurre entre el antiguo Cangrejos (hoy Santurce), no muy lejos del condominio Marbella de Isla Verde, y la isleta del Viejo San Juan, de cara al Atlántico:

“El lugar de la fiesta mensual era una playa abierta, llamada la Sardinera, al lado de la desembocadura del río, entre palmas y uveros, frente a un mar mestizo.”

¿Un mar mulato?
Novela que, a diferencia de Los mejores placeres suelen ser verdes, no problematiza su factura novelística, sino que la reivindica con fluidez y detallismo:

“La fiesta fue un acontecimiento apoteósico. Los invitados llegaron en calesas y victorias, o a lomo de alazanes de paso fino, enjaezados lujosamente y adornados con cintas, flores y colorines.”

Porque de lo que se trata en María Madiba es de volver a la historia para recontarla con deleite literario, canónicamente literario:

“Desde San Juan vino una orquesta de mulatos, a la cual se le exigió la ejecución de piezas de vals y contradanzas, del minué y el rigodón. Los esclavos usaron levita y guantes blancos para servir los quesos manchegos, las morcillas limpias del país, el vino, la sangría y la confitería. Asunción preparó el arroz con perico, majarete y horchata de almendra…”

Deleite crítico:

“La caza de esclavos fugitivos era una fiesta.”

Novela que vuelve al siglo XIX para recontar el drama de la colonialidad del poder:

“los riesgos de cazar esclavos desarmados eran mínimos. Generalmente los encontraban no muy lejos de la hacienda… escondidos entre los platanales o los cañaverales, exhaustos, hambrientos y aterrorizados por los perros.”

X Año nuevo

Ahora que, este 31 de diciembre (2018), termina el primer año posMaría, me asomo a la realidad de Isa Verde desde un piso 18.

Cuando empieza a ponerse oscura la noche, enfoco hacia el oeste, donde, más allá de la negrura, está el Viejo San Juan hacia la derecha.

Pasando el muro violeta, hacia arriba y hacia la izquierda, a lo lejos y más alto que las luces, el punto blanco que cuelga de la noche no es una estrella, sino un avión que se avecina al Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín de Isla Verde.

¿Suelen ser verdes los mejores placeres?

El tiempo que le tomará al avión para llegar al aeropuerto, que está cerca, muy cerca desde donde oteo, coincidirá con el fin del año 2018. Cuenta regresiva: 90, 89, 88…

En lo que llega el avión, imantado por las luces de la noche, me dejo seducir por la claridad que, desde la acera, ilumina la entrada del condominio de enfrente. Luz feroz; llamarada que rebota contra la acera como si fuera un sol callejero enfurecido por la punta del triángulo que forma el techito de entrada al condominio. Punta que marca la claridad de la acera como si fuera un reloj que da las tres.

Violencia de la luz que se quiere comer la noche. Esa oscuridad que, a mano derecha del condominio, protege la línea blanca que trazan los postes de la luz a lo largo de la Calle Tartak.

Últimos minutos del posmariano año 2018… 50, 49, 48… El punto blanco que cuelga de la noche se hace más grande… 42, 41, 40… ¿Aterrizará el avión en el primer minuto del año 2019?

Como un mensajero borracho, estallan los primeros fuegos artificiales de la noche vieja, seguidos de una lluvia de luces blancas y en colores que llenan la noche de una alegría desesperada. Celebración que no quiere terminar nunca.

Desde el Viejo San Juan hasta el Yunque, la noche se ha convertido en un carnaval de fuegos verdaderamente artificiales.

La luna se muere de vergüenza.

XI Carlos

11 de enero (2019). En la Placita Roosevelt se congregan, de 6:00 a 9:00 de la noche del viernes, familiares y amigos del fenecido independentista de la segunda mitad del siglo XX, Carlos Gallisá (1933-2018), para celebrar su vida al servicio de las causas justas en Puerto Rico.

¡Buena música!

Reciprocidad; toda la energía que ofreció, desde el programa de radio, FUEGO CRUZADO, desde sus libros y columnas periodística, desde su activismo ciudadano, desde su política activa…

¡Celebración!

Descolonizar la isla, hacerla independiente y liberarla —digo yo— del glifosato que la ha marcado desde 1493: el colonialismo que Carlos combatió, seguro como estuvo siempre de que el gran problema de la isla —¡su economía, por supuesto!—es sobre todo político.

Entre los amigos que fueron a celebrar la vida de Carlos, no podía faltar Néstor Duprey, compañero en el programa de radio FUEGO CRUZADO. ¿No fue Ignacio Rivera (tercer mosquetero del programa)?

XII Casa Dominicana

12 de enero (2019). Para conmemorar los 180 años del nacimiento del prócer puertorriqueño Eugenio María de Hostos (1839-1903), la Casa Dominicana de Santurce convoca a cuatro hostosianos, entre los que se encuentra su nieta, para que combatan el olvido fomentado por la colonia. Sobre todo en su dimensión neoliberal, siempre dispuesta (la colonia) a borrar de la memoria la historia del independentismo puertorriqueño del que Hostos fue una bisagra: primero contra el colonialismo español y después, de 1898 a 1903 (cuando muere), contra el usamericano.

Repetición y diferencia. Por un lado, en la Casa Dominicana reaparece la autora de Intelectuales y ensayo (2017), Carmen Centeno Añeses, con su propuesta, “Eugenio María de Hostos: ensayista sin diploma”:

“Su obra debe ser apreciada a la luz de las creencias de su época y de su inmensa e importante labor periodística con la que cimentó el género ensayístico en Latinoamérica.”

Por el otro, aparece entre el público alguien, el cantante Andy Montañez, que había estado ausente en la Librería Mágica el 28 de diciembre, día en que se presentó la novela que ficcionaliza su presencia en la historia de la salsa en Puerto Rico, Hojas blancas (2018):

“Yo vine a cantar [habla el personaje de Andy], a eso es que yo vine, desde que tengo uso de razón, eso es a lo único que me dedico, a cantar. Y así es que moriré, cantando.”

La charla de Félix Córdova Iturregui sobre el Hostos interesado en la dimensión artística de su escritura (¿Hostos poeta?), ilumina; ya que, como dice Ramón Antonio Guzmán en su defensa de tesis doctoral sobre la obra jurídica de Hostos, publicada en la Revista de Derecho Puertorriqueño, muchas veces Hostos “desorienta al lector”:

“[porque] niega ser algo que en realidad lo es, como fue su expresado desprecio por los literatos, cuando él escribió dos novelas, miles de ensayos y páginas importantísimas de crítica literaria” (2016).

Salgo de la Casa Dominicana con tres dimensiones hostosianas que vale la pena compartir. Primero, que Hostos, como subrayó Francisco Ramírez en su charla, pidió ser enterrado en Santo Domingo, donde vivió sus últimos años, hasta que Puerto Rico fuera libre.

Segundo que hay que leer su libro Mi viaje al sur (publicado en 1939), sobre su experiencia decimonónica en Cartagena de Indias, Panamá, Perú, el archipiélago chileno, la Patagonia, Argentina…

Tercero, que a pesar de sus arranques antiliterarios, sobre todo si iban dirigidos contra la poesía, Hostos, uno de los fundadores del ensayo latinoamericano, escribió, como subraya Córdova Iturregui, con conciencia artística.

Entre los hostosianos que fueron a disfrutar del homenaje, Marcos Reyes Dávila…

XIII El lector de la esquina

Vuelta a la playa de El Alambique. Esta vez para resumir en varios párrafos el correteo de quince días, yendo y viniendo de una punta de la playa a la otra, pensando siempre en el final del tramo de The Galaxy a La Playita, donde paraba para charlar bajo la sombra con “el lector de la esquina,” Iván Santiago Zayas: un personaje con mil historias.

Alguien que sin moverse de esa esquina donde se sienta a diario se conecta con el resto de Isla Verde, de Puerto Rico y del mundo.

Imantación a la intemperie. Iván lleva más de treinta años instalado es esa geografía, en su silla plegable, a veces bajo una sombrilla si llueve o si entra mucho sol, casi siempre con una chaqueta cortavientos puesta y otra colgada de la mochila con ruedas que siempre lo acompaña, sentado frente al muro del Condominio Playamar que hace esquina con la Calle Amapola.

Marca indeleble de la zona.

En estos momentos, una búsqueda en el mapa de Google lo capta, desde muy arriba, como un punto impreciso; un bulto, algo de tono rojizo ubicado donde Iván se planta. Sí, estoy convencido; eso que parece una masa amorfa desde lo alto es definitivamente él. ¿Quién más iba a ser/estar en esa esquina que él ha hecho suya?

Hay días en los que Iván se planta, siempre desde temprano en la mañana, con una montaña de tres libros y el periódico. ¿Qué libros lee?

Modus operandi. Iván se pasa el día leyendo y conversando con la gente que va y viene, a quienes conoce y trata con la fraternidad que produce el contacto diario.

En eso consiste su vida y su fuerza. Conoce a todo el mundo y todo el mundo lo conoce a él.

Territorialización. Presencia. Ángulo playero.

La esquina de Iván está a un lado del hotel, abandonado y grafiteado desde hace mucho —hoy, una carcasa— , cuya inauguración Rodríguez Juliá anunció en su crónica “Para llegar a Isla Verde” (1985).

Constancia; lector que se sienta a leer frente a la playa en un espacio público que con las décadas se hace parte de su identidad. Iván es esa esquina; esta no se vislumbra, durante sus “horas de oficina,” sin él.

Lector de mil historias. Hablador, demasiado hablador; cuentero. Iván me contó la mejor de todas las historias esquineras: cuando, desde su trono, le llamó la atención al grafitero del inmueble abandonado, la carcasa, a quien le reprochó no respetar la propiedad ajena y por eso ser un violador de la ley.

La contestación que recibió lo dejó con la boca abierta.

En ese caso, le dijo el grafitero, él también, Iván, estaría violando la ley, porque, plantado como ha estado durante décadas ante el muro del condominio Playamar, él también se ha convertido en un grafiti de la zona.

¡Brutal!

Después de declamar versos de Luis Llorens Torres y de Juan Antonio Corretjer, Iván habla sobre los libros que lee, a los que adviene en el circuito de lectores en el que está inscrito; una red que cubre las dos puntas de Isla Verde, de Punta El Medio a Punta Las Marías, y en la que circulan sobre todo novelas en inglés, thrillers como los de David Baldacci, entre otros.

Leer en español, me dijo Iván, requiere más recursos económicos.

En una semana, Iván se puede leer tres thrillers. Además, me dijo que de noche se encargaba, con un vinito, de los libros que requerían más atención y cuidado.

Por eso, le regalé el primer tomo (440 páginas) de la novela de Juan López Bauzá, Barataria (2012), la cual empezó a deleitar con calma por las noches, fascinado por las ocurrencias quijotescas de Chiquitín, personaje que, confesó Iván, por militarista y anexionista, se parecía a su papá (razón por la que Iván, de joven, se enlistó en la marina usamericana).

¡Tensión nacionalista!

Al otro día de recibir Barataria, Iván llega a su esquina con una poemario en la mano, Ciudadano del aire (2012), obra póstuma de José Luis Colón Santiago (1945-2001):

“Conocido como Wiso o Güiso, nace… en Cidra [Puerto Rico], de padres pentecostales. Vive la vida de las calles y las drogas durante su adolescencia tanto en la isla como en Nueva York, nunca termina un grado académico, y se gana la vida como quincallero en el sur del Bronx, falleciendo de una cirrosis…” (Alfredo Villanueva-Collado).

Contemporáneo de Miguel Piñero y Pedro Pietri, José Luis, a diferencia de los nuyoricans, fue de los poetas diaspóricos que escribieron en español:

“Esas olas que nunca terminan.”

Al abrir Ciudadano del aire,

“El mar me llena, nadando voy en sus pestañas,”

hay que destacar tres puntos.

Primero, que el libro tiene dos dedicatorias. La primera, que la hermana de José Luis, Juanita, le dedica a Iván:

“En nombre de mi hermano te dedico este libro con mucho cariño.”

Y la segunda, de Iván:

“Para el que lo lea; si no tiene la sensibilidad en el corazón de percibir la realidad del mensaje, mejor lo devuelva [el poemario]. El mensaje lo envía un pueblo que sufre de una terrible ignorancia. Te amo Puerto Rico para siempre.”

Segundo, que es un poemario avalado por el poeta y crítico literario, también diaspórico, Alfredo Villanueva-Collado, en cuyo prólogo, “José Luis Colon Santiago el ciudadano de la palabra,” cartografía la estética del poeta ciudadano:

“También incluye la poética de Wiso la noción del poeta ventrílocuo: una garganta que se presta a ser la voz de los que la tienen pero no la utilizan…”

Tercero, que a lo largo del poemario quedan los comentarios escritos por Iván, “el lector de la esquina” que leyó El ciudadano del aire.

Comentarios como estos:

“Yo sobrevivo en el susurro de mis olas de Isla Verde”; “Hemos empezado a pensar con el estómago”; “Una vida: que me acompañe la noche. A ver si llego…”; “Las que se casan con Dios porque no hay dios que se case con ellas.”

Pero hay más. Hacia el final del prólogo, esta explicación de Villanueva-Collado,

“La poética de José Luis incluye una praxis de grupo,”

termina en una referencia rizomática, demasiado rizomática, que hace saltar las casualidades:

“Como individuo, [José Luis] fue más que generoso con los poetas que lo rodeaban… Fue él quien envió las muestras de poesía y cuento [de sus amigos] a Marcos Reyes Dávila, director de la Revista Exégesis.”

¡Increíble! Acababa de conocer a Marcos Reyes Dávila en la Casa Dominicana…

Cuando nos despedimos, el lector de la esquina sacó su libreta de la mochila con ruedas, escribió en un papel blanco su número de teléfono, su email y quedamos en mantenernos en comunicación.

Me quedé con las ganas de regalarle algunos versos de José Luis a Iván, sobre todo los más playeros, pues el lector de la esquina es un ser-marino que necesita el mar para respirar, pero no lo hice. Versos como estos dos:

“Nacer de pronto en medio de las algas”

y sobre todo este,

“Son océanos que llegan, peces terrestres.”

Y ello porque el Ciudadano del aire, como Iván, es también un pez-terráqueo:

“El mar me llena, nadando voy en sus pestañas,
Me busca siempre para abrazarme de pulpos.
De cuencas su bolsa de moluscos;
pechos concurrentes en el olvido.
Chispas, corrientes han sido sus tendones.
Evaporaos ceros sus músculos de espumas.
El mar se expande en los cartílagos;
Susurra, le canta a sus hijuelos.
Les dice mitos, les cuenta sus extrañas;
les adorna el recuerdo de corales.”

XIV De San Juan a Detroit

15 de enero (2019). Fin de unas navidades literarias, demasiado literarias. Decía José Luis, el pez terrestre:

“Hoy me he alejado de los libros, de los papeles embarrados de poemas.”

¡Vértigo! Desde la novela, Los mejores placeres suelen ser verdes, la realidad y la literatura basculan:

“Le parecía terriblemente insólito descubrir, a medida que avanzaba a través del denso follaje de las palabras, cómo ese personaje literario iba adquiriendo carne propia hasta convertirlo a él en su simple espejo de tinta y papel.”

La poesía de José Luis,

“En un chin cabe todo el verde del mundo,”

se engancha con la clorofila de Los mejores placeres suelen ser verdes:

“Quise corregir mis pupilas, / pensé en el verde como un amigo.”

Alucinante. En el proceso, el enganche entre la novela y la poesía resalta la peculiaridad del joven esclavo en la novela del litoral nórdico de la isla de Puerto Rico, María Madiba:

“tenía ojos claros, que en los días de lluvia se tornaban verdes.”

Resonancias transatlánticas inesperadas: Federico García Lorca,

“verde que te quiero verde… las cosas le están mirando / y ella no puede mirarlas” (1924),

se retuerce en su tumba (donde quiera que está se encuentre).

Irónicamente, una novela sobre un salsero, Hojas blancas, traspone los colores. No el verde de la clorofila, sino el blanco de la edad convertida en canas:

“Están cayendo / Hojas blancas en mi cabellera.”

Novela en la que, desde el principio, la vida habla con la muerte:

“Te escucho todos los días [Ismael], a pesar de que llevas muchos años apagado [muerto]. Pero jamás he dejado de escucharte.”

El salsero vivo [Andy Monatañez] se comunica con su maestro muerto (Ismael Rivera]:

“Desde que te fuiste, aquel día, un 13 de mayo de 1987, seguí escuchándote todos los días. Todos los días me susurrabas a mi oído, y me dabas fuerza e inspiración para seguir cantando. Porque todos hemos sido, aquí en nuestra tierra, allá en la tierra de ellos, a partir de tu voz, de tu canto, de tu experiencia.”

15 de enero. Fin de unas vacaciones que no podían sino terminar, en el vuelo de San Juan a Ft. Lauderdale y de este a Detroit, con la lectura de una novela mítica:

“Yuké, la Tierra Blanca, proveía y a la vez exigía. La vida entera giraba en ciclos de luna” (2018).

Una lectura que, según me alejaba físicamente de la isla, me llevaba a las raíces de la identidad mítica:

“Camarón Negro permaneció en el estanque durante días. Por varios ciclos de luna, le había angustiado lo que podría ocurrirle a la humanidad, a Yuké, a los seres de la isla entera de Boriquén. Era la raíz de la vida y permanecía a la escucha” (2018).

Más artículos del autor
* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua castellana, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014). Miembro de LoQueSomos

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De La Habana a Gramsci: junio de 2018

Francisco Cabanillas. LQS. Octubre 2018

Al pie de las murallas / el aire tartamudo
desliza sus sirenas, / plata mansa sin hoy
mana sus lunares / entre lunas cansadas
sin balcones.
José Lezama Lima, “Bahía de la Habana” (1934)

La quieta, la religiosa, la modesta Cleveland
erigía con singular presteza en su mejor
plaza un admirable monumento.
José Martí, Crónicas (1881)

El viajero necesita menos una capacidad teórica
que una aptitud para la visión. El talento
para racionalizar es menos útil que la gracia.
Michel Onfray, Teoría del viaje. Poética de la geografía (2016)

I
Ejes del correteo habanero: entre el Monumento al General Antonio Maceo en la costa norte de Centro Habana —frente al Atlántico de la modernidad (Enrique Dussel) inaugurada por los peninsulares a finales del siglo XV y durante el siglo XVI— y la calle Parraga en Diez de Octubre, bajando por Infanta-10 de Octubre, entre la General Lacret y la Avenida Santa Catalina.

La Habana (del Oeste).

Del 10 al 16 de junio; una experiencia calurosa de la ciudad, húmeda, demasiado húmeda, circulando por calles coloniales que, como la San Lázaro, evocan —¿no es también deseo la memoria?— algunos versos que, parodiando la letra de un danzón famoso, Severo Sarduy escribió en Epitafios (1994): “A mí no me pongan flores / si muero en la carretera.”

Condensación; toda la isla contenida metonímicamente en este triángulo habanero: Monumento al General Antonio Maceo-Avenida Santa Catalina-Canal de Entrada a la bahía. Intensidad de una habanía que se deja seducir por los versos que Lezama Lima le escribe a la “Bahía de la Habana” (1934): “La sorpresa de la rosa en el agua, / vida entre vidas, / la rechazan las olas / con heridas sin gritos.”

Seis días para conocer un fragmento de La Habana, imantado, además de por el Atlántico, por el espectro de José Martí, que aparece dondequiera, y por el de José Lezama Lima, más esquivo, cuyo potens, desde Trocadero 162 (bajo el arco de la entrada), emite ondas en una frecuencia insospechada: “Prado y Trocadero es otro enclave de la Ciudad de La Habana, allí José Lezama Lima renació, vivió, murió y se convirtió en el monstruo exquisito que rehusó todo encasillamiento y reformación” (Maeva Peraza Hidalgo-Gato, sf).

Densidades literarias, campos magnéticos de alta tensión que hacen que uno gravite, sin darse cuenta, hacia el Chinatown habanero; en busca imposible del chino Luis Leng, maestro del “mulato Juan Izquierdo,” el gran cocinero de Paradiso (1966), la súper novela del escritor cubano que, en Las comidas D Lezama Lima (2010), Silvia Mayra Gómez Fariña pone sobre la mesa: “El momento culminante de Paradiso en relación con la cocina cubana será el de la cena familiar que auspicia doña Augusta.”

II
Primer recorrido frente al Atlántico por la acera de la Avenida Malecón; costeo. A las 17 horas, del Torreón de San Lázaro en el ángulo occidental del Monumento a Maceo, hacia la izquierda, costeando hasta los hoteles Habana Riviera y Meliá Cohiba, frente al Havana Jazz Café; para volver, cuarenta minutos después, ahora con el sol en la nuca, al puno de partida, el Monumento a Maceo, el “Titán de Bronce,” donde este, a caballo, de espalda al Atlántico, encara, como corresponde, La Habana:

“Remata el Monumento la estatua ecuestre en bronce y base de granito de Antonio Maceo, con su uniforme militar y machete en mano en actitud de arengar a sus soldados a lanzarse al combate. Con la otra mano sostiene las bridas del corcel. La figura está de espaldas al mar, atendiendo a una regla escultórica que regula su posición. Se pone de frente al mar si se trata de un extranjero y de frente a la tierra si es alguien nativo del país” (Derubín Jácome, 2014).

Trayecto largo, demasiado largo, por una acera algunas veces derruida (en este tramo), sobre piedritas, cuya extensión no está desprovista de tensión geopolítica —que se siente en la contigüidad entre la Plaza de la Revolución y la Embajada de Estados Unidos, mitigada por el Monte de las Banderas que separa la Plaza, visiblemente deteriorada, de la Embajada, abandonada a raíz de presuntos ataques sónicos; un Monte de las Banderas sin banderas, con mástiles atacados por el salitre—.

Tensión que pronto se resuelve en el trámite entre el Parque José Martí y el Centro Cultural Casa de las Américas, frente al Monumento al Mayor General Calixto García, libertador decimonónico que murió (1898), después de Martí (1895) y de Maceo (1896), se dice que envenenado, en Estados Unidos. Del Monumento a Calixto García, pasando por la Fuente de la Juventud, el tramo termina en los hoteles Riviera y Meliá Cohiba, a poca distancia del Río Almendares, cuyo serpenteo se mete hasta el Bosque de La Habana —donde, según las malas lenguas, los escritores de ciencia ficción (Yoss) son sodomizados por las mujeres artificiales de sus cuentos—.

Segundo recorrido por el Malecón. Temprano en la mañana; del Torreón de San Lázaro, esta vez, en contra de los vientos alisios, hacia la derecha, hasta la Plaza de la Catedral, pasando en ángulo por el Castillo de San Salvador de la Punta, a lo largo del Canal de Entrada a la bahía y de los parques contiguos, Céspedes y Luz Caballero.

Intertextualidad: “La Habana, tal y como la ven todos, parece una ciudad de ensueño. La bahía de bolsa con el canal de entrada, el castillo colonial con el faro a un lado de este y la avenida de Malecón al otro. A todos les gusta el azul del mar, la brisa y el sol. También gustan de los hoteles con arquitectura norteamericana de los años cincuenta. Esa es La Habana que ven todos. La de los mojitos en el Floridita y el ron a la roca en el lobby del Habana Libre, antiguo Havana Hilton. A nosotros nos tocó vivir en una Habana diferente… (Erick Mota, “Isla a la deriva,” 2015).

Tramo que, a lo largo de la Avenida Malecón, paralela a la San Lázaro, entre remodelaciones arquitectónicas, como la de La Abadía (¡una belleza de tres arcos!) y la del Centro Hispanoamericano de Cultura con sus gárgolas, atlantiza; trayecto que resulta más corto, pero no menos espeso.

Intensidad; entre una hilera de edificios coloniales comidos por la geopolítica de la Guerra Fría y la posmodernidad-neoliberal por un lado, y por el otro, la inmensidad añil del Atlántico habanero, mirando siempre hacia la Península de la Florida, se siente, como la sinestesia política que es, hija de las asimetrías transatlánticas, el ruido de la entropía imperial.

Vida. Zona de pescadores amateur que, a lo largo de la Avenida Malecón, desde temprano en la mañana, le tiran anzuelos al Atlántico, dé este o no de sus frutos. Trayectoria sobre una acera lisa, como una alfombra, que, al llegar al Castillo de San Salvador de la Punta, gira en semicírculo alrededor de una rotonda en dirección a la bahía, donde la refinería del puerto almacena la savia de la ciudad.

Canal de Entrada a la bahía. Ruta sine qua non por la que entran, atados a sus remolcadores, cruceros transnacionales que echan humo negro, en la otra orilla de la cual están el Castillo de los Tres Reyes del Morro, cuya especularidad con el Castillo de San Felipe del Morro de Puerto Rico, desde este ángulo, no se da; y El Cristo de la Habana en el tope de la lomita, una estatua blanca que, por interferencia literaria, hace pensar en “La entrada de Cristo en La Habana” de Sarduy en su novela paródica De donde son los cantantes (1967):

“¡Qué acogida en La Habana! Lo esperaban. Su foto ya estaba, repetida hasta el hastío o la burla, pegada, ya despegada, desgarrada, clavada en todas las puertas, doblada sobre todos los postes, con bigotes pintados, con pingas goteándole en la boca, hasta en colores —ay, tan rubio y tan lindo, igualito a Greta Garbo—, para no hablar de las reproducciones en vidrio del metro Galindo. Dondequiera que mires, Él te mira.”

Zona de alteridades antillanas; de este lado de la bahía al otro de enfrente, “el castillo de los Tres Reyes del Morro… una fortaleza colonial española ubicada en un peñasco a la entrada de la bahía de La Habana… un castillo sobre un risco y con un faro, un diseño muy particular que lo hace único” (Erick Mota, “Isla a la deriva”); de este lado al otro en la Lancha Habana-Casa Blanca parece una reescritura del viaje en lancha de Cataño al Viejo San Juan. ¿Se repiten las islas de Antonio Benítez Rojo (o de Edgardo Rodríguez Juliá)?

Pero hay más. Tan cerca de la calle de Lezama Lima, Trocadero, el Canal de Entrada a la bahía se metamorfosea y metaforiza, trocándose en la entrada al Río Ozama de la Zona Colonial en Santo Domingo, donde no estuvo Lezama —el “viajero inmóvil”—, quien sí viajó a Montego Bay: “Los densos murciélagos de la bahía jamaiquina, / al despojarse de los reflejos de la piscina de los mirtos, / penetraban en los trazos cuneiformes del interior de un tronco de palma” (1960).

Tercer y último recorrido por el Malecón. Del Torreón de San Lázaro, temprano en la mañana, otra vez en dirección a la boca de la “bahía de bolsa,” para doblar esta vez a la derecha en el Paseo de Martí y dar de frente, en los Leones del Prado, con la primera estrofa del poema de Lezama “Paseo del Prado. Sombrillas de media noche” (1934): “La rabia del sol / araña las palmeras / como un gato de seda.” Zoofilia de un recorrido veloz, literario, demasiado poético, sobre cuya estela Lezama traza una figura curiosamente hemingwayana: “Y el buzo sacando de las aguas / un pez de cinco colas / por el arco raptos / de sedas destrozadas.”

Lezama se desborda en su poema habanero: “La galga rusa y el tapiz, / inelegante diálogo / en la mudez del guante.” Hipertélico, “Sombrillas de media noche,” adelanta el tiempo, “labor de la mañana,” que toma transitar por las siete cuadras del Paseo del Prado: “en la noche / larga plata en pereza, / balanceando sus risas…” Destellos lezamianos; “La sombra se doraba / su aljaba se ha llenado / de insectos trastornados.” Bestiario tropical. Entre imágenes, “ocre rosado y polvos de arroz, / locura de los adornos / sedientos de cristal,” el poema termina con una “sonrisa voladora / de la alondra a la estrella / por el césped…” Poesía a pie; vuelta al origen elíptico de siempre: “mañanas / de azul desnivelado.”

III
De la calle San Lázaro y Marina a la Universidad de la Habana; bajada en diagonal, en ángulo con la calle Neptuno, por la acera de la mano derecha. Un recorrido corto, pero húmedo, que interseca al final con la Calle L, frente a las escaleras de la Universidad, donde, ¡nido de cibernautas!, en la parada de guaguas de la esquina opuesta se aglomera la gente con celulares bajo la sombra de los árboles en busca de la señal de WiFi. Densidad electromagnética.

Desde las escaleras de la Universidad, frente a la intersección de San Lázaro y Calle L, La Habana fluye con la intensidad del calor que la marca en el mes de junio; hormigueo de una cotidianeidad articulada con el turismo, sobre todo ¿de nuevos ricos orientales? Turismo que, por definición, se detiene frente a la Universidad en un “almendrón,” un taxi histórico, descapotado, bien arreglado y súper llamativo, patrimonio nacional, para que los turistas le saquen la foto de rigor a la Universidad de la Habana vista desde las escaleras: “ALMA MATER.”

Cruzar hacia San Lázaro desde las escaleras; ir a la pared en la esquina de la parada de guaguas y buscar el recuadro en el que, en 1993, decía en negro, tipo grafiti histórico apocado por la intemperie: “Abajo Batista.”

Subir hasta el Parque de los Mártires Universitarios; cruzar San Lázaro y entrar a la librería Alma Mater en la esquina con Infanta. Hojear el libro de Alfonso Cueto, Los abuelos de los almendrones (2018). Preguntar por la novela Habana Underguater (2010). Notar de la literatura puertorriqueña la novela de Eduardo Lalo, Simone (2011). De José Martí, sus crónicas de Nueva York a finales del siglo XIX, volcánicas, demasiado feraces, leer este fragmento de “Ferrocarril elevado de Nueva York” (1888): “Allá lejos el Parque Central echa de la masa parda de árboles el vaho gris que nubla el cielo: una hilera de casas de bella arquitectura vigila solitaria el campo del contorno, lleno de sembrados, enclavado en el trazo de una manzana sin edificar, pero ya limpia a cercén, cruza de borde a borde, como procesión de barbados viejos, entre sus cercas de piedra lo que queda de una que fue alameda noble, que caerá a tierra mañana.”

Salir de la librería a mano izquierda por Infanta, pasarle por el lado a la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen; llegar hasta la Avenida Salvador Allende y regresar por Infanta desde la otra acera, tras una parada en la intersección con Neptuno, ¿no muy lejos de la dulcería Lucerna donde Lezama compraba su tarta favorita?: “Confitados que dejaban las avellanas como un cristal, pudiéndose mirar al trasluz piñas abrillantadas, reducidas al tamaño del dedo índice cocos de Brasil, reducidos como un grano de arroz, que al mojarse en un vino de orquídeas volvían a presumir su cabezote (Las comidas D Lezama Lima).

En la esquina de Infanta con San Lázaro, bajar hasta el restaurante Locos por Cuba, pedir un escalope de cerdo con arroz moro y dos Bucaneros. Imagen de Cuba (sin cámara de celular): las meseras blancas y bonitas, teñidas de rubio, en la primera línea del restaurante, seguidas, al otro lado del mostrador, por las cocineras negras, ambas punteadas por el gerente negro sentado al lado del bar-mostrador. ¿Ecuación?

Regresar por San Lázaro hasta la calle Marina, en cuya esquina, a mano derecha, espera, como un centinela, el Torreón de San Lázaro, frente al cual es posible, a estas horas de la noche, sentarse en el muro de Malecón, mirar el Atlántico oscuro y escuchar los primeros versos lezamianos —¡indelebles, demasiado indelebles!— de “Enemigo rumor” (1941): “Ah, que tú escapes en el instante / en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.”

En la otra punta de San Lázaro, abajo, frente a la Universidad, pero esta vez escrito en rojo, el grafiti épico, “Abajo Batista,” persiste en su denuncia (¿periódicamente reescrita por el fantasma de Martí?).

IV
Entre los libros disponibles en la planta baja del Hotel Habana Libre, donde se invita al peregrino a sentarse a leer, la novela detectivesca de Rodrigo Ray Rosa, El material humano (2009), la cual hay que leer en diálogo con la de Horacio Castellanos Mora, Insensatez (2004), invita a literaturizar los horrores de la “guerra interna” guatemalteca entre 1960 y 1992.

Desde una indagación en los archivos del espanto guatemalteco, llevada a cabo, en ambas novelas, por un escritor convertido en investigador, la odisea investigativa engrana las novelas, al final de las cuales, y por mucho, la de Castellanos Moya alucina más, mucho más metaliterariamente, especularidad de especularidades, que la de Ray Rosa (¡toda una caja de resonancias!).

Empezar a leer, con un mojito, El material humano en la cafetería del Habana Libre: “Poco tiempo antes de que se conociera la existencia del célebre Archivo del que he querido ocuparme, la madrugada del 17 de junio del 2005, un incendio y una serie de explosiones destruyeron parcialmente un polvorín del Ejército Nacional situado en un establecimiento militar de una zona marginal en la Ciudad de Guatemala…”

Dos horas después, pedir una pizza de jamón, otro mojito y leer una hora más. Fumar poesía de vez en cuando. Terminar de leer en la página 129; pagar la cuenta y salir con la novela —¡sin repetir a Roberto Bolaño!— en el bolsillo izquierdo del pantalón corto. Acabar de leerla antes de dormir; volver varias veces sobre la última oración, mirando hacia el Atlántico negro desde el tercer piso, en Casa de Clarita y Orlando de la calle Marina: “Me quedo un rato escuchando el retumbar interminable de las grandes olas del mar.”

V
Por la tarde, desde la Universidad de la Habana, bajo la sombra, sentado en un muro que mira desde lo alto hacia el mar, el pico del Habana Libre, un hotel blanco y azul, se ve claramente. Proximidad relativa. Distancia poética. Cercanía engañosa.
Los buitres que circulan la azotea del hotel, ¿sedientos, demasiado hambrientos?, parecen imantados por una extrañeza citadina localizada en el corazón de El Vedado, Avenida 23 y Calle L, esquina con el Cine Yara y la Plaza Coppelia.

Ciudad de los anillos. Zona de gran espesura electromagnética que emana del hotel, cuya fuerza atrae a los cibernautas que se aglomeran en busca de WiFi.

Calle L. Desde la Universidad, para llegar al Habana Libre hay que pasar por la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz, en la otra esquina de la cual, homónima, la Librería Fernando Ortiz vende El catauro de cubanismos (1923).

Desde la esquina del Habana Libre, ocupada por una hilera de Coco Taxis, el desborde de gente se derrama sobre el Mercado de Artesanos de Rampa, en la Avenida 23, donde la cubanía se talla en madera de dos tonos, como si se tratara de un contrapunteo entre el tabaco y el azúcar. Clave de una isla, diría Benítez Rojo, que se repite.

Goteo; hacia el final de la Avenida 23, y sus aceras estampadas con reproducciones de arte cubano, la heladería Bim Bom, resplandeciente, reconstruida a partir de Irma (2017), complace por partida doble; mediante el helado de coco y pistacho por un lado y por el otro, desde el aire acondicionado, cuya alegría mitiga el calor húmedo de la calle, capaz de derretir al más duro de los fríos.

Vuelta por la Avenida Malecón al Monumento a Maceo, en el que hoy, 14 de junio, se celebra el aniversario del General, en una plaza que, en septiembre del año pasado (2017), el huracán Irma dejó bajo agua, como ciencificcionó la novela de Erick Mota, Habana Underguater (2010). Desde Puerto Rico, Yván Silén fuma poesía: “Cienciaficciono toda la realidad… ” (2012).

Por la Avenida Malecón, doblar a la derecha en San Nicolás y a la izquierda en Trocadero; pasarle por el lado al Museo Lezama Lima, “my soul is not in an ashtray” (1949), y llegar hasta el Centro Wifredo Lam, sobre cuya pintura escribió Fernando Ortiz: “Los ojos, esos ojos prolijos de [la pintura de] Lam, son de los signos primeros del simbolismo teogónico, por donde el mana se nucela y transforma en ánima y luego en numen. El misterio que ve, el misterio con ojo propio, ya es la individuación de un ente de providencia” (1950).

Del Centro Wifredo Lam a lo largo del Canal de Entrada de la bahía; andar sin prisa, para contar, frente al agua, las manchas de aceite de motor de bote que chocan entre sí, entre detrito de plástico que, con el sol y el aceite, brilla como el diamante, que antes fue carbón (Martí dixit).

Bordear el Castillo de San Salvador de la Punta; llegar hasta el Centro Hispanoamericano de Cultura, donde, en el espacio dedicado a la lectura, Ars Narrandi, Ahmel Echevarría habla de su literatura mientras lee fragmentos de sus cuentos, como “Desayuno” (2015): “En la máquina de escribir había un párrafo a medio terminar, sobre el escritorio, el resto del manuscrito —casi un centenar de cuartillas—; en la gaveta, su correspondencia.”

VI
Chinatown. Bajar por el Paseo de Martí, doblar a la derecha en Dragones; en un segundo, la calle Galindo interseca con Salud. Seis manzanas más allá, a mano izquierda, la mesa del restaurante Flor de Loto —entre otros platos, masas de cerdo con salsa agridulce, arroz frito— atraviesa lo estrictamente chino. Por necesidad intertextual, Sarduy sale al paso: “El traje es de emperatriz Ming, por eso tengo esa taza de té decorada con dragones en la mano y en la otra este largo tallo con una sola flor…” (De donde son los cantantes).

En la calle Salud, dos casas antes del restaurante Flor de Loto, yace una gallina degollada, intocable, que irradia su hechizo desde lo público. Una calle más arriba, en Zanja, reaparece De donde son los cantantes: “El paso de las Vespas explica muchas cosas: Flor, en guayabera y con un tirolés que le disimula la bola de billar, recorre desde hace ya mucho rato su zona de la calle Zanja, gastando tacón y aceras.”

Por la noche, en el restaurante Mimosa de la calle Salud, a pocas casas de Flor de Loto, entre risotto, pizzas y espaguetis, los canelones con camarones son solo el pretexto para el postre; una natilla lezamiana copiada directamente de Paradiso (1966): “Cemí recordaba como días aladinescos cuando al levantarse la Abuela decía: –Hoy tengo ganas de hacer una natilla, no como las que se comen hoy, que parecen de fonda, sino las que tienen algo de flan, algo de pudín…”

VII
Al sur de la Plaza de la Revolución, bajando por la 10 de Octubre, en una casa de la calle Parraga, dos velas blancas se encienden desde temprano en la mañana. En espera del babalao, el padrino escupe ron sobre los orishas. Cánticos; toque de campanitas. Humo; habano que queda en el cenicero. Al tiempo, otra ronda de ron y de rezos. La mañana se relaja; el tiempo se prepara para la limpieza que, con la ayuda de los santos, reestablece el orden dentro del caos y la unidad en la multiplicidad. La sangre de dos palomas blancas dramatiza la circularidad entre el ser y la naturaleza.

Interferencia libresca; De donde son los cantantes intercepta la realidad:

“Babalao Uno: ¡Santísimo!
Babalao Dos: Vamos a ver.
(Tiran los caracoles sobre una estera.)
Babalao Uno: Que las flores de piedra, que los ojos del mar nos digan.
Babalao Dos: Dice esto: vas a encontrar un blanco de hablar mucho y muy fino. Con él vienen el oro y los manteles. Pero quédate allí. No quieras más. Ten cuidado. Cuida de ofrecer todos los días, de no escandalizar a los dioses. No reniegues. Son como perros, se van si no reconocen la mano del amo.
Babalao Uno: Y piden la flor que gira como ellos.
Y miel de abeja.
Dolores: Serán dadas.
Babalao Uno: Te vienen buenos días. Y detrás una espada.
Dolores: Dios nos libre.
Babalao Uno: Detente a tiempo. No ambiciones. Ofrece. Detente a tiempo.
Dolores: ¿Pero dónde? ¿Cuál es ese tiempo?
Babalao Uno: Eso no lo saben. O no quieren saberlo.
Dolores: No entiendo.
Babalao Uno: Es todo lo que dicen.
Dolores: Después de todo es un sueño. Y éstos, unos caracoles.
Babalao Uno: Sueños son.
Dolores: Y piedras.”

Regreso. En ruta hacia la Avenida Malecón, la realidad se contamina de ficción. Por la 10 de Octubre, en un Lada cargado de escritores y estudiosos de la ciencia ficción cubana —hipérbole; no obstante, intensidad crítica, literatura filosamente angular—, la realidad bascula ante la irrupción inesperada del fotógrafo nuyorican-puertorriqueño, ADAL, cuyos fotomontajes, como Puerto Rican Embassy y Out of Focus Nuyoricans, salpican, desde la conversación, la realidad cubana: en un LADA hablar de ADAL parece un mensaje en clave. Cubanía y puertorriqueñidad: ciencia ficción.

VIII
De La Habana a Gramsci. Entre jubilados, escritores de ciencia ficción y trabajadores —¿un montón de gente?— se habla del nuevo presidente, Miguel Díaz-Canel, a quien, vox populi, el Poder moldea desde el chiste que hizo el escritor Rafael Almanza, repetido ad infinitum: le dieron a Díaz-Canel el televisor, pero no el mando (“Díaz-Canel: el sobreviviente,” Rebelión, 2018).

Interregno. Desde la “Boutique de Jennifer López” en la calle Obispo se gesta algo que todavía no adquiere su definición. Al otro lado de las transformaciones cubanas, el Puerto Rico posbancarrota (2015), posObama (y el supragobierno de la Junta de Control Fiscal impuesto en 2016), y posMaría (2017), se pregunta absorto: ¿son Cuba y Puerto Rico, como propuso Lola Rodríguez de Tió, “de un pájaro las dos alas” (1881)?

Desde Suramérica, Leonardo Boff comenta sobre “La crisis brasileña a la luz de la teoría del caos”: “El caos nunca es sólo caótico. Es generador de nuevo orden. El universo se originó de un tremendo caos inicial (la gran explosión). La evolución se hizo y se hace para colocar orden en este caos. Debemos imitar el universo y construir un nuevo orden que sea inclusivo de todos, a partir de los últimos” (Rebelión, 2018).

Vórtice. De La Habana a Gramsci: lo viejo todavía no se transforma en lo nuevo.

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Un apunte sobre turismo

Koldo Campos Sagaseta*. LQSomos. Septiembre 2017

Haber vivido por más de veinte años en eso que por aquí se llama “Tercer Mundo”, quién me lo iba a decir, me está sirviendo de gran ayuda a la hora de entender la ruina en la que andamos en este maravilloso primer mundo y que no es solo económica. Después de tantos años en el Caribe es casi como si uno, a su regreso, pudiera volver a vivir el tiempo pasado (tal vez en eso consista la vida) pero sin necesidad de morirse previamente ni reencarnaciones por el medio. La historia se repite, allá y aquí. Solo ha cambiado el escenario y el tiempo. Desde que regresara, muchas veces he tenido la sensación de que me había traído conmigo ese denigrado tercer mundo. No lo digo por las tantas en que me gana su nostalgia sino por lo mucho que se parecen sus desagües. Y ni siquiera le cabe el consuelo al primer mundo de creer que esa equidad de mundos que hace que se parezcan, que se confundan, se deba al repentino y mayúsculo progreso social del tenido por tercero. Va a ser que no. Las costuras del mundo siguen siendo las mismas pero cada vez más hondas y dolorosas, y lo han sabido siempre en los cuatro continentes. Cuando lo terminaron sabiendo también en Europa comenzó a hablarse de crisis mundial.

En ese “dèjá vu” en el que vivo no podía faltar el turismo. Un tema en el que, al igual que con algunos otros es casi obligado, antes de abrir la boca y que te crucifiquen, hacer la salvedad de que el turismo es una bendita y sana actividad, además de lucrativa, y que me parece muy bien que vengan turistas y se lleven maravillosas impresiones de nuestra hospitalidad, nuestra alegría, del sol, de la playa y de la tortilla… El problema no es ése.

A mi me encanta que llamen a mi puerta, especialmente ahora que solo llaman mis hijas, y que vengan de vez en cuando amigos, sin cita, porque sí, porque quieran verte y hablar contigo. Me encantan las visitas y sé que a usted también, como me consta que no toleraría que las visitas, las gratas y las inoportunas, fueran tantas y tan constantes que acabara usted yéndose de su casa. Las visitas que uno recibe en su casa, como las que recibe un país, deben estar reguladas, debe haber un orden que en absoluto sacrifique al que está en su casa, al que vive en su país.

El turismo no es el problema. El problema es que hay interesados en que el turismo se convierta “en el motor de la recuperación” (se lo acabo de oír al ministro de Fomento) o lo que es lo mismo, a más turismo más recuperación. Crece el empleo, aumentan las divisas, todos felices. En el siguiente capítulo, que también es el último, el turismo ya no es solo el motor de la recuperación, es la recuperación en sí. Todo se subordina al bien principal que es el turismo. Cuando salimos del túnel ya no hay más carretera sino un flamante Hotel-Casino-Resort, todo incluido, en el que se nos asegura trabajo y bienestar. Los brotes verdes que algunos llevan años avistando eran precisamente eso, los jardines del hotel. Ya hemos llegado. Conozco algunos hoteles que todavía conservan los viejos nombres que tenían como recuerdo de cuando eran países. Hay ciudades como Las Vegas que ni siquiera tienen memoria de ciudad y otras, como Venecia, piden auxilio porque más que el agua la amenaza el turismo. Los países se transforman en paisajes, los paisajes en imágenes, las imágenes en whatsapp. Todavía no me explico porqué el espectacular proyecto “Las Vegas-II” que de la mano de Esperanza Aguirre y la señora Botella se iba a establecer en los alrededores de Madrid y también ambicionaba Barcelona, no se instaló en Bilbao.

El turismo como un valor económico y social para la vida de cualquier país es saludable, y en estos tiempos aún lo es más si contribuye económicamente al bienestar social, pero creer que el turismo pueda ser la principal fuente de ingresos de un país, es una ocurrencia lamentable. La dinámica de un país que se aboque a trabajar la tierra, a desarrollar la industria, necesariamente generará entre su ciudadanía una mentalidad obrera, laboriosa. Una sociedad que pretenda hacer del turismo su razón de ser fomentará una mentalidad servil.

También se lo he oído decir al mismo ministro español: “el conflicto en el aeropuerto de El Prat afecta la imagen de España”. Las penosas condiciones de trabajo de los huelguistas no afectan la imagen de España. Lo que la afecta, dice el ministro, es que los turistas se lleven una pésima impresión de su visita si han de sufrir horas de espera en filas interminables para sus trámites en el aeropuerto.

El “dèjá vu” volvió. Antes fue otro funcionario de un hotel caribeño con rango de presidente que nos recomendaba recoger la basura para que los turistas no se llevaran una mala impresión. Y que insistía en la necesidad de mejorar el transporte, para que los turistas no se llevaran una mala impresión. Y que prometía enfrentar la delincuencia para que los turistas no se llevaran una mala impresión. Las impresiones de los naturales a nadie le importaban.

Hasta que un día, los turistas, siempre imprevisibles, optan por no salir de vacaciones o encuentran playas menos sucias, precios más asequibles, mejores infraestructuras, alcohol más barato, y deciden cambiar la ruta.

Entonces, los camareros y camareras del hotel tendrán de nuevo que aprender a arar los campos de golf y a sembrar patatas en los hoyos, ya no para “birdie”, ya no para “eagle”, ya no para “bogey”, sino para sobrevivir.
(euskal presoak-euskal herrira)

* Cronopiando

Espacios de la Batalla del Ebro

Iñaki Alrui*. LQSomos. Julio 2017

Estamos en la “Terra Alta” de Tarragona, un espacio que vivió hace 79 años una de las batallas más cruentas de la guerra civil, en un frente que abarcaba unos 65 kilómetros entre Mequinenza y Amposta.

Tierra de vides y olivos, campos labrados en los valles y altos montes, sierras que cambiaron las encinas y los robles por el pino carrasco. Pueblos deshabitados a la fuerza, en los que por cada tres metros cuadrados caía una bomba.

Corbera d’Ebre
Iniciamos nuestra ruta en el Centro de Interpretación 115 días (los que duró la batalla). Según entramos nos da la bienvenida un frontal de imágenes en movimiento al trasluz, sobre una pared, con el inconfundible ¡Ay Carmela! Repartidos por toda la sala tenemos diversos paneles interactivos, con los movimientos de tropas, tomas de posiciones, ofensivas y contraofensivas, recreaciones de la vida en el frente, símbolos, banderas, detalles de la población, documentos, fotos y todo lo necesario para aprender y comprender dónde estamos y el por qué de este centro. La visita termina con un documental, donde hablan supervivientes de la zona rememorando sus recuerdos vividos.

Arriba, en la terraza del edificio, hay un excelente mirador, desde donde se puede contemplar el entorno natural actual, donde se libró la batalla con las explicaciones oportunas.

Desde el C.I.115 días, salimos después de unas tres horas de visita con toda la información para visitar los “espacios”.

Sin salir de Corbera d’Ebre, en la parte alta del pueblo se encuentra como testigo mudo de la historia y de los brutales bombardeos “El Poble Vell” (Pueblo viejo), que fue destruido completamente. El silencio y la desolación de sus calles hablan por si solos, conservándose así desde su destrucción en 1938. Desde El Poble Vell tenemos una magnífica vista de la Sierra de Cavalls y de Pàndols. Paseando por sus calles nos vamos encontrando con el abecedario de la libertad, veintiocho letras, obras de diversos artistas que coincidiendo con el 60 aniversario del inicio del golpe militar y sublevación fascista, quisieron plasmar parte de su obra en forma de las letras del abecedario como un homenaje a la paz, repartidas con poesías o palabras enlazadas en el recuerdo (1).

También junto a la impresionante y bombardeada plaza de la Iglesia de Sant Pere (con su torre y arcadas en pie) se encuentra un monumento a las Brigadas Internacionales, inaugurado en octubre del 2000 y obra del artista José Luis Terraza. Así pues, las ruinas del pueblo se convirtieron en el símbolo del episodio más trágico de esta comarca.

Antes de partir, hacemos una comida al aire libre en un bonito espacio rodeado de una gran pinada, en el que se levanta la ermita a la Santa Madrona, con su fuente de agua clara y fresca, pequeños caminos que salen de la ermita nos permiten otra vista del entorno en el que nos encontramos.

La Fatarella

Salimos hacia la demarcación de La Fatarella, por la carretera N-420 en dirección Móra d’Ebre hasta el cruce con la C-12B, que tomamos en dirección a Ascó. A 500 metros se encuentra el acceso al Memorial de les Camposines, donde se rinde homenaje a tod@s los que lucharon en esta sangrienta batalla (2). Estamos ante un cruce de caminos que desde la época medieval fue estratégico, donde está ubicada la antigua ermita de Sant Bertomeu, se ha construido un Monumento-Osario.

“Durante la Batalla del Ebro, les Camposines no perdieron su valor estratégico como nudo central de comunicaciones y fue el objetivo de la mayoría de ofensivas franquistas para retornar a las fuerzas republicanas al otro lado del río”.

Desde el Memorial, desandamos por la carretera el camino y a 300 metros a la derecha nos encontramos con el cruce de la carretera de la Fatarella TV-7331. Seguimos en esa dirección y a unos diez kilómetros vemos el indicativo de la ruta (toda está señalizada). Después de una ascensión, a la derecha sale una pequeña pista forestal que nos sitúa en el Espacio Histórico de les Devees.

“La posición de les Devees forma parte de la red de protección de la población de la Fatarella. El refugio que aún se conserva es obra de los soldados de la posición y lo utilizan como habitáculo para dormir y para resguardarse. Encima del refugio se puede observar parte de la línea de trincheras, de la cual es destacable su forma en zig-zag que permite reducir el efecto de los obuses enemigos y facilita la defensa”.

Fuera de la zona rehabilitada se puede seguir toda la línea defensiva a través del bosque en la que se siguen encontrando trincheras y refugios. Antes de seguir el camino de los “Espacios de la batalla del Ebro”, es interesante acercarse a la bella población de La Fatarella, para lo cual seguimos la carretera que dejamos -la TV-7331- en dirección a esta localidad, con singulares construcciones de piedra seca y varias rutas para caminar y conocer. Un de esas rutas es la “Ruta de la paz”: canales de agua, fuentes en bóveda… y unos singulares agujeros que utilizaron los habitantes de la población como refugio durante los enfrentamientos de la batalla del Ebro, todo un ingenio para la supervivencia.

Villalba dels Arcs

Volvemos a desandar el camino por la carretera TV-7331, hasta un cruce que dejamos a la izquierda en nuestro camino a La Fatarella, un cruce de caminos de los que tienen esos monolitos dedicados a los caídos por “Dios y España” (2).

Ahora a la derecha, cogemos la carretera de Vilalba dels Arcs (TV-7333), por la que continuamos hasta el nuevo cruce dels Quatre Camins, donde encontraremos la carretera TV-7231 que seguiremos en dirección a Vilalba dels Arcs, atravesando el núcleo urbano y continuando por la misma carretera en dirección a la Pobla de Massaluca. Después de recorrer 2,4 kilómetros encontramos a nuestra derecha el acceso a la pista forestal que conduce hasta el Espacio Histórico dels Barrancs, unos dos kilómetros de pista firme.

“De las obras de fortificación realizadas por la unidades republicanas se conservan cerca de 700 metros de trincheras con distintos elementos: pozos de tirador, refugios y chabolas y líneas de evacuación. La trinchera es una zanja de entre 150 y 180 centímetros de profundidad que cuenta con un parapeto de piedra o de sacos terreros que proporciona protección a los combatientes que la ocupan y, a su vez, una posición dominante desde la que poder disparar. De las líneas de trinchera, en posición avanzada, nacen los pozos de tirador, donde los soldados con armas automáticas y granadas de mano, cubrían el frente y dificultaban los ataques del enemigo. Hacia la retaguardia de la trinchera principal partían las trincheras de evacuación, lugar por el que se producía el relevo de tropas, la llegada de suministros y la evacuación de los heridos…”

Estamos ante kilómetros de fortificaciones que cubrían todo lo alto de la sierra desde Vilalba dels Arcs hasta la Pobla de Massaluca, como en les Devees se puede seguir andando y encontrando fortificaciones por toda la línea de defensa, apreciando desde las diferentes posiciones el control que se podía hacer de la zona. Hoy esas maravillosas vistas son solamente panorámicas, teniendo en cuenta que los pinos que vemos son de reforestación posterior.

Sierra de Pàndols: cota 705

Volvemos andado hasta el cruce de dels Quatre Camins, esta vez cogemos dirección Gandesa por la carretera TV-7231, donde podemos visitar el Centro de Estudios de la Batalla del Ebro, con el tiempo en los talones lo dejamos para otra ocasión y seguimos en dirección hacia Tortosa por la C-43. A poco más de 2 Km. de la salida de Gandesa nos encontramos con el desvío que conduce hasta la Fontcalda, recorriendo el camino asfaltado durante 2 km. más, hasta el cruce con el camino que nos lleva hasta la cima de la sierra de Pàndols, por donde tendremos que transitar unos 2,5 km sobre una pista forestal.

“La cota 705, también conocida como la Punta Alta, se convierte en un espacio clave de la batalla. Desde su privilegiada situación se podían controlar y batir el resto de cotas que la rodean. Su ubicación, en las estribaciones de la sierra, posibilita el control del valle donde se encuentra el Pinell de Brai y de parte de la sierra de Cavalls, con el vértice Sant Marc como cima más cercana…”

Allí se encuentra el Monumento a la Paz que erigieron los supervivientes de la ‘Quinta del biberón’. Y es lugar de encuentros y homenajes

Pinell de Brai

Regresamos a la carretera C-43, por donde continuaremos, en dirección a Tortosa, unos diez kilómetros, llegando hasta a la población del Pinell de Brai. En esta población se encuentra el Centro de Interpretación “Les Veus del Front” donde nos explican el papel que la prensa y la propaganda de ambos bandos jugó durante la Batalla del Ebro.

“Sus contenidos se plantean a través de cinco ámbitos expositivos que permitirán al visitante entender cual fue la influencia de los medios de prensa y propaganda de ambos bandos, así como los instrumentos utilizados y los mensajes ideológicos que se pretendían transmitir. Los cinco ámbitos diseñados son: en el interior del frente, entre los frentes enemigos, entre el frente y la retaguardia, en las retaguardias y entre el extranjero y la batalla”.

En el casco urbano se encuentran Les Cases Caigudes, otro recuerdo de cómo quedó esta población sometida a bombardeos durante cuatro meses por la fuerza de la sin razón del golpe fascista de 1936. Un mirador nos vuelve a permitir contemplar las sierras aledañas: Pandóls, Cavalls…

“Uno de los puntos escogidos por las fuerzas republicanas para cruzar el río Ebro la noche del 25 de Julio de 1.938 se sitúa en las proximidades de Miravet. Después de ocupar esta población, el grueso de las fuerzas se dirige hacia la serra de Pàndols por la carretera que va de Miravet al Pinell de Brai. Los republicanos entran en el Pinell de Brai hacia las 9 de la mañana del día 25 sin encontrar resistencia. Durante toda la batalla, hasta su ocupación por parte de las fuerzas franquistas, el día 3 de Noviembre, el núcleo del Pinell de Brai se convierte en una zona de retaguardia republicana donde se instalan servicios sanitarios, de intendencia y de descanso. Por esta razón, fue uno de los objetivos de los numerosos bombardeos de la artillería del ejército franquista y de su aviación…”

Se nos ha echado la noche… nos vamos. Pero prometemos volver a visitar todo más pausadamente, con más tiempo, pues se nos quedan muchas cosas en el camino, este camino abierto en la recuperación de nuestra memoria histórica, que ojalá sirva de ejemplo a otros tantos lugares de la geografía ibérica.

Nos vamos con todos los sentidos calados de los aires de esta Terra Alta y de su historia, dos ingredientes que animan a seguir luchando por la justicia y por mantener enarbolada la bandera de nuestra III República, por la paz, por la libertad y por ese otro mundo que fue posible en 1938 y puede serlo hoy.

Referencias:
(*). Los textos en letra cursiva están extraídos de la documentación que proporciona la COMEBE (Consorci Memorial dels espais de la Batalla de l’Ebre). A lo largo de todo el recorrido hay paneles explicativos.

(1).Solidaridad (Del Abecedario de la Libertad, Poble Vell)
Sobre ti; llovieron bombas
tiñendo el amanecer,
el manto de la noche se cubrió de gris,
el camino se tornó laberinto de soledades.
Moribundo el corazón, sólo escuchaba la orquesta muda de la incomprensión,
las sombras no dormían,
estaban en cada uno de nosotros,
sembrando terrores,
el fuego encendía más fuego y la luz de la barbaridad se expandía quemando
hogares y esperanzas.
Los instantes permanecían encarcelados, creciendo preguntas en el combate de las razones.
Piedra y sangre.
Herida y llanto.
Sobre los ojos rotos, el adiós de un horizonte incierto.
Dolor no regreses nunca.
Quiero olvidarte.
Sara F.F.

(2) “Sitio concebido como un monumento a todos aquellos que participaron en la batalla, sin distinción de ideologías o bandos, con el objetivo de superar la fractura social que comportó la Guerra Civil y que se perpetuó a través de los numerosos monumentos que a lo largo de los años, los representante de ambos bandos, erigieron en diferentes puntos del territorio…”

Con respeto y  el dolor de la muerte por delante, hubo un solo bando, el golpista, el inconstitucional que enterró a sus muertos y se dedico durante largos cuarenta años a glorificarles. Ese bando fascista y sedicioso siguió dedicándose a llenar de muertos toda la península terminada la guerra. La fractura social no fue otra cosa que la eliminación y represión de todos los que apoyaron la legalidad constitucional de la II República, que no fueron un bando, fueron la legalidad de un país. Abramos las fosas que siembran el estado español, retiremos los símbolos de la represión fascista y demos luz a la historia que se pretende escribir con objetividad y justicia… ¡Bienvenida la pedagogía de la paz!

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* Miembro de la Asamblea de Redacción de LQSomos
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Primavera: Perú (2017)

Francisco Cabanillas*. LQSomos. Mayo 2017

Si quieres saber de mi vida,
Vete a mirar al Mar.
Martín Adán

Y me han dolido los cuchillos
De esta mesa en todo el paladar.
César Vallejo

Viajar conduce inexorablemente hacia la propia subjetividad.
Michel Onfray

LASA. Del 28 de abril al 2 de enero, la conferencia de la Asociación de Estudios Latinoamericanos de Estados Unidos, LASA (Latin American Studies Association), se llevó a cabo en la Pontificia Universidad Católica de Lima, Perú; muy cerca de la Universidad Mayor de San Marcos, considerada la más antigua de las Américas (1551).

Ubicación ideal; desde el séptimo piso del más alto de los edificios donde se llevaban a cabo algunas de las ponencias, se veía por la ventana, inscrito en un letrero comercial a lo alto del paisaje urbano, el neologismo más importante del siglo XX peruano: “TRILCE.”

Zona de alta tensión. Nombre del poemario más experimental de César Vallejo, uno de los grandes poetas crísticos y vanguardistas de la poesía hispanoamericana, Trilce: “Y se acabó el diminutivo, para / mi mayoría en el dolor sin fin, / y nuestro haber nacido así sin fin.”

LASA. Venta de libros; compra perfecta; edición reciente, del 2015, con pinturas de artistas peruanos, del ensayo de Sebastián Salazar Bondy, Lima la horrible (1966). Texto fundacional de la crítica cultural de la segunda mitad del siglo XX peruano. Libro que, según Alejandro Susti en el prólogo, responde:

Al estudio de la construcción y perpetuación del llamado mito de la Arcadia Colonial y sus diversas formaciones ideológicas: las grandes familias, el criollismo, el perricholismo, la articulación del poder político con el poder religioso, las clases sociales y sus interrelaciones, el papel de la mujer como ‘bastión del conservadurismo,’ la configuración urbanística de la ciudad y el gusto limeño por el pastiche, la literatura festiva y satírica expresada a través del lenguaje cotidiano y sus modalidades (la sátira, la lisura y la huachafería), el culto a los muertos, la relación entre el vals criollo y la necrofilia, la pintura colonial como arte dirigido y, por último, el enfrentamiento entre la literatura pasatista de la Arcadia Colonial (entre cuyos exponentes de ubican Palma, Santos Chocano, Riva Agüero) y aquella otra de carácter renovador (González Prada, Eguren, Mariátegui).

Ponencias; apuntes felices; de una sesión que articulaba antropología, arte y literatura, queda una nota sobre uno de los personajes de la pintura del argentino Antonio Berni: Juanito Laguna. Inmediatamente, sobre todo tras la reciente publicación de la primera novela sobre “El Cantante de los cantantes,” Héctor Lavoe, Rompe Saragüey (2016), la relación con uno de los personajes creados por Lavoe, “Juanito Alimaña” (1983), resulta tentadora. Relación en remojo: Juanito Laguna y Juanito Alimaña se complementan en su oposición. Uno apunta a la esperanza y el otro al bandidaje:

La calle es una selva de cemento
Y de fieras salvajes cómo no
Ya no hay quien salga loco de contento
Donde quiera te espera te espera lo peor
Donde te quiera te espera lo peor.

Juanito Alimaña con mucha maña
Llega al mostrador
Saca su cuchillo sin preocupación
Dice que le entreguen la registradora
Saca las billetes saca un pistolón, pum.

De otra sesión queda otra nota feliz sobre el “neobarroso” del argentino Néstor Perlongher; concepto que, en “Poéticas de resistencia: el neobarroso rioplatense” (2013), la crítica suma al neobarroco de los cubanos Severo Sarduy y José Lezama Lima. Inevitablemente, la conexión con la “cámara nuyorican” de ADÁL, sobre todo en la serie “Fuera de foco,” como Santo Borroso: Patron Saint of the Out of Focus (2002), plantea la posibilidad de establecer un tríptico entre el neobarroco, el neobarroso y el neoborroso.

Está claro que uno de los puntos clave de la conferencia se dio al margen de la jornada académica, en la zona de los food trucks, donde era posible comerse un plato de lomo saltado, con papas fritas y arroz blanco en un ambiente de intensa comensalidad.

Entre la vaca y el pescado; desde lo alto, Trilce contemplaba la movida culinaria en silencio: “He almorzado solo ahora, y no he tenido / madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua, / ni padre que, en el facundo ofertorio / de los choclos, pregunte para su tardanza /, por los broches mayores del sonido.”

Miraflores, Lima. Del 28 de abril al 2 de mayo; de los hoteles en lo alto de los acantilados de Miraflores a la planicie de la zona universitaria en San Miguel. Viaje de aproximadamente media hora. Miraflores; primera salida mañanera; de 6:45 a 8:00. Primer tramo del periplo a pie: correr del hotel Casa Andina, en la Avenida 28 de Julio, hasta el malecón que empieza en el Parque Salazar, donde muere la avenida José Larco.

Durante la corrida, estar pendiente a los tonos de la colonialidad.

Segundo tramo. Del Parque Salazar hasta el Parque Grau, pasando por el Parque del Amor y más adelante la escultura del poeta Antonio Cisneros: “Es difícil hacer el amor, pero se aprende.” Regresar del Parque Grau al hotel por la misma ruta: malecón, Avenida José Larco, Casa Andina.

A lo largo de la inmensidad del Pacífico, desde lo alto, mirar a los surfers que desde temprano se tiran al agua a cabalgar las olas. Puntitos negros en el mar que parecen focas.

Segunda salida de la mañana; de 9:00 a 9:15. Caminar de Casa Andina hasta el hotel Marriot, frente al Parque Salazar. Tomar el shuttle de LASA que lleva a la Pontificia Universidad Católica, aledaña a un fragmento de El camino del Inca. Durante el trayecto, mirar por la ventana y hojear de vez en cuando Lima la horrible: “No obstante aquí, en Lima, como romeros de todo el Perú, las provincias se han unido y, gracias a su presencia fuertemente desgarradora, reproducen ahora en multicolor imagen urbana el duelo de la nación: su abisal escisión en dos contrarias fortunas, en dos bandos opuestos y, se diría, enemigos.”

Del 2 al 4 de mayo; de Casa Andina cambiar al hostal Che Lagarto, en el Pasaje Schell, cerca del Parque Kennedy. Óvalo de Miraflores. Salir temprano en la mañana, 6:45, por la calle Schell hasta la Diagonal y de esta pasar rápidamente al Malecón Balta (calle engañosa que, más bien, conduce al malecón), en dirección al mar, pasando por el puentecito de madera que recuerda a Julio Cortázar.

Al final de Malecón Balta acontece la gran sorpresa: aparece el Parque del Amor, propuesta más dramática que hace el malecón en su longitud pacífica. Una celebración del Parque Güell y de la poesía, de los poetas y de los enamorados, en cuyo centro se encuentra una enorme escultura de Víctor Delfín titulada El beso (1993).

Al pie de la escultura, entre dos citas más, esta del poeta Martín Adán refresca la mañana neblinosa de Lima: “Amor es como luz.”

LASA. Cinco días de ceviches y cebiches, de pulpos y chicharrones de pescado; de chupes, de lomos saltados y pollos a la brasa; y de esa “cerveza lírica y nerviosa” de la que hablaba Vallejo en Trilce: “El yantar de estas mesas así, en que se prueba / amor ajeno en vez del amor propio, / torna tierra el bocado que no brinda la / MADRE, / hace golpe la dura deglución; el dulce, / hiel; aceite funéreo, el café.”

De Lima a Paracas. Del 4 al 6 de mayo. Por la Carretera Panamericana; de norte a sur. De la artificiosidad citadina de Lima a la realidad desértica de la costa pacífica. Dice Salazar Bondy en Lima la horrible: “Y Lima —naturaleza y ciudad— es así: una tregua en el arenal, un latido en la soledad, una sonrisa en la adustez de cielo y tierra.”

Costa peruana. Aridez que muerde; sequedad que hace gritar. Violencia de un paisaje que no se conduele. De Lima a Paracas; viaje de 6 horas en el bus más popular, a pelo, con el sol encima, sin aire acondicionado, frente a un viajero evangélico, de la Teología de la Prosperidad, que leía en voz alta la Biblia.

De noche, llegar al pueblo de Pisco y merodear un poco. Tomar un taxi y en menos de media hora llegar al hostal de mochileros de Paracas, en la zona del Hotel Candelabro, a dos calles del mar. Por la mañana, descubrir el tajo que existe entre el pueblo playero y la realidad de la playa.

Temprano, correr por la orilla de una playa, de arena gris, casi negra, contaminada por el aceite de los motores de las embarcaciones de los pescadores, cuya mancha flotante ocupa una parte significativa de la costa, punteada por el Embarcadero Islas Ballestas. Orilla más bien sucia, cubierta de basura del mar y del poblado, sobre una playa, llamada Chaco, en la que no se baña nadie, a lo largo de la cual se vive la vida playera de un pueblo costero abocado al turismo tardomoderno.

De rigor; visitar las Islas Ballestas en la embarcación con motor de dos tiempos que llevaba a los turistas, cuya polución, humo azul con fuerte olor a aceite, hacía gritar a los leones marinos y a los pingüinos insulares. Contemplar desde el bote en movimiento la verticalidad de la inscripción en la montaña arenosa, varias veces centenaria, del llamado “candelabro”.

¡Grafómanos, demasiado geografómanos!

Por la noche, en el puesto de comida que asan el pescado en la calle, a la entrada sin puerta del local más que amistoso, sentarse a la mesa con otra cita de Trilce, “Tengo ahora 70 soles peruanos”; pedir un lenguado con ensalada y papas fritas, dos Pilsen y volver al poemario de Vallejo: “La tarde cocinera se detiene / ante la mesa donde tú comiste; / y muerta de hambre tu memoria viene / sin probar ni agua, de lo puro triste.”

De Paracas a Huancachina. Del 6 al 7 de mayo; de la costa playera a la duna descomunal. De la realidad costera a la inmensidad desértica. De Paracas a Ica y de esta al oasis de Huancachina. Zona densamente turística, rodeada de altas dunas, a la que se va para experimentar en carne propia la monumentalidad movediza del desierto peruano; ferocidad arenosa, como la poesía de Enrique Verástegui: “El desierto es un papel que flota bajo el viento sublunar” (2014).

Darle vueltas al oasis, hasta descubrir que, entre la acera que bordea los hoteles y la orilla que circula la pequeña laguna, un nivel intermedio circunda el estanque de agua oscuramente verdosa. Oasis espiralado. ¿Y también laberíntico?

Mientras más vueltas se le da al charco de agua, más parece que se exacerban los perros que duermen a la intemperie. Canes callejeros que todavía le ladran al desconocido que corre solo por la mañana. Falso sentido de territorialidad. Espacio público.

A las 6:30 de la mañana, el rasta peruano que andaba con tres perros por la noche, vendiendo artesanías, marihuana, tocando un tamborcito, se tomaba una cerveza, todavía en el contexto de la juerga nocturna. Entre otros de la zona, sus perros eran de los que, a pesar de ser callejeros, le ladraban al trashumante que les corría por el lado.

Entre el desierto y la nada: Huancachina. Trilce reflexiona geopoéticamente: “Vuelve la frontera a probar / las dos piedras que no alcanzan ocupar / una misma posada a un mismo tiempo. / La frontera, la ambulante batuta, que sigue / inmutable, igual, sólo, / más ella a cada esguince en alto.”

Turismo tardomoderno.

De Huancachina a Miraflores. 7 de mayo. Regreso a Lima desde el desierto inopinado en un día caluroso, marcado por el sol que quema en el lado del pasajero; tres horas y media de calor en taxi, cristales abiertos, mitigando los rayos del sol con un pedazo de manga que el taxista provee.

Micropolítica.

Del 7 al 13 de mayo; de vuelta al hostal Che Lagarto, cerca del Parque Kennedy, siempre lleno de gatos realengos. Zona porosa, en más de un sentido; mezcla entre turistas y locales. Flujo. Interseccionalidad. Área de mucha movida por aceras y pasajes.

En una de varias librerías frente al Parque Kennedy, acontece otro milagro: descubrimiento de un libro de Michel Onfray, Teoría del viaje. Geografía poética (2016), que cae como anillo al dedo: “En el viaje descubrimos solamente aquello de lo que somos portadores.”

Especularidad; viajero que lee Teoría del viaje mientras viaja. Encuentro feliz, demasiado feliz. Una teoría poética del viaje a partir de una fenomenología del viajero —nunca del turista—, cuyo metaviaje es sobre todo socrático: “Uno mismo, ese es el gran asunto del viaje. Uno mismo y nada más. O poco más. Hay pretextos, ocasiones, cantidad de justificaciones, ciertamente, pero, de hecho, nos ponemos en marcha movidos solamente por el deseo de partir a nuestro propio encuentro con la intención, muy hipotética, de volver a encontrarnos, cuando no de encontrarnos.”

Para el hedonista ético-estético que es Onfray, la fenomenología del viaje, esa geografía poética que delinea la subjetividad del viajero (filósofo del desplazamiento; político de la corporalidad), constituye un placer para cada uno de los sentidos que experimentan la novedad del viaje.

Hiperestesia: “Emoción, afecto, entusiasmo, asombro, integración, sorpresa, alegría y estupefacción, todo se mezcla en el ejercicio de lo bello y lo sublime, del cambio de hábitos y de la diferencia” (Teoría del viaje).

Como en otros libros de Onfray, leídos desde el giro decolonial latinoamericano, la propuesta que el filósofo francés hace de la modernidad no tiene presente, dado su eurocentrismo inescapable (¿como el de Zizek?), que la modernidad y la colonialidad son inseparables.

Geopolítica del saber.

Ante el desfase eurocentrado de Onfray, que lo hace decir cosas como esta, “La suerte de la modernidad es que permite elegir su propia relación con el tiempo, no obliga; al contrario que en el pasado, que obligaba, y tanto, en función de sus límites,” la colonialidad alumbra a los que la modernidad mantiene atados al tiempo de precarización neoliberal.

De Miraflores a Barranco. Intensidad sensorial. Contigüidad geográfica. Al suroeste de Miraflores, Barranco se aboca a la poesía de los sentidos. Barrio bohemio (ficción real); sinestésico. Membrana; del paisaje visto desde los acantilados del malecón de Miraflores frente al Pacífico, a la proximidad terrera de Barranco, donde los restaurantes tienen nombre de poemarios afrocubanos, como Sóngoro Cosongo (poemario de Nicolás Guillén, de 1931).

Mezcolanza (para nada el elogio de la Arcadia Colonial que combatió Salazar Bondy); en el mismo restaurante de nombre afrocubano, un poema de Jorge Luis Borges disparaba un dardo de papel desde la pared donde estaba pegado a un cartel.

Barranco. Entre la gente que va y viene por la Avenida San Martín, uno con pinta de poeta, parecido a Martín Adán, sale del restobar Ayahuasca. Mira con la mirada del que pertenece al lugar y por eso se siente compelido a interpelarlo:

La cosa real, si la pretendes
No es aprehenderla sino imaginarla.
Lo real no se le coge: se le sigue,
Y para eso son el sueño y la palabra.
¡Cuídate de su atajo!
¡Cuídate de su distancia!
¡Cuídate de su despeñadero!
¡Cuídate de su cabaña!

Entre un movimiento rápido de palabras, “Yo buscaba otro ser, / Y ése ha sido mi buscarme,” el poeta de sombreo negro y anteojos redondos (¿se parecerían Martín Adán y Fernando Pessoa?), cambia de avenida y aumenta el trote, ahora por la Avenida Grau, en dirección hacia el bar Juanito.

Cultura etílica, como la de Rubén Darío.

De vez en cuando, el poeta mira para atrás como si lo estuvieran siguiendo los espectros de la literatura peruana; cuando puede, escupe contra la cuneta como si le estuviera tirando piedras al solipsismo: “Yo no quería ni quiero ya ser yo, / Sino otro que se salvara o que se salve.”

Martín Adán se mueve con el ritmo del que sabe lo que quiere filosófica y literariamente: “Y escribí libros para persuadirme / A que yo era alguien, / Uno según mi gana / O según mi nadie. / El Otro, el Prójimo, es un fantasma.”

Como el que se siente a tono con su teleología, “nada es sino la sorpresa / Eterna de tu mismo reencontrarte,” entra al bar Juanito de Barranco con la lengua por fuera, muriéndose de una sed que era más potente que el alcoholismo que se lo comía por dentro: “¿Quién soy? ¿Lo sé yo acaso? / ¡Pero no, el Otro no es! / ¡Sólo yo en mi terror o en mi orgasmo!”

Pide una copita de pisco que se toma de un trago; escribe en la servilleta: “¡Cuán a destiempo llega uno a sí mismo!”

Se toma diez copitas más. Se fuma casi un atado de cigarrillos. Al irse, tambaleándose frente el espejo, se dice a sí mismo: “Iré el domingo a la playa del mar, / A mirar la ola y el bufeo.”

Barranco: barrio en el que vivió, en el Pasaje Sánchez Carrión, el “poeta maldito” (así lo llamó Mario Vargas Llosa), quién, según “Martín Adán y su rancho barranquino” (2015), “fue uno de los grandes poetas vanguardistas latinoamericanos, cuyo verdadero nombre es Rafael de la Fuente Benavides. Vestía siempre de negro, con un abrigo largo y sombrero de ancha ala, lentes gruesos y cigarrillo en mano paseaba por las calles de Barranco, escribió su famosa obra “LA CASA DE CARTÓN” antes de cumplir los veinte años de edad y con este libro deslumbró a los más brillantes intelectuales de la época como Luis Alberto Sánchez, que escribió el prólogo, y a José Carlos Mariátegui, quien hizo el colofón.

Sobre la novela poética, dice Mariátegui en el colofón: “En La Casa de Cartón hay un esquema de biografía del Barranco o, mejor, de sus veranos. Si la biografía resulta humorística, la culpa no es de Martín Adán sino del Barranco. Martín Adán no ha inventado a la tía de Ramón ni su bata ni su negrita; todo lo que él describe existe” (1928).

Coda. En los años sesenta, el poeta beat Allen Ginsberg estuvo en el Perú (quería que los poetas peruanos le consiguieran cocaína). Dijo que Machu Picchu era para los ricos porque costaba mucho visitarla.

Ginsberg se juntó cuatro veces en el bar Cordano de Lima con el poeta maldito/etílico: “Martín Adán lo trató mal al comienzo, pero después, al ritmo de los brindis, entendió seguramente las ansias poéticas del visitante” (Carlos Batalla, 2017).

Primavera (2017): entre la inmensidad del Pacífico y la del desierto.

Perú.

Desde El Callao, la estatua de Héctor Lavoe irradia una puertorriqueñidad que el pueblo peruano absorbe a través de la música.

Melómano, demasiado melómano; a Perú le gusta la música de Puerto Rico.

¡Diáspora!

Más artículos del autor
* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua española, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014). Miembro de LoQueSomos

Crónica de un viaje a Cuba: Mercadillo de libros…

loquesomos.-Habana-plaza-armas-librosjpgLuis Puicercús “Putxi”. LQSomos. Noviembre 2016

…en la plaza de Armas de la Habana Vieja

Durante los cuatro meses que he permanecido en Cuba –en Caimito del Guayabal–, he tenido la oportunidad de viajar ocho veces a La Habana, aprovechando cada uno de los viajes para visitar el mercadillo de libros usados y de ocasión situado en la Plaza de Armas. Construida en 1519, es una de las cuatro plazas más antiguas de la Habana Vieja. Situada cerca del mar y del Malecón, es muy pintoresca, llena de sonidos, colores y aromas. Su estancia en ella me trasladó a un entrañable viaje en el tiempo.

Es este un mercadillo de libros de segunda mano y de ocasión, provenientes de fondos de bibliotecas vendidos –como se hace aquí–, por necesidad o cuando muere el abuelo de la casa, dueño de sus “tesoros” bibliográficos. A pesar de que mis acompañantes me han asegurado que estarán atentos por si aparece “alguna joyita”, yo estaba seguro que lo único que iba a conseguir con facilidad serían algunos ejemplares en buenas condiciones de compra… lo que ocurrió al final.

Aquellas visitas al mercadillo no las programé con el fin de encontrar “algo” interesante, algún “chollo” y ni mucho menos libros nuevos o primorosamente encuadernados. Me acerqué a aquel “Rastro” tan particular para encontrar libros de autores cubanos, en especial de Leonardo Padura, el más importante escritor de novela policíaca de la isla, aunque algunos editores aseguran que es el abanderado de la nueva novela negra en Cuba. En segundo lugar para buscar libros de Hemingway y, todavía más importante, libros relacionados con Hemingway. En realidad voy al encuentro de algunos libros que se comercializan solo en Cuba. Debo reconocer que cumplí con creces ambas expectativas… y ahorrándome unos buenos euros, todo hay que decirlo.

Y lo conseguí después de poner en práctica el antiquísimo y noble arte del “regateo”, adquirido durante años en mis frecuentes visitas al Rastro madrileño. Siempre hay que regatear para conseguir un producto a buen precio. ¿Un arte? Por supuesto que lo es. Hay que ir a comprar en plan humilde y respetuoso. No demostrar “especial interés” en el producto sobre el que se regatea (poner “cara de póker”). Tener paciencia y, sobre todo, un método “casi” infalible para conseguir lo que se quiere: “Hacer como que te vas”. Es este un método que casi siempre da resultado, pero hay que tener cierta psicología para “abandonar” el puesto en el momento “oportuno” con el riesgo de que “te dejen ir” de verdad y perder la posibilidad de adquirir el libro. Tengo que destacar el cuidado escrupuloso con que trataban los libros en los puestos que visité. La mayoría de los libros se encontraban envueltos en plástico, aunque no estaban plastificados. Libros de segunda mano que en ocasiones parecían nuevos.

Centrándome en la obra de Leonardo Padura, en las ocho visitas que realicé al mercadillo pude conseguir casi toda la obra del escritor. Aparte de la más que conocida El Habana-plaza-armas-libros-loquesomoshombre que amaba a los perros, me llevé ocho títulos más: Herejes, La cola de la serpiente, Máscaras y La neblina del agua, para mí la mejor, quizás porque habla de comercializar y comprar y vender libros dentro de una trama policíaca. Además tuve la suerte de conseguir cuatro “primeras ediciones” de Padura, que no sé bien para qué pueden servir en este caso: Fiebre de caballos (1988), El submarino amarillo (1993), Adiós Hemingway (2001) y La novela de mi vida (2002). Se da la circunstancia de que algunos de los libros que compré estaban dedicados por el autor a sus dueños, que los adquirieron en alguna de las ediciones de la Feria del Libro de La Habana. Eso dotaba a los libros de un cierto valor añadido, aunque fuese simbólico.

En otra de las visitas al mercadillo tuve la suerte de encontrar dos libros que hablaban sobre Hemingway: Hemingway en Cuba, de Norberto Fuentes, con prólogo de Gabriel García Márquez, editado en Cuba en 1984 y que cuenta sus 22 años de vida en Cuba, sin duda un tesoro de datos inéditos sobre el escritor. En el otro, Un corresponsal llamado Hemingway, también editado en Cuba el mismo año, se cuenta su labor como reportero… una antología de su trabajo periodístico. A pesar de que eran unos libros de noséqué mano, estaban en perfectas condiciones. Bueno, me pedían 50 CUC por los dos (unos 45 euros). Después de poner en práctica el arte del regateo me los llevé por 30. Al regresar a España me sorprendió comprobar que los dos ejemplares, sin tener asegurado un fondo editorial, costaban 93 euros. En otras visitas a la plaza conseguí otros títulos de Hemingway –de los que ya disponía en mi biblioteca– a muy buen precio, todos destinados a regalar a familiares y amigos: Las nieves del Kilimanjaro, Adiós a las armas, Fiesta, Por quién doblan las campanas e Islas en el golfo.

La última visita al mercadillo, ya casi con un pie en la escalerilla del avión, supuso una agradable sorpresa en mi búsqueda de escritores cubanos poco conocidos en España, al encontrar algunos títulos de Pedro Juan Gutiérrez: Carne de perro, Animal tropical y El insaciable hombre araña, y sobre todo su obra más relevante, Trilogía sucia de La Habana, de 1998, una dura novela de denuncia social sobre las consecuencias del “período especial” en La Habana a principio de los años 90. Unas consecuencias que llegaron hasta nosotros mediatizadas, con poca relevancia y sin llegar a conocer realmente las graves secuelas que tuvieron lugar en La Habana en aquellos años como consecuencia de la caída de la Unión Soviética. Esta novela está clasificada entre los 1001 libros que “se deben leer antes de morir”, según una rigurosa selección realizada por universidades de diversos países. Una curiosidad final. Después de cada compra de libros, en algunos puestos me obsequiaron en distintas ocasiones con dos pequeños libritos, La historia me absolverá, de Fidel Castro o El viejo y el mar, de Hemingway

putxi-habana-pzaarmas-loquesomosY no solo se venden libros en la plaza de Armas. Hay también varios puestos de antigüedades: relojes, monedas, billetes, cámaras fotográficas, objetos de bronce… Pero lo más curioso se encuentra a unos metros de la plaza donde dos cubanas, rayando ya la cincuentena, enfundadas en sendos trajes tradicionales criollos se dejan fotografiar con los turistas con prometedoras sonrisas, dándoles un beso (con abundante carmín) en cada una de las mejillas del turista de turno… y a cambio de “la voluntad”, una voluntad que no pasa por la donación de moneditas –menudo–, sino por billetitos a partir de 5 CUC… las cubanas podrían ser humildes pero no tontas.

En la calle Obispo, que sale de la plaza de Armas, hay cinco librerías con precios “para turistas”, en este caso librerías poco dadas al regateo, según me confirmaron. En una de ellas encontré un librito del que tenía conocimiento, Paseando con Papa Hemingway, de Guido Guerrera, editado en Cuba en 2003. El viejo librero me lo enseñó, remarcando que su precio era de 10 CUC (9,40 euros) y que no podía rebajar ni un centavo… me lo llevé por 8. Bueno, al final retorné a mi viejo Madriz “con las alforjas llenas” por más de 60 títulos de muy buena y casi desconocida literatura cubana… Viaje a Cuba éste que llenó completamente todas mis expectativas.

* Crónica de un viaje a Cuba, son una serie de relatos en primera persona de la estancia en este año en la Isla del autor, la figura de Hemingway siempre esta presente.
Miembro de la Asamblea de Redacción de LQSomos. Autor del libro “BRIGADISTAS EN CUBA” (clic aquí), testimonio de la enriquecedora experiencia que supuso su estancia en Cuba durante tres años en el marco de las Brigadas de Trabajo Voluntario.
Otras notas del autor

Crónica de un viaje a Cuba: La Bodeguita y Ambos Mundos

bodeguita-del-medio-LQSomosLuis Puicercús “Putxi”. LQSomos. Octubre 2016

Cuna del mojito cubano y el hotel de Hemingway

Mes de junio. Otro viaje al Club de Prensa Internacional de La Habana para conseguir un nuevo visado como corresponsal de prensa. Después de haber estado con anterioridad en el Floridita, recorremos la populosa calle del Obispo, la que puede considerarse la más representativa de la Habana Vieja. Después de atravesar ocho cuadras (manzanas) y de un lento y casi penoso peregrinaje –por razones obvias a causa de mi movilidad para los que me conocen– y entrando en una callecita lateral de la fachada de la Catedral, en el número 207 de la calle Empedrado, llegamos a nuestro destino. Y para terminar esta especie de acertijo inicial puedo adelantar que es un lugar donde “el espíritu y la materia se abrazan emocionados”… no sé dónde escuché tan esotérica afirmación.

Mi mojito en la Bodeguita… y mi daiquirí en el Floridita», frase que preside la barra del establecimiento –un indudable reclamo publicitario– nos indica que estamos en la mítica Bodeguita del Medio, otro de los lugares habaneros que popularizó el insigne escritor Ernest Hemingway. Cuando cualquier viajero está de paso por la Habana Vieja no puede dejar de visitar este histórico lugar.

Nos encontramos en el santuario del ron, uno de los lugares de culto para degustar otro de los más famosos y deliciosos cócteles cubanos: el mojito. Es este un cóctel que incluye en su composición ron, azúcar, hielo, soda y hierbabuena. Según el primer dueño de la Bodeguita –en 1942– el inventor del trago fue el corsario inglés sir Francis Drake, por lo que en sus inicios esa mezcla se llamaba drake. Y como otra curiosidad adicional –según nos comenta el barman–, al principio este trago se elaboró con la tafia, un primitivo predecesor del ron.

Y no solo por el mojito es conocida La Bodeguita. Las fotografías y las firmas de miles de parroquianos tapizan las paredes. No hay un solo centímetro de sus paredes, de sus mesas y de sus rincones más íntimos y escondidos que no estén literalmente cubiertos de dedicatorias y firmas. Y donde éstas faltan hay innumerables fotos de personajes que, en diversos momentos, han visitado este santuario del buen beber y comer del mítico universo hemingwayano: La Bodeguita del Medio.

mojitos-cuba-loquesomosPunto de encuentro de personajes famosos y populares que visitaron la isla, existió la tradición de que las personalidades que pasasen por La Bodeguita tendrían que dejar un recuerdo, una huella de su paso por allí, una foto, un objeto o una firma en sus paredes. Me tomo un tiempo para contemplar las huellas del pasado de algunos de ellos: Pablo Neruda, Mario Moreno Cantinflas, Errol Flyn, Brigitte Bardot, Spencer Tracy, Agustín Lara, Gary Cooper, Jean-Paul Sartre, Ava Gardner o Ernesto Ché Guevara. Salvador Allende puso la siguiente inscripción en una de las paredes: Cuba Libre, Chile espera.

Sobre las mesitas del comedor se han colocado unos rectángulos de papel amarillo en los que están escritos el menú y otras curiosidades. Una de ellas es el poema escrito por Nicolás Guillén dedicado a La Bodeguita y a su primer director y que termina así: …Brindo porque la historia se repita y porque lo que es ya la bodegona nunca deje de ser la Bodeguita.

Local con un ambiente típico cubano, cuenta con una deliciosa gastronomía basada en la cocina criolla y una excelente música, protagonizada por grupos de música cubana a los que se le puede demandar cualquier tema. Uno de los turistas presentes –la gran mayoría– se acerca al grupo y les pide “Chan Chan”, la célebre canción de Compay Segundo, tema que coreamos todos los presentes, mientras nos acercamos con dificultad a la barra del bar, abarrotado en esos momentos.

Ordenamos una ronda de mojitos, que acompañamos con una ración de chicharrones fritos, –muy parecidos a nuestros torreznos– que los cubanos denominan saladitos, para acompañar las bebidas. Quizás están faltos de sal, algo que nos apresuramos a corregir, sin saber que estamos contribuyendo a tomarnos ¿más de un mojito?… exacto, al final fueron cuatro las rondas pedidas… y bebidas, claro.

hotel-ambos-mundos-cuba-LQSDespués de salir, volvemos a la calle del Obispo esquina con la de Mercaderes, donde se encuentra el hotel Ambos Mundos, aquel que alcanzara fama internacional cuando se convirtió en el “primer hogar” del mejor autor de la literatura universal, Ernest Hemingway. En la última planta del hotel, en la habitación 511, encontró Hemingway toda la tranquilidad para escribir “durante la acariciadora y fresca brisa matinal” –según afirmaba– durante los años que permaneció en La Habana, antes de irse a vivir a Finca Vigía. Desde hace años la habitación se ha convertido en museo, conteniendo una colección de objetos que le pertenecieron. La entrada a este especial museo cuesta dos CUC (1,80 euros), solo asequible para los turistas.

Tengo que reconocer que estar en su habitación me provocó una gran emoción. Se siente la presencia del escritor en ese receptáculo de tan solo 16 metros cuadrados. Al asomarme a una de las ventanas tengo ante mis ojos el mismo espectáculo que enamoró a Hemingway aquellos años: el castillo del Morro, un trozo de mar, los rojos tejados de las viviendas de la calle Obispo y el hermoso Palacio de los Capitanes (donde hoy se encuentra albergado el Museo de la Ciudad). En esa habitación escribió “Por quién doblan las campanas”, una de sus mejores obras. La escribió en 1937, después de haber estado en España como corresponsal de guerra. Recuerdo una cita inicial de la novela: La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad, por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.

En el hotel todo ha permanecido intacto y casi en las mismas condiciones que cuando Ernest se hospedaba allí. Hacia la izquierda se encuentra el mismo largo mostrador rodeado de cómodas banquetas donde Papa ordenaba el habitual daiquirí sin azúcar –por su innegable e inconfesable intolerancia al azúcar debido a la diabetes que padecía–. Junto a la entrada, hay un piano de cola donde un viejo pianista, con más voluntad que acierto, está tocando –o más bien diría intentando tocar– el chotis “Madrid, Madrid, Madrid”

A pesar de estar a unos metros de la plaza de Armas, nuestro siguiente objetivo, donde se encuentra una especie de mercadillo de libros antiguos y de segunda mano, nos vemos obligados a dejarlo para otra ocasión, ya que otros destinos y deberes llenan nuestros siempre ocupados tiempos.

* Crónica de un viaje a Cuba, son una serie de relatos en primera persona de la estancia en este año en la Isla del autor, la figura de Hemingway siempre esta presente: La terraza de Cojímar, Bar Floridita
Miembro de la Asamblea de Redacción de LQSomos. Autor del libro “BRIGADISTAS EN CUBA” (clic aquí), testimonio de la enriquecedora experiencia que supuso su estancia en Cuba durante tres años en el marco de las Brigadas de Trabajo Voluntario.
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Crónica de un viaje a Cuba: La terraza de Cojímar

restaurante-hemingway-lqsLuis Puicercús “Putxi”. LQSomos. Septiembre 2016

Un aperitivo con Hemingway

Tengo que desplazarme desde Caimito del Guayabal –municipio de Artemisa donde he estado viviendo desde abril hasta julio de este año– a La Habana para gestionar mi tercer visado en el Centro de Prensa Internacional. Quienes conocemos y admiramos la obra de Ernest Hemingway, su vida y su pasado militante e internacionalista tenemos “casi” la obligación moral de visitar el pueblo pesquero de Cojímar, en el litoral este de La Habana, que le sirvió a Hemingway como marco para escribir la novela “El viejo y el mar”, por la que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1952.

Según nos acercamos al pueblo de Cojímar viene a mi memoria una anécdota sobradamente conocida del libro y que Hemingway pone en boca del viejo Santiago, protagonista de la novela, sobre el tema del valor ante la derrota: “El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido pero no derrotado”. El papel de Santiago y la anécdota con el pez gigantesco –pez aguja– fueron sacados por Hemingway de la realidad y de la vida de Anselmo Hernández, un pescador vecino de Cojímar.

Al entrar en el pueblo visitamos el busto del escritor, situado a unos metros del Fortín de Cojímar, más conocido como el Castillito. Está situado en el interior de un pequeño templete de forma circular y estilo neoclásico. El busto fue erigido por los pescadores de Cojímar después de la muerte de Hemingway en 1962 y como homenaje “a un compañero de la mar”. Quisieron hacerlo en bronce, metal del que no disponían. Ante ese contratiempo decidieron juntar las hélices de sus barcos –propelas–, las fundieron y así pudieron modelar finalmente su busto, un monumento permanente a la memoria del Premio Nobel de Literatura y gran amigo de Cuba y su Revolución.

A unos cien metros a la derecha del templete se encuentra el restaurante La Terraza de Cojímar, donde Hemingway escribió El viejo y el mar. El local se mantiene igual que en la época del escritor, con un largo mostrador en el bar a la derecha y una larga hilera de botellas con las más prestigiosas marcas de licores de producción nacional e internacional. Todas las paredes del amplio local están cubiertas con fotos de Hemingway y de ampliaciones de fotogramas de la película El viejo y el mar y de su celebérrimo intérprete, Spencer Tracy.

A los pocos segundos de entrar en el restaurante, envueltos en una suave penumbra, me imagino a nuestro amigo escritor a la hora del aperitivo con un vaso en la mano (¿un daiquirí?) y degustando un plato de camarones fresquísimos, crudos y condimentados tan solo por unas gotas de limón. Y observando el local con más detenimiento se nos presenta idéntico a la época del escritor. Contemplamos el viejo y bien conservado mobiliario de la época a la espera, incluso, de la aparición en cualquier momento del escritor para ocupar su mesa. Mientras nos hacemos esas reflexiones, el barman del local me informa que en los años setenta hubo un intento de transformarlo en una simple cervecería de barrio y que gracias a la oportuna intervención de Fidel Castro La Terraza fue restaurada manteniendo las mismas características de los tiempos de Hemingway. El Comandante pretendió que fuera servido un menú idéntico a base de cangrejos, camarones, calamares a la plancha y pescado fresco.mesa-hemingway-cojimar-lqs

Igual que otros miles de viajeros –o turistas– que han visitado durante años el restaurante antes que nosotros, pedimos sentarnos en el mismo lugar donde se sentó Hemingway para escribir su magistral obra. La camarera que nos atiende, acostumbrada a esta demanda, afirma que tal pretensión es imposible, ya que la silla y la mesa que utilizó el escritor se han convertido en piezas de museo para ser apreciados por todos los visitantes que acuden al restaurante.

Como puedo recordar de anteriores ocasiones y de otras épocas en que visité La Terraza de Cojímar, la cocina a base de pescado es insuperable. Exquisitos calamares, magníficos camarones y deliciosa langosta. Por supuesto, todo preparado a la plancha, revelando la frescura de lo que vamos a disfrutar, para volver a sentir el auténtico sabor a mar. Y esos frutos del mar se consumen sin aderezarlos con ningún tipo de salsa, que en la mayoría de las ocasiones solo sirve para enmascarar un producto no demasiado perfecto.

Mientras estudiamos la oferta de aquel antiguo pero sugerente menú de los años cincuenta, damos cuenta de unos exquisitos mojitos que, en honor a la verdad, no tienen nada que envidiar a los que hemos degustado en la mítica Bodeguita del Medio de La Habana. Ordenamos varias raciones de camarones rebozados –empanizados– y a la plancha, pez aguja también a la plancha y una sorprendente –y exquisita– zarzuela de pescados y mariscos.

templete-cojimar-lqsTerminamos tan sabrosa pitanza sin haber perdido ni un momento de vista la mesa y la silla que utilizó Hemingway en su día, que al final no nos sorprendió con su aparición mortal… aunque su presencia se palpaba en el ambiente. Después de los postres y con una copa de ron añejo entre nuestras manos alguien propone un brindis por la amistad, como suele ser habitual en la mayoría de brindis que se hacen en el mundo. Los cuatro cubanos que me acompañan me miran esperando mi propuesta de brindis. Después de unos segundos y levantando mi copa en dirección a un enorme retrato de Fidel con Hemingway respondo, para el asombro de mis acompañantes y el resto de comensales: “Por Hemingway, por Cuba y por Fidel”.

Tenemos que regresar a Caimito, ya que tengo que presentar el libro “Brigadistas en Cuba” en el Campamento de los brigadistas ante los compañeros de la Brigada Primero de Mayo. Salimos del local con el convencimiento de haber cumplido –una vez más– nuestro particular compromiso con la reciente historia de Cuba, habiendo recordado y “compartido” mesa y mantel con Papa Hemingway, uno de los mejores escritores contemporáneos.

Crónica de un viaje a Cuba: Bar Floridita
* Crónica de un viaje a Cuba, son una serie de relatos en primera persona de la estancia en este año en la Isla del autor, la figura de Hemingway siempre esta presente.
Miembro de la Asamblea de Redacción de LQSomos. Autor del libro “BRIGADISTAS EN CUBA” (clic aquí), testimonio de la enriquecedora experiencia que supuso su estancia en Cuba durante tres años en el marco de las Brigadas de Trabajo Voluntario.
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Crónica de un viaje a Cuba: Bar Floridita

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Bar Floridita, considerado uno de los siete mejores bares del mundo

Luis Puicercús “Putxi”. LQSomos. Septiembre 2016

La cuna del daiquirí

Aquellos que viajan habitualmente por distintos países del mundo y tienen, además, un paladar exquisito, suelen decir que quien ha estado en La Habana y no ha degustado el daiquirí del Bar Floridita –la cuna del Daiquirí, como se publicita–, no ha estado en Cuba. Afirmación quizás un poco exagerada pero que yo no quería que me afectara en este viaje tan especial de cuatro meses de duración que he llevado a cabo en la isla caribeña. El Bar Floridita está considerado uno de los siete mejores bares de mundo y, casi por definición, un santuario del buen beber y otro de los lugares de culto para degustar un cóctel cubano. La estrella de los combinados del Bar Floridita es el daiquirí –que no daiquiri–, popularizado por Hemingway durante los años que vivió en La Habana: hielo frappé, azúcar, limón y ron blanco, añadiéndole unas gotas de marrasquino opcional u ocasionalmente. A él se le atribuye la invención de un cóctel a la medida de su propio gusto, el Daiquirí Especial, más conocido como Papa Doble o Papa Especial –apelativo cariñoso por el que se conocía a Hemingway–, que consiste en eliminar el azúcar y poner doble cantidad de ron y de hielo.

Estar aquí, en el mismo lugar donde Hemingway leía los periódicos por las mañanas acompañado por un daiquirí, su bebida predilecta, sin duda es aleccionador porque, además de rememorar sus años de estancia en Cuba, también es una oportunidad de caminar también por la senda de la inspiración que él disfrutó también en la isla. Y también me parece ver a Papa sentado en su banqueta sorber muy despacio y sin apuro, aquellas doce copas –posiblemente alguna más– de daiquirí.

Lejos están los tiempos de aquellas tremendas borracheras protagonizadas por Ernest y sus amigos Errol Flynn, Ava Gardner, Gary Cooper o Spencer Tracy compitiendo entre ellos para ver quién lograba beber más sin derrumbarse. De alguna manera, siento viva y tangible la sensación de esas presencias… no sé por qué tipo de magia o sortilegio, pero es así. Es una sensación extraña pero muy agradable… casi me parece estar soñando despierto.

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Todos los días se le sirve a Hemingway su combinado favorito

Bueno, después de recorrerme enterita la calle Obispo, casi una heroicidad en las condiciones físicas en las que me encuentro, he llegado hasta el Bar Floridita para hacerme la foto de rigor al lado de Hemingway, Papa –como le gustaba que le llamasen–. Y la he conseguido después de unos minutos interminables y de tener que hacer cola esperando religiosamente mi turno para inmortalizar su imagen al lado de la mía, ejerciendo de fervoroso hemingwayano. Una pareja, al lado de la estatua del escritor, no puede acabar de saborear sus bebidas con tranquilidad porque un buen número de parroquianos –y otros que solo entran para hacerse la casi obligada foto– les piden su concurso para plasmar la mágica instantánea. Uno de mis acompañantes me urge para que salga del establecimiento cuanto antes, ya que tenemos mesa reservada en una paladar (sí, en femenino) de Baracoa.

A pesar de que el ron domina necesariamente el sitio en que me encuentro, una institución en La Habana, el estímulo de la presencia de un hombre mundialmente famoso, aunque sea representado por una estatua, favorece una atmósfera especial, una sensación placentera que me impulsa a una amigable ¿filosofía? para beber.

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El autor al lado de Hemingway, una presencia viva en el Bar Floridita

Aunque no estaba previsto, no me he podido resistir ni un segundo y he dado el paso para degustar un daiquirí –el normal, claro– haciéndome sacar alguna foto más, como un fetichista adolescente maravillado ante un acto de adoración a su estrella –en este caso, escritor– preferido. Mientras apuro mi bebida, alguien, detrás de mí, ordena al barman: “¡Un Papa doble para cuatro!”, aludiendo al Papa Especial, con doble ración de ron y sin azúcar. Aprovecho esta momentánea distracción para dirigirme al barman y preguntarle por la costumbre inveterada de servirle todos los días un daiquirí a la estatua de Hemingway, su presencia más visible en el bar. Me responde casi con las mismas palabras que me respondieron otros barman o cantineros ante la misma pregunta en todas mis visitas anteriores desde 1980, fecha de mi primer encuentro con el bar: “El personal del Floridita quiere que esté aquí siempre, como a él le gustaba, en el lugar donde se sentaba. Desde entonces se le sirve su combinado favorito todos los días”.

Por fin consigo salir del local –con no poco esfuerzo, tengo que reconocer– con la íntima y agradable sensación de haber compartido unos minutos con el mejor de los escritores contemporáneos que nos dio la Historia.

* Crónica de un viaje a Cuba, son una serie de relatos en primera persona de la estancia en este año en la Isla del autor, la figura de Hemingway siempre esta presente.
Miembro de la Asamblea de Redacción de LQSomos. Autor del libro “BRIGADISTAS EN CUBA” (clic aquí), testimonio de la enriquecedora experiencia que supuso su estancia en Cuba durante tres años en el marco de las Brigadas de Trabajo Voluntario.
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El turismo como plaga

viaj7Juan Gabalaui*. LQSomos. Agosto 2016

Probablemente el turismo sea una de las grandes plagas que amenaza la cultura, las tradiciones y la forma de vida de un país. Los turistas viajan con el interés de conocer otra cultura u otro país lo cual es, sin duda, una oportunidad, si se tiene la posibilidad económica de hacerlo, pero a su vez forman parte de un engranaje que ayuda a convertir los países en postales y sus costumbres en una escenografía sin valor práctico, más allá de los ingentes beneficios de los que se aprovechan del circuito turístico. Me encanta viajar y lo hago siempre que puedo. Formo parte en muchas ocasiones de ese engranaje. La contradicción también forma parte de mí porque me resulta difícil conjugar mi interés por otras culturas y mi opinión sobre los efectos que el exceso de turistas provoca en las ciudades y países que visito y en la propia ciudad en la que resido. Puedes tomar algunas precauciones pero no se dejará de formar parte de un proceso transformador de esas sociedades que no considero beneficioso.

Un ejemplo es el Barrio de las Letras de Madrid (antaño Huertas o Barrio de San Juan). El nombre es una marca, creada entre el ayuntamiento y la, en su momento, incipiente asociación de comerciantes, para atraer a los turistas a un barrio en el que han vivido insignes escritores como Lópe de Vega y Miguel de Cervantes. Los antiguos nombres que se le han dado a esta zona no debían tener suficiente fuerza publicitaria como para recuperarlos o mantenerlos. No se consultó a los vecinos. Se mandó una carta informando del nuevo nombre y del perímetro que ocupa. Algunos hoteles que no se encuentran dentro de este perímetro se publicitan como pertenecientes a esta ilustre zona. Las actividades que se organizan no tienen en cuenta al vecino ya que es la Asociación de Comerciantes del Barrio de las Letras quién propone y ejecuta. Esto implica que las actividades están relacionadas con las tiendas que forman parte de esta asociación. No existe una organización vecinal que pueda hacer de contrapeso a la acción comercial. Se organizan actos publicitarios en la plaza Santa Ana para vender automóviles. Se favorece la presencia de negocios que puedan absorber la cada vez mayor presencia de turistas: bares, restaurantes y hoteles. La superficie ocupada por las terrazas de los bares ha aumentado considerablemente a costa del espacio público. Hoy es posible ir de terraza en terraza sin tocar el suelo de Santa Ana. Hace años en la plaza del Ángel había una sola terraza, la del Central, ahora hay siete. Evidentemente no es una demanda vecinal, que ven cómo su barrio se está convirtiendo en un escaparate y que cada vez hay menos espacio para pasear. Si se compra un edificio ya no es para hacer viviendas sino hoteles y a esto se une la cada vez mayor proliferación de apartamentos turísticos. Los vecinos ven que en sus edificios hay nuevos pobladores cada dos por tres, con lo que esto afecta a la vida comunitaria. Los negocios se adaptan a la presencia del turismo a lo que habría que añadir la gentrificación que, al alimón, amenazan con cambiar la fisionomía del barrio y desnaturalizar la misma esencia que lo convirtió en atractivo. Desaparecen los negocios locales y se abren tiendas de muebles vintage y ropa de segunda mano. No se crean instalaciones pensadas para los vecinos: centros culturales y deportivos o biblioteca municipal. Las plazas ocupadas por las terrazas y no por niños jugando a la pelota. Faltan árboles, fuentes para refrescarse y bancos para sentarse. Los precios en estas condiciones aumentan, tanto los de la vivienda como la compra de alimentos y otros productos básicos. Falta que los vecinos sean el punto de referencia principal de cualquier política comunitaria. Falta organización y autogestión. Al final los turistas pasearán por espacios sin alma.

La destrucción de la industria, la agricultura y los trabajos tradicionales ha condenado a muchos países a vivir del turismo. Los turistas son el tesoro del tío Gilito y esperan zambullirse dentro de cientos de monedas de oro. Cuando formas parte del circuito turístico no conoces un país. Lo malconoces. Los paisanos no se relacionan contigo sino con el turista y esta relación está mediatizada por el dinero. Se crean trayectos específicos con los que transforman la naturaleza de un espacio determinado. Este forma parte del turismo masivo y su presencia modifica el lugar, que se adapta a las expectativas del visitante. Los precios aumentan y la calidad del producto disminuye. Paseas por un lugar histórico que es la sombra de lo que fue y tus propios pasos difuminan aún más su pasado. En algunos países el exotismo es el remedo sin alma de lo que en otro tiempo tuvo sentido y los turistas hacen posible lo que su imaginación muchas veces ha recreado. Sin importar las consecuencias que eso pueda tener. Se puede contratar una actividad para montar en un elefante desconociendo que existen organizaciones locales que han denunciado el maltrato de estos animales. El sueño es montarlo. La realidad es el maltrato que reciben. El circuito turístico oculta estas realidades y se aprovecha del no querer saber de los emocionados visitantes. Es como cuando sacas una foto a un edificio histórico maravilloso y al ampliar el foco observas que está rodeado de basura. Interesa la imagen que atraiga a más y más turistas pero no para limpiar esa basura. Se vende la idea de que se trae riqueza al país pero el monstruo del sueño de la razón del turismo es que los pobres seguirán pobres y los que obtienen los beneficios serán cada vez más ricos. Al final, como nos descuidemos, seremos simples actores de reparto en nuestros propios países y nuestra realidad habrá cambiado a peor. Miraremos a nuestro alrededor y no reconoceremos el lugar. Como mucho creeremos disfrutar de las migajas.

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* El Kaleidoskopio