Polvo de cocodrilos

Nònimo Lustre*. LQS. Junio 2020

Caracas está cubierta por una nube de “polvo sahariano”. Ante este evento periódico, algunos ciudadanos se ríen y argumentan: “El Sáhara está allende el Charco, ¿cómo va a llegarnos ese polvo desde tan lejos?”. Muchos prejuicios se esconden detrás de la aparente solidez de esa mentira. Uno dellos es que suponen que el viento polvoriento sopla y sopla atravesando el Atlántico. No han oído que hay satélites artificiales en órbita geoestacionaria. No se imaginan que esa colosal polvareda sube a la estratosfera, se aquieta y cae cuando tiene por debajo Caracas. En el fondo, no admiten la rotación de la Tierra, como aquellos Papas que quemaban a quien sostuviera tan herética proposición.

Pero otros saben que realmente es polvo sahariano y que, encima, es un fenómeno muy estudiado gracias al cual se mantiene la finísima película de tierra que hay en el Amazonas debajo de la cual sólo hay una suerte de granito arqueozoico; es decir, roca estéril anterior a la Era Primaria –por eso no hay terremotos en Amazonas.

En efecto, ese polvo nace en la Depresión Bodelé, residuo de lo que fue el Gran Lago Chad desecado hasta hace geológicamente poquísimos años. Ahora el lago Chad es poco más que un charco aunque en sus alrededores septentrionales se puedan observar las afamadas pinturas rupestres cuyas jirafas, gacelas e hipopótamos nos recuerdan el ‘Sáhara verde’ que existió hasta tiempos contemporáneos.

El viento del Bodelé contiene fósforo, un fertilizante muy estimado. Ese insólito maná está compuesto por los huesos de los millones de peces que vivieron en el Gran Lago Chad –y probablemente con los restos de otros animales que mencionaremos más adelante. Por lo tanto, podemos decir que sobre Caracas está cayendo –sin llover-, una lluvia de peces [véase Hudson-Edwards, K. A., et al (2014) “Solid-phase phosphorus speciation in Saharan Bodélé Depression dusts and source sediments”, en Chemical Geology, 384, 16–26. doi:10.1016/j.chemgeo.2014.06.014]

Todos hemos oído eso de la “lluvia de peces”, una curiosidad aparentemente tan inexplicable como las flores carnívoras o el Brazo Casiquiare -un río que, ¿saltando por encima del divortio aquarum?, conecta las cuencas del Orinoco y el Amazonas. Lastimosamente y para menoscabo del realismo mágico, esas rarezas tienen explicaciones sencillas. Sólo diremos que, si sucede en tierra firme, la lluvia de peces es debida a varias causas: los tornados o trombas huracanadas que levantan a los peces superficiales, el afloramiento de cauces subterráneos… o la fantasía popular que deriva en superstición y religiosidad barata cuando es apropiada por un cura espabilao. Por ejemplo, en 1855, llegó a Honduras el misionero José Manuel (Jesús de) Subirana. Se aposentó en Yoro –una ciudad distante del mar. Angustiado por el hambre que asolaba la comarca, rezó y ayunó durante tres días y su dios le hizo caso: apareció en forma de una nube oscura que descargó peces para los pobres -actualización decimonónica del milagro bíblico de los peces y los panes. Por eso, en Yoro, en mayo-junio y aunque no siempre lluevan pescaítos, todavía se celebra el festival de la Lluvia de Peces.

Olvidando tanto la superstición de los peces pluviosos como la rebuscada analogía con el polvo sahariano, lo que hoy nos interesan son dos cuestiones, una antigua y otra moderna e incluso futura. La antigua: nos molesta desconocer la evolución de los indígenas que vivieron la desertificación de sus territorios. Sabemos por Dierk Lange (1993) cómo pueblos nómadas y semi-nómadas están en las raíces del actual estado chadiano y, asimismo, que muy antaño fueron súbditos del Imperio Asirio (DL 2011) Y hasta fácilmente podemos leer en cualquier enciclopedia qué pasó con el Imperio Kanem (700-1380) luego sustituido por el imperio Bornu. Pero no hemos encontrado nada sobre la etnohistoria de esos pueblos –a los que, simplificando,

Rutas comerciales. Kanem en un óvalo a la drcha., en línea recta hacia el Norte, Trípoli

llamaremos Kanari. Nos sorprende que, dos o tres milenios después de que la desertificación fuera un hecho incontestable –y creciente-, los ‘Kanari’ de Kanem mantuvieran sobre un territorio de casi 1 millón kms 2 una estructura política que hoy llamaríamos pluri-étnica y/o plurinacional cuyo comercio de esclavos llegaba hasta Trípoli, en la orilla mediterránea. Pese a no ser cristianos ni guiarse por el calendario romano, en el año 1000 los Kanari tenían motivos para creer que llegaba el fin del mundo. Porque ya había desaparecido el ‘Sáhara verde’ lo que les obligaba a migrar hacia el Sur, área ocupada por otros pueblos no siempre amistosos. Aun así, se mantuvieron ligeramente cohesionados durante tres siglos más. Cualquier paralelismo con lo que puede suceder a Europa cuando el deterior de su medio ambiente sea inasumible, es pura coincidencia.

La cuestión moderna prefigura un futuro problemático pero no nos suena demasiado agorera sino, simplemente, ingenua. Un nigeriano escribe desde Ginebra que, en efecto, el viento de Bodelé fertiliza el Amazonas pero… Chad es un país muy pobre pero podría imitar a los gigantescos acueductos libios –no menciona que fueron obra de Gadafi- o israelíes que han convertido en vergeles a sus respectivos desiertos. En cuanto dejara de exportar su ’polvo mágico’, Bodelé se transformaría en una cornucopia pero… el Amazonas, infra-alimentado de fósforo, haría aumentar el CO2 global y se dispararía el calor y etcétera.

Solución: “the Chadian government and the indigenous peoples of the Bodele [¿los Kanari?] should be monetarily compensated by the member nations of the Amazon rainforest region in South America from monies generated through the sales of the Amazon forest products such as timber products, foods, medicines and others in order to protect the Bodélé depression in Chad which keeps fertilizing the Amazon forest.” Y termina con un aldabonazo de alarma mundial: “the World without this magical Dust showering on the Amazon rainforest would be a World without the Amazon jungle which can lead to accelerated catastrophic temperature increases.” [léase en Babagana Abubakar (2007) Magical Dust from the Kanuri’s Ancient Kanem-Bornu Empire Territory Sustaining the Great Amazon Rainforest of South America; Unitar, Ginebra; https://www.researchgate.net/publication/320507613]

Cocodrilos ¿enanos?

Si en el otrora Gran Lago Chad había millones de peces cuyos esqueletos, literalmente pulverizados, caen ahora sobre Amazonas, hemos de colegir que también había animales conexos, depredadores o mutualistas o etc. Tenía que haber cocodrilos. En ese momento recordamos que las momias de crocs que los antiguos egipcios fabricaban a cientos se dividían en grandes y pequeñas. Recordamos por casualidad haber visto un croc pequeñito en una exposición celebrada en Madrid, en 2007, el Museo Arqueológico Nacional. Buscamos su ficha y hela:

“Nº de inventario: 15123; Altura 5,90 cm; Longitud 32 cm; Anchura 4,70 cm. Datación: S. IV a.C.-S. III. Periodo Greco-Romano de Egipto. Exposición: Egipto, Nubia y Oriente Próximo: colecciones del Museo Arqueológico Nacional, MAN.” 32 cms. era demasiado poco para un croc supuestamente del Nilo pero nos tranquilizó saber que estaba incompleta -“faltando las extremidades [¿la cola es una extremidad?], clavículas, omóplatos y la pelvis.” Así pues, seguimos leyendo y esta vez, al revés, nos intranquilizamos: “El pequeño tamaño de la mayor parte de las momias de cocodrilo parece indicar que, o bien la mortalidad era elevada, o bien que eran cazados para momificarlos jóvenes”. Esta explicación no nos convenció, en concreto eso de la ‘mortalidad elevada’ nos pareció un antropocentrismo, un exceso al que estamos más que acostumbrados.

¿No podía ser que estuviéramos ante la momia de un cocodrilo adulto pero enano?, ¿eso significaba que incluso pudiera ser una especie distinta al archiconocido cocodrilo del Nilo? Entonces encontramos que, en efecto, podíamos estar ante el cocodrilo hoy llamado ‘del desierto’, el Crocodylus sujus, una especie independiente que fue taxonomizada en 1807 por Étienne Geoffroy Saint-Hilaire –un saqueador compulsivo como demostró en España cuando la invasión napoleónica- quien descubrió ciertas diferencias entre los cráneos de un cocodrilo momificado y los del cocodrilo del Nilo (C. niloticus Laurenti) Probablemente, la ficha del MAN fue redactada con excesiva ligereza.

Saint-Hilaire discutió con Cuvier a propósito de aquellas momias de crocos y, de hecho, los ecos de aquella polémica entre científicos se escuchan todavía cuando se confunden ambas especies. Es lógico, no quedan muchos C. sujus en el mundo, menos de 200 en la meseta de Taggant (Mauritania) y apenas una decena en la mil veces fotografiada guelta d’Archei (Chad) Pocos relictos pero suficientes para confirmar la existencia real del “cocodrilo del desierto”

Un croc sujus cazando un sapo

[para momias de crocs sujus, véase Hekkala, E., et al (2011) “An ancient icon reveals new mysteries: mummy DNA resurrects a cryptic species within the Nile crocodile”. Molecular Ecology, 20(20), 4199–4215. doi:10.1111/j.1365-294x.2011.05245.x.Un estudio ligeramente desactualizado de la supervivencia actual del C. sujus, véase de Smet, Klaas (January 1998). “Status of the Nile crocodile in the Sahara desert”, en Hydrobiologia. SpringerLink. 391 (1–3): 81–86. doi:10.1023/A:1003592123079]

Hekkala et al nos regalan un dato interesante: que el decimonónico Saint-Hilaire ya sugería que las dos especies de crocs podían haberse solapado en aquel Gran Lago Chad de los tiempos geológicos. Es decir, que la meseta de Ennedi que alberga la guelta d’Archei –un charco en medio de un desfiladero en el que abrevan cientos de dromedarios- queda hoy relativamente lejos de Bodelé pero que eso no significa que restos microscópicos de aquellos antiguos cocodrilos enanos –la antigüedad de los crocs no es ni parecida a la del Hombre-, no estén hoy sobrevolando Caracas y el Amazonas -sólo es una hipótesis. En todo caso, la peripecia del C. sujus, confundido durante dos siglos con su primo mayor, nos avisa que la taxonomía es un método clasificatorio que siempre debe revisarse críticamente. Hay veces en las que se hace necesaria una simple observación zoológica.

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