Jesús Burguera. LQS. Junio de 2018

Mira, Monedero, si es que es muy fácil de entender. No se debe entrar en el espacio físico (ni verbal) cercano de una mujer, sin que ella te haya invitado expresamente a hacerlo.

¿Y cómo invita una mujer a hacerlo?, dirás. Pues también es muy sencillo de comprender: tomando ella la iniciativa. Te lo explico, si se acerca y te saluda verbalmente, tú haces igual; si te da la mano, tú se la estrechas; si te da dos besos, tú se los devuelves; si te abraza, tú puedes abrazarla. Y si te haces una foto con ella, te abstienes de cogerla por el hombro. ¿Has visto, Monedero, la foto, llena de dignidad, de Clara Ponsati entre sus abogados, Anwar y Boyé? Te lo digo porque siempre se puede aprender.

¿Resulta asimétrico? Pues sí. No creo que haga falta que te explique por qué es precisamente la mujer (en sus saludos, relaciones, confidencias, etc.) con un hombre la que tiene el (lógico) privilegio de determinar el grado de familiaridad que ella desea. Todo lo que sea negar este principio básico es una forma de agresión. ¿Sencillo, verdad?

Y no vale decir que “ella en ningún momento ha dicho que no” ni que “no se ha enfadado” o “que no parecía molesta”. Como te habrás dado cuenta, esos son argumentos que últimamente no están muy de moda.

Te habrás dado cuenta también, supongo, que, al actuar saltándose ese principio básico, se suelen crear situaciones violentas. Los que las crean suelen hacer muchos esfuerzos explicando que ellos no lo hacen porque sean unos babosos o unos machistas o porque se sientan superiores (como tú nos explicas). Ellos lo suelen hacer porque son cariñosos, amistosos, muy guays, vamos. La verdad es que los motivos suelen dar igual, aunque eso sí, nunca he visto a un baboso reconocer que lo es. No sirven de nada sus fotos, mostrando cómo, también, coge por los hombros a unos señores, como tampoco nos interesaría verle dando un beso a su abuela. No nos interesan los motivos (supuestos o reales). Exigimos comportamientos respetuosos.

Es un doble error, Monedero, entrar en un terreno en el que nadie te ha pedido que entres y, después, explicar que tienes unas buenas razones para hacerlo. En el fondo estás diciendo que eres tú el que determina el grado de familiaridad que, por lo que sea, a ti te parece bien. La otra persona, la mujer, no cuenta.

Pero sí que cuenta, porque cada vez hay más mujeres que no aceptan que se les imponga ningún gesto que a ellas, por la razón que sea, no les apetece. Así que no te extrañes si, en alguna próxima ocasión, te encuentras con un manotazo o un desaire.

También te digo que cada vez somos más los hombres que no estamos dispuestos a aguantar ese tipo de situaciones, independientemente de quién sea la mujer que la sufra.

Todos hemos sido machistas y, ahí te doy la razón, a todos nos quedan tics machistas. Pero hemos cambiado, estamos cambiando. Te repito el consejo: deja de preocuparte de las razones que te impulsan, y, sencillamente, respeta la norma básica de la que te hablaba al principio.

No eres tan importante, Monedero, para que nos interesen tus explicaciones de por qué haces una cosa que no se debe de hacer.

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