Invisibles

Carlos Olalla*. LQS. Junio 2020

No se trata de un tema de paridad, sino de equidad, o de pretendida igualdad, sino de sentido común e inteligencia. Al cine le sobra testosterona y le faltan neuronas, le sobran tiros y bofetadas y le faltan miradas y abrazos

Cuando cuatro mujeres como Gracia Querejeta, Adriana Ozores, Emma Suárez y Nathalie Poza se unen para contar una historia lo único seguro es que habrá verdad y magia en lo que nos cuentan, en cómo nos lo cuentan, en lo que dicen y en lo que callan, en lo que miran y en cómo lo ven. Y eso es lo que, no podía ser de otra manera, pasa en esta obra maestra que es la película INVISIBLES que ha tenido que retrasar su llegada a los cines hasta que pasara esa extraña normalidad que hemos vivido y que nos ha llevado a esta nueva normalidad que puede que tenga algo de nueva pero nada, absolutamente nada de normalidad. La normalidad, la verdadera normalidad, es la que vemos en la pantalla mientras asistimos, atónitos y extasiados, a esa clase magistral de interpretación y de dirección de actrices que contiene cada secuencia de esta película.

Que tres monstruos de la interpretación como Adriana, Emma y Nathalie aparezcan en casi todos los planos para contarnos esa terrible normalidad en la que viven y que las ha hecho invisibles por el imperdonable delito de haber cumplido años en una sociedad patriarcal y machista que confunde belleza con juventud y madurez con frialdad, que llenen la pantalla desde el primer al último plano a cara lavada, sin efectos especiales ni innecesarias e idiotizantes escenas de acción sino con la fuerza que habita la palabra, el silencio y la mirada, es un regalo que está al alcance de pocas, de muy pocas, hacernos.

Ya va siendo hora de que el cine nos cuente historias que verdaderamente nos afectan, que nos tocan porque son las que vemos y vivimos a nuestro alrededor, que sentimos como propias porque podemos identificarnos con quien las vive o las padece. Que el paso del tiempo y cumplir años es un castigo que todos, de una u otra forma, experimentamos es una realidad incuestionable, pero todavía lo es más la crueldad con la que trata a quien los cumple si es mujer. El cine, reflejo de la estulticia de la sociedad en que vivimos, margina a la mujer desde que llega a los cuarenta y poquísimos condenándola a desaparecer, escondiéndola y reduciendo su presencia a ser la mujer de, la amante de, la madre de, o la amiga de, pero nunca contándonos su historia, esa historia de la que ella es la protagonista. Ya va siendo hora de que nosotros, los espectadores, exijamos que nos cuenten sus historias, historias escritas por ellas, dirigidas por ellas, interpretadas por ellas, fotografiadas por ellas, sonorizadas por ellas, editadas por ellas…

No se trata de un tema de paridad, sino de equidad, o de pretendida igualdad, sino de sentido común e inteligencia. Al cine le sobra testosterona y le faltan neuronas, le sobran tiros y bofetadas y le faltan miradas y abrazos. No solo estoy harto de que siempre ganen los buenos, estoy harto de que siempre haya alguien que tenga que ganar. ¿Por qué no permitimos que nuestras pantallas se llenen de cooperación en lugar de competición, de afectos en lugar de efectos, de mujeres en lugar de hombres?

Mientras vivamos en una sociedad en la que nos sorprenda ver solo mujeres en los roles principales de una película cuando son el 50% de la población y nos parezca lo más normal que haya películas en las que no aparece ni una sola algo estamos haciendo mal como ciudadanos, como espectadores y como simples seres humanos con dos dedos de frente y cinco de corazón. Que se queden sus superhéroes y sus hazañas bélicas y nos permitan deleitarnos con películas sensibles e inteligentes como esta INVISIBLES que nadie debería dejar de ver. En un mundo donde la audiencia y el mercado deciden lo que vas a ver, deciden tu vida, rebélate y acude ya a ver INVISIBLES, es un acto de inteligencia y de resistencia con el que, además, disfrutarás saboreando no ya buen cine, sino cine de verdad.

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