Juan Gabalaui*. LQS. Mayo 2018

Ser hombre debería requerir un ejercicio consciente y constante de deconstrucción que no implicaría olvidar los aprendizajes y consignas de la sociedad patriarcal sino analizarlos, desmenuzarlos y diseccionarlos para conocer los mecanismos que nos movilizan y nos posicionan y, desde este punto, reconstruir la forma de relacionarnos con las demás personas

Hace unos pocos meses se cumplieron 20 años de una violación a una persona muy cercana y querida. El agresor fue detenido, juzgado y condenado a más de 15 años de prisión. A esta persona le llegó un comentario que, supuestamente, había hecho el marido de un familiar: tampoco es para tanto, que se relaje y disfrute. Ya que te violan, relájate y goza. Esta expresión forma(ba) parte de una fantasía masculina en la que puedes ejercer la fuerza para mantener una relación sexual con una mujer la cual, después de un primer momento de resistencia, se relaja y comienza a disfrutar. Forma(ba) parte de esa mentalidad en la que la virilidad y el vigor sexual fuerza, inevitablemente, la voluntad de las mujeres. También se han utilizado expresiones como quién te va a violar a ti con lo fea que eres como si la violación fuera una recompensa que no va a recibir. O ¿quién no ha deseado que violen a un violador o a un pederasta en la cárcel? La violación se ha asimilado como acción de castigo o ejercicio de poder. Dentro de la cárcel ejecutada, preferentemente, por hombres contra hombres y fuera ejecutada, preferentemente, por hombres contra mujeres. Está acción de castigo o de poder se ha connotado en muchas ocasiones de forma positiva y así se ha asentado, consciente o inconscientemente, en muchas cabezas tanto femeninas como masculinas.

Ser hombre debería requerir un ejercicio consciente y constante de deconstrucción que no implicaría olvidar los aprendizajes y consignas de la sociedad patriarcal sino analizarlos, desmenuzarlos y diseccionarlos para conocer los mecanismos que nos movilizan y nos posicionan y, desde este punto, reconstruir la forma de relacionarnos con las demás personas, especialmente con las mujeres, sin abuso de poder y con una base igualitaria y cooperativa. Estos valores son ajenos a las sociedades patriarcales donde las relaciones están marcadas por las posiciones de poder, el autoritarismo y la desigualdad social basada en los conceptos de raza, de género y de clase. Esta deconstrucción es constante y, probablemente, dure toda la vida porque estamos contaminadas por ideas, unas más toscas y otras muchas más sutiles, que dificultan nuestras relaciones y una mirada igualitaria sobre las demás. No podemos considerarnos feministas, tanto hombres como mujeres, cuando aún no hemos conseguido desprendernos de nuestros condicionamientos. Así, la reflexión sobre el tipo de sociedad en la que hemos crecido y nos han educado, la identificación de valores, pensamientos y comportamientos, que sitúan a las otras personas en posiciones de inferioridad y sumisión, junto con la modificación y la sustitución de dichos planteamientos por otros más liberadores, se convierten en una tarea inexcusable e imprescindible. Esto no puede ser reemplazado por una simple declaración del tipo soy feminista.

No he visto los vídeos que grabaron cinco hombres mientras violaban a una mujer. No conozco al detalle las pruebas que se presentaron en el juicio tanto por la parte defensora como acusadora. Sí he leído la sentencia y los hechos probados donde se relata una violación. No se relata un abuso o una orgía sino el asalto sexual y la violación múltiple cometida. La incoherencia entre los hechos probados y la sentencia solo se explica desde la cultura de la violación presente en nuestra sociedad. Esa mirada que convierte un rictus en una sonrisa o el respirar en un gemido. Esa mirada que dice que la ausencia de oposición activa implica conformidad. Relájate y goza. Las imágenes que vieron esos jueces fueron cribadas por los prejuicios que esta sociedad instala en cada uno de nuestros cerebros y que adquieren vida propia ante la pasividad de sus huéspedes. Son esos prejuicios que no ven en la dominación una acción violenta. Son esos prejuicios que no ven la cosificación de una persona que es penetrada en múltiples ocasiones por distintos orificios de su cuerpo. Como si fuera una muñeca hinchable. En eso convirtieron a una chica de 18 años. Es necesario deshumanizar a esta persona para tratarla de esta manera. Es necesario aceptar esa deshumanización para llamar abuso sexual a una violación múltiple o pedir la absolución de los agresores.

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