Los tiempos pasan, pero no cambian para la guerra

Mikel Itulain*. LQSomos. Abril 2017

Las contiendas bélicas han acompañado siempre al ser humano, y su apología o justificación también. No solo data ya de tiempos de los griegos, donde un principio de democracia requería técnicas más sutiles de control, sino que se remonta a la prehistoria, y a los primeros grupos humanos, donde el control social era importante, como lo es hoy. Se puede ver ya su presencia en los restos de la cultura egipcia, donde se llevan a cabo alabanzas a sus soberanos, los faraones, y sus campañas militares. Ejemplo de ello es el Poema de Pentaur, que hace una exaltación de su líder el faraón Ramses II en la batalla de Qadesh contra el rey hitita Muwatali II.

Su majestad era un señor pleno de juventud, activo, sus miembros potentes…, su corazón vigoroso…, su fuerza como la de Montu…, perfecto de aspecto como Atum, era regocijante ver su belleza…, grande de victorias…
¡Oh Ramsés, corazón inquebrantable, has hecho más tú solo que el ejército entero! ¡Ante tu espada victoriosa se ha hundido el país de los Khetis! ¡Nadie se te parece cuando peleas por tu pueblo en el día de la batalla! (El Poema de Pentaur).

Esta apología o propaganda era común en todos los reinos e imperios, tanto de occidente como de oriente, o de cualquier otra parte del mundo.

En oriente tenemos la obra de Sun Tzu, escrita hacia el siglo V AC, El Arte de la Guerra. Dicha obra se centra en que el arte de la guerra se basa en el engaño y en que el supremo arte es someter al enemigo sin luchar. También en Grecia la apología fue un factor importante, con la propia deificación de sus jefes, como lo fue en Macedonia en la época de Alejandro Magno. De hecho, los romanos copiaron esta exaltación de los dirigentes, con imágenes y estatuas, para ganar el apoyo y la admiración de los gobernados.

Atenas en su tiempo se creía poseedora de unos valores y una cultura superior a otras sociedades, se autoalababa ensalzando su democracia, su sistema judicial, su cultura o su propio ejército; creyéndose en superioridad moral sobre otros estados rivales, como Esparta. Mostraba en realidad, en este aspecto, un comportamiento muy similar al que luego tendrían Roma o milenios después los Estados Unidos de América.

Todos los grandes imperios se expandieron mediante la guerra, y para llevar a cabo esta tarea fuera de su propio país era necesaria la apología, la propaganda, para convencer a aquellos que no veían razón para ir a otras tierras a luchar y matar a personas desconocidas.

Roma fue uno de esos grandes imperios, al menos lo fue en su extensión territorial y en su poderío militar. No obstante, para quienes lo sufrieron seguramente no fue tan grande, en el sentido de sus supuestas cualidades loables.

Roma destacó por su gran ambición expansionista y las invasiones militares fueron la razón de su ser y el motor de su desarrollo. Por este motivo tuvo que hacer gala de una notoria exaltación de ella misma, de sus instituciones, de sus gobernantes y de su supuesta superioridad cultural y moral.

Los imperios han cambiado poco desde entonces, mediante la violencia invaden, roban y explotan a otros países, y mediante la adulación, la exaltación y la apología adornan estos actos poco dignos con justificaciones y bellas palabras que los encubren y enmascaran.

La guerra permitía vivir en la opulencia y en el lujo a la clase dirigente, y los de esta clase eran quienes pagaban y formaban a los oradores y escritores que contaban las narraciones e historias adecuadas a los intereses de sus dueños; de forma que esto permitiese conservar su status social y económico y, a la vez, su pueblo los amase, o al menos los soportase. Algo que por cierto poco ha cambiado con los siglos. Hoy a estos oradores y escritores aduladores se les conoce en nuestro mundo occidental con el apodo de «prensa libre».

Es importante recordar también que los historiadores o escritores de entonces no mostraban a Roma como al agresor en los conflictos bélicos. Se buscaban siempre pretextos, echando la culpa al enemigo, Roma sólo se defendía y salvaba a otros pueblos. Cómo nos suena esta cantinela, ¿verdad? «Ayuda humanitaria», «defensa de la paz y la democracia»… Qué poco cambia el ser humano, qué poco cambia a mejor.

Roma enviaba emisarios con propuestas de acuerdos para la paz, de modo que si las rechazaba el enemigo le daba a Roma el poder moral, de cara a su población y a sus aliados, para poder atacar. Ni que decir tiene que las propuestas eran prácticamente inasumibles por sus rivales, y Roma bien que lo sabía. A la élite romana no le interesaban las negociaciones políticas, sino la guerra, ya que con su poderío militar podían mantener su estatus y ganar más riqueza y territorios; sin embargo , esto era necesario disfrazarlo y encubrirlo de modo que no apareciesen como un mero agresor. A la élite romana entonces, como a la élite estadounidense actual, no le interesaba la paz, le interesaba la guerra, y entonces, como ahora, no contaban sus verdaderas intenciones en público sobre sus verdaderos propósitos.

Si quieren les pongo un ejemplo presente de forma de actuar muy similar a lo que hemos visto con el dueño del Mare Nostrum, también bajo la apariencia de acuerdos de paz. Eso fue lo que hizo Estados Unidos con Serbia en los llamados Acuerdos de Rambouillet de 1999, donde le impuso al débil país balcano unas condiciones inaceptables para cualquier nación; de forma que una negativa, que era lógica, a estos acuerdos se presentó como intransigencia por parte de este, dando pie a la declaración del ataque militar que luego se produjo. ¿Cómo iba a admitir Serbia, ni cualquier otro país, que una organización militar extranjera (la OTAN) mandase en su territorio, que pudiese hacer y deshacer lo que quisiese en su país con total impunidad penal? No obstante, los medios de comunicación, los actuales oradores contratados, contaron otra cosa bien diferente a la real, para engañar, despistar e incluso irritar a la población de los países agresores contra el que sufría realmente el ataque.

Entre los escritores romanos al servicio del poder del momento tenemos a Livy y Polybius, que solían mantener que Roma era la víctima de la agresión. Como así hicieron en las guerras púnicas contra Cartago, en las que la toma de Cerdeña por Roma, y la interferencia en la península ibérica, provocaron la intervención de los cartagineses. (P.M. Taylor. 2003) También en esto la historia experimentaría escasas variaciones y los métodos de Roma se repetirían por los siguientes imperios, incluido otra vez el estadounidense actual. Así, el provocar la guerra contra Cartago recuerda demasiado a lo llevado a cabo por EE.UU. contra Japón en la Segunda Guerra Mundial (Jacques Pauwels 2002). Una potencia militar superior provoca a otra, que no es suficiente rival, para entrar en el terreno donde la vencerá, mediante la acción militar, y de este modo podrá quitarle sus mercados, sus recursos, sus riquezas y así proceder a su sometimiento y amarga explotación. Como ven: Tempus fugit (el tiempo vuela), pero apenas cambia.

De Justificando la guerra.

* ¿Es posible la paz?
@MikelItulain

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