Éramos pocos y parió la abuela

Nònimo Lustre*. LQS. Julio 2020

A la interminable lista del origen del covid-19, se acaba de sumar una teoría más: que es de origen extraterrestre. La noticia salió hace unos días: “Chandra Wickramasinghe, un astrofísico conocido por su decidido apoyo a la teoría de la panspermia -hipótesis que señala que la vida llegó a la Tierra desde un meteorito-, argumentó hace unos días que era posible que el virus estuviera viviendo en un cometa y que una parte de esta roca con este patógeno habría caído en forma de bola de fuego, en China, en octubre del 2019.” Vaya casualidad, cada año llegan a la Tierra de tierra firme unos 17.000 meteoritos –censados- y uno dellos tenía que impactar en China cargado de virus…

Vaya por delante que admiro que la Humanidad esté buscando el Big Bang o Creación de ese virus en todos los lugares imaginables. Esta búsqueda tenía que ser holística. No debía limitarse, como hasta ahora, a una docena de Portales de Belén geográficos o biológicos. Era su obligación investigar más allá de lo doméstico. Por ello, me parece razonable que también se mire al espacio interestelar, esté o no esté en nuestra minúscula Vía Láctea.

Dicho lo cual, capacitemos: lo razonable es cuasi infinito y esa magnitud no casa bien con las posibilidades reales de la Ciencia. Ni siquiera su peor enemiga, la religión, estaría satisfecha porque tendría que eliminar ese ‘cuasi’ ya que lo suyo es mercadear con el espacio infinito y, especialmente, con el tiempo infinito, esa entidad donde vende parcelas de cielo e infierno en el mercado de futuros –ciertamente con enorme éxito económico, aunque no estamos seguros de que la abolición del Purgatorio haya sido una buena estrategia comercial.

Pero volviendo al tema: la Ciencia sabe mucho, tanto que hasta conoce sus límites. Y, en especial, conoce sus limitaciones presupuestarias. Para la exploración militar –perdón, espacial- hay billones de billones pero cero dollares para las investigaciones astrobiológicas, salvo que tengan una aplicación inmediata en la guerra biológica terrestre. Buscar virus en los meteoritos por amor al arte, es tarea de pobretones. Además, hay consenso generalizado y científico en que los virus no soportarían las altísimas temperaturas del espacio y peor aún les iría cuando rompieran la estratosfera a unos 2.000o Celsius. Esto es lo que sabemos hoy, quién sabe mañana.

Entonces, ¿por qué existen astrofísicos que divagan en contra del saber científico consolidado? A nuestro juicio, por varias razones: a) porque la dichosa Panspermia es una forma retórica de describir el Cielo anclada en la llamada ‘civilización occidental’. Una tradición que se extiende desde el griego clásico Anaxágoras hasta el astrónomo Fred Hoyle quien, en los años 1970’s, publicó Enfermedades del espacio, un libro citado por infinidad de esotéricos en particular e irracionalistas en general. b) porque el imaginario occidental está infectado con fantasías galácticas, desde la fácil recurrencia a los marcianos hasta la muy real –y costosísima- exploración espacial. Es lógico que los humanos estén descontentos con la miseria de este planeta pero, desgraciadamente, la aspiración de estos astronautas frustrados no es crear mundos nuevos sino conquistar y colonizar los astros cercanos. Y esto no es ‘lógico’ sino rutinario y deleznable.

En estos momentos, se experimenta –no sólo biológica sino incluso psicológicamente- la hipotética habitabilidad de satélites y planetas. Y los medios técnicos para llegar hasta ellos están listos, por lo menos propagandísticamente hablando. Que la Humanidad derroche y –probablemente- despilfarre colosales millonadas en conquistar el Universo Próximo es un ejemplo de cómo se reduce el otrora infinito espacial a la categoría de Oriente Próximo. O, dicho con mayor precisión, de cómo la manía belicista de matar sin mancharse las manos, a distancia de drones, sean talibanes o marcianitos, no admite tener límites. Que esa millonada debiera emplearse en mejorar esta Tierra, es algo insultante para los militares y sus correveidiles cuya hipotética respuesta también estaría anclada en la tradición occidental: “Los egipcios construyeron las pirámides en lugar de abrir unas acequias y silos que, sin duda, hubieran mejorado la condición de su pueblo. Por algo sería”. Pues claro que era por algo, concretamente para mantener a su pueblo en un estado de terror idiotizante.

Esos experimentos viven gracias a una abusiva propaganda ‘espacial’ que no sólo se circunscribe a los bodrios de Jólibu –léase, esa infame serie Star Wars, paradigma de fealdad y de absoluta ausencia de imaginación visual- sino que contamina la mayoría de los productos de ciencia-ficción; al menos, todos esos que traducen al firmamento la evolución o selección natural –que ya es hiperdislate. Otrosí, es obvio que la cibernética contribuye lo suyo a la des-educación de la juventud asfixiándola en su mundo virtual alejándola del contacto natural con sus coetáneos y hundiéndola así en una ficción masturbatoria –por lo demás, muy propia de la edad más difícil. Asimismo, la omnipresencia de diseños que giran alrededor de unos robots barrocos y de unas geometrías generativas, es una táctica delincuencial para alejar a los jóvenes de esa Naturaleza que tienen a mano aunque sean urbanitas. Les dice la industria del ‘entretenimiento’: “si quieren tierra y barro, hagan deporte” –otra manera de ver la naturaleza como un pasivo a derrotar.

Así pues, comenzamos creyendo que el covid-19 había surgido en un mercado de Wuhan por culpa de unos murciélagos, luego añadieron a pangolines, civetas, insectos y media Animalia; antes o después llegaron laboratorios malvados o descuidados, los militares que compitieron en unas olimpíadas –también en Wuhan-, los comerciantes chinos que recorrían el mundo en avión y no seguimos porque nunca acabaríamos la lista. ¿Qué tienen en común todas esas tesis?: que el virus tiene la obligación de ser chino. En suma, una de las mil aristas de la rampante sinofobia rampante.

Basta que un estudio, tan científico como todos los demás diga que el virus estaba en Barcelona a mediados del 2019, para que sea automáticamente satanizado –es impresionante cuántos científicos hay en el mundo y nosotros sin saberlo. ¿Cómo se atreven a dudar siquiera que el virus es chino? Pues, finalmente, llega un astrofísico, se abraza a Anaxágoras y predica que el covid-19 nos llegó en un meteorito. Ya estamos oyendo a predicadores que acusan a los astronautas de contaminar el Cielo; es más, nosotros sospechamos que los profetas Elías y Eliseo, profetas que nunca murieron sino que ascendieron en carros de fuego a las estrellas, también deben ser investigados –tan ancianos son que no nos extrañaría que estuvieran podridos. Todos tenemos razón poética pero no empírica. Y claro que la vida pudo venirnos de ese espacio cuasi infinito, ¿por qué no? ¿por qué seguimos aferrados a la autarquía terrestre y al chovinismo terrícola? Pues por dos motivos: 1) porque no hay pruebas a favor de que los virus –o la vida- nos llegaran de afuera sino que, al contrario, hay pruebas incontestables en contra. 2) porque la panspermia no resuelve la incógnita del origen de los virus o de la vida, sólo cambia de sitio el Portal de Belén.

Si, pese al siglo transcurrido y los miles de estudios científicos que la estudian, ni siquiera sabemos dónde comenzó la gripe española de 1918-1919, ¿por qué somos tan imprudentes achacando el covid-19 a los chinos, los pangolines o los barceloneses? Porque tenemos incrustada la obsesión por el Origen, llámesele creación divina, Big Bang o año 1492. Esta lacra ideológica no se limpia con lociones de panteísmo ni con pócimas de Belén. Esta sólo se curará con el tiempo.

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