Lilith Rojo*. LQS. Febrero 2018

Últimamente estoy revisando consejos de guerra y expedientes penitenciarios y es recurrente encontrar cartas de los penados pidiendo revisión de condena o reducción de la misma, viéndose obligados a utilizar formas serviles y humillantes con encabezados de “Viva Franco” y despedidas reptantes y dolorosas a mayor gloria del caudillo de la muerte. Qué no deberían sentir los firmantes de estas peticiones al verdugo de su familia, sus camaradas e incluso de sus ideas. A más de uno le herviría la sangre por ese ultraje a su dignidad.

Así me siento, salvando la distancia de sus terribles circunstancias, tan similares al más puro y chusquero franquismo. Me siento indignada después de lo acontecido el otro día en el Parlament, triste ante tanto servilismo y cobardía, porque aunque yo no soy nadie para pedir valor para ir a la cárcel o el exilio a un señor o una señora que se comprometió a ir hacia la República contra viento y marea del estado español. Yo y millones de votantes si tenemos autoridad moral para exigir a sus partidos o coaliciones que se sometan a la voluntad de quienes les han llevado a sus escaños. Por eso el President de la Mesa del Parlament tendría que ser leal, no mentir y no esconder su miedo y/o sus estrategias de partido detrás de un discurso contundente pero vacío. Sois muy malos, os lo digo a la cara, pero acato. Y lo peor, que encima nos quiera convencer de que era por proteger a Puigdemont a petición suya. A estas alturas no se puede vender la voluntad popular y ésta no puede comprar Governs autonómicos de saldo con la espada 155 de Rajoy sobre nuestras sufridas cabezas ad eternum. Qué clase de Govern de futuro hacia ninguna República sería el que naciera bajo el signo de la derrota moral y efectiva. Rendición sin contraprestación. Todos sabemos que volver al punto de partida no es posible porque el estado español ya ha probado la sangre y nos sabe vulnerables, ya no tendremos más autogobierno sino la supervisión del Reino de España controlando si nos portamos bien servilmente a su una, grande y libre.

Dicen las lenguas bien informadas que ERC y PdCAT están pactando volver a la autonosuya, la de los constitucionalistas, en el mejor de los casos para liberar a los presos políticos y en el peor para ser gobernados fiscalizados, un intercambio de rehenes y la República catalana vendida en las rebajas de enero. Ahora los que se han llamado traidores entre sí pueden traicionarnos en comandita, se muestran dignos y nos mienten solemnemente a la cara diciéndonos que todo sigue igual, que el horizonte es el mismo aunque cada vez lo pinten más lejano y que Puigdemont es el candidato sí o sí. Sería más honorable que dijeran sinceramente lo que piensan porque no somos menores de edad y no necesitamos tutela política. Una claudicación de este calibre cuando el estado estaba histérico buscando presidenciables en los maleteros de los coches hasta en territorio francés pasándose la frontera por el forro, presionando a los tribunales y ganándose la calificación de democracia imperfecta, es regalar una victoria, un balón de oxígeno al enemigo, al que todo aquel que se considere demócrata en el estado español tendría que estar luchando por echar a la calle.

El PdCAT está sobrepasado por el liderazgo de un Puigdemont que a veces tuitea al estilo CUP y ERC está muy dolida porque tiene a su presidente en prisión mientras Puigdemont mantiene el Procés vivo a nivel internacional de manera inteligente y efectiva acaparando todo las atenciones. Hay que reconocerlo, aunque yo esté en las antípodas de su partido. Recordar a algunos que no midieron bien a su enemigo, que fueron ingenuos y que todos tuvieron la opción de marcharse antes que entregarse con tanta candidez. Este es un país que ya no quiere votar mártires sin voz, sino que quiere ser representado por quien mantenga en el candelero su lucha. No digo que sea justo, pero sí una realidad, la gente ya no quiere conmemorar derrotas sino celebrar victorias, aunque sean pequeñas. Eso no quiere decir no se tenga muy presente a los presos políticos y que se esté dispuesto a pelear por su libertad cada día.

La prisión no se tradujo en los votos esperados por una Esquerra que se perfilaba caballo ganador, también porque su discurso y su programa apuntaba a lo que vamos descubriendo día a día. Vuelta a la autonomía para acumular más fuerzas, acercamiento a los Comuns-Podem-ICV, que no se entienden ni entre ellos y que viven horas muy bajas, con la esperanza de convertirlos al independentismo o hacerlos simpatizantes y de aquí a vete a saber cuando hacer un referéndum. Pero quizá entonces muchos de los que ahora están por la República catalana se hayan hartado de esperar. O quizá alberguen la esperanza de que se produzca el milagrito de la moción de censura y que de ahí salga la recuperación de derechos y libertades, con ese Pedro Sánchez sumiso a la unidad de la patria y su Constitución de chicle, que tiene la talla política de un gnomo de jardín, eso es soñar. Y el futuro todavía es más negro porque las próximas elecciones nacionales servirán para que a coste cero el parásito Ciudadanos resulte sin duda premiado por su discurso falangista, furibundamente anticatalán y lleno de odio, le saldrá más que barato porque la cama la ha puesto el PP.

ERC ha tragado mucha quina en los últimos tiempos en Junts pel Sí, pero ahora no es la hora de los partidos, es la hora de la gente y no nos pueden pedir que posterguemos, ni renunciemos a un futuro de ruptura democrática, libertades y derechos, a la satisfacción de vencer a los eternos vencedores, a la victoria de los vencidos esperanzados en un nuevo horizonte de verdad, justicia y reparación.

No es ni justo, ni ético. No pueden venir a la hora de la verdad a explicarnos que se han dado cuenta de que no somos bastantes. Cuando vendían el sueño éramos menos. Somos suficientes. Y esto no es solo por Catalunya, es por todos los pueblos del estado español que nos están observando con esperanza.

La exitosa estrategia de Puigdemont algunos no la digieren, pero hay que reconocer que después de su pírrica República del minuto ha resarcido a la causa manteniendo la lucha por la República en el candelero y poniendo en jaque al gobierno español al que consiguió atragantarle los turrones. Y aunque para mí la cuestión no es Puigdemont o Puigdemont, más allá de la legitimidad democrática que representa, lo más importante es sin duda República sí o sí. Si no digieren el éxito del exilio tendrán que digerir más tarde los resultados de los movimientos de la partida de ajedrez que se está jugando en el tablero de un estado español tramposo con su rey, su reina y su ejército de peones. Unos reyes que se han mostrado implacables con lo que entienden como el final de sus días de vivir del cuento, que se han visto reforzados y apuntalados por los del “a por ellos”, por la España del franquismo cotidiano que le regaló el trono a su padre y por ende a su felipísima majestad, que en el aniversario de su medio siglo reunió a su corte a mayor gloria en un espectáculo rancio y decadente acompañado de su emérito padre, al que sacó del exilio real en una Pascua Militar de ecos de tambores de guerra contra Catalunya y al que ya se le han perdonado todos sus pecados. La monarquía gracias al Procés ha mostrado su real y dura cara y ha vuelto a ser la de siempre, con los de siempre y con el Banco Santander, Telefónica, Iberia o las Hidroeléctricas felicitándole a página completa de diario, en realidad felicitándose de seguir controlando los reales designios. El rey vergonzosamente y antidemocráticamente en Davos y nosotros amordazados por la ley.

Alertar a las organizaciones sociales que han capitalizado la decepción de la gente ante la arrogancia arrolladora del estado español y el ansia de República de gran parte del pueblo de Catalunya, que si se adosan a los intereses partidistas de la clase política no dispuesta al sacrificio por la causa, el pueblo las superará y seguirá su camino, avanzando, porque esto no se fraguó en un despacho sino en la calle, se concibió desde abajo y desde abajo vendrá la República.

Y que sin la unidad transversal que se ha escenificado hasta la fecha no será posible. No hay que olvidar, ni perdonar, hay que tener memoria y recordar como hemos llegado hasta esta situación insostenible e insufrible de aniquilación de derechos y libertades.

Y volviendo al principio, las que entendimos este proceso como una ruptura con el franquismo, con la monarquía gestada en su vientre sin entrañas, con la transición de transacciones y traiciones, no estamos dispuestas a las capitulaciones sin ninguna contrapartida, a humillarnos de rodillas mientras los hijos de los que vejaron a nuestros padres se ríen de nosotros desde su miseria moral que solo sabe reprimir y ocupar.

Hoy es 1, hace 4 meses la gente recibió palos por ir a votar, el martes por querer acercarse al Parlament, diferentes fuerzas policiales pero mando único del ordeno y mando. Todos sabemos que los golpes que duelen más no son necesariamente los que dejan marca física, esos son todavía más difíciles de olvidar. Y no, no olvidamos.

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