El bulo de la bula

Arturo del Villar*. LQS. Mayo 2019

En principio los papas inventaron las bulas para obtener dinero con el que organizar los ejércitos cruzados contra los mahometanos, en la conocida como guerra santa, dos palabras que parecen inconciliables

He comprado en una librería de viejo una Bula de Santa Cruzada, uno de los inventos de los papas para sacar dinero a los crédulos fanáticos españoles. Está firmada de su puño y letra por Fr. Gregorio María Cardenal Aguirre, Arzobispo de Toledo, con fecha 25 de marzo de 1913. A quienes piensen que es una antigualla propia de los tiempos pasados, les recuerdo que esta bula se estuvo vendiendo hasta 1966, no hace tanto. El Concilio Vaticano II quiso actualizar la retrógrada Iglesia catolicorromana, porque se estaba quedando sin adeptos, y la desprendió de algunas de sus peores costumbres, pero no del todo, ya que si reconociese todas sus falsedades y tergiversaciones del mensaje cristiano tendría que autodisolverse. Los obispos españoles decidieron no continuar el escándalo de seguir vendiendo la Bula de Santa Cruzada.
Las nuevas generaciones ignoran en qué consistió el bulo propagado por los papas, según el cual ellos tienen el poder de conceder indulgencia a quienes lo deseen. Por supuesto, a cambio de un soborno económico: la Iglesia catolicorromana no hace nada gratis, desde introducir a un neófito en la secta mediante el bautismo, hasta cantarle el gorigori a su fallecimiento. Por ejemplo, la indulgencia plenaria perdona todos los pecados cometidos por una persona a lo largo de su vida, y así queda en condiciones de volar al cielo a su muerte. Naturalmente, hay que comprarla.
La malicia papal llega hasta la grandísima desvergüenza de afirmar que esa indulgencia puede aplicarse al alma de un difunto que se halle en el purgatorio, ese lugar jamás citado en la Biblia ni en los escritos de los primeros padres de la Iglesia, porque es otro invento papal para obtener dinero de los incautos. Se anunció su existencia en 1274, cuando el papa Gregorio X predicó una cruzada contra los sarracenos, prometiendo su indulgencia para sacar de ese imaginario lugar a las almas de quienes muriesen en batalla combatiendo al infiel. Carecía de base bíblica para hacer esa afirmación, pero todos los fieles aceptaron el invento. Y mejor todavía: si un vivo y estúpido adquiría una bula en nombre de un difunto, le enviaba inmediatamente la gracia y conseguía que se trasladase al cielo.

El poder del papa

Contra estas falacias publicó Martín Lutero en 1517 las 95 tesis reformadoras de la Iglesia romana. Su argumento principal es impecable: si es cierto que el papa posee el poder de librar a las almas de padecer las penas del purgatorio, y es piadosísimo y desea que todos se salven, ¿por qué no aprovecha ese poder y saca ya a todas las almas del purgatorio? ¿Por qué exige que se compre una bula para obtener la salvación? ¿Por qué los ricos pueden librarse del purgatorio, en tanto los pobres tienen que sufrirlo?
Puesto que el papa no podía responder a ese argumento lleno de sentido común, lo que hizo fue excomulgarle como réprobo, pero Lutero quemó públicamente la excomunión ante el regocijo de los cristianos sensatos, y así se originó la Reforma de la Iglesia.
Los reyes españoles, entonces pertenecientes a la Casa de Austria, persiguieron a los reformadores, y la Inquisición los quemó en las plazas públicas. En España fue imposible la Reforma, y actualmente resulta minoritaria. El fanatismo de los catolicorromanos ha dado lugar a las procesiones, los rosarios de la aurora, la confesión ante el cura, la venta de reliquias, las peticiones de milagros a las imágenes sobornadas con limosnas, las misas de alma, los funerales, y demás sacacuartos inaceptables para los verdaderos cristianos. Y los españoles han sido y siguen siendo los catolicorromanos más crédulos, infelices y sobornadores de Dios que ha habido en toda la historia humana, como lo atestigua la nuestra.

Infierno, purgatorio y cielo

Sé que este escrito me va a costar disgustos. El pasado día 23 el excelente diario digital Extremadura Progresista publicó mi artículo “La Iglesia romana condena ahora la violencia religiosa”, y un lector lo comentó insultándome y advirtiéndome que estoy condenado al infierno. No aclara qué relación tiene él con el más allá para hacer tal afirmación, pero me gustaría que fuese cierta la condena. En el infierno se podrá conversar con científicos como Galileo, humoristas como Rabelais, teólogos como Giordano Bruno, filósofos como Voltaire, ensayistas como Rousseau, novelistas como Zola, naturalistas como Darwin, economistas como Marx, y tantos otros genios que han hecho avanzar a la humanidad con sus escritos científicos y literarios.
En cambio, en el cielo hay que relacionarse con tipos tan cargantes como santo Tomás de Aquino, el genocida fanático san Vicente Ferrer, la histérica santa Margarita María de Alacoque, el belicoso san Ignacio de Loyola, el imbécil san Pío X, la visionaria santa Bernardita Soubirous, o el grandísimo canalla san Josemariaescrivadebalaguer, más los innumerables mártires de la Cruzada española cantando sin cesar el Cara al Sol con el brazo en alto. Eso es insoportable. Prefiero el infierno, mucho más ameno e instructivo sin ninguna duda.
En medio del cielo y el infierno sitúan los catolicorromanos el purgatorio, como lugar de depuración de las almas pertenecientes a cuerpos pecadores en vida. Otro visionario muy pesado, que por eso merece el cielo, Dante Alighieri, dedicó un larguísimo poema a contar un paseo suyo por los tres lugares de ultratumba, pero no trajo ningún recuerdo de su paso por ellos para atestiguar el viaje. Por ese motivo el poema no merece el menor crédito, a lo que contribuye que nadie sea capaz de leerlo completo.
Lo cierto es que ningún fanático adinerado puede consentir que sus familiares padezcan esa pena del purgatorio, si con una limosna logra evitarla. Aunque Jesucristo aseguró que solamente predicaba a los pobres, sus seguidores únicamente se interesan por los ricos para vivir tan ricamente: en el lenguaje popular castellano se dice de alguien entregado a no hacer nada que vive como un cura. Y en el caso de llevar una existencia comodísima, se aclara que vive como un cura con dos parroquias. El pueblo se burla de los curas, pero los mantiene.

Una bula con historia

Y vamos ya a examinar el ejemplar que he comprado, ahora que carece de vigencia, téngase en cuenta, que no soy crédulo, de la Bula de Santa Cruzada. Es una hoja de 28 centímetros de alto por 40 de ancho, impresa en letra del cuerpo 8, por lo que resulta larguísima para reproducirla. Fue una concesión de los papas a los más ingenuos creyentes en su poder, los españoles. La Iglesia catolicorromana imponía la abstinencia de carne los viernes del año, como homenaje a Jesucristo, no se sabe por qué extraña relación.
Los españoles que adquiriesen la Bula de Santa Cruzada tenían permiso para comer carne tos los viernes, excepto los de cuaresma. Esos días eran obligatorios el ayuno y la abstinencia para todos los fieles catolicorromanos, desde el miércoles de ceniza hasta el domingo de resurrección. Alegaban los eclesiásticos que se hacía en recuerdo de los 40 días que Jesucristo estuvo ayunando en el desierto antes de empezar su vida pública. La incidencia de ese dato sobre el consumo de carne no se ha explicado nunca satisfactoriamente.
Así que los viernes de cuaresma los fanáticos catolicorromanos comen todavía de vigilia, tradicionalmente potaje de garbanzos con espinacas y bacalao. Los españoles continúan obligados a la abstinencia desde los 14 años, y en muchos restaurantes se mantiene esa costumbre tradicional. Ahora los camareros sirven carne los viernes de cuaresma al que lo solicita así, pero durante siglos a nadie se le ocurría hacer semejante petición, si no quería exponerse a ser expulsado del local, con otras consecuencias más graves.

A la guerra santa

En principio los papas inventaron las bulas para obtener dinero con el que organizar los ejércitos cruzados contra los mahometanos, en la conocida como guerra santa, dos palabras que parecen inconciliables. Como aquellos fanáticos iban dispuestos a exterminar a los mahometanos, llevaban una cruz distintiva en el pecho, y por eso eran conocidos como cruzados. Los que compraban la bula tenían segura la salvación de su alma en el caso de morir en una batalla, pero también se podía aplicar su gracia por el alma de algún difunto. Y dado que no podía comprobarse si el alma en cuestión había salido por ese método del purgatorio, y ni siquiera la misma existencia del purgatorio, el negocio era redondo para la Iglesia catolicorromana.
Las bulas se predicaban públicamente, con una validez de tres años. De modo que el comprador de una bula que muriese tres años después de haberla pagado, no podía beneficiarse de su gracia redentora. A nadie se le ocurrió preguntar al papa por qué su merced quedaba limitada a tres años solamente. El motivo era claro: cada tres años era preciso adquirir una nueva bula, para aumentar el tesoro de los papas. Y los fanáticos lo admitían así. Por eso son fanáticos.
Los Reyes Católicos solicitaron a los papas que les concedieran bulas para terminar la reconquista del país. Se designaba a un comisario general de la Cruzada, encargado de llevar los libros con los ingresos. Los templos vendían las bulas, y anotaban en unos libros registros los nombres de los simplones que las compraban. De ese modo, quienes no figuraban en las listas eran considerados réprobos, cosa temible cuando el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición vigilaba todo y actuaba en consecuencia. El dinero logrado con esta práctica se repartía entre el papa, por autorizar la proclamación de la bula, y el rey, por aplicarla a la guerra contra el infiel.

Ampliado el sacacuartos

Conquistada Granada, último reducto de los mahometanos, ya no era necesaria la bula, puesto que no había cruzada en la que combatir contra el infiel. Eso significaba perder un dinero fácil, del que se lucraban por igual papas y reyes. No se podía tolerar. Por eso se concedió la Bula de Santa Cruzada, que autorizaba el consumo de carne todos los viernes del año, excepto los de cuaresma, en los que resultaba obligada la vigilia. Una concesión papal exclusivamente hecha a los españoles, porque los demás pueblos no estaban tan fanatizados y no aceptarían semejante estupidez. Aquí sí.
La bula siguió vendiéndose, pues, hasta 1966. No adquirirla durante el nazionalcatolicismo de la etapa dictatorial equivalía a caer en la condición de enemigo de Dios y de su brazo ejecutor el dictadorísimo, con el natural ostracismo, si no algo peor. Cuando para encontrar trabajo era necesario presentar un certificado de buena conducta expedido por el párroco, todo el mundo poseía al menos una bula. Y en los últimos tiempos de su vigencia se recaudaban hasta cien millones de pesetas anuales. Buen negocio el tráfico de indulgencias, reservado a los clérigos.
Las bulas las concedía el papa, y en su nombre las firmaba el cardenal primado de Toledo. Cuando las bulas llegaban a una ciudad se celebraba una procesión, para pasearlas por las calles bajo palio, una consideración reservada a la hostia consagrada que, según los catolicorromanos, contiene el cuerpo y la sangre de Jesucristo mediante el misterio de la transustanciación. Es la única confesión cristiana que cree semejante barbaridad.

Promesas de la bula

El encabezamiento de la bula que he comprado, pero no con intención de comer carne los viernes, cosa que ya estaba haciendo sin necesidad de bula, dice así en sus dos primeras líneas de encabezamiento, actualizada la ortografía para no enloquecer al ordenador: “sumario de las facultades, indulgencias y gracias que nuestro santísimo padre león xiii, de feliz memoria, se dignó conceder por la bula de la santa Cruzada a todos los fieles residentes en los Reinos de España y demás dominios sujetos a S. M. C., o que vinieren a ellos y le tomaren dando la limosna por Nos tasada, expedido para el año de mil novecientos catorce.” Después relata una sucinta historia de las bulas:

Cuando los pueblos infieles molestaban con cruel guerra a los Príncipes y Naciones Católicas, y aun a la misma Italia, y con sus armas ponían en graves peligros las diversas regiones de Europa, con riesgo de la Fe y de las almas, nuestros Católicos Reyes obtuvieron Letras Apostólicas de la Santa Sede, por las cuales se concedían muchas gracias espirituales y temporales durante algunos años a los que partiesen de los dominios de España para pelear contra los infieles, o acudiesen a aquellas expediciones militares con particular auxilio, contribuyendo con alguna cantidad para los gastos necesarios a semejantes fines. El mismo Indulto, con algunas adiciones o aclaraciones, ha sido prorrogado posteriormente muchas veces por los Romanos Pontífices; y como ya ha cesado la necesidad de hacer aquella guerra, por haberse cambiado la naturaleza de los tiempos, las últimas concesiones o prórrogas de este Indulto se han hecho con el objeto de que las limosnas recaudadas para este fin se invirtiesen en otros usos piadosos; habiéndose pedido a Su Santidad la prórroga del Indulto, y considerando que las sumas que se recauden del mismo se han de invertir en los gastos del Culto Divino y socorro de las Iglesias de España, que en la pasada calamidad han sufrido tan graves daños en sus rentas y obvenciones; nuestro Santísimo Padre León XIII se dignó expedir sus Letras Apostólicas, dadas en Roma a quince de Septiembre de mil novecientos dos, valederas por el tiempo de doce años contados desde la primera Dominica de Adviento de dicho año, concediendo las gracias, favores y privilegios que a continuación se expresan y cuya ejecución Nos está cometida. Y por tanto, NOS FR. GREGORIO MARÍA, por la misericordia divina del título de San Juan Ante-Portam-Latinam, de la Santa Romana Iglesia Presbítero Cardenal Aguirre, Patriarca de las Indias Occidentales, Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas, Capellán Mayor de S. M., Vicario General de los Ejércitos Nacionales, Caballero Gran Cruz de la Real y distinguida Orden de Carlos III, Senador de Reino, Comisario General Apostólico de la Santa Cruzada en todos los dominios de S. M., etc., etc., con el fin de hacerlas conocer a los fieles, para que puedan aprovecharse de tan precioso tesoro, y según lo previsto por Su Santidad, las reducimos a Sumario en la forma siguiente

Toda esta literatura farragosamente barata le servía al primado para garantizar que a todos los residentes en España que diese una limosna para comprar el papel, “les concede Su Santidad la misma Indulgencia plenaria que se ha acostumbrado conceder a los que iban a la conquista de la Tierra Santa”, considerando iguales los esfuerzos de unos en la guerra y otros en la paz. Además, otra indulgencia plenaria aplicable a las almas de los difuntos que tuvieran familiares ricos y tan ingenuos como para adquirir la bula en su representación. Son un buen rebaño de ovejas.

Más privilegios

Asimismo otorga otros privilegios relativos a celebrar misas en lugares privados, igualmente comer carnes en los tiempos de ayuno de todo el año, y a quienes “ayunaren voluntariamente en los días no sujetos al ayuno […] cuantas veces lo hieren, tantas se les conceden quince años y quince cuarentenas de Indulgencias y remisión”. Por si fuera poco, aquellos que devotamente visitasen cinco iglesias o altares “conseguirán todas y cada una de las Indulgencias, remisiones de pecados y relajaciones de penitencia que se hallen concedidas a las Iglesias de dentro y fuera de la ciudad de Roma”. ¡Cuánta generosidad tan barata!
Y todavía más, porque autorizaba a los fieles a recibir dos veces, “una en vida y otra en el artículo de la muerte […] la absolución de cualesquiera pecados y censuras reservados a cualquier Ordinario y también a la Silla Apostólica (excepto el crimen de herejía)”. Estas concesiones alcanzaban también a los eclesiásticos de mal comportamiento, que serían dispensados por el comisario general de la bula, “imponiendo a los dispensados la limosna conveniente para invertirla en los referidos piadosos fines contenidos en esta concesión”, eso por descontado. Se mencionan igualmente otras gracias a los sacerdotes incursos en irregularidades canónicas, que siempre han sido muchos. Finalmente se añade:

Y para que tenga efecto lo contenido en las referidas Letras Apostólicas, y puedan los fieles aprovecharse de las gracias que en ellas se conceden, Su Santidad deroga las reglas, Constituciones, disposiciones y cualesquiera decretos que sean contrarios a la ejecución de las mismas.
Y declaramos que los que quieran gozar de sus indulgencias y gracias han de tomar este Sumario de ellas, impreso, sellado y firmado de nuestro sello y nombre, para que no puedan errar acerca de las gracias que les son concedidas, ni otros usurpárselas, y que cada uno pueda mostrar con qué facultad usa de ellas.
Y por cuanto vos [espacio en blanco para escribir el nombre del crédulo pagano de la bula] contribuisteis con la limosna de setenta y cinco céntimos de peseta, que es la que en virtud de la Autoridad Apostólica hemos tasado y recibisteis este Sumario (en el que pondréis o haréis poner vuestro nombre, declaramos que se os concede y podéis usar y gozar de todas las referidas Indulgencias, facultades y gracias en la forma sobredicha. Dado en Toledo a veinticinco de Marzo de mil novecientos trece.

Repárese en el cuidado con que se advierte sobre la necesidad de escribir el nombre del adquirente, para que el papel solamente pudiera ser mostrado por un fiel en el caso de ser requerido para ello, y de esa manera se obligaba a todo el rebaño a comprar la bula.

Por las almas en pena

Por último se relacionan los días de indulgencia plenaria y parcial en las iglesias de Roma, y se añade que todas las indulgencias permitidas por la adquisición de la bula “se pueden aplicar en sufragio por las benditas almas del Purgatorio”. Y como todos los fanáticos suponían que sus antepasados debían estar purgando los pecados cometidos durante su vida entre las llamas de ese supuesto lugar jamás mencionado por Jesucristo ni citado en la Biblia, porque nadie es tan perfecto para no pecar jamás, todos pagaban con la buena intención y absurda idea de beneficiar a su muerto liberándolo de la pena impuesta. Hay que reconocer que los papas son muy ingeniosos a la hora de idear sacacuartos a sus fieles.
La hoja, como ya se dijo, está firmada por el cardenal primado, y en cada una de las cuatro esquinas se ilustra con dibujos y sellos.
Está claro que los clérigos son todos unos desvergonzados, capaces de inventar prohibiciones tan ridículas como las de comer carne los viernes en homenaje a Jesucristo, con la intención de suavizar la prohibición a cambio de una limosna para enriquecer sus arcas. Esta concesión solamente se la ofrecieron a los españoles, por suponer que en los países sensatos no fanatizados se reirían de la bula y de quienes la predicasen. ¡Qué país! Y lo peor de todo es que no ha cambiado desde la época de los Reyes Católicos por lo menos.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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