Arturo del Villar*. LQSomos. Diciembre 2017

El papa Paco es incansable cuando se trata de conceder pasaportes para el reino de los cielos a los que llama “mártires de la Cruzada española”. El Boletín de la Oficina de Prensa de la Santa Sede (hay que carecer de vergüenza para denominar así al centro mundial de todas las corrupciones económicas y sexuales) fechado el 19 de diciembre de 2017, edición en castellano, comunicó que el día anterior Paco había recibido al cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, y le autorizó a publicar el decreto relativo al “martirio de los siervos de Dios Teodoro Illera del Olmo (en el siglo Cirilo), sacerdote profeso de la Congregación de San Pedro en Cadenas, y 15 compañeros asesinados por odio a la fe durante la persecución religiosa en España en 1936 y 1937”.

Han traducido el título de la Congregación, conocida siempre como de San Pedro ad Vincula, fundada en 1839 en Marsella (Francia), en recuerdo de la prisión del apóstol Pedro en la cárcel, de la que le sacó milagrosamente un ángel, según cuentan los Hechos de los apóstoles (12:1 a 12). En España tiene casas en Barcelona y L’Hospitalet de Llobregat, entre otros lugares. Por el lugar del “martirio”, el proceso diocesano para la beatificación se clausuró el 26 de noviembre de 2010 en el palacio episcopal de Barcelona, bajo la presidencia del entonces arzobispo titular, el cardenal Lluís Martínez Sistach. El proceso se prolongó durante tres años, y se explica en 5.190 páginas. ¡Cuánto trabajan estos curas!

Los 16 presuntos “mártires de la Cruzada” son el tal Cirilo o Teodoro, ocho hermanos de la misma congregación, tres laicos colaboradores de ellos, tres mojas capuchinas de la Madre del Divino Pastor, y una franciscana de los Sagrados Corazones. De esta manera Paco mantiene su registro en el Libro Guinness de los Records. Con los 60 “mártires” beatificados el pasado 11 de noviembre alcanzó la suma de 1.095 metidos en el reino de losa cielos con su pasaporte, de modo que al añadirles estos 16 se alcanza la cifra cabalística de 1.111. ¿Será una casualidad o la habrá preparado meti-culosamente? De un tipo como Paco puede esperarse cualquier cosa.

Cómo ser beato o santo

Los tres años invertidos en cerrar el proceso no son mucho, porque el Vaticano exige numerosos requisitos en teoría para conceder el estatus de beato o santo, aunque se los salta cuando le parece oportuno. Actualmente se hallan reglamentados en la instrucción Sanctorum mater “sobre el procedimiento instructorio diocesano o parroquial en las causas de los santos”, aprobada el 22 de febrero de 2007 por el entonces obispo de Roma Benedicto XVI, y publicada el 17 de mayo siguiente, con 150 artículos y un apéndice sobre el culto de las reliquias de los santos. La palabra “instructorio” es un neologismo vaticano desconocido en el último Diccionario de la lengua española.

La instrucción amplía la constitución apostólica Divinus perfectionis magister, promulgada por el entonces obispo de Roma Juan Pablo II el 25 de enero de 1983, y complementada el 7 de febrero. La instrucción contiene las normae servandae in inquisitio-nibus ab episcopis faciendis in causis sanctorum, que merece la pena da a conocer, para saber cómo se puede llegar a ser beato o santo. Según el artículo 4:2 del título II, “Se llama siervo de Dios al fiel católico del que se ha iniciado la causa de beatificación y canonización”, por lo que estos 16 aspirantes a celebrar una entrada triunfal en el reino de los cielos ya son siervos de Dios.

Las causas para iniciar el proceso son dos: por fama de santidad en vida o por martirio. Para comenzar una causa el obispo diocesano debe asegurarse de que se cumple uno de esos requisitos. La promueve un actor, que designa a un postulador experto en teología, para que empiece por examinar la fama signorum, es decir, la opinión de los fieles sobre las gracias recibidas por la intercesión del postulante. Unos peritos se encargan de supervisarla, y después se entrega al obispo. Cuando son varios los postulantes, como en el caso actual, el obispo ha de conectar con los colegas de todas las diócesis a las que pertenecían los aspirantes a la gloria, para comunicarles la aper-tura del proceso.

Todo se examina con orden

Después, el obispo solicita a la Congregación romana que autorice el inicio del procedimiento, que puede incoarse a un grupo, “en el caso de que éstos hayan dado su vida durante la misma persecución y el mismo lugar” (artículo 32:1 del título II). Cuando se trata de “mártires de la Cruzada española” van siempre muchos juntos. En el caso de supuestas curaciones milagrosas, se necesitan certificados médicos que las confirmen.

Seguidamente se nombra un promotor de justicia para que examine la documentación recopilada, un notario eclesiástico para que redacte el acta del procedimiento, y un perito médico para que evalúe la presunta curación milagrosa, o técnico si el supuesto milagro es de otro tipo. En el caso de que el siervo de Dios hubiera dejado escritos publicados o inéditos, se designa a unos censores teólogos para que los examinen, y tres peritos históricos para que analicen el papel desempeñado por el aspirante durante su vida en el mundo.

Terminada esta fase tiene lugar la primera sesión de apertura. Si el presunto curado milagrosamente gracias al siervo de Dios vive todavía, lo examinan dos médicos que redactan sendos informes por separado. Concluida la fase probatoria se saca una copia, llamada trasunto, de las actas originales, llamadas arquetipo, y se remite el trasunto a la Congregación para las Causas de los Santos en Roma, personalmente o por valija diplomática del supuesto Estado Vaticano, no vale el correo ordinario.

Antes de clausurar el procedimiento el obispo diocesano puede realiza un reconocimiento de los restos mortales del siervo de Dios, porque la Iglesia admite tradicionalmente como síntoma de santidad que esté incorrupto (artículo 141, título VII, capítulo I).

Utilidad de los beatos y santos

Si todo está conforme, el aspirante es declarado solemnemente beato. ¿Y qué se ha conseguido con ello? Las órdenes religiosas se empeñan en añadir beatos y santos a su historial, para presumir de ser el camino a la santidad. La Iglesia incrementa su santo-ral, dedicando un día a la veneración de un santo, entre muchos más incluidos ya antes. Y todo ese papeleo durante tanto tiempo, que debe de resultar muy costoso, ¿qué utilidad tiene? ¿Para qué sirve a la sociedad contar con un beato o un santo más?

La única explicación lógica, aunque golfa, es que de esta manera la Iglesia catolicoromana mantiene activa la credulidad de sus fieles, que aceptan sin la menor duda la convicción de que el beato o el santo es capaz de provocar un milagro, por lo general la curación de un enfermo desahuciado. Confiados en el poder taumatúrgico de los santos, los fieles siguen acudiendo al templo, entregando sus óbolos, y confiando en que una limosna echada en el cepillo de una imagen le va a resolver sus problemas terrenales, y asegurar además la salvación eterna de su alma.

El procedimiento no es malo, puesto que gracias a estas supercherías la Iglesia catolicorromana lleva veinte siglos viviendo descansadamente a costa de la ingenuidad de unas gentes incultas. No es malo, pero es indecente aprovechar la cerrilidad de unas personas cándidas y confiadas para mantener su fanatismo. Porque lo seguro es que ni Paco ni sus acólitos creen el cuento que cuentan a sus fieles.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.

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