Jesús Gómez Gutiérrez*. LQS. Septiembre 2018

Estamos aquí por una lista de nombres que merecen todo nuestro apoyo, pero también lo estamos porque nos dan sentido

Carmen, Mercedes, Marga, Juan Antonio, etcétera

Son las diez y media de la mañana de un domingo desapacible, con grandes nubes blancas que dejan grandes claros. Por uno de los últimos, abierto justo encima de San Pedro ad Víncula, aparecen tres, diez, treinta, sesenta y finalmente una bandada entera de cigüeñas que sobrevuelan el edificio de Juan de Herrera y la torre de Ventura Rodríguez, para girar después en tornado lento sobre Real de Arganda. Vuelan bajo, enseñándose. Se dejan arrastrar hacia Federico García Lorca y vuelven a retroceder, sin prisa por llegar a su destino, Valdemingómez. Abajo, en la Plaza de Juan Malasaña, las miramos. Somos los vecinos de Villa de Vallecas y los que estamos aquí de visita o de visita y regreso, como en mi caso. Somos de los que ponemos nombre a las cosas: nombres comunes, como torre o cigüeña y nombres propios, como Federico o Juan.

Suena el reloj de la iglesia, una sola campanada. En el bulevar, el viento hostiga el agua de las antiguas fuentes de la Puerta del Sol. Acacias, cipreses comunes, magnolios, ciruelos, rosas de Siria, más nombres que voy sumando por el paseo, según los reconozco. Comparto un banco sin ganas, por dar conversación a unos mayores. Las cigüeñas ya se han ido. La torre ya no se ve. Me cuentan cosas del barrio y, por supuesto, del clima, porque este fin de semana se ha dejado de otoño con añoranza estival y ha pasado a invierno, dividiendo las opiniones entre el típico «con lo bien que se estaba» y el típico «es el tiempo que tiene que hacer»; pero, eso sí, «hace un frío que pela» o quizá no, «qué exagerada eres». Luego, me despido y sigo hacia Sierra de Espuña. Los que ponemos nombre a las cosas tenemos costumbres extrañas; por ejemplo, dar el nuestro por compromiso y no darlo por simpatía, que es lo que acaba de ocurrir. Los nombres no son siempre importantes; a veces están de más.

A las once, llego a un local donde no lo están en absoluto; por lo menos, desde mi punto de vista. Es la sede de Seguimos Viviendo, la plataforma de los afectados por la Colza. Carmen, Mercedes, Marga, Juan Antonio, Rosa María, María Luisa, Pilar, Miguel Ángel, Susana y así hasta decenas de miles, formando un etcétera inabarcable donde cualquiera de las comas que lo dividen abre y cierra un mundo que no se contó y que cuenta bastante más sobre la vida y sobre una desgracia común llamada sistema que su definición técnica, síndrome de aceite tóxico (SAT). En la calle, octubre avisa a noviembre; dentro, una compañía prepara la obra de teatro que se va a representar. Estamos aquí por una lista de nombres que merecen todo nuestro apoyo, pero también lo estamos porque nos dan sentido.

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